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miércoles, 23 de diciembre de 2009

En el ombligo de la luna


Título que se me hace o me late, que diría un mexica, lírico hasta hacerme saltar las lágrimas del gran lago que fue lo que hoy es México D.F. El verbo de los poetas, como el de los santos -escribe Valle Inclán en la Lámpara maravillosa, que en verdad es un tratado de estética y pura reflexión a prueba de bomba, no requiere descifrarse por gramática para mover las almas. Su esencia es el milagro musical.

Como Valle-Inclán, que estaba fascinado con México, uno también viajó a este país porque se escribe con equis, esa letra exótica y sensual (o sexual) que nos hace tener pulsiones ensoñadoras. Tras esa equis se esconde todo un mundo: el ombligo de la luna, que decían los aztecas. Hay quienes aseguran que México es una palabra que proviene del náhuatl y cuyo significado en español deriva de los vocablos meztli, que significa ombligo, kalli, luna y co, lugar. Si no fuera así, queda lindo, no obstante. Pues que sirva la licencia poética.
Inspirador nombre para un país, que es a su vez una gran ciudad, México, Distrito Federal, acaso la ciudad más grande del mundo, o una de las más grandes, junto con Tokyo, y sin duda una de las más contaminadas del orbe, construida en zona lacustre, sobre el lago de Texcoco. Aún hoy se conserva Xochimilco, lugar de recreo, adonde van a parar los turistas en busca tal vez de la memoria perdida. Y de ahí que algunas partes de la ciudad, sin ir más lejos el Zócalo, estén sufriendo hundimientos. Si a ello sumamos que la capital está asentada en zona sísmica, el panorama se me antoja desolador. México atrae mucho al personal, entre otros a artistas varios, y en su día acogió a un buen número de españolitos, que buscaban su América, y muchos otros huidos del régimen fascista. A los surrealistas les entusiasmaba, quizá porque es un sitio surrealista, donde todo es posible. Desde Artaud a Buñuel, sin olvidar a Breton, varios han sido los que encontraron inspiración en este país de contrastes, que te puede ofrecer su mejor y peor rostro. Viví en Méjico lindo y querido, excitante y chingado, durante dos años, de 1994 a 1995, una época en la que gobernaba un corrupto y macabro llamado Salinas de Gortari, que desvalijó este país cuya riqueza nunca se agota. Dos años en este país fueron suficientes para quedar marcado de por vida. Tanto es así que al día de hoy sigo teniendo la impresión de haber vivido más durante estos dos años allí que el resto de mi vida, la anterior a esta época, y la posterior también, lo cual no deja de ser una impresión subjetiva, acaso una boutade, con cierto fundamento, eso sí. La literatura de Paz, Fuentes, Rulfo, entre otros, y las músicas, con sus quebraditas, narcocorridos y cafés tacubas, me están devolviendo a México, donde viví situaciones insólitas, conocí a gente extraordinaria, y descubrí un mundo fascinante, un roce casi continuo con la muerte, lo que estimula aún más la vida, una realidad en ocasiones bestial. En este país uno aprende que la vida no vale nada, y que pueden hacerte desaparecer en menos que una gata se calza a un regimiento de gatos. Lo mejor es aprovechar cada instante como si fuera el último. La vida misma. Uno vive a toda prisa, y como gachupín quise probar y saborear casi todo, sus esencias al completo. Se vive más (no necesariamente mejor) en un año o dos en este país que cien años en el Bierzo. Casi ná.

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