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lunes, 9 de mayo de 2011

A Leopoldo María Panero







 https://www.diariodeleon.es/monograficos/filandon/110918/460395/leopoldo-maria-panero-poeta-maldito.html

Nunca hubiera imaginado ver a Leopoldo María Panero en vivo y en directo... pero la ocasión, tal vez impregnada de suerte, se impuso, y al final he cumplido mi deseo. El pasado viernes, en León (ciudad de poesía y "capital de la literatura), con motivo de la Feria del libro, vi a ese poeta maldito, que algún día me dejara impresionado con su poesía bestial y demoníaca. Aún hoy me sigue pareciendo una bomba de relojería. 

Una leyenda viva, Leopoldo María Panero, con su botella de coca-cola siempre en la mano, y su urgencia por salir al baño, aunque el "estaribel" esté ya en marcha. "¿Queréis que os recite un poema?" "¿Os recito un poema?", decía una y otra vez, aunque nadie parecía hacerle mucho caso. Una buena oportunidad para que Leopoldo María se desfogue, se desdiga, haga y deshaga a su antojo, mas la "mesa" no da la impresión de estar por la labor. "Espérese su turno", parece decirle un tipo, de cuyo nombre no me acuerdo. En realidad, uno desea que el poeta diga lo que le viene en gana, que se exprese con absoluta libertad, aunque por momentos resulte ininteligible su discurso. En el fondo, Leopoldo María ansía ser escuchado, querido... No en vano, los trastornos, su "desarreglo" ha de ser afectivo. Como casi todos los desequilibrios emocionales. En verdad, uno desea ser amado. A menudo (casi siempre) los hospitales llamados de "salud mental" castran la memoria afectiva, las emociones... Y Leopoldo María Panero ha sufrido mucho. Se nota a leguas. Algo nervioso, tenso por la situación, no para de moverse, levantar los brazos,  adoptar posición de combate (como para defenderse del público), hacer gestos con las manos, empuñar, echarse hacia atrás en la silla, sacar la lengua en un gesto sub-consciente. Pura gestualidad y mímica batalladoras. 

Allí estaban también el premio Cervantes, Gamoneda, para recitarnos versos, y en una primera entrega otros muchos, como la mediática Ángeles Caso (a quien confieso no haber leído), Álvaro Pombo (que revolucionó el gallinero con sus sentencias, en ocasiones fuera de tono), Kirmen Uribe (conocido por su novela Bilbao-New York-Bilbao, que tampoco he leído), y como moderador el poeta, narrador y crítico literario Luis Artigue. Pero todo esto daría para otra reseña. 

Leopoldo María Panero, dicho sea de corrido, me recuerda al francés Antonin Artaud, aquel surrealista terrible, que acabara recluido en un hospital psiquiátrico, manicomio, diría Panero. Siempre he sentido como una suerte de veneración por los desharrapados, los oprimidos, los marginales, aquellos seres que no se adaptan al sistema convencional, a ese sistema castrador y represivo, estúpido e intransigente que pretende, por todos los medios, meternos en adobo y en vereda. Desconfío, también por sistema, del poder. 

El sistema, como tal, siempre aspirará a tener bajo control a la población. El Gran Hermano, ese que nos enseñó Orwell en 1984, nos vigila hasta en nuestros momentos más íntimos. Nos enchufa la cámara en el ojete y de paso nos ausculta con suma precisión. No hay escapatoria posible. Nos tienen fichados, queridos amigos y amigas, y controladines.

El sistema es por definición antropófago, y no soporta que se descarríe ninguna oveja del rebaño. Todos los "mutoncitos, o sea, los borreguines, por la misma senda. Que nadie se salga de la raya, que te fríen, y acabas siendo carne de ambulancia, de frenopático.
A las ovejas negras, en todo caso, se les obsequia pienso terapéutico para que se relajen, o simplemente se les administran sabias dosis de electrochoques. Y si todavía continúan empalagosas, y no dejan de joder a la élite bienpensante y al poder carnívoro, les acaban propinando el latigazo definitivo.
No es conveniente decir verdades que arremetan contra el poder. No sienta nada bien que uno se lance al ruedo, que le entre a ese toro o vaca que es España por el lado que más duele.

Panero, Leopoldo María, que tuvo que sufrir a un papá intransigente y castrador (alcohólico, según él, como cirrótico acabó Michi), y a una mamá inadaptada a la Astorga mantecada, clerical y militroncha (Felicidad Blanc), aun siendo el tipo más inteligente de su familia (¿qué será de su hermano Juan Luis?), desestructurada sin duda, la familia como célula terrorista, al decir de este poeta maldito, acaba de psiquiatrico en psiquiátrico (de Mondragón a Las Palmas de Gran Canaria) por el abuso de sustancias, por tantos excesos, quizá, o porque quedó tocado por su familia, como nos cuenta en ese documento llamado El desencanto, de Chávarri, y luego continúa su sesión psicoterapéutica en Después de tantos años, de Ricardo Franco. Vaya dos documentales. Como para abrirse las venas. 

Nos cuenta Panero en su Agujero llamado Nevermor que “escribir en España no es llorar, es beber,/ es beber la rabia del que no se resigna/ a morir en las esquinas, es beber y mal/decir, blasfemar contra España/ contra ese país sin dioses pero con/ estatuas de dioses, es/ beber en la iglesia con música de órgano/ es caerse borracho en los recitales.... caerse húmedo, babeante y tonto y / derrumbarse como un árbol ante los farolillos/ de esta verbena cultural”. 

Escribir en España es como no escribir, porque a nadie le interesa lo que uno pueda contar, decir, sugerir, salvo que uno sea un farandulero o un enchufado. Entonces juntar letras puede convertirse en un gran negocio, y una forma rápida de alcanzar los tronos de esta verbena incultural. Se escriben tantas pendejadas que al final la escritura pierde su importancia primigenia. Cualquiera es capaz de escribir gilipolleces de cara a entretener a un público cada día más entontecido a resultas de las catástrofes que provoca, entre otros, el medio televisivo y aun otras prensas rosa. Escribir en España es como hablar al pedo. La palabra ha dejado de ser importante. Lo único que importa es salir en la tele a cotorrear en medio de esta podredumbre. 
Hace algún tiempo coincidí, en Túnez, con un vasco, físico y aventurero, que conoció a este poeta, con aspecto de presidiario (no en balde la reclusión en un frenopático debe asemejarse mucho al encierro en una cárcel), cuando estaba en el manicomio de Mondragón. Por cierto, ¿que será de Mamel Ezquerra? 
De gran interés es el ensayo, El contorno del abismo, que le dedica Benito Fernández al poeta de origen maragato, Leopoldo María Panero.

jueves, 5 de mayo de 2011

Tiempos modernos



El próximo viernes, a las 20h15, en el Benevivere de la capital del Bierzo Alto, proyectamos Tiempos modernos, de Chaplin. 

Tiempos modernos, cuyo título provisional era Las masas o 54632, en referencia a un anónimo obrero, comenzó a rodarse en 1934. 
Si bien la película se estrenó en Nueva York a principios de 1936, en plena resaca de la Gran Depresión Americana, cuando se produjo una situación de desempleo masivo -como en la actualidad- coincide con la implantación masiva de la automatización industrial. 

Entre las fases de preproducción y postproducción transcurrieron unos dos años, porque Chaplin, en su afán perfeccionista, repetía tomas a pesar de que contaba con un equipo de fieles colaboradores. 
Para su realización  construyó  decorados correspondientes a la cadena de montaje y a la gran máquina instalada en la fábrica. Y contó con la colaboración del compositor Alfred Newman, quien recibiera varios premios Óscar, pues Chaplin, aunque tenía talento para la música, era autodidacta. 


Tiempos modernos está concebida como una peli muda. Cabe recordar que Chaplin era reacio al cine sonoro, ya implantado desde 1928, porque según él acababa con el espectáculo de la pantomima. Sin embargo, decidió incorporar unos pocos diálogos  como símbolo de la deshumanización: el ser humano explotado por las máquinas. Incluyó efectos sonoros como música, cantantes y voces provenientes de máquinas: la máquina alimentadora (a la que años más tarde rendiría homenaje Woody Allen en El Dormilón), la radio de la cárcel, la voz del poder, la voz del dueño de la fábrica, que controla a sus obreros  a través de enormes pantallas de televisión (algo que me hace recordar la telepantalla de Orwell, el Gran Hermano que te vigila). Al final también podemos escuchar la voz del prota y director, que canta una canción cuya letra se nos muestra un sin sentido, y cuyos sonidos se asemejan a una ensalada de francés e italiano, con alguna palabra en inglés.

Tiempos modernos es, por tanto, una sátira del maquinismo y del capitalismo, una crítica demoledora a la sociedad fabril, febril, tratada con humor, que, con su delirante cadena de montaje, esclaviza a sus obreros y los convierte en autómatas y des-razonados, tanto es así que el prota, Chaplin, se vuelve majara perdido, extenuado por el frenético ritmo de producción. Y tras abandonar el hospital psiquiátrico, en que recibe tratamiento, se ve involucrado por azar en una manifestación. El absurdo lo lleva a la cárcel porque es confundido con un líder comunista. 
Conviene recordar que a Chaplin, en la vida real, lo tacharon de antiamericano y rojo. Escapado, al fin, de las ataduras, en busca de la tan ansiada felicidad, decide, en compañía de una joven huérfana, interpretada por Paulette Goddard (su compañera sentimental en ese momento),  lanzarse a la carretera y poner tierra de por medio. 

Una vez más, Chaplin nos invita a reflexionar: O el bienestar económico o bien libertad. Terrible elección. Y en esas estamos y seguimos. Lo que propone el pequeño gran hombre del humor es una defensa de la libertad aunque sea a costa de la indigencia. ¡Viva la libertad! (Á nous la liberté), como la película del francés René Clair, que tanto inspiró e influyó en esta cinta de Chaplin. 
"Le travail c'est la liberté", se dice en Viva la libertad, de 1931. Y fue, curiosamente, el eslogan del presidente francés Sarkozy. Ambas obras abordan la deshumanización en la era de la revolución industrial, que ejerce un control y dominio absoluto sobre los individuos, quienes pierden su libertad en aras de un supuesto confort. 

Ya desde el inicio de Tiempos modernos asistimos a la comparación de un rebaño de ovejas con los trabajadores de una fábrica. Algo digno del montaje de atracciones que propusiera el cineasta soviético Eisenstein. 
Por su parte, la imagen del reloj marca de modo inexorable la vida de los obreros de la factoría donde se desarrolla buena parte de la acción, cuyo precedente cinematográfico también podríamos encontrarlo en Metrópolis, de Fritz Lang, quien nos propone la idea de una sociedad futurista dividida entre los explotadores, que viven en lugares lujosos, y los obreros-autómatas que viven hacinados en los subsuelos. 

miércoles, 4 de mayo de 2011

Retrato de un joven malvado



Permitidme, estimadas y estimados, que saque a relucir estas palabras umbralianas. 


El Umbral de Retrato de un joven malvado es maravilloso, aunque se parece muchísimo a Mortal y Rosa, y a Las Ninfas. En los tres aparecen las mismas frases y sentencias. Hacía siempre el mismo libro, escribe Umbral, desde el útero materno, más allá de la muerte, en el despachito apañado de la tumba. Y continúa: Yo escribía en tardes de patio y menstruación... Construir día a día un absurdo de prosa y miedo, qué afán de escribirlo todo, manuscribir el mundo, mecanografiar la vida. El pasado es siempre de color sepia.  Sí, hay que escribirlo todo, como también quisiera Sartre en su Náusea, aunque al final sólo se salven cincuenta páginas. Y eso con mucha suerte. O cien, siendo generosos. Proust también escribió mucho y bien, enfermo y enclaustrado, amortajado en vida. Veía al hombre pequeño en el espacio, pero inmenso en el tiempo, tocando con sus pies y la cabeza el pasado más remoto y todos los futuros imaginables. La realidad hay que inventarla (Machado). La literatura sobra. Por eso es excelsa, trágica, inútil, irónica. La literatura es siempre aristocratizante por superflua, aunque trate del pueblo. 

Pequeñas colaboraciones. Pequeñas miserias. Pequeñas putrefacciones. Dedicar artículos a pedantes insufribles cuya halitosis intelectual me hedía aún en el alma. Ejercer un cinismo reaccionario y un terrorismo verbal. Profanar los cielos, esos cristales “tras los que nadie escucha el rumor de la vida” (Vicente Aleixandre). No tengo otra fortuna que mi firma (Larra).  Resurrección de la carne con olor  a crema bronceadora y a mujerona.  

Siempre en la calle, a veces inhóspita, a veces acogedora como una madre incestuosa. Cuando uno vive mucho en la calle, lo que escribe... tiene viento de esquina y pregón de mercado. Eso se nota en Baudelaire y en los grandes flâneurs como Henry Miller, que revolucionó el mundo con su prosa vitalista y callejera“Las calles eran mi refugio. Y nadie puede entender el encanto de las calles hasta que no se ve obligado a refugiarse en ellas”, cuenta en Miller en Trópico de Cáncer. La calle: mi madre madrastra. 


Nueva York, la ciudad más poetizada del mundo, un puro arranque lírico hacia el cielo. El Quijote, la mayor burla de España, el libro de la sonrisa, la Biblia del escepticismo, el desengaño y la sonrisa. El que empieza de niño siendo crítico será siempre un estreñido como creador. Hay que gastarlo todo. Empezar burlándose de uno mismo, con la mueca lívida del escepticismo. Hay que saber reírse de uno mismo. La risa como terapia a las angustias. La risa como estética que viste... y calza. La risa que se eleva como una Diosa en el Monte de Venus. La risa como filosofía de vida (Bergson). La realidad es irónica. La burla: traje de máscara, de carnaval. Uno tiene que disolverse a sí mismo en su propia ironía. Hablar y escribir desde la nada, desde la indiferencia, desde la ironía. 

El escritor de raza -según Umbral- es el que escribe mucho. Envenenado de tinta.  El idioma es la única manera de fornicación con el universo. Sólo la palabra entra a fondo en las cosas, desvalija, fornica, roba. La palabra es predatoria y fornicatriz.  El idioma nos habla, nos expresa. El lenguaje es el depósito del pensamiento, todo está en él y no hay más que dejarle hablar. Palabra: poder subversivo. Incendio de los matorrales de la palabra.  Lírico es lo que no se consuma. Se hace estilo al escribir. Estilo como traje. Hay que arrugarlo, hacerle algunos rotos. El escritor en crisálida anhela ser desgarrado, exigido, para dar todo su talento, como la adolescente llena de dones terrestres anhela ser poseída... disfrutada... Esto me recuerda al marqués de Sade cuando escribe que una doncella, sobre todo si está buenorra, no debería preocuparse más que baiser sin parar. En el fondo, Umbral siempre estuvo buscando  a la mujer intemporal, a la ninfa del presente absoluto.


Llegar arriba es cuestión de aguante. Esta frase podría suscribirla Cela... Pero el dinero es subterráneo, catacumbal, sufre de mala conciencia. Hay que olvidar la pintoresca necesidad de triunfo, la neurótica afirmación de la personalidad, y dedicarse a la contemplación de los amaneceres, la rotación de las verbenas y la pasión de los crepúsculos. Había llegado a Madrid dispuesto a corromperme. Eso me recuerda a Javier, a quien conociera en Disney. Yo vine a Disney a destruir mi personalidad, me dijo. Javi, como le llamaba su amada, era un fenómeno.  Orgías y paraísos artificiales en el Reino mágico de Mickey.  Qué tiempos.

Toda España es una provincia. España es un conjunto de pueblos, que tal vez dijo Baroja. A Toledo le quitas la catedral y se queda en un poblachón. A Ávila le derrumbas la muralla y se queda en nada. Y así casi todas las ciudades. Esto es lo que más o menos diría el gran Ortega y Gasset en su España invertebradaEspaña, eñe de cuña y puñal. España de coño.  

La cultura es la gran Penélope que teje y destejeGárgolas de la mediocre catedral de la cultura. Silencio espeso de mayonesa cortada. Cielos de temple y escayola.  Periódicos, esa mezcla de mentira y metáfora, de urgencia y lirismo, de imagen y sueño, de tinta y sangre, de información y sorpresa, de noticia y erudición. Está latiendo el mundo, está sangrando la vida. Aquí Umbral se erige como un Karl Kraus de las letras españolas. En el libro está ya todo fosilizado, panteónico. Mis entrañas no son más nauseabundas que las de cualquier otro. Poesía: estado casi salvaje de la cultura. Los autodidactas tendemos al lirismo. Desolación de haber triunfado. Al día siguiente habría que empezar de nuevo, en la redacción triste. 

Cené de mala gana, en la pensión, y me acosté llorando.