Asturias siempre es una garantía. Asturias, esa tierra que el viajero siente como propia, le entusiasma. Y siempre que puede, la visita. Así que estos últimos días, aprovechando que era fiesta en Ponferrada, la capital del Bierzo, el viajero se lanzó al ruedo en busca de fragancias astures.
Cangas de Onís y los lagos de Covadonga le esperaban con los brazos abiertos, es un decir. Hace tres años, allá por 2023, el viajero también se acercó a los lagos a finales de agosto. El clima se reveló entonces otoñal, casi invernal, en las alturas donde se encuentran, y la niebla terminó cubriéndolo todo.
En esta ocasión ocurrió algo parecido. Aunque el tiempo en Cangas de Onís era bueno, la niebla acabó espesándose a medida que el viajero ganaba altura. Maldición. No obstante, el paisaje adquirió un aire romántico y misterioso, y la subida a los lagos resultó igualmente fascinante: una ascensión que constituye, por sí misma, un viaje hacia las montañas de sus ilusiones.
Un paisaje que nada tiene que envidiar a los paisajes alpinos suizos. Pero las comparaciones, dicen, son odiosas, así que no hace falta entrar en ellas.
| El Sella |
Y es que Cangas de Onís, surcada por el río Sella, es una población animada que huele a sidra, una bebida que le encanta al viajero, y sabe a cachopo y fabada, exquisita en el restaurante El Abuelo y también en otros establecimientos, porque la gastronomía es un arte en esta tierra. «Para fabada, este es el mejor», asegura la propietaria. Lo dice convencida, sin aspavientos.
La primera intención del viajero, en realidad, era acercarse a una sidrería que es también un antiguo lagar, pero está hasta la bandera. Por fortuna, tendrá ocasión de disfrutar en otro momento del viaje de este llagar, El Polesu. Casi sin darse cuenta, el viajero está haciendo publicidad de estos establecimientos, sin menospreciar, por supuesto, tantos otros que, a buen seguro, harán las delicias —como se dice en el argot gastronómico— de los comensales.
| Llagar El Polesu |
Si en el Noroeste peninsular se come bien, Asturias es probable que se lleve la mejor puntuación. Aunque, para gustos, ya se sabe: hay hasta tratados y ensayos enjundiosos que se ocupan de hablarnos de las exquisiteces culinarias.
El viajero, que llega desde la tierra hermana del Bierzo, está convencido de que Asturias sí ha sabido proyectarse, tanto dentro como fuera del país, ofreciendo a los visitantes sus encantos paisajísticos, gastronómicos y culturales, además de actividades como el descenso del Sella en canoa, entre otras muchas.
Asturias es conocida dentro y fuera de sus fronteras. El Bierzo, no. Eso cree el viajero. Incluso la canción Asturias, que interpreta el genial Víctor Manuel a partir de un poema homónimo del poeta salmantino Pedro Garfias, ha trascendido todas las fronteras.
En el fondo, el viajero también se siente astur, porque incluso su primer apellido es un topónimo: el nombre de una aldea de Asturias, en el concejo de Navia.Con estas credenciales, está presto para recorrer Cangas de Onís en busca de aquellas fragancias a las que hizo referencia al inicio de este escrito. Fragancias, sensaciones, impresiones, emociones. Le sigue sorprendiendo la cantidad y calidad de sus restaurantes, de sus tiendas delicatessen, de su vida al aire libre.
Y, por supuesto, le sigue llamando la atención el Puente, ese que dicen romano, aunque de romano ya quede poco o nada. Al pasar por él, el viajero escucha a un visitante comentar, más o menos, algo así: «¿Qué hostias de romano quedará en estas piedras?».
Sea como fuere, al viajero le gusta contemplarlo. El puente es todo un icono y, quizá porque uno no sabe muy bien qué hacer con determinadas emociones, le asaltan unas palabras que acaba escribiendo:
«El Puentón lleva siglos tendido sobre el Sella. Sus piedras hunden sus raíces en la Edad Media, como si el tiempo hubiera pasado a su lado sin conseguir moverlo. Bajo su arco, el río sigue su camino.
Después de recrearse en el Puentón —le fascinan los puentes y los ríos; ama todo lo que fluye y está convencido de que siempre hay que tender puentes entre tierras y vidas—, el viajero se dirige al Monumento al Emigrante, que se encuentra a pocos metros, delante de la Oficina de Turismo.
| El emigrante |
Tal vez por eso se detiene ante el monumento algo más de lo previsto. Y dispara algunas instantáneas con su cámara de fotos y también con su móvil. No vaya a ser que el emigrante no quede retratado. El viajero tiene la impresión de que el emigrante le devuelve la mirada con una sonrisa en el rostro. Hay algo en esa sonrisa que le resulta familiar.
Asturias, como el Bierzo y Galicia, ha sido, a lo largo de los tiempos, tierra de emigrantes. Hacia la llamada Europa desarrollada, hacia las Américas, hacia lugares lejanos donde tantos hombres y mujeres buscaron una vida mejor, dejando atrás la tierra que los vio nacer.
Quizá por eso, en Asturias, también en Cangas de Onís, llaman la atención las casas de indianos, esas construcciones que levantaron quienes regresaron después de hacer las Américas y que hoy forman parte inseparable del paisaje y de la memoria de esta tierra. Algunas son auténticos palacios, con sus balcones de hierro forjado, sus galerías acristaladas y torres mirador. En algún caso han servido incluso como escenarios cinematográficos. Como ocurre con el edificio Partarríu o villa de Parres, en Llanes, que ha servido para filmar, por ejemplo, El orfanato.A la mente del viajero también le viene otra película: Un franco, 14 pesetas, que lo dejó impresionado. Una historia de emigración, de distancia, de regreso y de esa mezcla de ilusión y desarraigo que acompaña a quien abandona su tierra en busca de otro horizonte.
Y quizá sea eso lo que el viajero reconoce en la sonrisa de aquel emigrante de Cangas de Onís: la memoria de quienes se fueron, pero nunca terminaron de marcharse del todo. Porque uno, por más que camine por el mundo adelante, nunca acaba por abandonar completamente su tierra, su caverna.Así se lo dijo en una ocasión al viajero el maestro y filósofo Gustavo Bueno, hijo adoptivo de Asturias: «Usted ha salido de la caverna y ha regresado a la misma». Una frase que, con el paso del tiempo, el viajero ha ido comprendiendo cada vez mejor. Porque quizá viajar consista precisamente en eso: salir de la caverna, contemplar otros mundos, conocer otras tierras y otras gentes, para terminar regresando a aquella de la que un día partimos.
No necesariamente para quedarnos en ella, sino para contemplarla de otra manera. Con otros ojos. Con esa perspectiva nueva que proporciona haber recorrido mundo y haber descubierto que, a veces, solo cuando nos alejamos somos capaces de comprender verdaderamente aquello que dejamos atrás.
Por eso, el viajero abandona de nuevo su caverna para regresar a Cangas de Onís, a los pies de los Picos de Europa, ante uno de los paisajes más bellos que ha contemplado.
| Don Pelayo frente a iglesia |
Cangas de Onís como puerta de entrada a una naturaleza esplendorosa; como punto de partida hacia el santuario de Covadonga y lo
s lagos glaciares, allí donde la montaña asturiana alcanza toda su grandeza. Pero Cangas de Onís es también historia. Fue la primera capital del Reino de Asturias y allí estableció don Pelayo su corte tras la victoria en la batalla de Covadonga. Su figura permanece ligada para siempre a esta villa y sigue presente en uno de sus rincones más reconocibles, en la escultura que se levanta frente a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.
Naturaleza, historia, gastronomía, emigración, memoria. Quizá eso sea, en el fondo, lo que el viajero ha venido a buscar en Cangas de Onís. No solo paisajes ni monumentos, ni siquiera una buena fabada o una botella de sidra. Ha venido en busca de sensaciones. De esas fragancias astures, como el heno de Pravia, el heno recién cortado, que se quedan impregnadas en la memoria emocional y que uno reconoce incluso después de haber recorrido muchos caminos.
Porque salir de la caverna está bien. Es necesario. Hay que conocer otros mundos, caminar otras tierras, escuchar otras voces. Pero también hay que regresar.
Regresar para descubrir que aquel lugar del que partimos ya no es exactamente el mismo. O quizá sí lo sea. El que ha cambiado, acaso, sea el propio viajero. Y ahora, desde Cangas de Onís, siente de nuevo el impulso de subir. De abandonar por un tiempo la villa y adentrarse otra vez en la montaña. De buscar, entre la niebla y las cumbres, aquella belleza sublime que ya había venido a buscar tres años atrás. Los lagos de Covadonga le esperan. Y hacia ellos se dirige el viajero.
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