Al viajero le gusta visitar aquello que ya visitó, volver a aquellos lugares donde se sintió a gusto, porque hay que visitar en primavera lo que se visitó en verano, y de día lo que se hizo de noche, como nos recuerda el Nobel portugués Saramago, que era y sigue siendo un grande de la literatura, un tipo al que me hubiera gustado saludar, conocer.
En realidad, el viajero piensa que, por más veces que se visite un sitio, nunca se llega a conocerlo del todo, y ahí reside quizá el encanto. De forma que necesitaríamos varias vidas, y sola tenemos ésta para visitar y conocer. Así que el viajero tiene que conformarse.
El pasado año el viajero visitó por primera vez Muxía, en la Costa da Morte, y se quedó con la sensación de que es un espacio que merece ser visitado alguna vez más, y ahí que se encaminó de nuevo para sentir aquello que no sintió, o bien para sentirlo de otro modo, sentirlo todo de todas las maneras, como dijera otro portugués glorioso, Pessoa. Y, la verdad sea dicha, el viajero viajó encantado por segunda vez a esta población galega, cuyo faro sigue alumbrando sus sueños. Faro de Muxía
El entorno del faro de Muxía es de una gran belleza. Y su atardecer es una maravilla. El viajero, mientras contempla la inmensidad del mar, siente que estuviera en otra dimensión, en otro espacio-tiempo. Está convencido de que la belleza, una parte de la belleza del mundo, está contenida en este espacio, en este espacio-tiempo.
En este viaje se acercó al santuario de A Barca, adonde los peregrinos y visitantes se religan con su dios, o con su virgen, algunos incluso se ponen a rezar, acaso como lo hiciera el apóstol Santiago con el fin de evangelizar la península ibérica, otros parecen arrojar la vista al mar, tal vez en busca de la virgen, de su virgen de la Barca, que el viajero también logra avistar -quizá en una alucinación visual-, subida, cual si fuera una migrante en patera, a una barca de piedra, que por momentos da la impresión de que fuera a naufragar. Piedras sagradas
Ojalá, piensa el viajero, arribe con buen pie hasta este punto, donde asoman piedras milagreras, divinas piedras, que a buen seguro atraen la visita de la virgen. De repente, el viajero sale de su ensoñación, o de su alucinación. Es probable que ande flipado, y alguien, algún peregrino, visitante o viajero, como él, le habla de las diferentes piedras sagradas que existen en este zona, como la pedra de abalar.
Abalar, abalar... que el mundo se va a acabar, la pedra dos cadrís, y alguna otra, que ahorita no recuerda. El viajero pronuncia ahorita aunque no sea mexicano, quizá lo fue en otra vida, aunque él no crea en otras vidas. Desde el monte Corpiño
A veces al viajero le da por pensar, aunque sólo sea en las facturas de la luz, del agua... A veces, sólo a veces, el viajero piensa si no sería mejor creer en vez de ser un descreído. En el fondo, está convencido de que cree en la belleza de la Tierra, del universo. En verdad, la está sintiendo. Y Muxía es un lugar pleno de belleza. Pero el viajero, que no es entendido en piedras -en realidad, no es entendido en nada-, no logra discernir una piedra de otras y todo o casi todo le parece una misma cosa. Será que el viajero no tiene sensibilidad hacia las piedras. O será que el viajero sigue flipado a resultas de su experiencia mística. La ferida
El caso es que el viajero escucha al tipo que le está hablando como quien oyera llover, sin darse cuenta de la misa a la media. Sí, es probable que la gente que se halla en el interior del santuario de A Barca esté escuchando misa. Y que algún feligrés rece por sus difuntos y aun por las almas en pena errantes que en el mundo son.
Sea como fuere, el viajero, quizá en un arrebato espiritual, otro arrebato, decide elevarse, y no encuentra mejor manera que subir a un monte, que le dicen el monte Corpiño. Monte Corpiño al fondo
"Sube hasta mí, al monte, y espera allí, y te daré las tablas de piedra con la ley...", le susurra la voz de la subconsciencia al viajero. En la subida a este monte, acaso sagrado, el viajero se encuentra con una mole de piedra, que se eleva al cielo. Se trata de la herida sangrante (la ferida) que dejó el hundimiento del Prestige en 2002. Bueno, es un símbolo, eso le dice una peregrina que está adorando este tótem. Una tragedia ecológica el Prestige, la marea negra, rememora el viajero, que también se queda embobado mirando al mar, al santuario de A Barca. Muxía
El viajero continúa subiendo por una vereda, topándose con una cruz de piedra -está en tierra de cruceiros-, antes de alcanzar el mirador del monte Corpiño, desde el cual se queda una vez más extasiado contemplando el pueblo de Muxía y su costa, la belleza legendaria de la Costa da Morte, llamada así porque navegar en estas aguas resulta harto peligroso.
El día está encapotado a resultas de unos incendios que existen cerca de la zona. Huele a leña quemada. El viajero siente una gran tristeza al pensar que los incendios bien podrían arrasar la naturaleza, que es la vida. Sin embargo, se arma de valor y decide que el humo causado por los incendios no le impedirá disfrutar de las panorámicas que se despliegan ante él. Muxía
Una visitante madrileña, que está fascinada con esa tierra, con este rincón del Noroeste, le dice que en días despejados puede verse desde este monte no sólo Muxía con su puerto sino la ría de Camariñas-Muxía, además del perfil del Cabo Vilán con el faro al fondo.
La subida al monte Corpiño ha dejado al viajero en choque emocional. Y la bajada lo devuelve a la realidad, aunque el viajero siga sintiendo que está en una tierra fantástica. Y la viva como tal.
En esta segunda visita a Muxía, después de la primera el pasado año, el viajero ha experimentado sensaciones parecidas y a la vez diferentes. Y eso lo colma de placer, consciente de que cada visita es única e irrepetible. Así que ya está pensando, aun sin haber abandonado el lugar, en volver a Muxía. A veces al viajero le da por pensar, aunque sea en las facturas... Finisterre
Esto ya lo había dicho, pero no importa repetir, repetirse, acaso como un reloj de repetición, eso decían las gentes de otra época. Ahora los relojes se han derretido como si el viajero se hubiera adentrado en un cuadro de Dalí.
El viajero visita el centro de Muxía... Disfruta echando la vista al puerto... Disfruta en definitiva con esas pequeñas/grandes cosas que hacen felices por lo general a los seres humanos.
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Finisterre |
Y feliz le hace al viajero visitar Finisterre, aunque haya estado en diversas ocasiones, porque, por más veces que lo haya visitado -se ha convertido en todo un ceremonial-, el viajero cree (en algo cree) que le conviene peregrinar hasta el faro del fin del mundo, porque durante siglos -hasta que se descubrió que la Tierra era redonda, vaya cosas-, el mundo conocido acababa en este Finis Terrae (de ahí su nombre), un saliente de tierra que se adentra unos tres kilómetros en el inmenso Océano. Faro de Finisterre
Y el viajero, aunque sabe que la Tierra no se acaba aquí -también están los finis terrae de la Bretaña francesa, Gran Bretaña e Irlanda-, desea caminar hacia el Oeste (The west is the best, de Morrison, resuena en su cabeza) siguiendo el curso del sol para comprobar, una vez más, cómo el océano engulle al astro rey (esto ha quedado algo cursilón) en este lugar mágico. Un espectáculo grandioso.
En algún sitio el viajero ha leído que la Costa da Morte tiene un poder sanador, tal vez por eso atrae tanto a los viajeros y peregrinos de todo el mundo, que buscan sanar su cuerpo, o su mente, o ambos, que todo es uno (mens sana in corpore sano, Juvenal dixit). Quizá por su poder balsámico el cabo de Finisterre es el segundo lugar más visitado de Galicia después de la catedral de Santiago de Compostela, que también ejerce un poder curativo sobre los peregrinos.
Antes de encarar la ruta que lo conducirá derechito al cielo del cabo, del faro, el viajero arroja la vista al puerto a través del ancla que se exhibe como escultura en recuerdo de un carguero naufragado en los años ochenta del pasado siglo. Y contempla extasiado (le gusta el éxtasis) el resplandor de las casas, los coloridos veleros y el mar bajo el azul celeste. Un olor a pescado saca al viajero de su instante iluminado. Un olor a pescado y una voz que lo saluda.
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Castillo de San Carlos |
-Anda, nos encontramos de nuevo -le dice el hombre que le habló de las piedras milagreras en Muxía.
-Qué bien, volvemos a vernos en este lugar mágico.
Entonces, el viajero se despide de este señor, y llevado por la inercia, se dirige al castillo de San Carlos, que lo traslada al Castillo de San Antón en Coruña.
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Cristo barba dorada |
El castillo de San Carlos se le antoja, al igual que el castillo de San Antón (antojitos que tiene y gusta el viajero) un hojaldre. En realidad, el castillo de San Carlos es una fortificación construida en el siglo XVIII sobre un terreno rocoso para la defensa en otra época contra los constantes ataques de franceses e ingleses que se disputaban este preciado territorio.
Después de recrearse en este baluarte sobre la costa, el viajero echa a andar hasta la iglesia de Santa María das Areas, un templo románico del siglo XII donde está el famoso Cristo de la barba dorada, que una mujer italiana, amable, le muestra al viajero, así como a otros peregrinos. Al parecer, Italia sigue acompañando al viajero, que comienza su peregrinación al faro. Santa María das Areas
En esta ocasión, el viajero, que se siente nómada, gaucho, incluso arriero maragato, desea asomarse al infinito mientras acaricia la escultura de una bota peregrina.
El viajero, que en el fondo es un romántico o posromántico, siente que está ante un paisaje sublime. Y sabe que su ser se ha fusionado con la naturaleza, con el océano, que ruge como un animal mitológico. Langosteira
Definitivamente, el viajero alcanza el éxtasis, incluso toca con el dedo índice el infinito, a sabiendas de que todavía le queda arribar al paraíso bíblico, que acabará encontrando en la Langosteira, un arenal de arena blanca y aguas de color azul turquesa, que es como un Caribe en el Noroeste peninsular.
Nada más acercarse a la cruz de Baixar el viajero siente que, si alguna vez existió el paraíso bíblico, uno de estos paraísos se halla en la Langosteira de Finisterre.
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Langosteira y la cruz de Baixar |
Su periplo místico prosigue adentrándose en Mar de Fóra, un espacio primigenio donde encuentra la belleza en estado puro, con un oleaje salvaje que despierta todos sus sentidos y una puesta de sol inolvidable.
El viajero, al que le gusta plasmar sus emociones, tira de libreta y se dispone a escribir estas palabras sobre Mar de Fóra.
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Mar de Fóra |
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