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lunes, 30 de enero de 2012

Un café con literatos


El pasado sábado tuvimos el placer de celebrar Un Café con Literatos. El Segundo, si tal puede decirse. Pues en abril de 2011 festejamos el Primer Café sobre Literatura de Viajes en Las Fontaninas. Tanto a uno como otro les dimos vuelo y rueca en el útero, conocido como el pueblo de las fuentes medicinales, otrora el pueblo de la leche y las lecheras. Me refiero a Noceda del Bierzo, la villa que me vio nacer o que me naciera hace ya muchos años. El tiempo. No hay quien lo detenga. Vaya obsesión la mía. Necesitaría estar rodeado de tiempo más que de espacio. Me gustaría explorar el tiempo. Pero ahora no toca ponerse estupendos. Sólo dar fe, y buena, del pasado evento literario realizado en el regazo de Gistredo/Xistreu.  


Raquel Viejobueno volvió a Noceda del Bierzo para mostrarnos algunas antologías. Qué bueno, Raquel, que hayamos podido reencontrarnos. En el sarao literario estuvimos pocos pero bien avenidos, y disfrutamos conversando sobre literatura ("Un café para literatos"), que es una manera, al igual que otras muchas, de matar y aun rematar el tiempo, la sangre con que escribimos quienes disfrutamos escribiendo. Gozamos de una velada al amor/calor del brasero, esto es de una chimenea de leña, y saboreamos la compañía, la amistad y acaso la ternura. Cuántas emociones, se preguntarán algunos, y algunas. Pues, sí, resultó placentera la noche. 
La noche como gran tema y antología. Y leí En la noche de la finitud, que se me hizo agridulce al recordar a los muertos por accidente que en el mundo son, recientemente el fallecimiento de Venancio, el hijo de Josetón y Rosalía (que en paz descansen todos). Y sentí escalofríos (y alegría, claro) al saber que el poeta y antologador chileno Carlos Órdenes Pincheira me dedicó la antorcha en esta sugerente antología, en la que hemos participado un total de ocho escritores o escribidores (que no se ofenda naide) de diferentes países, entre ellos España, Argentina y Uruguay. Asimismo, Raquel Viejobueno dio a conocer al público asistente otras dos antologías Desde el país de la infancia, del mencionado maestro Carlos Órdenes Pincheira, y Dos años de literatos, ésta última compuesta por veintidós autores y autoras de diferentes nacionalidades.
         Ojalá, querida Raquel, que La noche tenga buena acogida en la Feria Internacional del Libro de La Habana, que visitarás muy pronto, y que tus deseos se cumplan con creces. Lo que no tengo muy claro es que les muestres mi escrito sobre Pedro Juan y La Habana a los isleños de allá, que las cosas están como ya sabes, y a lo peor, cuando decida volver a esta tierra embrujada y embrujadora, me digan que nanay de la cuba por hacer apología de la trilogía de este Henry Miller del Trópico que sigue siendo Pedritojuangutiérrez. 
         



miércoles, 25 de enero de 2012

Política y fútbol

Recupero este texto, tal vez para las nobles causas, la causa de la polis, de los ciudadanos, que nos sentimos desamparados ante el poder, en verdad despótico, de los tiburones financieros, los gobernantes que atropan para los suyos (un buen puñado, por desgracia, pues el que puede y encima lo dejan, acaba metiendo el cazo y hasta la cacerola, cazoleros que son algunos, aunque siempre quedarán almas generosas, también en el ámbito político, naturalmente) y el opio actual del pueblo: el fútbol, que sigue dándonos patadas en la espinilla y aun en el corvejón del espíritu, mientras las estrellas galácticas se crecen en expansión infinita. ¿Qué han hecho algunos para merecer eso? Mientras que los científicos, los hombres y mujeres de pensamiento en acción, trabajan sin descanso, a cambio de salarios moderados, por el bien común de la Humanidad, en aras de un mundo mejor. Vaya pues aquí este articulín, que escribiera hace ahora cuatro años en el Diario de León. 

http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/politica-futbol_315999.html


En realidad, para ser político, en el Bierzo y aún en el resto del mundo globalizado, no hay que ser filósofo, ni verdadero ni fenomenal (en el sentido de apariencia), sino que se necesita una madera única (olé sus huevos fuertes), que consiste en tener unas tragaderas de espanto, y ser un trepa de mucho cuidado, y no me hablen de la honestidad política, y todo ese rollo, porque para llegar alto, muy alto, casi me atrevería a decir que en cualquier asunto, se necesita algo que tienen estos tipos, expertos en tejemanejes varios, y capaces como son de arrastrarse y a veces elevarse sobre el suelo, aunque para ello tengan que caminar sobre cadáveres, porque el hombre vulgar, antes dirigido, ha resuelto gobernar el mundo, según nos cuenta Ortega en La rebelión de las masas (libro de obligada lectura). 

Lo que resulta sorprendente no es que sea el hombre-masa, con pensamiento de Alicia, quien nos gobierne, como ocurre aquí y allá, en España, coño, y en los USA, joder, sino que el pueblo, que somos masa, nos trastornamos cuando no gana nuestro partido, como ocurre en política y en fútbol, colosos y motores de nuestro universo, porque la política, al igual que el fútbol, nos vacía de soledad e intimidad, y ambos nos apagan las luces para que todos los gatos se vuelvan pardos en noches revueltas y alcoholizadas. 

Política y fútbol (aúpa la Ponferradina) aspiran a suplantar al conocimiento, a la sabiduría. Y eso suena fuerte. El fanatismo, tanto en política como en fútbol, nos vuelve apijotados, y provoca en nosotros una necesidad imperiosa de identificarnos con un partido político, con unas siglas, con unos políticos, que en el fondo no satisfarán nuestras necesidades, salvo que zampemos de la olla, la olla podrida, donde se cuecen las corruptelas y demás potajes y/o putajes. 

Alguna fanática del pueblo llano llegó a decir algo increíble: "Ahora que ganamos -sentenció esta revirada señora- vamos a comenzar a cortar pescuezos como en el 36". Algo que me espeluzna, y me hace repensar el conflicto fratricida, nuestra guerra incivil, tan presente incluso hoy, donde se continúan alimentando, por parte de los partidos políticos, las rencillas, y los odios más virulentos. Esta barbaridad la escuché hace años en un pueblo del Bierzo Alto durante unas elecciones municipales. Me sigue produciendo escalofríos, sólo de recordarla.

Qué imbéciles somos los humanos, demasiado bestiales, que nos dejamos camelar por cuatro o cinco espabilados. Y, encima, lo que resulta aún más espantoso, nos peleamos, sacamos pecho y afilamos los dientes por los intereses de unos seres que, en apariencia, piensan por nosotros y nos dan aderezado y servido el bacalao, aunque éste no esté ni bien servido ni bien aliñado.

miércoles, 18 de enero de 2012

A Felicidad


El tiempo corre veloz, y uno intenta apresarlo sin conseguirlo. Ni siquiera me había enterado del fallecimiento de nuestra paisana Felicidad, que en paz esté. Da la impresión, en verdad real, de que la vida fuera algo que pasa mientras uno está haciendo otra cosa. Creo que esto lo dijo el ocurrente John Lennon, el beatle que acabó su existencia de un modo prematuro a resultas de un hijo de puta que se lo cargó en el ochenta del pasado siglo. Ahora le ha tocado a Felicidad, a quien se le veía sonriente, con la mirada puesta en otra realidad. La muerte, que no perdona ni a Cristo bendito, sigue haciendo de las suyas, así hasta el fin de los tiempos, o del universo, que quizá sea finito aunque ilimitado. Bueno, esto que se lo pregunten mejor a Hawking, que sigue vivo y coleando (es un decir) a pesar de su puta esclerosis amiotrófica. Un grande, este físico, que por fortuna acaba de cumplir años, 70. 
Después de este preámbulo, recupero un texto que le dedicara a Felicidad en el número 3 de la revista La Curuja: www.nocedadelbierzo.com Vaya aquí:  

Felicidad, la mujer de Aurelio “El panadero” y madre de varios hijos y nietos, incluso biznietos, es una mujer de ochenta y siete años, que vive, como algunos sabéis en Noceda del Bierzo, en el llamado “hondo lugar” del barrio de Vega, el barrio de nuestros sueños y ensueños.

Felicidad con su muñeca

Felicidad es una mujer que apechugó duro para sacar adelante a su prole, una familia numerosa, lo que tiene un gran mérito, habida cuenta la época en que le tocó vivir siendo joven. Una mujer luchadora, como tantas otras, a las que deberíamos mimar con esmero, porque ellas lo dieron todo por sus hijos, y ahora necesitan ayuda y cariño. Felicidad vivió esos tiempos de postguerra incivil, miserable y atroz, cuando la estrechez  era mucha en los pueblos del Bierzo, y en concreto en el Bierzo Alto, ese gran olvidado.
Desde hace algunos años Felicidad perdió la noción espacio-temporal, a resultas de una cabrona demencia senil o un Alzheimer, cuyos efectos causan estragos en la población, y sobre todo en quien lo sufre de primera mano. Sin embargo, ella en su mundo parece vivir satisfecha. Me hace recordar, cómo no, el papel que interpreta Norma Aleandro, como afectada de Alzhéimer, en aquella entrañable película que es El hijo de la novia, del director argentino Campanella.

Hace ya algún tiempo, mientras paseaba por el pueblo, me encontré con una de sus hijas, Fina. Debo señalar que aquel día no había ni un alma en el pueblo. Parecía un barrio fantasma, como esos pueblos que tan bien describe Juan Rulfo en sus cuentos, léase por ejemplo Luvina. Puede que fuera finales de septiembre. Y en ese período ya se han ido los veraneantes y “forasteros” que viven en otros lugares, fuera de su terruño. Noceda, al paso que va, se quedará no tardando sin gente. Y esto no lo digo con afán pesimista, sólo con sentido objetivo y real.  El pueblo de Noceda se queda vacío y triste, como muchos otros del Bierzo Alto, pasado el mes de agosto, porque es agosto un mes re-vividor, con sus fiestas y saraos, que gusta mucho a quienes llegan de fuera a estirar las piernas en busca de aire fresco –que lo hay-, y tal vez algo de chachachá a ritmo de orquestina y charangonero. Charangonán…

                                   Cuatro generaciones

La mayoría de los pueblos se mueren a pasos agigantados, y nadie parece remediarlo. Ni las instituciones ni nadie, porque en el fondo no interesa que se mantengan en pie poblaciones pequeñas, porque nomás dan quebraderos de cabeza, que si el agua, que si la luz, etc. Es necesario tenerlas bajo control. El llamado turismo rural no deja de ser sino un invento, una salida ficticia en un mundo postizo, ávido de cuartos y poder, cada vez más endiablado. Estamos demasiado lejos de Valladolid, y demasiado cerca del monte, para que nos hagan algo de caso y se preocupen de veras por nosotros. Qué pena. Y qué sacudida de entrañas sentí al ver a Felicidad, aquel día de septiembre, que nunca olvidaré. Al pasar por delante de su casa, paré a saludar a Fina, estaba entusiasmado de encontrarme con alguien en el pueblo “deshabitado”. Entonces, Fina me habló de su madre, que tras la puerta de su casa daba la impresión de estar contenta. “Está feliz en su mundo”, aclaró Fina. Hablamos acerca de las religiones, y en concreto salieron a relucir los testigos de Jehová, esos fenómenos del artificio y el camelo, que se creen espíritus reencarnados de algún todopoderoso. Esos seres que, pobrecitos, suelen dar la brasa al personal, con sus monsergas y letanías, con sus discursos incongruentes y en ocasiones malévolos. Qué bárbaros, éstos y los otros. Abandonemos cualquier suerte o desgracia de religión, se me antoja decir, acaso por influencia buenista (léase al siempre genial Gustavo Bueno). “Si hubiera un dios, no permitiría que ocurrieran estas cosas –sentenció Fina malhumorada-, como le pasa a mi madre”. Si hubiera un dios, diosa o múltiples divinidades, como en tiempos del Egipto faraónico, amiga Fina, tampoco permitiría que una mujer como tu madre, que nunca ha hecho daño a nadie, y que ha vivido por y para sus hijos, estuviera ahora así, en este estado. Y probablemente no permitiría los desastres que se cometen a diario en el mundo. Cuando uno se para a reflexionar acerca de lo infame que puede llegar a ser la vida, entran ganas como de llorar. Como el día aquel, hace ya un tiempo, en que te encontraste a Fina a la puerta de su casa, y a su madre, al fondo, meciendo a una muñeca cual si fuera su retoñita. En ese momento se te estremeció el alma, tu alma mortal y rosa, te hizo repensar la realidad y caíste en la cuenta, una vez más, que a veces la vida te puede jugar malas pasadas, y que se presenta, a menudo, casi siempre, con el rostro de la sin razón y sin dios, por eso conviene vivir cada instante con intensidad, saboreándolo a tope, porque aunque no seas creyente ni siquiera mocho de sacristía, tú también tienes alma. Y Fina es una mujer con gran valor porque cuida de su madre, con entrega y amor.

Hace unos días me acerqué de nuevo a su casa. Fina me recibió amable. Allí estaba Felicidad, arrullando a su muñeca, feliz, incluso sonriente. Luego llegó Lita, otra de sus hijas, y tras ella aparecieron Jenni y su niñita. Cuatro generaciones, que se dice pronto. ¡Qué alegría verlas a todas juntas!