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jueves, 3 de septiembre de 2026

Soria, ciudad literaria

El Duero desde San Saturio

















El Duero cruza el corazón de roble
de Iberia y de Castilla.
    Antonio Machado, A orillas del Duero


El río Duero, a su paso por Soria, parece llevar consigo la memoria de los poetas que hicieron de estas tierras materia literaria. Gerardo Diego escuchó su voz y la convirtió en poema en «Río Duero, río Duero». Antonio Machado, caminante de Castilla, recorrió sus orillas dejando que el paisaje de álamos, piedra antigua y cielo inmenso entrara en sus versos. 

Quizá sea imposible acercarse a Soria sin hacerlo también a través de su poesía.     
                                    

La memoria de Machado


El viajero comienza el recorrido por el lugar donde todavía permanece la memoria de Machado. El poeta sevillano llegó a la ciudad en 1907 para impartir clases de francés en el Instituto General y Técnico, hoy Instituto Antonio Machado. A la entrada, su figura recuerda al visitante que esta ciudad fue, durante unos años, el escenario de una de las etapas esenciales de su vida. 

Instituto Machado

Machado se hospedó en la pensión regentada por Ceferino Izquierdo e Isabel Cuevas. Allí conoció a Leonor, hija de los propietarios, que entonces tenía trece años. Dos años después, cuando ella apenas contaba quince, ambos contrajeron matrimonio en la iglesia de Nuestra Señora de la Mayor.

Aquel amor duraría demasiado poco.

Leonor murió en 1912, con apenas dieciocho años, víctima de la tuberculosis. Sus restos reposan en el cementerio de Soria, convertido desde entonces en uno de los lugares de peregrinación sentimental de quienes siguen la huella del poeta. 

Leonor

Machado fue feliz en Soria. Lo sabemos por sus versos y por la intensidad con que regresaría después, una y otra vez, a aquel paisaje de juventud, amor y pérdida.

Antes de que la enfermedad acabara con Leonor, el matrimonio viajó a París. Más tarde regresaron a Soria con la esperanza de que ella pudiera recuperarse. Durante aquellos últimos meses, el Paseo del Mirón se convirtió en uno de sus lugares habituales de paseo. Cada día recorrían el camino hasta la ermita barroca de Nuestra Señora del Mirón.

El paisaje debió de ser entonces muy parecido al que contempla hoy el viajero: árboles, silencio, el aire abierto de la ciudad y, al fondo, las tierras castellanas extendiéndose bajo un cielo inmenso.

Mirador de los Cuatro Vientos

Detrás de la ermita se encuentra el mirador de los Cuatro Vientos, desde donde se disfruta de una de las mejores panorámicas de Soria. Abajo discurre el Duero; junto a él aparece el puente de piedra y, más allá, los arcos del monasterio de San Juan de Duero.

El mirador está presidido por un monumento dedicado a Machado y Leonor. Las dos figuras parecen contemplar juntas la ciudad, como si el tiempo hubiera querido concederles algunos de aquellos años que la vida les negó. 

Ermita del Mirón

El viajero, al que se le aparece la mujer de sus sueños, permanece unos instantes ante las siluetas de Leonor y Machado.

Hay historias de amor que apenas duran unos años y, sin embargo, consiguen vencer al tiempo. La de Machado y Leonor es una de ellas. Demasiado pronto para morir, demasiado pronto para que aquel amor pudiera conocer la plenitud de una vida compartida. 

Machado y Leonor. Casa de los poetas

A orillas del Duero, Machado encontró el paisaje de su poesía y también el territorio de su dolor. La muerte de Leonor dejó en sus versos una herida que nunca terminó de cerrarse.

Quizá por eso el río adquiere aquí una dimensión distinta. No es solamente agua que avanza hacia otro lugar. Es tiempo. Es memoria. Es aquello que sigue fluyendo mientras todo lo demás cambia.

El viajero camina junto al Duero al caer la tarde. Los álamos tiemblan bajo la luz, las piedras adquieren tonos dorados y el murmullo del agua parece mezclarse con unos versos que llegan desde muy lejos.

Entonces comprende que no está contemplando solamente un paisaje.

Está contemplando la memoria de Castilla. 


En el cementerio soriano, la tumba de Leonor conserva el recuerdo de aquella muchacha que murió tan joven. Y, en la plaza Mayor, junto a la iglesia de Nuestra Señora de la Mayor, una estatua mantiene viva su presencia.

Leonor, inmóvil en el bronce, parece mirar todavía hacia el paisaje de álamos y agua que un día compartió con Machado.

La plaza Mayor, por cierto, no produce al viajero la impresión de ser una plaza Mayor al uso. Tiene algo más recogido, más irregular, más íntimo. Allí se encuentran también la fuente de los Leones y el Palacio de la Audiencia, cuya fachada luce el famoso reloj que tantas veces inspiró a Machado.

Son lugares que podrían visitarse simplemente como monumentos, pero en Soria resulta difícil hacerlo. Cada piedra parece llevar asociada una historia, cada esquina remite a un nombre, cada paisaje parece haber sido previamente escrito por alguien. 

Plaza Mayor

Al lado de la iglesia de Nuestra Señora del Espino, junto al cementerio donde reposan los restos de Leonor, se encuentra el olmo seco.

El viajero se detiene ante él.

Es difícil contemplarlo sin pensar en A un olmo seco, aquel poema en el que Machado observa un árbol viejo, herido por el tiempo, y descubre entre su madera casi muerta un pequeño brote verde.

La imagen contiene toda una vida.

El tronco carcomido anuncia la muerte. Las ramas desnudas parecen esperar el último suspiro. Pero, entre ellas, una hoja nueva desafía el pronóstico de la naturaleza.

Machado escribió aquellos versos mientras la enfermedad de Leonor avanzaba. El olmo se convierte así en símbolo de una esperanza casi imposible: la posibilidad de que todavía ocurra un milagro, de que la primavera consiga imponerse a la muerte.

Una pequeña hoja verde entre las ramas secas.

Nada más.

Y, sin embargo, suficiente para seguir creyendo.

Olmo viejo

El viajero contempla el árbol y piensa que quizá toda esperanza sea una señal diminuta que aparece cuando todo parece perdido y a la que nos aferramos porque necesitamos creer que la historia todavía puede cambiar.

El olmo no es solamente un árbol.

Es un corazón herido que se resiste a aceptar la pérdida.                                     Bécquer, poeta de leyenda

Desde el cementerio, el camino conduce nuevamente hacia el Duero. Siempre en busca del río. El viajero cruza el puente de piedra medieval en dirección al monasterio de San Juan de Duero, cuyos arcos se recortan sobre un escenario de belleza misteriosa. 

Puente medieval

Si Machado convirtió Soria en memoria y dolor, Gustavo Adolfo Bécquer la convirtió en leyenda.

El poeta romántico sevillano encontró en esta ciudad y en sus alrededores un territorio perfecto para su imaginación. Ruinas, montes, noches, monasterios, campanas y sombras se mezclan en sus relatos hasta borrar la frontera entre realidad y fantasía. 

El viajero encuentra claras similitudes entre la prosa de Bécquer y la de Poe, ambas sustentadas en el misterio, lo sobrenatural y la creación de atmósferas inquietantes. Tanto uno como otro recurren a un lenguaje sugerente y poético, exploran los límites entre la realidad y lo fantástico y abordan temas como la muerte, la locura y el amor imposible. Del mismo modo, sus personajes aparecen frecuentemente dominados por el miedo, la obsesión, la soledad y la angustia, lo que contribuye a crear una atmósfera de inquietud y fascinación.   


Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… 

              Bécquer, El monte de las ánimas


Mientras visita su escultura, al viajero le viene a la memoria El monte de las ánimas, una de sus leyendas más conocidas. La historia conduce a la noche de Todos los Santos, cuando las ánimas de los caballeros muertos regresan para recorrer de nuevo estas tierras. De pronto, el paisaje parece transformarse.

Las piedras adquieren otra dimensión. Los arcos del monasterio parecen guardar voces antiguas. El Duero, con su musicalidad, parece custodiar secretos de otra época. 

Arcos de San Juan

Quizá esa sea la magia de estos lugares, que, por un instante, el viajero también acaba convirtiéndose en personaje de una historia.

Soria conserva muchos de esos rincones que inspiraron al poeta. Existe incluso una ruta que permite seguir sus huellas y acercarse a los paisajes vinculados a su vida y a sus leyendas. Basta un poco de imaginación para volver a encontrar a Bécquer entre los monasterios, las orillas del Duero y los paisajes de esta tierra castellana.

Bécquer escribió sobre aquel monte poblado de ánimas, de campanas y de espectros, convirtiendo el paisaje soriano en leyenda y en miedo, en ese territorio donde la noche parece borrar la frontera entre los que están y los que ya se fueron. 

Monte de ánimas

Pero quizá todas las historias de muertos hablen, en realidad, de los vivos que fabulamos con los muertos que seremos. Los vivos que inventamos voces para quienes ya callaron, como hiciera el escritor mexicano Rulfo en Pedro Páramo y El llano en llamas https://cuenya.blogspot.com/2018/03/rulfo-o-el-mexico-profundo.html, caminos para quienes dejaron de caminar.

Los vivos, siempre, con el ánima a cuestas, tratando de entender este mundo y ese otro que empieza donde termina la vida.

Porque tal vez no tememos tanto a los muertos como a su silencio.

Y por eso los hacemos regresar.

Ánimas benditas, rezo. Algo así decían en el útero de Gistredo los antepasados del viajero.

El autor de Rimas y leyendas ambientó El rayo de luna especialmente en el entorno del Duero, el monasterio de San Polo y el camino hacia San Saturio. Menciona expresamente el postigo y la ermita de San Saturio, una geografía que transforma mediante la imaginación romántica. Las ruinas, la noche, las sombras, la vegetación y el río no funcionan solo como decorado sino que contribuyen a crear una atmósfera de misterio y de ilusión.

San Polo

En una de las casas de la céntrica plaza Benito Aceña, conocida popularmente como Herradores y convertida en uno de los lugares de tapeo de la ciudad, vivieron los hermanos Bécquer, Valeriano y Gustavo Adolfo, tal como recuerda una placa.

Y es que en Soria, como en tantos lugares de Castilla y León y de España en general, el tapeo forma parte de la vida cotidiana.


La ciudad literaria convive aquí con la ciudad de todos los días. 
Los versos y las leyendas comparten espacio con las terrazas, las conversaciones y el sabor de un torrezno. También eso forma parte del viaje.                                                                              Gerardo Diego, el poeta que llegó desde el Cantábrico

Años más tarde, otro poeta llegaría desde el Cantábrico para dejar también su huella en Soria. Era Gerardo Diego, miembro de la Generación del 27, que vino a la ciudad para enseñar literatura en el instituto que hoy lleva el nombre de Antonio Machado. 

En El Collado, una de las principales arterias de Soria, se encuentra su estatua, frente al Casino Círculo Amistad Numancia. Es un hermoso edificio del siglo XIX que albergó dos instituciones que acabarían fusionándose: el Casino de Numancia, fundado por miembros de la burguesía soriana, y el Círculo de la Amistad, donde se reunía el pueblo llano.

En la tercera planta se encuentra la Casa de los Poetas, dedicada a las figuras de Machado, Bécquer y Gerardo Diego. Aunque también figura, entre otros, un lienzo y poema de Rafael Alberti.

Tres poetas, tres épocas y tres maneras distintas de mirar Soria, aunque todos acabaron encontrando en ella materia suficiente para la literatura. 

«Poetas andaluces
que soñasteis en Soria un sueño dilatado:
tú, Bécquer, y tú, Antonio, Buen Antonio Machado,
que aquí al amor naciste y estrenaste las cruces
del dolor, de la muerte. Desde el cántabro mar,
también, como vosotros, subí a Soria a soñar».

Gerardo Diego acabó dejando también su propia huella en la ciudad. Quizá por eso no podía faltar aquí su figura.

Frente al Casino, sentado a la mesa de un café, el poeta parece haberse quedado para siempre en mitad de una tarde cualquiera.

La escultura de bronce lo muestra con un libro abierto entre las manos y una taza delante, como si acabara de levantar la mirada de unos versos para contemplar la ciudad. 

Permanece allí, silencioso, compartiendo con quienes pasan la calma y la memoria de una ciudad que tantas veces fue escrita.

El hombre que llegó desde el Cantábrico para «soñar en Soria» terminó convirtiéndose, de algún modo, en parte de ese sueño. Su figura contempla las calles que inspiraron a otros antes que él.

El libro sigue abierto. La taza permanece sobre la mesa. Y el tiempo, alrededor, continúa pasando. Solo falta imaginar que, en cualquier momento, Gerardo Diego volverá a escribir. 

Por el centro histórico

Pero Soria no termina en sus poetas. 

Palacio de los condes de Gómara

En torno a la calle El Collado, muy transitada tanto por sorianos como por visitantes, se encuentra el centro histórico, que conserva cierto aire medieval. Vías nobiliarias como la Real, Aduana Vieja, Zapatería o Caballeros, que conduce al antiguo castillo, evocan aquella Soria de palacios y linajes. En esta última, además de mansiones y casonas de alta alcurnia, se encuentran el Palacio de la Diputación, escoltado por ocho estatuas de personajes relevantes de la provincia, y la iglesia de San Juan de Rabanera, un bello ejemplo del románico soriano, declarado Monumento Nacional.

Al viajero le llama poderosamente la atención el Palacio de los Condes de Gómara, una joya de la arquitectura renacentista, tal vez por su parecido con el palacio de Monterrey de Salamanca y el Palacio de los Guzmanes en León. 

Concatedral

También la Concatedral de San Pedro, Monumento Nacional, que conserva un extraordinario claustro románico y que vuelve a recordarle al viajero el patio de las Escuelas Menores de Salamanca, quizá porque es un devoto de la ciudad charra.

Tampoco se le pasa por alto, acaso por su nombre, el Arco del Cuerno, que va a desembocar en la Plaza Mayor. Ni el cerro donde se encuentran las ruinas del castillo, desde donde disfruta de preciosas vistas sobre el Duero, la ermita de San Saturio y las cumbres del Moncayo, todo un símbolo y también un paisaje literario. 

Claustro
La ermita de San Saturio

El viajero se acerca hasta en dos ocasiones a la ermita de San Saturio, donde, según la tradición, vivió el anacoreta visigodo que acabaría convirtiéndose en patrono de Soria. Un anacoreta que le recuerda a San Valerio del Bierzo, aquel otro solitario que hizo de la montaña su refugio en el monasterio de San Pedro de Montes. A este paso, el viajero acabará haciéndose eremita.

El santuario de San Saturio, excavado en la roca, parece por momentos una iglesia rupestre de la Capadocia turca o, mismamente, de Montserrat. Hay algo insólito en esta ermita encajada en la montaña, como si la piedra hubiera decidido guardar memoria de quienes buscaron en ella retiro y silencio.

Y forma parte, además, de ese paisaje soriano que Bécquer y Machado ayudaron a convertir en paisaje literario: la roca, el río, la soledad y esa luz austera que parece acompañar siempre al viajero.

Arco del cuerno

Al viajero le procura un gran placer recorrer las entrañas de San Saturio, como si transitara por los pasillos laberínticos de la abadía de Melk de El nombre de la rosa. Por momentos también se siente en Covadonga, en Asturias; incluso en alguna ermita de Ojo Guareña, aunque nunca haya estado allí. Es como si, al internarse en la roca, hubiera emprendido un viaje a través de una nueva dimensión.

Rodrigo, el recepcionista de este recinto sagrado, que ejerce también como guía, es un auténtico libro abierto. Un chaval despierto que parece conocer no solo la ciudad de Soria, sino también la provincia al completo, como demuestran sus recomendaciones y, por ejemplo, su manera de hablar de las energías que desprenden algunos de los parajes del Cañón del Río Lobos. Es de esos guías que no se limitan a transmitir lo que saben, sino que consiguen despertar la curiosidad del viajero y contagiarle las ganas de seguir descubriendo.

A la salida de la ermita, el viajero se encuentra con una pareja de argentinos procedentes de la Patagonia que está recorriendo España. La conversación le resulta harto interesante. Se nota enseguida que son gente hospitalaria, de esa que convierte un encuentro casual en una pequeña experiencia del viaje.

San Saturio

Si es que viajando se aprende mucho. Eso cree el viajero, que siente curiosidad, inquietud por seguir recorriendo espacios y tiempos.

Tal vez lo que más le sorprende en esta segunda visita a Soria sea descubrir que una ciudad que apenas dejó huella en su memoria hace veinte años puede, de repente, despertar todos los sentidos.

El olor de la ribera.

El frescor de la noche.

El sonido de las campanas.

El sabor del torrezno.

La piedra dorada.

Los versos de Machado y Gerardo Diego.

Las leyendas de Bécquer.

La sombra de Leonor.

San Saturio

Todo parece haberse ido reuniendo poco a poco.

Y entonces el viajero comprende que los lugares no siempre permanecen en nuestra memoria de la misma manera. A veces somos nosotros quienes necesitamos cambiar para poder verlos.

Hace veinte años estuvo aquí y apenas quedó nada.

Ahora Soria le ha entrado por los ojos, por el oído, por el olfato y por la memoria emocional. Le ha entrado por la literatura.

Quizá por eso, cuando vuelve al Duero al final del día, el río ya no es el mismo. O quizá el que ya no es el mismo sea él.

El agua continúa su curso. 

San Saturio

Los álamos siguen temblando bajo la luz.

Las piedras conservan su color dorado.

El azul del cielo se vuelve protector.

Y, en algún lugar de la ciudad, Machado, Bécquer y Gerardo Diego parecen seguir escribiendo.

Uno convirtió el paisaje en memoria.

Otro lo llenó de leyendas.

El tercero escuchó el río y soñó con Soria. 


Tres poetas. Tres sentires acerca de una misma ciudad. Porque quizá en Soria la poesía no está solamente en los libros ni en los nombres de sus poetas sino en las calles. En las piedras. En el río Duero. En las campanas. En la luz de la tarde. En un olmo seco. En una estatua de bronce. En un libro abierto sobre una mesa. En el silencio de un cementerio. En la sombra de una muchacha que murió demasiado pronto. Está en aquello que permanece cuando quienes lo vivieron ya no están.

El viajero contempla una última vez el Duero, ese corazón de roble que da título al libro de Ernesto Escapa, Corazón de roble. Viaje por el Duero desde Urbión a Oporto, un viaje que sigue el río a través de Iberia y Castilla. Y entiende que quizá ese sea el verdadero secreto de Soria, que aquí el tiempo no borra del todo las huellas, sino que las deposita sobre el paisaje, como una pátina invisible que solo algunos lugares saben conservar.

Soria, esta vez, no ha pasado como un relámpago ni como un rayo de luna. Esta vez se ha quedado.

Para siempre.

 

 

 

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