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miércoles, 8 de mayo de 2019

La fragua literaria leonesa: Rafael Álvarez Nogal


Rafael Álvarez Nogal: "La poesía representa sensibilidad, desahogo, asidero, belleza"

El profesor, investigador de la Universidad de León y poeta Rafael Álvarez Nogal, autor de poemarios como 'Que el papel no se abra' (Eolas, 2016), sigue escribiendo, componiendo con la palabra, además de realizando sus investigaciones. 

Manuel Cuenya | 08/05/2019 - 11:52h.
Te recogerás el pelo con anillos de Saturno
(porque te creo improvisadora y resuelta).
Dicen que son anillos de hielo.
Los usaste y al cabo de un rato te empaparon
¡que placer abrazarte caliente y húmeda!
Te creo pizpireta, con voz queda
enfrascada en lecturas.
Atenta a mis gestos
acompasándolos a los tuyos.
Bailamos sin música
acompasados.
El sudor y el deshielo regaron baobabs
mientras se asaban manzanas con azúcar.
Una voz actoral inundaba la escena
palabras flotantes, acariciadoras
como suavísimos pétalos sin color.
(Rafael Álvarez Nogal, 'Exageración', poema escrito este año con motivo del Día mundial de la poesía)
Catedrático de Biología Celular, profesor de la Universidad de León, Rafael Álvarez Nogal, conocido familiarmente como Fito, es asimismo poeta y autor de varios poemarios, entre ellos, 'Momentáneos éxtasis' (Endymion, 2007), 'Principios activos' (Eolas, 2010) o 'Que el papel no se abra' (publicado en 2016, también por Eolas, la editorial que dirige el polifacético Héctor Escobar).
A propósito de Eolas, cree que la labor editorial que realiza Héctor Escobar es de referencia o debería serlo en esto de dinamizar la cultura leonesa. Y aunque reconoce que no está muy al tanto de lo que se está haciendo en estos momentos en el ámbito literario en León, sí conoce, aparte de los escritores consagrados, "que a todos nos vienen a la cabeza", a las poetas, "que son hermanas", Ana Conejo Alonso con su libro 'Concierto para violín y cuerpo roto' y Julia Conejo Alonso con 'El bolso de Mary Poppins'. A quienes por cierto hemos tenido la oportunidad de entrevistar para esta misma sección de la fragua literaria leonesa. Como anécdota, cabe recordar que Ana Conejo (Ana Alonso) fue alumna de Álvarez Nogal.
En lo referente a la narrativa destaca a Carlos Suárez González con 'Una mujer en Pigalle'. Y quienes hacen incursiones brillantísimas en el mundo literario –precisa él–, como Adolfo Álvarez Barthe con su volumen 'Luis Sáenz de la Calzada. Un ensayo biográfico'. Ambos también entrevistados en este mismo Diario digital de ileon.com.
"Lo que más me interesa es el interés mismo que me han suscitado las obras que menciono. Me gusta ir a la librería y pedir recomendación de algún libro. Luego son el libro y yo mismo los que hacen que me refiera a ellos", señala Álvarez Nogal, que, en su labor como biólogo y profesor de esta materia, ha sido calificado por algún periodista como "el Sherlock Holmes del papiro", porque  ha conseguido que le concedan una patente nacional para estudiar restos de papiros en el microscopio electrónico sin dañar estas estructuras con miles de años de antigüedad.
"Es muy frecuente que vea argumentos poéticos en mí deambular. Como biólogo desde luego y como profesor también. Algunas veces esa mirada y un algo de tiempo u oportunidad  me impulsa a escribir"
Apasionado de Mario Benedetti y Gloria Fuertes en el ámbito de la literatura, que le han dejado, en su opinión, una profunda huella emocional, reflexiva, el poeta y profesor Álvarez Nogal es un gran seguidor de Woody Allen y su cine.

(Puedes continuar leyendo esta fragua en ileon.com: https://ileon.eldiario.es/cultura/rafael-alvarez-nogal-poesia-representa-sensibilidad-desahogo-asidero-belleza_1_9494012.html)

domingo, 5 de mayo de 2019

Medina de Túnez capital

La Medina de Túnez, declarada Patrimonio de la Humanidad, es, como cualquier Medina, un universo en sí mismo, un intrincado de calles y callejuelas, de pasadizos cubiertos, de hammanes, zocos, palacios, madrazas, mezquitas (destaca la mezquita Zitouna, y también la mezquita Hammouda, entre alguna otra), un laberinto especiado, aromático, con olor a té a la menta, cuscús y humo de shisha, visualmente poderoso, que el viajero experto sólo puede desenmarañar cuando lo recorre palmo a palmo, con un extraordinario sentido de la orientación, y después de internarse en el mismo en múltiples ocasiones. 
De lo contrario, corres el riesgo de extraviarte. 
Aunque la Medina de Túnez no me parezca tan complicada como otras medinas, pongamos por caso la Medina de Fez el Bali, en Marruecos, que se me quedó grabada a fuego en la retina de la memoria como un genuino laberinto, con más de once mil callejuelas, aseguran los oriundos. 
Un laberinto en el que uno acaba perdiéndose, por más veces que uno se adentre en el mismo (unas cinco veces creo recordar que he estado en la misma), salvo que uno no se salga de las calles principales, como Talaa Kebira (Gran cuesta) o Talaa Sghira (pequeña cuesta). 

Once mil callejuelas como once mil vírgenes, ay, qué los islámicos no creen en vírgenes, esas muñecas, según ellos, que no forman parte en absoluto de su iconografía religiosa. A propósito de similitudes, el alminar de la mezquita de la kasbah de Túnez recuerda a la Giralda de Sevilla. Y por ende a la Kutubía de Marrakech. Pues ésta última sirve de modelo y de inspiración  a la Giralda. 
Si es que nuestra España sureña, andaluza, andalusí, como bien sabemos, es tierra mora. 

En todo caso, aventurarse en la medina de Túnez es algo que no deja indiferente al visitante extranjero, que se queda prendado de olores y sabores, de todo un espectáculo sensorial. Sobre todo si uno decide introducirse en vericuetos como Sidi Abdallah Guech, que es un barrio rojo cuyo ambiente de sordidez no invita a quedarse mucho tiempo en el mismo. 
Algunos oriundos hacen oídos sordos si uno pregunta por el mismo, mientras que otros no recomiendan la visita. Y mucho menos si es de noche, lo cual se agradece. Y no lo recomiendan por motivos de seguridad.
Al fondo, el minarete de la mezquita Zitouna
Y por supuesto porque un islámico, aunque se trate de un país entre comillas libre, no ve con buenos ojos que sus mujeres ejerzan el oficio o uno de los oficios más antiguos del mundo. Sorprende (y mucho) que Túnez permita la prostitución. La verdad es que choca. No se debería permitir la explotación, ni del cuerpo ni del espíritu, pero es la moneda de cambio del mundo actual, en realidad, del mundo que conocemos desde tiempos ha, que se pierden en la prehistoria. Un mundo de mierda, claro está. 

Por fortuna, en esta medina, salvo que uno se salga de las calles más transitadas, al contrario que en otras medinas, el viajero percibe bastante seguridad (aunque las guías de viaje insistan en las precauciones que uno debe tomar por aquello de los robos, de los carteristas, como en cualquier lugar del mundo, ni más ni menos) y tampoco se siente perturbado por el atosigamiento de vendedores y demás viandantes. 

Uno puede pasearse con tranquilidad, deteniéndose en cada rincón, incluso fotografiando sin ningún problema cada lugar, y hasta a las personas que se encuentra (aunque lo mejor sea pedir permiso, ser discreto y educado, si uno desea hacer fotos de alguien en particular, como en cualquier sitio del orbe, a sabiendas también de que los islámicos, al menos algunos, tienen la creencia de que a través de una foto podrías llegar a robarles el alma). 
No ocurre, o al menos no tuve esa impresión, como sucede en Marruecos, de que la gente esté tan maleada hasta el punto de que te dejen fotografiar lo que se tercie siempre que sea a cambio de dinerito, de algunos dinares. 

En este sentido, la Medina de Túnez se me antoja un espacio de libertad. En este país la libertad (suponiendo que exista, incluso en el resto del mundo, que es mucho decir) es más evidente que en otros países de creencia musulmana. 
Las plazas de la Victoria, con su puerta de Francia, y la de la Kasbah (emblema de la revolución o primavera árabe) como referentes. Amabas merecen una visita. Y un tiempo de contemplación. 
Plaza de la Kasbah

Como en cualquier lugar del mundo, no hay mejor que un lugareño o lugareña te conduzcan, literalmente de la mano, por la medina. Y te muestre sus secretos. Sus encantos. Sus lugares con atractivo, que para uno acaban siendo todos o casi todos, acaso por su exotismo. Y te lleve hasta los altos en busca de alguna panorámica que te haga flipar de placer.  Un buen sitio para contemplar el horizonte blanco de la ciudad es desde la terraza del Panorama Medina Café, que, en el momento de mi visita a finales de abril, estaba en fase de restauración.


Aunque no fue impedimento para poder obtener magníficas instantáneas de la ciudad. 
Me encantan los miradores, ya lo he dicho en más de una ocasión, y poder tener una buena panorámica de una ciudad. Es algo que acostumbro a hacer cada vez que visito un lugar. ¿Dónde puedo treparme para tener una vista general? Las hermanas Alya y Nermin, a quienes tuve la ocasión de conocer en el M'rabet (Morabito), un bar restaurante enclavado en la Medina de Túnez, son excelentes guías. Buenas conversadoras. Y uno agradece su generosidad. 

Mi impresión acerca de sus gentes es buena. Y, como en todo lugar, siempre habrá buscavidas y cabroncetes que intenten abusar de tu confianza. O de tu desconcierto. O de tu extranjeridad, si tal puede decirse. De tu desconocimiento, en definitiva. Como el taxista que me tocara desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, que, aparte de renegón, se hizo el suequito para no devolverme el cambio de 30 dinares. Habíamos apalabrado 25 dinares, que ya es una suma considerable en Túnez para el trayecto de marras, incluso en noche cerrada, por aquello del plus de nocturnidad. Entrada triunfal en Túnez. Con un regusto algo amargo. Y luego llegada a la ciudad, casi desierta. Encima el tipo me dejó a la entrada de otro hotel, bastante cercano, en todo caso, de mi hotel. Por fortuna, el amigo Enrique, Henry, había hecho reserva del mismo, pues allí se alojaba él también. Y había conseguido un precio de lujo, después de algún regateo, claro (en Túnez también es posible regatear con los precios de hotel, qué cosas) para un hotel realmente digno, incluso bueno, bien ubicado, con buen servicio. 
Escanciador de té  a la menta

Era tan tarde (al avión, todo hay que decirlo, se demoró más de tres horas sobre el horario previsto de llegada, cortesía de Tunisair, of course) que no me entretuve ni siquiera en buscar otro taxista, a pesar de que le viera el pelaje al tipo en cuestión. 
Ahora que lo rememoro, el regreso de Túnez capital al aeropuerto, en horario de día, costó sólo cinco dinares. Los que le dejé de propina obligada al taxista macarril. Ni siquiera llegó a los cinco. Una ganga. Con el contador en marcha. Un taxista, esta vez sí, silencioso, con buen rostro, eficaz, buen profesional. Cara y cruz de una misma moneda. Como la vida misma. 
Cuando uno viaja por el mundo adelante conviene andarse al quite, estar avizorado, mostrarse espabiladín, y ser capaz de detectar la maldad, el mal, las males artes o artimañas, a la primera de cambio. 

Cuando te quieres quitar de encima a un pesadín (que la verdad tampoco abundan, o al menos uno no se topó con tantos), funciona aquello de que, con firmeza, le digas que vives desde hace unos meses en Túnez. Suele colar. Y si no cuela del todo, sirve para espantar al bicho. Como si fuera un repelente de mosquitos, que abundan por cierto en las noches tunecinas. 
La Medina, la ciudad al completo, y aun el país entero, requieren de varias visitas para, al menos, poder familiarizarse. Y de este modo saborear sus esencias. 

sábado, 4 de mayo de 2019

Túnez, directo al corazón

Han transcurrido ya algunos días desde que regresara de mi viaje a Túnez. Y siento que caló hondo en mí. Sobre todo ahora que intento rememorarlo en mi tierra uterina de Noceda del Bierzo. 
Cada viaje es una experiencia, un modo de sentir, una forma de aprendizaje. 

Todos deberíamos viajar más, salir de la rutina, abrirnos a otros mundos, explorar otras culturas, confrontarnos con otras realidades. Los expertos en psicología y demás asuntos de la mente aseguran que viajar es buenísimo para combatir depresiones y aun otros desequilibrios de la psique. Viajar se me antoja, me late, que dicen en México, terapéutico. 
Abandonar la zona de confort, aunque sea por unos días nomás, resulta difícil, porque uno se habitúa a sus rutinas, a sus cosas, pero a la vez nos procura nuevas estimulaciones. Y los seres humanos necesitamos estímulos que nos ayuden a vivir, a sobrevivir y sobre-creer en este mundo inmundo, en este mundo falsario, efímero. 

En un viaje a menudo uno encuentra estos estímulos. Este "cargarse las pilas", del que habla alguna gente. Lo peor es cuando el viaje llega a su fin, porque a uno le entra la nostalgia, incluso cierta depre post-viaje. Y ante esta situación, una excelente terapia, creo, es intentar plasmar por escrito lo que uno ha sentido, vivido, experimentado durante el viaje. La escritura como algo que nos salva. O nos cura. Y nos ayuda a sobreponernos. Por eso debemos viajar, sentir. Y luego contarlo, hacer partícipes a los demás de nuestras peripecias. Porque además somos animales sociales. Y nos gusta compartir, antes o después, nuestras vivencias con nuestros congéneres. 

Tampoco es necesario viajar lejos, al otro extremo de la Tierra. Sólo es cuestión de salir, viajar con la mente abierta, con los cinco sentidos, absorber aquello con lo que no estamos del todo familiarizados. O ni siquiera conocemos. 
El viaje como una genuina escuela de aprendizaje, que nos permite reflexionar, emocionarnos. Una asignatura obligatoria, que debería implantarse en los planes de estudio. 
Viajando se aprende de verdad. Sobre todo si uno viaja solo, sin nadie en que ampararse, con lo cual te mantiene activo, alerta, en todo momento. 

Cada viaje es un mundo. Y tiene su aquel, que diríamos acaso en lenguaje coloquial. Y este viaje por tierras tunecinas me ha entusiasmado. Casi casi como si nunca hubiera estado antes en este país, con una mirada nueva, con un sentimiento nuevo, con la percepción de un rapaz que re-descubriera el mundo, al menos ese mundo tunecino. 
Lo digo porque hace años viajé por primera vez a este país, en uno de esos viajes organizados que te llevan a la carrera, durante una semana, por cientos de sitios. Y, transcurrido el tiempo, uno se percata de que no quedó demasiado poso, lo cual me entristece. 

Bueno, sí recuerdo que me causó gran impresión, ya en aquel primer viaje, Chott el Djerid, el lago salado más grande del Sáhara (el desierto más grande del planeta Tierra). Y alguna cosilla más. Lo que me hizo, sin duda, que volviera a este país, con lo cual de algo sirvió aquel primer viaje, tal vez como trampolín para lanzarme de nuevo a la piscina tunecina, cuya zambullida me resultó, en esta ocasión, sumamente placentera. Y esta segunda vez me está dando ganas de regresar en una tercera ocasión. En algún momento volveré. 

Hammamet, Susa o Sousse y Monastir (aunque sean turísticos) como destinos pendientes. Y algún sitio más. Tal vez Kairouán, si bien pudiera visitarlo de pasada en aquel mi primer viaje, merecería la pena. Y la isla de Djerba, que también visité al carrerón en aquel primer viaje.  
Cuántos lugares, cuántos destinos para una vida tan breve, porque, por más que uno viviera, todo se quedaría escaso, raquítico. Y eso me apena. 
Me entusiasmó, decía, volver a la ciudad de Túnez, con su medina y su avenida Bourguiba, auténtica arteria de la ciudad moderna y centro neurálgico (neuronalmente) de la capital, donde se mueve, a mi entender, la vida. 

Pasear a lo largo de la Bourguiba -con sus cafés de estilo parisino y sus restaurantes, y su teatro y su catedral Saint Vicent de Paul, de estilo neobizantino, junto al banco Zitouna, que significa olivo, de ahí nuestra aceituna, término de origen árabe, como otros tantos miles (sorprende ver una catedral en este país islámico), con sus edificios modernistas, art déco y art nouveau, con su paseo arbolado central-, es todo un ritual, una ceremonia que uno realiza gustoso, ya sea durante el día, con tanta animación, como por la noche (donde todos los gatos son pardos, sobre todo porque ni siquiera hay gatos ni gatas, es un decir). 
Pasear a lo largo (y ancho, es una avenida considerable) de Bourguiba (en recuerdo a su presidente, que puso fin a la monarquía e instauró la República), desde la puerta de Francia o Bab Bhar (donde comienza la Medina), haciendo un alto en la estatua ecuestre de Bourguiba, hasta la Torre del Reloj (y aun hasta la Marine y la TGM, la estación de tren que parte hacia Cartago y Sidi Bou Saïd), pasando por delante del legendario rascacielos (construcción cúbica de color azul, que vemos en la primera foto de este post) en que se ubica el hotel África (punto de referencia para no extraviarse), es una delicia. Y te ayuda a entender el movimiento de la ciudad, con su tranvía de color verdoso y sus taxis de color amarillo. 



Y luego esas calles aledañas a la Avenida Bourguiba, como la rue du Caire, con sus restaurantes, en los que resulta en verdad barato comer, comer incluso una dorada a la plancha. Exquisita. Muy sabroso el pescado. Y deliciosa una especie de gulash a la tunecina (Kamounia, se llama), que te hace rechuparte los dedos. Como cuentan que se los rechupaba el Rey Don Juan Carlos yantando botillo en el restaurante Casa Salomé de Toreno en su visita a finales de los 90 al Bierzo. 
De repente, me ha salido un guiño a lo monárquico, aunque uno no lo sea. Y Túnez tampoco lo sea. 



Céntrico (y muy cerca del Hotel África) está el Hotel Tej, cuya relación calidad precio está muy bien para quedarse unos días. Si es que todo resulta asequible para un español en Túnez. El desayuno no va muy allá, todo hay que decirlo, porque el zumo es artificial y el café de máquina de campus universitario, pero está incluido. Y una de las recepcionista, Salma, es una chica amable y muy simpática. Al parecer, sólo se quedará allí unos meses, los que duren sus prácticas, con lo cual dejará de estar en poco tiempo. 

Todo pasa, todo cambia. Todo fluye como un río, el río de la vida, por que navegamos los mortales, que vamos a dar a la mar, que es el morir. Ahora me está saliendo la vena heracliteana, con un recuerdo entrañable, eso sí, al gran Jorge Manrique, el de las coplas a su padre, coplas que me estremecen. 
Túnez capital también da al mar, con su puerto de la Goulette.
Al igual que la bellísima y cercana población de Sidi Bou Saïd (a un par de kilómetros de las ruinas Cartago) que mira al mar con ojos líricos, azules. Pero esto daría para otra entrada. Y aun no he hablado de la Medina de Túnez Capital (Patrimonio de la Humanidad), que también daría para otra entrada. 
Se me amontona el trabajo. Y también las letras. Hoy, en todo caso, o al menos por el momento, lo dejo aquí. Que es sábado. Y hace buen día para salir a estirar las piernas y oxigenar el alma en el útero de Gistredo.