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jueves, 10 de septiembre de 2020

La fragua literaria leonesa: Edith Fernández

 Retomo las fraguas literarias en ileon.com después de dos meses de asueto. 

Vaya aquí esta dedicada a la poeta y cantante, poecantisa, Edith o Edita Fernández. 

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Edith Fernández: "La música es poesía y la poesía tiene música"

La cantante y poeta berciana Edith Fernández, autora del reciente poemario-cuaderno 'Entre la playa y tu espacio', está ahora con su próximo libro, que en realidad surgió antes que el anterior, y versará sobre Gritos (de mujer y otros), con ilustraciones de su hermana Susan. 



https://www.ileon.com/cultura/111477/edith-fernandez-la-musica-es-poesia-y-la-poesia-tiene-musica

Manuel Cuenya | 10/09/2020 - 09:55h.

...La vida es una puta con tacones

que te jode a cinco pesos el suspiro.

Te revienta los sesos con palabras de ternura

o te deja muerta en sus silencios

llenándote de dudas...

(Edith Fernández, 'Playa sin nombre', incluido en su poemario 'Entre la playa y tu espacio')

Nacida en El Puente de Domingo Flórez, en la raya con Galicia, Edith Fernández (o Edita, como ella misma se hace llamar) se lamenta de que a menudo en el Bierzo hagamos referencia a su pueblo como Puente Domingo Flórez, sin el artículo del inicio, ni la preposición del medio.

"No sé por qué han ido obviando su artículo y en ocasiones también su preposición", señala esta cantante y poeta,  'poecantisa', como ella misma se autodefine, para quien la poesía y la música es todo uno.

"Para mí la música y la poesía están relacionadas sí o sí. La música es poesía y la poesía tiene música. Puede sonar a balada o a rock duro, pero siempre suena", precisa Edith, la cual se atreve a decir que nació cantando gracias a la ayuda de su madre, que le enseñó a leer, contar y cantar. Lástima que luego las circunstancias, "y algún que otro profesor/a", se encargaron, según ella, de ir destrozando su autoestima.

"Recuerdo burlas por utilizar palabras demasiado correctas usando tenía seis añitos. El agarrarme del pelo y chocar mi cabeza contra la de otra alumna (he tardado 49 años en saber de los psicópatas integrados, ahora entiendo muchas cosas)", se expresa contundente Edith, que comenzó a escribir poemas con nueve años.

"En el colegio nos pusieron de tarea inventar un texto sobre la Virgen y yo hice un poema. La profesora, que se llamaba Alicia (no se me olvida) me castigó porque insistía en que le dijera de donde lo había copiado, hoy pienso que debió ser bastante bueno para llegar a eso", rememora con tristeza Edith, a quien, con once años interna en un colegio de León, le despareció (más bien le robaron) el cuaderno donde tenía todos sus poemas escritos desde los nueve a los once años. Y años más tarde permitió que una persona quemara sus novelas y su diario íntimo. "Pérdidas irrecuperables", apunta ella, para quien la poesía es sobre todo sentimiento, algo que nos toca dentro..., que os emociona.

"Un poema puede estar muy bien estructurado, rimado, medido, y no decirme nada. Puede ser de grandes nombres y dejarme fría y, ser de alguien desconocido, y llegarme al alma. La poesía es lo que me nace a veces sin pensar, ni saber qué significa, ni por qué. También pienso que, ahora, hay poesía por todas partes. No cualquier cosa es poesía, mas, se hace poesía de cualquier cosa y al final todo lo que masifica en demasía, termina desvirtuándose. Tampoco es eso, no todo vale", sostiene esta 'Poecantisa', que ha dedicado una buena parte de su vida a cantar (unos 35 años), faceta de la que gurda un gran recuerdo y cariño.

"Con la emoción en la mirada de muchas personas al pedirme un autógrafo (que sí, me han pedido muchos, como si fuera la otra Edith: La Piaf), que me hacían sentir tan especial", recuerda ella, que llegó a grabar algunos discos y temas como 'Quiero perderme en el Bierzo', que para muchas personas fue un himno durante este encierro/confinamiento en varios pueblos del Bierzo (cantado a las 20h), como lo fuera el 'Resistiré'.

"Un tema, 'Quiero perderme en el Bierzo' para la nostalgia, porque así me lo han hecho saber muchos bercianos alejados de nuestro País", añade esta entusiasta lectora de la "poesía que rasga, rompe, sangra". Y por ende de autores y autoras como Osho, Sharma, Gaarder, Goleman, Nietzsche, Punset, Casafont, Iñaki Piñuel, pero también de Marwan, Tena, Núñez López, Saray Alonso, Pizarnik, Vallejo, entre otros. O bien el premio Loewe de poesía Víctor Rodríguez Núñez, o quien Edith dice compartir una visión similar acerca de la literatura y de la poesía.

"El poeta cubano Víctor Rodríguez Núñez dice que la literatura sería un género poético y no al revés. Que la poesía existía antes incluso de que existiera la escritura. Recordemos a los trovadores y juglares. Por ello, es bastante triste que a los cantautores se les quiera relegar, desde el 'purismo', a otro plano, cuando su lírica está llena de poesía. Todo arte lleva poesía en su haber y, como para mí la poesía es sentimiento, me molesta ese descarte".

"Un poema puede estar muy bien estructurado, rimado, medido, y no decirme nada. Puede ser de grandes nombres y dejarme fría y, ser de alguien desconocido, y llegarme al alma... ahora, hay poesía por todas partes"

Asimismo, siendo una cría leyó a clásicos como Lorca, Alberti o Dámaso Alonso. No en vano, el presidente de CADELPO (casa del poeta peruano), José Guillermo Vargas, le recordó que su métrica es libre pero con rima innata, la cual hace recordar al cancionero lorquiano.


(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com: https://www.ileon.com/cultura/111477/edith-fernandez-la-musica-es-poesia-y-la-poesia-tiene-musica)

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Por la Mariña: Hasta Ortigueira

 Chula como una sirenita se muestra la costa lucense, comenzando por la ría de Ribadeo, en la desembocadura de la ría del Eo (de la que hablaba ayer mismo en este mismo blog) hasta Estaca de Bares (ya en la provincia de Coruña), que es un cabo en estado primigenio, el punto más norteño de la península ibérica, donde se funden en abrazo mistérico el mar Atlántico y el Cantábrico, que otros sitúan en el cabo de Ortegal (como punto cero, cual si estuviéramos en la Puerta del Sol, en este caso símbolo que divide el Atlántico y el Cantábrico).

Estaca de Bares

En todo caso, Cabo de Ortegal, con su belleza salvaje, es el segundo cabo más septentrional de la península Ibérica, sólo superado en septentrionalidad, si tal puede decirse, por el cabo de Estaca de Bares. 

El primer destino, después de una suculenta comida y un a modo de siestecita en la plaza central de la población de Ribadeo, será/es/fue (el viaje se realizó en el pasado mes de agosto) la playa de As Catedrais (Las catedrales). Me gusta dicho y escrito en galego. Me resulta más sonoro, con su fonética cantarina, musicalmente poderosa. 

Cabo de Ortegal como punto cero (Atlántico/Cantábrico)

Fama tiene esta playa porque en bajamar (así se dice, ¿verdad?) pueden apreciarse rocas en forma de catedrales. O cavernas, diría, porque es necesario echarle imaginación al asunto (la imaginación, de imágenes, al poder) para poder visualizar catedrales en esas rocas, que, por lo demás, llaman la atención al viajero. El gótico en estado salvaje. Aunque en este viaje, la pleamar (así se dice, ¿verdad?) impide que se atisben las catedrales. Y por supuesto no puede uno adentrarse en la playa. Sólo quedan al descubierto las puntas de las rocas, también para el deleite visual, incluso fotográfico. En esta era de la imagen ya todo lo acabamos viendo a través de las fotos, de las imágenes en vídeo, de las imágenes en cámara de cine, que nos ofrecen una apariencia de realidad, en vez de sus verdaderas esencias. Estamos ante el eterno tema dialéctico de las imágenes versus realidades (esencias), fenómenos/noúmenos. 

As Catedrais

¿Acaso las imágenes no podrían, no son tan reales y esenciales como la vida misma, en su estado puro? ¿Qué es pues la pureza? Lo importante es que, cuando uno viaja, en vivo y en directo (no a través de lo virtual) puede saborear, olor, tocar, degustar, sentir todo en su esplendor. Y en este sentido, la sensorialidad que procura el estar in situ, en el lugar, en los espacios, se me hace insustituible. 

De repente, As Catedrais me ha llevado por los derroteros filosóficos. Y es que la filosofía no sólo existe en las aulas (que casi diría que son antifilosóficas en su mayor parte) sino que surge de la vida, de la vida al natural, de la realidad en que vivimos, que nos toca de cerca. Y por ende de otras realidades, que ni siquiera somos capaces de penetrar en las mismas. El universo entero, con sus millones de galaxias, es un sempiterno problema filosófico, científico, que no logramos desentrañar, un auténtico misterio, que no somos capaces de entender, por más vueltas que le demos al asunto. 

En esta discusión (y en otras muchas) nos enrolamos la viajera y este penitente en algunas ocasiones. Siempre con buen humor. O eso pretendemos. Creo que la última sobre este asunto tuvo lugar en el restaurante Ezequiel de Villamanín, recientemente, al amor de la compañía, de los afectos, con un buen vaso de vino y unas ricas viandas. El Ezequiel de Villamanín (en la provincia leonesa) es toda una institución y un templo de la gastronomía. Queda dicho.

Rinlo

Pero uno lo que deseaba es seguir contando el viaje por la Mariña lucense, a su paso por As Catedrais, y luego por el bello y colorido pueblo de Rinlo, que es un lugar para perderse a gusto y gana, incluso para tumbarse a la bartola a contemplar el mar y las mareas. 

La contemplación como estado entontecido de felicidad. La contemplación como estado en el que se alcanza el éxtasis, tal vez místico, siempre con el deseo de tocar los cielos terrestres, los horizontes de esperanza, la esperanza de seguir en el camino, de seguir navegando en este proceloso mar de incertidumbres, que la vida no la tiene nadie ganada ni comprada. Y en un tris se puede ir todo al carajo. Por eso, conviene disfrutar, sentir cada momento, cada instante de belleza como si fuera el último, con la sonrisa en la mirada. 

Playa de Morouzos

La idea de este viaje es llegar hasta Ortigueira (ya en la costa coruñesa). Me hace ilusión (ay, la ilusión), viajar hasta Ortigueira aunque en este año vírico se haya suspendido el legendario festival de música celta. Ansío saber a qué sabe (valga la redundancia) este pueblo marino, con sus sones folclóricos, que en esta ocasión habrá que imaginarlos, soñarlos, recordando sus gaitas y cornamusas, así como sus bandas escocesas, irlandesas, galesas, galegas, astures, leonesas..., tan hermanadas por la lengua universal de la música. 

Volver a Ortigueira, en concreto al Río Sor, el restaurante de Orlando, es algo que me llena de satisfacción, de emoción. Porque lo siento como mi casa. Y Orlando, que es un hombre entrañable y muy trabajador, nos muestra su hospitalidad. Como siempre. Algo que le agradezco. Lástima que su mujer, Mari Luz, se haya ido de este mundo hace ya un tiempo (algo que desconocía) porque también ella era una mujer muy trabajadora, muy despierta y atenta. Con una gran sonrisa en el rostro. Nos atiende también sonriente Nina, que es una camarera brasileña que lleva tiempo en el restaurante que regenta Orlando. 

Cabo de Ortegal

El viaje continúa por Ortigueira y su entorno (incluida la mítica playa de Morouzos, con su espléndida zona de pinar, donde acampan los festivaleros) así como el cabo de Ortegal y la mencionada Estaca de Bares. Sin olvidarnos por supuesto de Cariño, San Andrés de Teixido, O Barqueiro y Viveiro. 

Pero esto ya será para una próxima entrada. 


martes, 8 de septiembre de 2020

De Tapia a Ribadeo

La ruta por la costa, de Tapia de Casariego a Ribadeo, se me antoja (como un antojito mexicano) extraordinaria. Me parece de una gran belleza. La belleza marina de la fantasía. Y de la aventura. Una ruta que en alguna ocasión he llegado a recorrer también en Feve, ese trenecito como de juguete que te permite, a su velocidad, recrearte en los paisajes como si estuvieras desplazándote a través de los raíles de un travelling cinematográfico. Siempre el cine haciendo acto de presencia en los viajes. 

Castropol al fondo

Creo recordar (si mi demencia me lo permite) que este recorrido lo he hecho en más de una ocasión, siempre en verano, que es sin duda la estación más lírica del año (aunque éste sea un año atípico, y haya quienes prefieran la primavera, incluso el otoño, para viajar), pero tengo la impresión de que el verano cunde más y mejor, tal vez porque hay más luz solar, y por ende el ánimo está mejor. 

Castropol

Viajar con buen ánimo, como todo, es mucho más gratificante, creo, que hacerlo con la mirada lánguida de los romanticismos trasnochados.  Qué me perdonen los románticos, sobre todo los trasnochados, pues uno, en el fondo de su ser, tiene un algo, o algo mucho, de romántico (quizá me haya influido el paisano Gil, que fue un estupendo viajero por la Europa desarrollada del siglo XIX). 

Toda esta zona (y por supuesto su continuación hacia la costa galega) me resulta magnífica. Para volver una y otra vez (hay que volver a los sitios donde uno fue dichoso, para ver de día aquello que viera de noche, y ver en otoño lo que acaso llegó a ver (sentir es un verbo más apropiado para la ocasión) en verano. 

Desde Castropol

En realidad, Asturias y Galicia se dan un abrazo amoroso en sus costas y en sus verdes intensos. Y aun en sus sabrosas y abundantes gastronomías. Y resulta harto complicado saber si uno está a uno lado o a otro. Las lindes se confunden. O bien se fusionan. Y Ribadeo es como una población astur con acento galaico. O bien es galaica con acento astur. Aunque haya quienes me digan que esto no es así. Que estoy delirando. O cosas por el estilo. Acaso por su empeño en marcar fronteras, límites absurdos. 

Puente que separa Asturias de Galicia

Antes de arribar a Ribadeo, me apetece muchísimo acercarme a Castropol, aunque haya estado en alguna otra ocasión en este pueblo encantador, donde pareciera que se hubiera detenido el tiempo. 

Castropol blanco, con su exotismo floral y arbóreo, entre el empedrado y los magnolios, como me sugiere mi amiga, que se queda fascinada con este lugar, es un excelente mirador con vistas excitantes al mar, al puente que separa Asturias de Galicia, a la propia población de Ribadeo, donde por cierto vive desde hace añares un vecino del útero de Gistredo, en concreto de la calle La Parada, de mi calle, de mi barrio, que se llama Vicente, Tin (el ahijado de mi madre), alias Cape, en honor a un gran futbolista llamado Capellini,  al que no recuerdo (los especialistas en fútbol supongo que sabrán a quien me refiero). No le digo que estoy en Ribadeo, entre otras razones porque ni siquiera tengo su número de móvil. Pero tampoco es cuestión de comprometer al personal. 

Ribadeo al fondo desde Castropol

Desde Castropol la vida se me antoja mejor, más sosegada, tal vez porque aquí, en este jardín de las delicias, en este huerto filosófico, uno halla paz. Se pasea uno con tranquilad por sus calles empedradas, con el olor de los magnolios impregnando el ambiente. 

Castropol, con la blancura de sus casas-palacio y su arquitectura indiana, parece como brotada de un sueño marino, incluso fluvial, envuelta por la ría del Eo. 

Ribadeo

De repente, mirando hacia la desembocadura de la ría del Eo, con vistas también a Figueras, Vegadeo y Ribadeo, uno se topa con una placa en la que figura el nombre del poeta Luis Cernuda, que, tras su visita a Castropol en 1935, se inspiró para componer En la costa de Santiniebla, que no he tenido el gusto de leer, entre otras cosas porque no he logrado hacerme con el tal relato.


La visita a Castropol (donde en tiempos habría un castro, supongo, porque es un mirador de lujo o de cine, como se dice ahora) me resulta balsámica. Es un espacio que sólo te da buenas vibraciones. 

Y la comida nos espera (es un decir) en Ribadeo, al otro lado, ya en miña terra galega, que es tan nuestra como las Asturies de los míos amores. Ese Ribadeo indiano, con unas casas para quitar el hipo. Lástima, eso sí, que en Ribadeo no sirvan sidra para escanciar. Una pena, porque la sidra es deliciosa. 

El viaje continúa por la playa de As Catedrais y por el pueblo pesquero de Rinlo. Pero esto ya queda para otro post, que decimos ahora.