Vistas de página en total

lunes, 17 de agosto de 2026

Encuentro literario en el útero de Gistredo, decimoséptima edición

Mónica, Camino, Cuenya, Nidia e Isabel. Foto: Ed

Volvemos, un año más, a celebrar el encuentro literario en el útero de Gistredo, qué bien suena. El útero de Gistredo acaso sea un territorio mítico a la vez que real, como Macondo, Celama, Comala o Región.
Carlos Attadía. Foto: Baillo
Y ya van diecisiete ediciones, lo que es indicativo de que el tiempo corre que vuela y, a la vez, una maravilla, porque significa que seguimos en la senda, celebrándolo por todo lo alto, con ilusión. Ay, la ilusión, eso último que se pierde. Sin ella, nos sentiríamos apagados. https://cuenya.blogspot.com/2013/11/los-muertos-de-celama.html

https://cuenya.blogspot.com/2018/03/rulfo-o-el-mexico-profundo.html


Cuenya, Mónica, Isabel, Carlos. Foto: Victoria 

Me alegra, como organizador de este encuentro desde que lo pusiera en marcha allá por 2010, comprobar que las personas invitadas acuden gustosas y que, incluso, algunas me dicen que les gustaría participar aunque no figuren en el cartel. 
El cartel, al fin y al cabo, es un mero formalismo. 
Cuenya. Foto Ed


El encuentro literario es, y debe seguir siendo, algo vivo, dinámico, abierto a quienes quieran leer, recitar o aportar su particular visión literaria del mundo y de sí mismos. Tanto es así que, de entre el público, se levantó Charo Leyva para leernos algo de su libro 108 poemas, que tuvo a bien obsequiarme. 

Qué maravillosa es la literatura, la escritura. Y qué haríamos sin ellas. 

Paco, Roberto, Cuenya, Mónica, Isabel, Carlos. Foto: Victoria 

También me alegró encontrarme con tantas personas que siguen fielmente el encuentro, junto a otras que acudían por primera vez. Un gustazo contar con un público tan entregado, incluso diría que emocionado, porque por momentos se percibió la emoción en los ojos de algunas personas, como José Manuel, por ejemplo. Y no era para menos, habida cuenta de que también presentamos el reciente número de verano de la revista La Curuja, cuya portada y páginas interiores rinden homenaje a Pepín el de Olina, aquel hombre hospitalario y entrañable que nos dejó durante la pasada Semana Santa. https://cuenya.blogspot.com/2026/07/la-curuja-con-tributo-pepin-el-de-olina.html 

Foto: Ed

Fue hermoso compartir momentos tan emotivos tanto con quienes intervinieron como con el público. Uno mismo tuvo también el placer de leer algo que compuse con motivo de una estancia literaria, el pasado mes de mayo, en Paredes de Nava, ese bello pueblo palentino donde, según la tradición, nació el gran poeta Jorge Manrique, el autor de las inmortales Coplas a la muerte de su padre. https://cuenya.blogspot.com/2026/05/del-poeta-jorge-manrique-al-poeta.html 

Encuentro literario en Noceda. Foto: Ed

En esta ocasión nos acompañaron como participantes Camino Pastrana https://cuenya.blogspot.com/2019/10/la-fragua-literaria-leonesa-camino.html, Isabel Llanos https://cuenya.blogspot.com/2019/11/la-fragua-literaria-leonesa-isabel.html, Mónica Balboa https://cuenya.blogspot.com/2024/07/36-encuentro-de-poetas-en-rua-ourense.htmly Carlos Attadía https://cuenya.blogspot.com/2016/11/la-fragua-literaria-leonesa-carlos.html, además de Nidia Beltramo, Roberto Arias Alba https://cuenya.blogspot.com/2018/10/la-fragua-literaria-leonesa-roberto.html y María Encina Rodríguez de Paz. https://cuenya.blogspot.com/2025/08/decimocuarto-encuentro-literario-en.html  https://cuenya.blogspot.com/2024/08/quince-anos-no-es-nada-encuentro.html 

Isabel Llanos. Foto: Ed

Nidia Beltramo, argentina de origen aunque afincada desde hace algún tiempo en el Bierzo, concretamente en Congosto, la cuna del navegante Álvaro de Mendaña, es una narradora de reconocido recorrido. Tuve el gusto de compartir con ella un recital en O Barco de Valdeorras y también participó, hace dos años, en el encuentro literario de Noceda del Bierzo. 

Roberto Arias Alba, originario de Valtuille, en el Bierzo, también lo conozco desde hace años. Hemos compartido encuentros literarios y alguna presentación de libros. Es el poeta total, como lo define su primo, el narrador Paco Arias Ferrero, que también estuvo entre el público y que, una vez terminado el encuentro, tuvo el estupendo detalle de obsequiarnos con sus vinos. Se lo agradecemos de corazón. 

Roberto Arias Alba y Encina R. de Paz. Foto: Baillo


María Encina Rodríguez de Paz, colaboradora de La Curuja, al igual que Nidia Beltramo, ya había participado en el encuentro del pasado año y quiso repetir en esta edición. Sobre todo, porque le hacía mucha ilusión a su marido, a quien deseamos lo mejor en esta etapa de delicada salud. 

Encina pertenece a la saga de los Paz, una auténtica saga familiar literaria que, salvando las distancias, me recuerda a los Buendía de los que nos habló el Nobel García Márquez en Cien años de soledad. Varios miembros de la familia Paz nos acompañaron, entre ellos Nanci, Pili, Venancio y Chente, que además nos acompañó después a El Nogal, tras el encuentro y la degustación de los vinos de Paco Arias Ferrero. 

Encina, Mónica e Isabel. Foto: Ed

Fue una velada realmente deliciosa, al amor de las viandas, la cerveza, el vino, las conversaciones, las risas y las sonrisas. Y con un Chente colosal, un narrador nato, contando historias de su familia, de sus padres, de sus tíos Esteban y Eugenio y de tantas otras vivencias. Momentos así son también literatura, aunque no estén escritos en ningún libro. 

En cuanto a los participantes que figuraban en el cartel, Carlos Attadía, porteño de nacimiento aunque lleva ya más de treinta años en el Bierzo, puso la música y amenizó el encuentro con sus canciones y su poesía musicalizada. A Carlos lo conocí hace años, creo recordar que a través del músico Carlos Huerta. https://cuenya.blogspot.com/2024/10/carlos-huerta-en-noceda-del-bierzo-el.html Y gracias a aquellos caminos de la música también pude conocer a otro fenómeno, Ángel Petisme. https://cuenya.blogspot.com/2016/05/angel-petisme-en-bembibre.html

Attadía, con sus sonidos y sus versos, nos llevó en cierto modo hasta Buenos Aires, esa ciudad que me dejó maravillado cuando la visité hace ya más de veinte años. El tiempo, siempre el tiempo, que no deja de correr. 

Foto: Jose Baillo

Mónica Balboa, narradora y cinéfila berciana, autora de una página web dedicada al cine, nos leyó un relato hermoso que, quizá, con su beneplácito, podamos incluir en algún número de La Curuja. Sería un placer. 

Cuenya. Foto Baillo

Por su parte, la polifacética Isabel Llanos, que por cuarta vez se acerca al útero de Gistredo para participar en el encuentro, nos habló de su reciente libro de poemas y nos leyó algunos de ellos con el arte que la caracteriza. Porque Isabel, además de poeta y narradora, es actriz. Leonesa que vive en la diáspora, como tantos y tantas leonesas, en su caso en la Ciudad Condal. Y para finalizar este recorrido literario nos acompañó, por tercera vez, la gran Camino Pastrana. Qué grande eres, Camino. Un ser de luz, una mujer de increíble inteligencia emocional, excelente comunicadora y periodista, maravillosa narradora leonesa y, sobre todo, un amor de persona. Nos leyó un cuento lleno de ternura dedicado a su pequeña Gracia, que nos dejó con la emoción a flor de piel.

Foto: Ed

A todas y a todos les agradezco que nos tocaran con sus palabras, que compartieran su sensibilidad, sus historias, sus versos, sus músicas. 

Y a todas las personas que asistieron, me gustaría mencionarlas a todas, pero a buen seguro se me olvidaría alguien.

Mónica Balboa. Foto: Baillo


No obstante, me apetece hacer una mención especial a los expertos fotógrafos Jesús Madero y José Baillo, ambos de La Mancha, que se ocuparon de hacer fotografías del acto, aunque Jesús todavía no me la ha pasado. También a Ed, el compañero de Nidia Beltramo, que sí hizo fotografías y me las ha pasado; y, por supuesto, a Victoria, que también tiró algunas instantáneas, que me ha pasado y cuya presencia siempre es motivo de inspiración. 
Y agradecerle especialmente a Camino Pastrana que viajara con su chico desde Madrid, justo después de salir ella de trabajar, para llegar unos minutos antes de que diera comienzo el encuentro literario. Vaya mérito el suyo, lo cual es muy de agradecer. 

Camino Pastrana. Foto: Baillo

Así que, un año más, el útero de Gistredo volvió a llenarse de literatura, de música, de memoria, de afectos y de palabras. Y mientras haya ilusión, mientras haya personas dispuestas a compartir lo que escriben y otras dispuestas a escuchar, seguiremos celebrando este encuentro. Porque la literatura, como la vida, necesita de quienes la mantengan viva. https://www.facebook.com/reel/892954406920393

Y qué maravilla poder seguir aquí, diecisiete ediciones después, celebrándolo juntos.

*Gracias a ileon (elbierzo.eldiario.es) por publicar este texto. https://elbierzo.eldiario.es/cultura-y-ocio/utero-gistredo-vuelve-llenarse-literatura-musica-memoria-afectos_129_13452501.html


sábado, 15 de agosto de 2026

Fernando Rey y la memoria de Coruña

Hay encuentros que hacen feliz a cualquier amante del cine. Para el viajero, uno de ellos puede ser descubrir en Coruña una placa que recuerda a Fernando Rey, uno de los actores más elegantes, cultos y universales que ha dado el cine español.

Nacido en esta ciudad el 20 de septiembre de 1917, Fernando Rey llevó el nombre de Galicia mucho más allá de sus fronteras. Su carrera, extensa y extraordinaria, terminó convirtiéndolo en uno de los intérpretes españoles de mayor proyección internacional.

Resulta imposible encontrarse con su nombre sin pensar inmediatamente en Luis Buñuel https://cuenya.blogspot.com/2010/03/luis-bunuel-don-luis-un-suspiro-de.html

https://cuenya.blogspot.com/2018/12/el-angel-exterminador-de-bunuel.html

Viridiana, Tristana, El discreto encanto de la burguesía y Ese oscuro objeto del deseo forman parte de una de las colaboraciones más memorables de la historia del cine español. En aquellas películas, Rey aportó mucho más que talento interpretativo. Su elegancia, su ironía, su mirada y aquella manera tan personal de decir las cosas hicieron de él una presencia difícil de olvidar. 


Su figura quedó ligada también a uno de los personajes más universales de nuestra literatura. En El Quijote, la serie de Televisión Española dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón, Fernando Rey encontró una de las interpretaciones más recordadas de la última etapa de su carrera. Su Alonso Quijano era humano, noble y melancólico; un personaje en el que la grandeza convivía con la fragilidad.

Y estaba, además, su voz. Una voz cálida, elegante e inconfundible, con aquella sonoridad casi radiofónica que parecía capaz de conferir una dignidad especial a cualquier frase. En ¡Bienvenido, Mister Marshall!, de Luis García Berlanga, fue precisamente la voz de Rey la que ejerció como narradora.

Por eso, encontrarse con una placa dedicada a Fernando Rey en una calle de Coruña tiene algo de pequeño descubrimiento y, al mismo tiempo, de homenaje necesario. La placa no necesita grandilocuencia. Basta el nombre. Porque basta leer «Fernando Rey» para que aparezcan, de pronto, Buñuel, don Quijote, Berlanga, el cine español y aquella voz que parecía venir de otro tiempo. 


Quizá ahí resida la verdadera fuerza de los homenajes urbanos: en conseguir que un nombre escrito sobre una placa despierte todo un mundo en la memoria.

Fernando Rey fue un actor excepcional, pero también fue un gallego universal. Un hombre nacido en Coruña que terminó convirtiéndose en uno de los rostros más reconocibles y respetados de nuestra cinematografía.

El viajero continúa su camino, pero antes vuelve la mirada hacia la placa. La ciudad conserva así la memoria de uno de sus grandes actores. Y esa memoria se prolonga en otros muchos nombres que aparecen repartidos por sus calles, plazas y jardines.

La Terraza

Basta acercarse a los jardines de Méndez Núñez para comprobarlo. Situados junto a las instalaciones portuarias, estos jardines fueron concebidos sobre terrenos ganados al mar e inaugurados en 1868. En un principio fueron conocidos como Jardines del Ensanche y, en 1871, recibieron el nombre de Casto Méndez Núñez, en homenaje al célebre marino gallego.  https://cuenya.blogspot.com/2024/06/la-ciudad-milenaria-del-faro-una.html

Allí, entre la vegetación y los paseos, se encuentran monumentos dedicados a algunas de las figuras señeras de la cultura gallega, como Concepción Arenal (poeta, autora dramática y pionera del feminismo español), Emilia Pardo Bazán https://cuenya.blogspot.com/2021/04/los-viajes-de-pardo-bazan.html, Manuel Murguía, Valle-Inclán y Castelao. Y, en una inesperada conexión con la cultura popular del siglo XX, también aparece John Lennon, convertido en todo un icono de la música. 


El viajero vuelve a detenerse, como ya lo hiciera en el camposanto de San Amaro, ante la escultura de Manuel Murguía, marido y compañero de vida de Rosalía de Castro. https://cuenya.blogspot.com/2026/08/la-ciudad-de-dos-faros-dos-epocas-una.html

También se detiene ante las figuras de Valle-Inclán, autor de Luces de bohemia https://cuenya.blogspot.com/2024/12/luces-de-bohemia-pelicula-de-miguel.html, Emilia Pardo Bazán, autora de Los pazos de Ulloa, y Castelao, una de las personalidades más polifacéticas de la cultura gallega. Las fotografías se suceden mientras el paseo continúa. https://cuenya.blogspot.com/2009/12/tras-las-huellas-literarias-de-valle.html

https://cuenya.blogspot.com/2023/09/en-tierras-valleinclanescas.html

https://cuenya.blogspot.com/2017/06/luces-de-bohemia-en-ponferrada.html

Los jardines funcionan así como una singular galería al aire libre. El viajero no tiene que entrar en un museo para encontrarse con la historia cultural de la ciudad. Puede hacerlo mientras pasea, entre árboles, esculturas y edificios tan reconocibles como el Kiosco Alfonso o La Terraza. El modernista Kiosco Alfonso, además, mantiene su condición de espacio cultural y acoge exposiciones. 


Coruña permite que uno se encuentre con sus personajes queridos mientras camina. No hace falta buscarlos demasiado. Están allí, formando parte del paisaje y de la memoria cotidiana de la ciudad.

Quizá por eso la ciudad sorprende incluso cuando uno cree que ya la conoce. A veces basta detenerse ante un nombre para descubrir que detrás de él permanece toda una historia. 

Y frente a la placa de Fernando Rey, durante unos instantes, toda esa historia parece regresar.

El viajero sigue su camino. La ciudad, mientras tanto, continúa guardando la memoria de quienes hicieron de la cultura gallega algo mucho más grande que sus propias fronteras.

viernes, 14 de agosto de 2026

La ciudad de dos faros, dos épocas, una misma costa


La ciudad de dos faros invita a sentirla. A sentirla con su música, con su luz, con sus aromas marinos y con el sabor de su pulpo, escultura incluida. También con esa temperatura agradable que, en pleno agosto, convierte el paseo en un placer. Hay ciudades a las que se regresa, como se regresa a un lugar que, de alguna manera, ya forma parte de su memoria emocional. 

El visitante, enamorado de esta ciudad de dos faros, vuelve una vez más allí donde el Atlántico rompe contra la costa y el viento escribe historias sobre las rocas. Allí donde se eleva el Obelisco Millennium, esa aguja de acero y cristal que parece desafiar al tiempo bajo el cielo del nuevo milenio. Al otro lado de la bahía, la milenaria Torre de Hércules contempla el horizonte.

El cristal y el acero del Obelisco se incendian con los reflejos del mar y del sol. La antigua piedra del faro romano, en cambio, guarda la memoria de los navegantes que durante siglos buscaron su luz. Dos materiales, dos épocas, dos maneras de mirar al horizonte. Y, sin embargo, una misma vocación: iluminar.

El Obelisco Millennium y la Torre de Hércules. Dos faros. Dos épocas. Una misma costa. Uno nació para guiar a los marinos; el otro parece recordarnos que cada generación necesita también una luz que señale el horizonte. Entre ambos dialogan el eco del pasado y el aliento del porvenir, unidos por un mismo océano: el Atlántico. 


El visitante disfruta contemplándolos. Siente que ambos faros, como dos guardianes de la ciudad, le señalan el camino hacia el mar. Desde el Obelisco emprende su recorrido por el paseo marítimo, que se prolonga durante kilómetros bordeando la costa y cuenta también con un carril para bicicletas. 

El vagamundo avanza sin prisa. El mar y la ciudad aparecen fusionados. De vez en cuando se detiene para contemplar el paisaje, para dejar que la brisa le roce el rostro, escuchar los graznidos de las gaviotas o para observar cómo la luz transforma a cada instante el color del agua.

Pronto aparece Riazor, tendida frente a él como una enorme concha abierta al océano. La playa conserva todavía el eco del festival del Noroeste, esa música que durante unos días convierte la orilla en escenario y la ciudad en una gran fiesta.  


Después llega la ensenada de Orzán. El visitante se detiene para hacer unas fotografías y recrearse ante la fuente de los surfistas, cuyas figuras parecen sobrevolar la ciudad. Más adelante, el paseo lo conduce hasta la Domus, ese singular museo dedicado al ser humano. Después surgen unas llamativas farolas rojas que parecen marcar el rumbo hacia el extremo de la ciudad. Al fondo ya se adivina la Torre de Hércules, la «torre de caramelo», como la llamó Picasso, que vivió de niño en esta ciudad. 

Playa de San Amaro

La antigua torre se levanta sobre el promontorio como si el tiempo no hubiera pasado por ella. A su alrededor se despliega el parque escultórico, un territorio donde la piedra, el viento y el océano dan la impresión de formar parte de una misma obra. Esta vez el visitante no sube a la torre. Tampoco se acerca a la caracola, aunque su forma siga despertando en él esa clase de inspiración que solo producen ciertos lugares. No se adentra en la zona de los menhires ni busca el cementerio moro. Hay lugares que no necesitan ser recorridos por completo para permanecer en la memoria emocional. 

Wenceslao Fernández Flórez

Continúa bordeando la costa hasta la playa de San Amaro. Cerca queda el cementerio de San Amaro y el visitante recuerda que quiere volver allí después de algún tiempo. No por curiosidad, sino por memoria. Hay dos tumbas que desea reencontrar, a saber, la de Wenceslao Fernández Flórez y la de Manuel Murguía.

El cementerio lo recibe en silencio y bajo un sol radiante. Al otro lado de los muros, el Atlántico respira con su rumor incesante, mientras una extraña templanza parece envolver las sepulturas.

El visitante da algún que otro tumbo entre las calles del camposanto hasta que, finalmente, decide preguntar a un hombre que parece trabajar allí.

—¿La tumba de Wenceslao Fernández Flórez?

El hombre le responde con amabilidad. No se limita a señalarle el camino, sino que prácticamente lo lleva de la mano hasta la sepultura. El visitante se lo agradece. Y allí, delante de aquella tumba, se pregunta quién se acuerda, a estas alturas, de Wenceslao Fernández Flórez. 


Quién recuerda al escritor gallego que supo meter el miedo en el cuerpo sin necesidad de recurrir a grandes estridencias. Al maestro de un realismo fantástico arraigado en Galicia, donde las apariciones, las meigas y la Santa Compaña forman parte del paisaje con la misma naturalidad que la lluvia, la niebla o los bosques.

El tiempo ha ido apartando a Fernández Flórez del imaginario popular, pero no ha conseguido borrar su universo literario. Pertenece a esa estirpe de escritores que construyeron un mundo propio y lograron convertir la tierra en una forma de literatura. Gallego hasta en su manera de entender lo sobrenatural, mezcló la ironía con la melancolía y el humor con una cierta inquietud ante aquello que no puede explicarse. Entre vivos y muertos, en sus páginas, apenas existe una frontera.

Quizá muchos lo recuerden sin saberlo gracias a El bosque animado, la obra que José Luis Cuerda llevó al cine y que terminó formando parte de la memoria sentimental de varias generaciones. Aquel bosque donde los árboles parecen susurrar, las almas vagan sin descanso, los animales poseen sus propias historias y los seres humanos atraviesan un territorio en el que lo extraordinario convive con lo cotidiano.

Torre de control marítimo

Pero Fernández Flórez fue mucho más que El bosque animado. Fue un cronista excepcional del alma gallega, alguien capaz de convertir las leyendas, las supersticiones y el humor en una manera de explicar el mundo. En sus páginas, el miedo se desliza con la discreción del orballo sobre los caminos y deja tras de sí una sensación difícil de sacudirse: la de que, en Galicia, los muertos jamás terminan de marcharse del todo. 

El visitante permanece unos instantes en silencio. Después busca la otra tumba. En el mismo camposanto descansa Manuel Murguía, compañero del alma de Rosalía de Castro, que duerme en el Panteón de Galegos Ilustres de Santiago de Compostela. La distancia entre ambos lugares no parece importar demasiado. Tampoco la muerte. Porque hay vínculos que no terminan con la vida.

Murguía y Rosalía continúan unidos por una historia que pertenece tanto al amor como a Galicia. Él custodió la memoria de un pueblo; ella le dio un alma inmortal con sus versos. Juntos construyeron una de las grandes historias culturales y sentimentales de la tierra gallega.

El visitante contempla la tumba de Murguía y piensa que quizá el amor, cuando es verdadero, acaba transformándose en paisaje. Se convierte en el orballo que humedece los caminos, en la bruma que abraza los montes, en la espuma que se rompe contra las rocas. Se transforma en esa luz que, por un instante, parece susurrar que quienes amaron de verdad nunca terminan de despedirse, sino que simplemente cambian el lugar desde el que continúan acompañándonos. 

Castillo de San Antón

Frente a San Amaro, el Atlántico sigue respirando. Las olas llegan y se retiran con su cadencia interminable. El viajero comprende entonces que también los lugares guardan memoria. Que una ciudad no está hecha solamente de calles, edificios y monumentos, sino de las vidas que alguna vez caminaron por ella y de las palabras que quedaron suspendidas en el aire. 

Después de visitar las sepulturas, abandona el cementerio y vuelve al paseo marítimo. 


A lo lejos divisa la torre de control marítimo, junto al castillo de San Antón, antigua fortaleza levantada para proteger el puerto. Ante él, la ciudad parece desplegarse como un mapa que ya conoce de memoria. Cada rincón le resulta familiar y, sin embargo, conserva algo de descubrimiento.

Desde allí emprende camino hacia el jardín de San Carlos. El lugar le entusiasma por su aire casi exótico, por la vegetación y por el mausoleo y la escultura de Sir John Moore, el general inglés que intentó defender la ciudad herculina de las tropas napoleónicas. Al fondo se abre el puerto. 

San Carlos

El visitante permanece un momento contemplando aquella mezcla de naturaleza, arte y mar. Hay algo ceremonial en aquel jardín, como si la historia hubiera encontrado allí un lugar tranquilo desde el que contemplar la ciudad.

Después se adentra en el casco histórico. Deambula por las callejuelas, cruza plazas, se deja llevar por el trazado antiguo de la ciudad. No necesita mapa. La ciudad de dos faros está en su cabeza y también, de alguna manera, en su memoria afectiva. 

Sir John Moore

Finalmente llega a las galerías de la Marina. Se detiene ante ellas, como tantas otras veces.
Le siguen pareciendo atractivas esas fachadas acristaladas que multiplican la luz y devuelven al cielo y al mar una parte de su resplandor.
 Entonces comprende que quizá toda la ciudad ha sido, durante su paseo, una sucesión de reflejos. Ciudad de Luz. https://cuenya.blogspot.com/2026/08/coruna-ciudad-de-luz-y-musica.html La luz del Obelisco. La luz de la Torre de Hércules. La luz sobre Riazor. La luz que se quiebra en las galerías de la Marina. Y también esa otra luz, más íntima, que permanece en los lugares donde alguien vivió, amó, escribió o murió.

Galerías de la Marina

El viajero mira hacia el Atlántico. Quizá eso sea, después de todo, lo que hace que algunas ciudades permanezcan, esa capacidad de iluminar incluso aquello que el tiempo parece empeñado en oscurecer. 

Dos faros frente al océano. Dos épocas mirando hacia el mismo horizonte. Y entre ambos, la ciudad de dos faros, dos épocas, una misma costa, caminando hacia la luz mientras el Atlántico, incansable, continúa contando su historia contra las rocas.