Vistas de página en total

viernes, 8 de enero de 2010

Frankenstein

https://www.diariodeleon.es/monograficos/filandon/100523/801228/frankenstein-mary-shelley-versiones-cinematograficas_amp.html

23/05/2010
MANUEL CUENYA
Cuando leí Frankenstein, la novela de Mary Shelley, me quedé impresionado. Relato imaginario aunque podría ser verosímil, tal como avanza la ciencia y las tecnologías. Algo así como las pelis que hacía el mago Hitchcock, con esa fantasía desbordante que, llegado el caso, resulta harto creíble. Nada imposible bajo este firmamento, porque la realidad supera siempre cualquier ficción.

Frankenstein tuvo su origen en el Romanticismo, como la mayoría de figuras del horror y del espanto, gracias a la prodigiosa imaginación de Shelley. Literatura fantástica, precursora de la literatura de ciencia ficción, aunque algún día podría volverse científica: darle vida a un engendro o remiendo humano. Y por imposible que se nos antoje esto, le sirvió a la autora para mostrarnos el lado sombrío del ser humano, nuestro Hyde. 
Literatura en la que el viaje tiene gran importancia. La persecución del monstruo hasta los confines del globo, en el polo norte, "el imperio de los hielos eternos y la desolación". Estamos, pues, ante un relato sobrecogedor, misterioso, aventurero, con todos los ingredientes para atrapar al lector y dejarlo extasiado.

Este mito se gesta, como un Filandón leonés, en torno al fuego del hogar, aunque en ese caso fuera el verano frío y lluvioso de 1816, a orillas del lago Leman, en Ginebra (Suiza). Allí se reunieron, al amor de la lumbre, varios escritores, entre otros el doctor Polidori, el poeta Percy B. Shelley, el esposo de Mary y ella misma, para buscar entretenimiento en la narración de algunos cuentos de espíritus y fantasmas. Cada cual se propuso escribir una historia de terror. A ver quién es el mejor, se debieron decir. Y Mary Shelley la bordó. 
Se advierte al lector, al inicio del libro, que ese relato fue el único que llegó a concluirse. Si bien, Polidori, el amante y secretario personal del poeta Byron, también escribió, a partir de ese filandón, El Vampiro, considerado como precedente del Drácula de Stoker y Carmilla, de Sheridan Le Fanu, ésta última adaptada al cine por Dreyer, y conocida como Vampyr.

En realidad, la narración de Shelley es como un intento, bien romántico, por desafiar a dios, como hiciera el propio Baudelaire contagiándose de sífilis, rebelarse contra la muerte, ese terrible castigo o destino al que todos estamos abocados, sin que de momento podamos volver a vida, ni resucitar como Cristo, que debió ser como un Frankenstein aunque con el rostro guapo del seductor. Esa resurrección tan cantada, una y otra vez, por la religión cristiana, incluso por otras religiones, opios diabólicos, sin duda, que nos dan la vuelta al cerebro para estrujárnoslo y así dejemos de razonar con una mínima lógica. Es por esto que debemos abandonar el mito para centrarnos en el logos. Difícil tarea.

En cuanto a su estructura narrativa, que podríamos calificar de circular, porque el inicio y final se tocan, el relato comienza y finaliza con una serie de cartas y páginas del diario de Robert Walton, en las que se nos muestra un largo viaje en barco al Polo Norte, donde los tripulantes se encuentran con un extraño personaje sobre un trozo de hielo que navega por un mar de aguas congeladas, y al que acaban rescatando y subiendo al barco. Pero el final nos azota con fuerza porque este extraño personaje salta del barco para caer sobre el témpano de hielo. "Las olas le arrastraron en una especie de torbellino y se perdió en la oscuridad de la distancia".

Al inicio, luego de las páginas del Diario de Walton, toma la palabra el Doctor Víctor Frankenstein, quien nos cuenta en primera persona cuáles sus orígenes, ginebrinos, aclara, su familia, sus antepasados, su gusto por los secretos de la naturaleza humana, las ciencias naturales, las lecturas de Paracelso y Cornelio Agrippa, la investigación en la Universidad de Ingolstadt, los misterios de la vida, la posibilidad de crear un ser humano animando la materia inerte hasta lograrlo, aunque para ello tuviera que profanar los sepulcros (algo de malditismo y satanismo está en este doctor-creador). Pero cuando lo consigue, "una triste noche del mes de noviembre", se da cuenta de su error, porque el ser creado, además de horrible, "un miserable engendro... espanto que producía aquel rostro", acaba rebelándose contra su creador y vengándose de su entorno familiar. Criatura en busca de autor. Esto también lo leemos en Niebla, la nivola de Unamuno. Como su protagonista, Augusto Pérez, que se rebela contra su autor, contra su no existencia, contra esa imposibilidad de ser inmortal.

El relato sigue progresando a través de las cartas de Elizabeth Lavenza, la prima y amada del Doctor Frankenstein, y del padre de éste, Alphonse, quien le relata la muerte de William, el hermano pequeño del Doctor. La narración a través de cartas también está en el Drácula de Stoker.

La criatura comienza su venganza con el asesinato de William, del que acusan a Justine Moritz, la doncella o criada de la tía del Doctor, a quien juzgan y ajustician, propio de un tiempo de caza de brujas. A Justine la matan a pesar de la conmovedora actitud de defensa de Elizabeth ante los jueces, que no se dejan conmover por nada, casi nada, tal es su pose siniestra, cerrada y conservadora ante la vida. Entonces, es cuando el Doctor se lamenta y se culpabiliza por haber creado a este monstruo. En la peli, Remando al viento, de Gonzalo Suárez, es la propia Mary quien se siente torturada y trastocada por la invención de esta infame criatura, por haber logrado insuflar vida a su prosa y que sus palabras se carnalicen, algo que está en la mente de todo escritor, darle vida a las palabras cual si fueran seres humanos.

El doctor siente remordimientos de conciencia y comienza a vagar como un alma en pena por los Alpes en busca de su criatura, para acabar con ella, vengando así las vidas de William y Justine, lo que le permite darse cuenta de la condición humana-animal. Continúa reflexionando y vagando hasta dar con su horrible criatura (algo así como la muerte hecha figura, según la película de Gonzalo Suárez, que recuerda la muerte que aparece en 'El Séptimo sello', de Bergman), quien toma la voz narrativa para entablar diálogo con su hacedor, su dios, reprochándole que "todos los hombres odian a un ser desgraciado". Verdad como un templo, antaño y hogaño. A los seres desgraciados se les silencia, aparca, encierra, y aun se les humilla y apalea. El monstruo, que sólo lo es en apariencia, se siente solo y desamparado, ni siquiera es escuchado por su creador. "Hasta los condenados a muerte tienen derecho a ser oídos", le recuerda. A partir de entonces el monstruo da rienda suelta a su palabra para contarle a su creador, para contarnos, en definitiva, a todos los lectores, a la humanidad, cómo ha tenido que sobrevivir, luego de ser abandonado como un hospiciano, en los bosques, su historia en una cabaña, su aprendizaje del lenguaje, como un neonato o buen salvaje, su conciencia de identidad y/o desdoblamiento al verse reflejado en el agua, la conciencia, en definitiva, de su fealdad (el tema del doble tan empleado en la literatura y cine de horror), el asombro, como un inocente o alma sensible, ante la magnificencia de la naturaleza, el descubrimiento de la doble cara del ser humano así como su afán por la riqueza material, el aprendizaje de la vida misma, que lleva al monstruo, en un principio con buenos sentimientos, a ser descreído y vengativo, porque se siente rechazado, por ser diferente (el otro y la otredad presentes en los extranjeros, los emigrantes e inmigrantes, los que no son como es uno, tan actual), porque siente la soledad existencial en medio de unos humanos perversos y castigadores, avariciosos y altaneros, salvo el viejo ciego de la cabaña, que le tiende la mano, quizá por su condición de desvalido y semejante. "Soy viejo y estoy exiliado -le dice al monstruo-, pero me produciría gran placer poder ser útil a un ser humano que está sumido en la desgracia".

El desprecio que sufre el monstruo por parte de los seres humanos, con los que se encuentra, lo vuelve vengativo. Reniega de su creador y se declara en guerra constante contra todo el género humano. El infierno no sólo son los otros, que diría Sartre, sino uno mismo, en ese caso el lado oscuro de Frankenstein (monstruo/doctor). A pesar de declararse en contra de la humanidad, sus todavía buenos sentimientos le hacen salvar a una pequeñuela de ahogarse en un río, cuya recompensa es un tiro que le propina un tipejo. Herido y enrabietado decide vengarse, al fin, de todos, y sobre todo de su creador y la familia de éste. Y se dedica, como un Drácula, a descansar durante el día y a viajar por la noche aprovechando la oscuridad-protectora. Lo único que de verdad quiere el monstruo es que su "papá" le cree una hembra para aplacar su soledad e intercambiar con ella muestras de afecto. Como cualquier ser humano, ni más ni menos. ¿A quién no le gusta que lo quieran? Esto de pedir una compañera me recuerda la peli Amarcord, de Fellini. Hay una secuencia entrañable y demoledora, en la que el tío loco del prota se sube a un árbol, del que no quiere bajar, mientras grita, insistente, "Io voglio una donna", "quiero una mujer". Pues, nuestro monstruito Frankenstein sólo quiere una mujer. No es mucho, otro asunto sería que le hubiera pedido un harén con odaliscas impregnadas de perfumes balsámicos y tiernas y sensuales ondulaciones como dunas en el vaivén de los mares desérticos. "Si consientes en realizar mi petición -le dice el monstruo a su creador-, ni tú ni ningún ser humano sabrá de nosotros jamás. Nos iremos a las regiones inhabitadas de América del Sur". Y añade: "El amor de otro semejante bastaría para destruir la causa de mi desesperación... Si soy perverso es porque me veo obligado a vivir en la soledad que aborrezco". Soy malo, señor juez o señora jueza, porque la sociedad me ha tratado así, como a perro sarnoso. Esto parece que quisiera decir.

Su creador, aunque en un principio se lo promete, se da cuenta de que nunca llegará a crear una hembra de la misma especie. El miedo se lo impide. Lo paraliza. El terror a que la parejita procree engendritos, que pueblen el mundo. La fatalidad se impone como una apisonadora. No hay vuelta atrás. Elizabeth también es asesinada por la bestia, el lado sombrío del doctor, que se siente el verdadero asesino de todos ellos y un auténtico desgraciado, cuyo final trágico a manos de su criatura está cantado. Este relato, "el más fascinante y extraordinario que haya inventado una mente humana", se cierra con la continuación del diario de Walton, en el que asistimos al arrepentimiento, bien cristiano, del monstruo, "¡soy un miserable!", se lamenta, y a su crónica de una muerte anunciada: "convertiré este cuerpo deforme y horrendo en cenizas". Y cuando desaparezca, también se borrará su recuerdo. Un testamento propio del marqués de Sade o Luis Buñuel. 
"¡Adiós!". "Y saltó por la ventana del camarote... cayendo sobre el témpano de hielo... Las olas le arrastraron y se perdió en la oscuridad", de donde, tal vez, nunca debió salir. Pero el sueño de la sinrazón, la palabra poética produce monstruos, a veces.

A José Luis Moreno-Ruiz y su Rosa de Sanatorio


¿Qué será de José Luis Moreno-Ruiz? ¿Por qué barrios andará? Quizá se haya ido a vivir a Copenhague (ese lugar maravilloso), aunque me late –como diría un mexica- que sigue en los madriles. 
Bueno, a lo mejor vive en Santander, su ciudad natal, donde hace unos años puso una librería, tal como cuenta en su blog: http://diariosmorenoruiz.blogspot.com/2007/09/diarios-i-jos-luis-moreno-ruiz.html, que por cierto es pura dinamita. No deja títere con cabeza, algo que me entusiasma. Pasad y leed. La verdad es que me gustaría volver a reencontrarme con él. 


No me olvido, estimado José Luis, de tus programas ni de aquel texto que leíste en la radio hace ya un montón de años, a propósito de otro que te mandara con motivo de un concurso en el que cada participante debía elogiarse mucho a sí mismo en un ejercicio narcisista. No me olvido de tus palabras poéticas, radiofónicas, entre otras cosas porque las tengo registradas en algunas cintas, que conservo, naturalmente.

Qué tiempos aquellos, en los que escuchaba con devoción tu programa de radio, Rosa de Sanatorio, que tan buenos momentos me procurara. Entonces, yo era un jovencito con las ilusiones intactas, algo así “como un hijo clónico de un amigo tuyo de infancia, empollón él.... ”, como tú mismo me recordaste. Y tantas cosas que me sacudieron las entrañas y me hicieron reflexionar, lo cual te agradezco. Ha transcurrido el tiempo, bastantes años por cierto, y he dejado de ser aquel jovencito y me he convertido en un descreído, pelín cínico, si bien tengo presente que uno debe estar siempre presto para la contienda, como tú mismo me sugeriste, con gran acierto.

De vez en cuando leo tu blog y le echo un ojo a algunos de tus libros como Intraliminal, ejercicios exudatorios para virofóbicas; Lentas nubes que dan sueño, Chochito periodista o Ángeles en mis cojones. Hace poco los leyó uno de mis sobrinos y se quedó literalmente flipado. Qué cojonudo, me dijo.

José Luis Moreno-Ruiz -a quien no debéis confundir, ay, con el señor de los muñecos -es periodista, escritor, editor, traductor, librero y músico. Ha colaborado, entre otros, con Javier Corcobado, a quien vi en concierto hace pocos años en León, en el Albéitar, y le pregunté por su colega. Y en tiempos, hace la friolera de veinte años, Moreno-Ruiz presentaba un programa de radio, en Radio 3, bajo el título de Rosa de Sanatorio, que nos evoca la poesía sinestésica del gran Valle-Inclán.

Valle, qué sugerente y lindo nombre.
El programa comenzaba con este poema valleinclanesco: Cubista, futurista y estridente... puesto en boca de su hija, que a estas alturas ya será toda una mocina.

Aquel mítico programa de radio, a altas horas de la madrugada, me hizo soñar e imaginar otros mundos posibles, musicales, estimulantes, cuando la noche se vuelve instructora en la intimidad de la lírica. Aquel programa, que aún hoy recuerdo con mucho cariño, fue como fogonazo de placer e inspiración en mi época de estudiante universitario en Oviedo, y me entrenó en el manejo de las letras, porque me invitó a escribir algunos poemas y textos, entre otros Esa señora metafísica -que resultó premiado-, Jerarquía celeste o En memoria del hidalgo Don Quijote de la Mancha, que luego leería José Luis en su programa. En algún momento daré cuenta de ellos en este blog. 
Plaza Mayor de Madrid


A José Luis Moreno-Ruiz tuve la ocasión de conocerlo en Madrid, allá por el año de 1996. En aquella época él trabajaba como redactor para la revista Interviú, y yo acababa de aterrizar en España, después de una estancia sabrosona en Méjico lindo y chingado. El propio José Luis me contaba que sus padres también habían emigrado al país de los aztecas, siendo él un chavalín. Comimos y charlamos acerca de lo humano y lo divino, y nunca más volvimos a encontrarnos, aunque hablamos por teléfono alguna vez, luego de este encuentro.

Intraliminal, que ahora tengo a mano, como toda la literatura de Moreno-Ruiz, no está hecho para satisfacer a aquellos espíritus que creen en las “ofertas culturales” del poder, ese monstruo caníbal que no se harta de roernos los güevos, porque “la cultura es cosa despreciable (y realmente lo es tal y como se aborda desde los medios), de poca importancia, un relleno de páginas que bien viene...”. 
Ciudad de México


Intraliminal es un libro lleno de citas literarias que “arrehostia” con mordacidad contra el sistema imperante, y se siente deudor de la literatura de Oliverio Girondo, Artaud, Bataille o Luis Buñuel. Como dijera Borges, el pensamiento es un sistema de citas.

Sigo recordando aquel poema de Luis Buñuel, dedicado a las hostias consagradas, que leyera Moreno-Ruiz en su programa de radio. Aquel poema, puesto en boca de su hija, le proporcionó buenos quebraderos de cabeza. Fue denunciado por la madre de su hija, que es de Ponferrada, según me dijera José Luis -qué coincidencias de la vida-, y el juez lo empapeló. No conviene andarse peleando con la justicia, porque al final se acaba perdiendo, sobre todo si uno se dedica a cosas tan así como la literatura y la radio.
Aunque sé que Ponferrada no te entusiasmaba, porque te acarreaba continuos y ruinosos viajes para ver a tu hija, si alguna vez te pasas por la capital del Bierzo, antaño la ciudad pimentera y hoy ciudad de la energía, aquí tienes tu casa, querido amigo y maestro.

Al final, va a resultar que Ponferrada es más conocida de lo que uno creía, porque también tu colega de batallas radiofónicas, Luz Elez, ha estado en la capital del Bierzo.

miércoles, 6 de enero de 2010

Oviedo en cuerpo y alma


Me hace ilusión volver a Oviedo con otros ojos, con otro temple, sin prejuicios, con los poros abiertos, dispuesto a empaparme, nunca mejor dicho, de todo lo que pueda ofrecer esta ciudad carbayona, que hoy luce reina maga.


Recorrer los lugares de siempre, descubrir y aun redescubrir otros sitios con mucho encanto. Acercarme a mi calle, la calle Almeida y comprobar que le han cambiado el nombre. Ahora se llama Fernando Alonso, en honor al "formulista". Volver a ver, con alegría, aquella librería de viejo, que sigue como siempre. Reencontrarme con la estatua de Allen, a quien puede ver, al natural, en vivo y en directo, en el hotel Reconquista, cuando le concedieron el Premio Príncipe de Asturias. Allí nos dimos cita con él la "embajada" de la Escuela de cine de Ponferrada. Recuerdo que en este suntuoso hotel, que luego Allen empleó con escenario para rodar Vicky Cristina Barcelona, también estaba el escritor mexicano Carlos Fuentes, con quien tuve la ocasión de charlar. Qué buen recuerdo, habida cuenta de que Fuentes, con La muerte de Artemio Cruz, Aura, La región más transparente o Cristóbal Nonato, entre otros, es uno de los mejores narradores de Méjico. Qué bueno volver a Oviedo, la ciudad de la Regenta, la heróica e insigne ciudad que hoy parece dormida, luego de una noche de magos y reyes. Encuentro una ciudad más limpia y aseada que en tiempos, donde hay estatuas por doquier, y los edificios parecen relucientes. Seguiré recorriendo Oviedo, en cuerpo y sobre todo en alma.