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viernes, 12 de febrero de 2010

Recuerdos ponfe-radios o radias del 2008

Con motivo de la visita de Steinberg a Tardes de Cine, he recuperado recuerdos del 2008, que alguna vez escribí para algún periódico.

Museo de la Radio de Ponferrada
SI LOS hispanoparlantes, y en concreto los mejicanos, dicen «el radio», a uno le gusta decir la Ponfe Radia. Mientras en el Sáhara se celebraba, en abril de 2008, el festival internacional de cine (supongo qu se seguirá celebrando, gracias entre otros a nuestra estimada Pilar Ordóñez), y en Lérida o Lleida se clausuraba la Mostra de Cinema Llatinoamericà -adonde tuve ocasión de asistir-, en la Ponferradia de Luis del Olmo hubo charlas acerca de la radio en cine y TV, música, proyecciones de cine, y toda una serie de eventos de gran calado social. Mientras en Ponferrada premiaban a Estrella Morente, flamenca gloriosa, y a Rafael El Brujo (gran fenómeno al que un día tuve ocasión de ver y saludar en el Teatro Bergidum), y sin duda uno de nuestros más grandes actores de teatro, en Lleida, como gustan decir los catalanes-catalanistas, pude ver director Subiela, que al final se llevó la gata al catre por su película, No mires para abajo, al actor cubano Vladimir Cruz, conocido por Fresa y chocolate o Lista de espera, y a los argentinos Rodolfo Mederos, excelente bandoneonista, que nos deleitó y conmovió con Adiós Nonino, del maestro Piazzola, y Ricardo Steinberg, que alguna vez impartió clase en la Escuela de Cine de Ponferrada. Steinberg es el productor y técnico de sonido de las mejores películas españolas y argentinas de los últimos tiempos, véanse Mar adentro, La lengua de las mariposas o Lugares comunes.
Tampoco me olvido de la Cristineta, Cristina Segarra (a quien se me ocurre invitar para una próxima edición de Tardes de Cine), despierta y guapa actriz, que con su sentido de la hospitalidad y simpatía cautivó a los convidados, ni de El baño del Papa, una tragicómica y neorrealista película uruguaya. Aunque no seguí con fidelidad la Semana de la Radio, echo en falta a radiofonistas, críticos musicales y cinematográficos, periodistas de la radio, en definitiva, que podrían dar mucho juego en algunas ediciones "Ponferradias". Me refiero a gente como Javier Tolentino, maestro de cine en radio, que presenta (o presentaba) El Séptimo Vicio, en Rne, Radio 3, o bien Lara López, cuya sensibilidad musical se me antoja deliciosa, con esas Nuevas Músicas , que escuchábamos sábados y domingos, durante la sobremesa, también en Radio 3, radio que por lo demás ha sido una universidad de la experiencia. Como cuando nos sumergíamos, a altas horas de la madrugada, en las cálidas y estimulantes aguas de Caminando sobre la luna, de Luz Elez, o nos dejábamos arrullar por los versos valleinclanescos de Rosa de Sanatorio, de nuestro admirado José Luis Moreno Ruiz.

Mientras, seguimos escuchando músicas del Magreb, con la imaginación puesta en el Valle del Ourika, bajo un Atlas nevado de ensueño.

jueves, 11 de febrero de 2010

Gracias, Moreno Ruiz

Me alegra, estimado José Luis, que hayas incluido mi blog en el tuyo: http://diariosmorenoruiz.blogspot.com/
Es para mí un gran honor, porque fuiste y eres un maestro de maestros, ya lo sabes, sin duda mejor que aquellos profesorines que tuviera en la Universidad de Oviedo, salvo algunos pocos, entre los que recuerdo, no me importa dar nombres: Gustavo Bueno, Manuel Fernández Lorenzo o Marino Pérez. 
Oviedo

Por lo demás, aquel programa tuyo, Rosa de Sanatorio, era muy grande, pero qué muy grande, y me ayudó a familiarizarme con tantos y tan buenos poetas y narradores, etc., en horas mágicas.
Recuerdo escucharte en compañía de mi amiga del alma, ella también se acuerda. Es ésta una época de reencuentros, porque después de muchos años, he vuelto a reencontrarme con aquella chica astur-galaica, amorosa y divina. Y ahora me siento como un niño con la cara luminosa de la luna y el esplendor del sol. 
Buena suerte. Salud y a seguir dándole a esto de las letras.

martes, 9 de febrero de 2010

Sostiene Alfredo, el Kojo de Kalamokós

Hace algún tiempo escribí algo a propósito de este singular Alfredo, estudiante veterano de la Universidad de la Experiencia en el Campus de Ponferrada. 

Sostiene Alfredo, alias El Kojo de Kalamokós (como él mismo se hace llamar, quede clarín clarete), que el pueblo de Calamocos (cuyo nombrecito no es del todo hermoso) proviene del griego Kalamós. 
Es la suya una ocurrencia bien entamada, aunque no exista una teoría que justifique esto. Si bien Alfredo, oriundo de Calamocos, está convencido de que el nombre de su pueblo es de procedencia griega. Lo cual viene a confirmarnos que estamos ante un lugar fantástico dentro de la geografía berciana. Algo que quizá debería haber recogido Sánchez Dragó -se me ocurre ahora- en su historia mágica de España, Gárgoris y Habidis, en la que por cierto cita en varias ocasiones al Bierzo. Pues este intelectual, con verbo de dios hindú y el sintoísmo en las entrañas, nos ha visitado en varias ocasiones, últimamente con el asunto templarín...
Ahora va a resultar que también los bercianos, además de romanos y celtas, tenemos orígenes griegos. Cierto es que hay una isla llamada Kálamos, y aun una aldea con el mismo nombre. Mas esto no es suficiente para confirmar la premisa de partida. Como quiera que Calamocos es un nombrecito no muy agraciado, Alfredo ha buscado la forma de convertir lo feo en hermoso, de transformar lo mal parecido en piedra filosofal, y es que Kalamokós, dicho así, con Ka de kilo y con una tilde en la última o, ya nos va sonando a algo exótico. Un nombre que invita a adentrarnos en la mitología griega.
Según la mitología, Cálamo es hijo del dios fluvial Meandro, de Frigia. Al parecer, Cálamo se convirtió en una caña que creció al lado del río. Proviene del latín Calamus y del griego Kálamos. Y hace referencia, como ya se dijo, a una caña, que era utilizada en la antigüedad para escribir sobre papiro o pergamino.
El origen del nombre de Calamocos resulta, cuando menos, curioso, y ha habido mucha confusión al respecto. Uno de los significados más aceptados en la actualidad es el que deriva del latín “Calamaucum", que viene a ser algo así como una gorra en forma de montera o mitra. Mas en este espacio quiero reivindicar la teoría de Alfredo, que se me antoja extraordinaria en lo que tiene de poético. Es Alfredo un hombre ocurrente y simpático, al que tuve la suerte de conocer en la llamada Universidad de la Experiencia, que es una universidad a la que acuden quienes aún aspiran a aprender, a aprender y a enseñar, claro está, pues estas personas tienen mucho que enseñarnos. Y la prueba está en el Kojo de Kalamokós, que con su admirable sentido del humor, me ha enseñado que el nombre de su pueblo es, en esencia, un nombre apolíneo, por decirlo a la griega. No estaría de más, sin embargo, realizar una investigación con el fin de aclarar si su hipótesis es correcta, aunque bien mirado a uno le sirve la conjetura en sí misma, como algo válido, y sobre todo como algo fabuloso.
La realidad no es sólo como nos la pintan, sino como uno la siente, imagina o transfigura. Y Calamocos, a partir de ahora, se ha convertido para mí en un pueblo legendario, pura literatura.