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sábado, 26 de diciembre de 2009

Henry Miller, Artaud y otros (confesiones de un Diario)

Leer cuatro páginas de Trópico de Cáncer sí es leer literatura, aunque si me apuran, Trópico de Capricornio aún es más redondo. Miller se hubiera consagrado como escritor con sólo escribir un Trópico. Pero escribió mucho y rico, que dicen los hispanos. http://lumpen00.blogspot.com/2009/12/la-provocacion-de-henry-miller.html
Lamentablemente, el panorama que se dice literario es castizo a más no poder en esta España nuestra. Mientras tanto, seguiré comprometiéndome con la literatura, como siempre quiso el noble y existencialista Sartre. La literatura será compromiso y muerte. O no será. Sí, la literatura tiene que ser muerte, como quería Unamuno. Uno no puede escribir desde el optimismo, dijo Juan Manuel de Prada en una entrevista para La Mandrágora hace años. De Prada comenzó con buen temple pero luego se torció en el camino. Uno sólo puede escribir desde la desesperanza y el tormento, como lo hicieran Kafka, Sábato, Artaud... A este último lo recluyeron en un psiquiátrico por considerarlo loco, por decir verdades como templos, pero es que en esta muy pulcra sociedad no se acepta a quien pretende destruir mitos y religiones, y Artaud fue muy lejos en su hacer literario, teatral, histriónico. Tuvo que pagarlo. Son la esquizofrenia y el capitalismo quienes nos conducen y nos llevan de la mano al precipicio. Leed, por favor, el Antiedipo de Deleuze y Guattari. Hay que ser adaptativamente productivo para formar parte de la sociedad normal, demasiado normal. Uno sólo puede construir una gran obra cuando sufre y se conoce la crueldad humana, la crueldad del teatro, estamos en un gran teatro, un teatro como el que nos muestra Bergman en Fanny y Alexander, o como el que nos han mostrado tantos otros, el teatro al mejor estilo de Grotowski y Kantor. El teatro como única salvación. La escritura como catarsis. Juan Manuel de Prada también aseguró que dedicarse a la literatura era como practicar un sacerdocio, aunque se abstuviera de hacer votos de castidad, de pobreza, entre otros, aunque ahora se manfieste contra el aborto, y así, en este plan, roucovareliano. En verdad, el escritor necesita encerrarse para escribir, no hay otra forma de hacerlo. Sin embargo, es fundamental entregarse a la vida, viajar, conocer... como hiciera Rimbaud, aunque bien es cierto que éste dejó de escribir para vivir. A mí me parece más interesante la figura de Miller, un vividor, que comenzó a escribir con la misma pasión y avidez con que había vivido. Miller es único en su hacer literario y vital. Tuvo la gran suerte de codearse, mejor sería decir excitarse, con Anaïs Nin, otra musa brillante y cautivadora. Las memorias de Anaïs son delicias que ya las quisiéramos muchos, pero es que la Nin no era ninguna moralista y hacía lo que le venía en gana. Follaba con su marido, con Miller, con June... “me dejaría acariciar por cualquiera”, escribe en un pasaje de Incesto. Anais disfrutaba de los instantes, de la vida, del sexo, y no era remilgada y estúpida como muchas otras. Una mujer bonita no tiene que preocuparse más que por follar, decía el brutal marqués de Sade, que tenía una imaginación desbordante, prueba de ello son sus eyaculaciones libertarias, filosóficas. A Sade hay que leerlo, y no prejuzgarlo por los sambenitos que se le han asignado. Todos lo condenan pero muy pocos parecen haberlo leído. A las gentes se les juzga a menudo por lo que se dice de ellas y no por sus conductas. La conducta verbal de Sade es muy de agradecer. Se procesa a gente por el mero hecho de estar. Es un absurdo. Kafka era un tipo atormentado y muy lúcido en su escritura. Uno sólo puede escribir sobre lo que sabe y siente. La mejor manera de escribir es sentir, es sentirlo todo y de todas las maneras posibles, porque esta vida no es más que una alucinación, un delirio esquizofrénico, un delirio extraordinariamente nítido. Yo seguiré viajando y leyendo, visitando guetos y barrios chinos, adentrándome en bajos fondos, como se ve en la película Trainspotting, intentando rejonear a la mierda en forma de cornamenta, tocando pelo y pluma, ejecutando verónicas, punzando la médula espinal, cerca del meollo epistolar, metido de lleno en el sagrario bendito, mientras las bestias copulan en los atardeceres rojos de algún subconsciente, hay que devorar literatura maldita, bonita, literatura que diga algo y no sea un aséptico amontonamiento de palabras, una literatura que sea al menos ensalada verbal, aderezo sabroso, adobo picante. Seguiré leyendo a Sade desde mi castillo de encierro y desazón, y me perderé en Justine -qué gustito- y la filosofía en el tocador, y si me dejan en alguna cama de Ámsterdam, con una madona que me lo ponga caldosito y bien servido, con una güerota salida y amorosa, empapándome en lenguas políglotas, orgásmicas, y caminaré durante 120 días y aun más por el desierto de Tabernas, el desierto de Sonora, el desierto del Sáhara... y no me cansaré de caminar empolvado, seguiré explorando mundos de la perversión, oasis cinematográficos, bucearé en las charcas de Pasolini y Proust, siempre en busca de tiempo, como factor dorado y ensoñador. Y luego de mis andanzas cortesanas y mis correrías suicidas regresaré a Miller y a Bukowski. Miller fue una revelación, una bendición, un bautizo, algún día quizá consiga escribir mi Trópico de Capricornio: “Todos los que me rodeaban eran unos fracasados, o si no, ridículos. Sobre todo, los que habían tenido éxito. Éstos me aburrían hasta hacerme llorar.” Los que tienen éxito, dice Miller, aunque yo diría los que apegan sus infamias al sistema, ese devorador de ilusiones e ingenuidades, esa ponzoña que se mete en tu sangre y te hace gritar de dolor. Verlaine y Gainsbourg me susurran una canción de otoño, un poema saturnino: me recuerdo de los días pasados y lloro, y me dejo llevar por el viento malvado, más allá, más acá, como si fuera una hoja muerta. Yo también lloro como un niño desconsolado, aún no he aprendido que el hombre es un lobo para el hombre, y sigo ignorando que hay demasiada mala fe. Verlaine y Rimbaud estuvieron durante una temporada en el infierno, pero fue la suya una temporada de iluminación, a puerta cerrada, huis clos, como cuando Sartre rechazó el Nobel. Sartre vomitaba inmundicia y podredumbre, quería ser espiritual, le gustaba sentarse en el café De Flore y luego en Deux Magots, sitos en Saint-Germain-des-Près, acompañado por la grandiosa y amantísima Simone de Beauvoir. Apasionante la vida de Rimbaud, poeta maldito de exquisitez sobrehumana. Rimbaud viajó en un barco ebrio, un barco hecho de sol y de carne a lo largo y ancho de la Tierra, borracho de poesía, como Baudelaire, como Poe. Hay que emborracharse para no sentir el peso aplastante del tiempo. Hay que emborracharse, ya sea a base de vino, de poesía, de belleza.... baudeleriana. Hay que embriagarse, nomás. Hay que sentir la belleza bajo un colocón de opio como Thomas de Quincey, hay que sestear en las adormideras, y entregarse al amor y a las palabras casi con reverencia. Hay que ser diabólico como Barbey D’Aurevilly, cocainómano y muy sexual como Freud, que dio en el clavo del Eros y el Tánatos, pulsiones que nos mueven, motores que nos impulsan a seguir batallando. Me gusta psicoanalizar mis obsesiones, dormir en los brazos de la paranoia, vivir en una perpetua y constante psicopatología, trastorno cotidiano, enfermedad congénita, demasiado humana-animal, familiar. La antipsiquiatría condena a la familia y a la sociedad, pero es que todos somos sociedad y familia, y harto neurotiquines, por cierto, aunque yo no quiera ser hermano, ni primo de algunos seres. Me sigue entusiasmando Antonin Artaud y su teatro de la crueldad, me apasiona el Artaud que se fue a México en busca quizá de la quinta esencia y acabó por encontrarla en las danzas tarahumaras y el peyote, dios que le transporta a uno a mundos menos contaminados, el peyote al que eran tan aficionados Jim Morrison y los Beatles, amén de otros. El Artaud revolucionario tiene mucho que decirnos aún hoy. Confío en los mensajes de Artaud y en Bataille y en casi todo el surrealismo. El surrealismo es Dalí, el surrealismo es Buñuel y Breton y Crevel... Me gusta la literatura y el mal que se transforma en bien de algunos. Los que hemos podido leer a Lewis Carroll, a Switf, la obra poética de Cirlot, la antología poética de Whitman y la de Pessoa sabemos que la belleza es comestible. Breton y Dalí también sabían que la única belleza verdadera era comestible. Necesito respirar el surrealismo por todos los poros, ansío empaparme con Van Gogh y sus cartas a Teo, con Van Gogh y sus pinturas, mientras los cuervos sobrevuelan Auvers-sur-Oise. Artaud y el suicida de la sociedad está más vivo que nunca. Yo logré acabar con el juicio de Dios leyendo a Pavese y a Nerval, al tiempo que me dejo arrullar por Apollinaire y sus once mil vergas. Me divertí sobremanera, me reí a mandíbula batiente con Rebelais y su Pantagruel y Gargantúa, Kundera me ha hecho llorar de emoción. Nadie puede quedar indiferente luego de haber leído a Kafka y su Metamorfosis y su Castillo y sus cartas al Padre y su absurdo e impresionante Proceso, que luego llevaría al cine Orson Welles. Muy pocos parecen conocer a Genet, buen amigo de Juan Goytisolo y Monique Lange. Juan Goytisolo se me apareció en el barrio de La Chanca y luego en Níjar y más tarde en Marraquech. Goytisolo me enganchó con sus marroquinerías. Makbara, Juan sin Tierra y La Reivindicación del Conde Don Julian me parecieron extraordinarios. Goytisolo se divierte paseando en compañía de su amigo marroquí por la universal plaza Djemáa el Fna. Goytisolo frecuentaba un tugurio llamado El Kabir o Kebir, ya desaparecido, y ahora se deja ver en el café de France, en la famosa plaza de Marraquech. Goytisolo siempre ha sido un incomprendido en España. Genet y su Diario de un ladrón, que no es un ladrón de bicicletas, como lo fuera aquella conmovedora película de Vittorio de Sica, es bastante desconocido entre la población de lectores y escritores españoles. Genet se descojona de todo. Genet se ríe hasta del lector, escribe Bataille. El surrealismo aún palpita: “Swift es surrealista en la maldad. Sade es surrealista en el sadismo. Chateaubriand es surrealista en el exotismo. Poe es surrealista en la aventura. Baudelaire es surrealista en la moral. Rimbaud es surrealista en la forma de vivir y demás. Reverdy es surrealista en su casa...”, asegura Breton en su Manifiesto Surrealista. Jarry, Mallarmé, Éluard, Aragon, incluso el propio Byron, vuelven con el mal a casa, Breton me besa en la mirada y me da las buenas noches. Ah, el absurdo me toca un brazo, el izquierdo, el derecho lo tengo ocupado y dormido. Beckett me espera en un bareto de mala chingada en Pigalle, mientras juega una partida de dados. Ionesco prefiere cantar -le gusta la ópera- y darme una lección de anatomía. Nerval me tiende su mano encantada, hay una insoportable levedad del ser que no para de excitar mis neuronas. Soy un joven tribulante, un estudiante que disfruta de una Erasmus en Viena. Soy como Törless, un hombre sin atributos, despellejado por el destino que se torna incoloro y duermevela. Musil sabe que en una mirada se puede encontrar la esencia, la verdad. Me encanta ligar con la mirada, me gusta callejear por los barrios encendidos. Balzac no creía en el matrimonio. El matrimonio es contrato. El matrimonio es fisiología. Stendhal estaba enamorado de Roma. Fellini era un surrealista. Rayuela me conmovió. Cortázar no ha levantado cabeza desde que lo lapidaron en Montparnasse, qué putada. El Monte de Parnaso no está en París, sino en Delfos.

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