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jueves, 15 de diciembre de 2022

Pizcas y puñaos


La autora de este relato, contado en primera persona, nos adentra en el apasionante mundo de la gastronomía para mostrarnos una provincia, la leonesa, con mucho encanto, que atesora no sólo siete Reservas de la Biosfera, convirtiéndola en la Región con el mayor número de reservas del mundo, sino con un patrimonio cultural extraordinario, con productos de excelente calidad y una cocina tradicional que nos trae aromas y sabores inolvidables.

(Taller de composición de relatos de la Universidad de León, impartido por Manuel Cuenya, publicado por La Nueva Crónica)

 

Nací con mandil en el alma. Nací y soy cocinera. Así lo siento. Llevo en vena esa gastronomía tradicional que nos hace salivar, la que despierta emociones y sentidos, la que conquista a todos por ser tan universal como cercana. La gastronomía que forma parte de nuestro acervo cultural, porque la cocina es ‘cultura’, y como tal hay que preservarla y transmitirla.

Mis recuerdos infantiles se amasaron en la cocina, lugar de costura, charla, juegos y cuadernos, todo envuelto en olores y vapores de los guisos de mi madre, gran cocinera. Siempre me interesaron más sus recetas que los deberes escolares, y ella me transmitió aquel legado heredado de muchas generaciones femeninas, porque en aquellos tiempos eran ellas las que reinaban en la cocina.

Aún percibo los aromas  que salían a recibirme a las escaleras del portal cuando llegaba del colegio; subía los peldaños intentando adivinar qué se comería ese día en cada casa, siempre intuía platos lentos y sabrosos, un primero de cuchara, un segundo con salsa de anécdota de recreo, y los domingos, que había más tiempo, un delicioso postre casero.

Aunque ya entonces hacía pinitos en la cocina, y mi gusto se decantaba hacia platos populares, jamás imaginé que acabaría dedicándome al apasionante mundo de la gastronomía, llevando un restaurante propio cuyo objetivo principal es la recuperación de la cocina casera, tradicional, en un intento de salvaguardar nuestro patrimonio culinario. 

Mi curiosidad me llevó a indagar la gastronomía genuina, la ancestral, conduciéndome a sabores y estampas entrañables que aún hoy siguen vigentes: la abuela madrugadora que cada mañana alborota el gallinero para recoger los huevos recién puestos, los de yema amarillo intenso que acompañarán a la panceta del cerdo cebado en casa dando vigor al desayuno. Los huevos que se abrazarán a las patatas del huerto del abuelo para formar la sabrosa tortilla española, con cebolla o sin ella, con pimientos del Bierzo, con bacalao al ajo arriero estilo Valderas, incluso guisada con verduras como tanto nos gusta en León. Y, llegada la noche, se acuestan en el plato como sencillos pero sabrosos huevos fritos acompañados, tal vez, de un buen chorizo leonés.  Y no importa si se trata de desayuno, comida o cena, que no faltara un trozo de buen pan y una cuña de queso. Queso cremoso, suave, fuerte, de leche de verano… sabores que me  llevan a rendir homenaje al pastor que, bajo la tormenta o la solana, acompaña al rebaño en busca de buenos pastos que llenen ubres, que ya se encargará él de transformar la leche en exquisitos quesos. Como los de Valdeón en Picos de Europa, o Ambasmestas, en el Bierzo, tan deliciosos y variados que contamos con una veintena de queserías artesanales. Y en casi la mitad de ellas crían su propio ganado y elaboran sus quesos con su propia leche, por lo que existe un control de la trazabilidad del producto.

Saluda el pastor al agricultor, que mira al cielo, leyendo nubes, implorando que el tiempo le acompañe en las labores del campo, fascinante labor la de personas, como mis vecinos Aurita, Nano, Jorge, que siembran, riegan y recolectan para ofrecerme productos frescos, y yo, como cocinera, les doy mi toque especial para hacer las delicias de mis clientes.

Es la rueda vital girando, en la que los agricultores y su imprescindible labor procuran a la provincia de León productos de excelente calidad y gran variedad.  Prueba de ello es que en la provincia de León contamos con quince marcas de garantía, entre las que se encuentran tres denominaciones de Origen, entre ellas la Denominación de Origen Bierzo, y ocho Indicaciones geográficas protegidas. Asimismo, León es la Región con el mayor número de reservas del mundo. En nuestra provincia se encuentran en concreto siete Reservas de la Biosfera, con su riqueza ambiental, pero también gastronómica como Picos de Europa, Laciana, Babia, Alto Bernesga, Valles de Omaña y Luna, Los Argüellos y Los Ancares. Todo un lujo.

Como cocinera, me atrevería a decir que somos la despensa de nuestra comunidad castellana y leonesa. No importa la estación del año, ni la dirección que tomemos, encontraremos un buen plato de legumbre, un guiso, deliciosas calderetas de pastores de Babia, las truchas y el llosco o yosco de los valles de Omaña y Luna, el cocido gordonés del Alto Barnesga o la cecina de chivo de Los Argüellos. Todo ello regado con alguna de las muchas variedades autóctonas de viñedos. Y llegado el postre el frutero nos ofrece un festín sensorial, huele a manzana reineta, se nos llena la boca de agua de pera conferencia y los ojos de rojo cereza, cerezas del Bierzo. Productos que conforman nuestro patrimonio y que debemos preservar porque son nuestras raíces, sabores y aromas ancestrales que mamamos en aquella cocina de abuela, costuras y deberes. 

Nuestra gastronomía también es nuestra memoria familiar porque no hay evento humano, nacimiento, boda, reencuentro o despedida que no se formalice alrededor de unas viandas. Unas veces regadas de cánticos, otras de lágrimas y siempre, siempre por los excelentes vinos de la tierra, entre los que sobresalen la Denominación de Origen Bierzo o la Denominación de Origen León. En el Bierzo destaca la mencía como variedad tinta y la godello como blanca, y en cuanto a la Denominación de Origen León destaca la prieto picudo y la albarín como variedades autóctonas.

En esta época apresurada en que vivimos, donde reina lo inmediato y escasea la calma, me agrada ser cocinera de fuego lento, de platos que despierten los sentidos e inviten a largas sobremesas y serena conversación. Fue en una de esas sobremesas familiares donde germinó mi aventura gastronómica, estábamos rememorando sabores de la infancia, mi marido hablaba del entrecuesto, mi madre de las manzanas fritas en manteca… y, tirando de recuerdos, pucheros y sartenes de otros tiempos, nos nació la necesidad de recuperar y poner en valor esos platos, deseando volver a disfrutarlos como si fuera la primera vez.

Sin dejar enfriar el entusiasmo y los fogones, mi marido y yo empezamos a recorrer nuestra provincia en busca del producto auténtico y de la receta original que atesoran  los mayores, a los que se les desgasta la memoria pero nunca los productos que llenaron los platos de su mesa. Provistos de libreta, bolígrafo y cámara de vídeo, logramos grabar a nuestras protagonistas, ya que de otra manera hubiera sido imposible reproducir con precisión sus recetas, con sus pesos y medidas adecuados, porque mientras te dicen una cosa, hacen la contraria. Tal vez ese es el secreto de abuelas, tías y madres, guardianas de su punto gastronómico. A todas ellas, gracias por compartir los “puñaos de legumbres y pizcas de sal”.

Para mantener vivo ese valioso legado hemos fundado el Aula de Recuperación Gastronómica (ARGA), con el fin de recuperar la gastronomía proverbial leonesa, porque “la cocina nos revela quiénes somos y también quiénes fuimos”. Y, casi sin darnos cuenta, nuestra andadura ha cruzado veinte años realizando un trabajo de campo que se me antoja imprescindible.

Invito a cocinar el pasado y disfrutar el presente. Cocinar en compañía, porque no hay nada más placentero que compartir borbotones, sabores y texturas. Y no lo olviden, León es auténtico porque su gastronomía es genuina.

https://www.lanuevacronica.com/pizcas-y-punaos

Galicia literaria y musical

 Viajo a Galicia para sentir en vivo y en directo lo que quiero expresar con palabras en una obra que estoy perfilando. Y dejo aquí estos apuntes, que puede dar una breve idea de lo que luego elaboraré con calma y tiempo. 

3 de diciembre

Hasta Santiago de Compostela he llegado con la musicalidad de su historia.
Hasta Compostela he llegado bajo el amarillo aroma de las zamburiñas y las campanadas de otro tiempo, en esta noche serena y escarchada.
Hasta esta aldea universal, donde los estudiantes conviven con los peregrinos, en busca tal vez de la concha consagrada. O bien de una Fonseca fabulada, también fabulosa. 

"Yo también viniera aquí hace años", dice con voz melosa una chica que está en el bar restaurante Damajuana, donde he venido a probar el cordero pascual que quitas el pecado del mundo. Es broma. Lo del cordero pascual. El resto no.
El típico tópico de que llueve en Santiago no se ha cumplido por ahora. No chove en Santiago de Compostela meu doce amor -Lorca y Luar na Lubre resonando en nuestros corazones-, sino que ha hecho un sol espléndido en esta ciudad de las conchas de vieira, "Rosa mística de piedra, flor románica...", como escribiera el mago de las palabras Valle-Inclán, por cuya obra siento devoción cual si se tratara de un apóstol, el cual sigue contemplando la estampa catedralicia desde un banco de la Alameda, aunque su cuerpo, que es toda Galicia, esté enterrado en el cementerio de Boisaca de esta ciudad eterna -como Roma y Jerusalén-, donde también dejara impregnado su espíritu poético la gran Rosalía de Castro, que yace en el panteón de los ilustres gallegos.

4 de diciembre

El viaje continúa tras la estela de la gran Rosalía de Castro por Padrón, que solo por eso ya merece ser visitado este pueblo. Y por supuesto porque en Iria Flavia, al lado de Padrón, está la Fundación de Cela, además de su tumba bajo un olivo en el cementerio de la localidad, con la iglesia de Santa María como icono. Y el olivo como símbolo de inmortalidad.
También el busto del premio Nobel se halla justo en el exterior del cementerio, mirando para la fundación.
Padrón, además, invita a subirse a la iglesia de Santiaguiño del Monte a través de unas escaleras con el verde aroma a musgo.
Cuentan que los devotos las subían de rodillas, como si fueran a la basílica de Guadalupe en Ciudad de México (esto último lo dice uno, de su puño y letra). 
Si no vas de vivo, como ocurre en San Andrés de Teixido -otro santuario extraordinario-, lo harás de muerto. Así que lo mejor, creo, es visitarlo en vida. No vaya a ser.
Los pimientos aún no los he probado en esta tierra pero el pulpo á feira se me hace delicioso.

5 de diciembre

La ría de Arousa es un poema donde la belleza engendra luz y verdor. En medio de esta ría, como si de una fabulación se tratara -entre A Pobra do Caramiñal y Vilanova-, nació en una barca el genio de la lámpara maravillosa. 
Por cierto, La lámpara maravillosa es un ejercicio de estilo sobre estética, filosofía, donde el autor imprime su sello místico: "he querido bajo los míticos cielos de la belleza, convertir las normas estéticas en caminos de perfección, para alcanzar la mirada inefable que hace a las almas centros", apunta Valle, cuyo espíritu impregna todo el pueblo de Vilanova de Arousa. 
Valle Inclán y el excelente cronista y viajero Julio Camba, también originario de Vilanova, invitan a viajar una y otra vez a este rincón del Noroeste.

6 de diciembre

Vilanova de Arousa procura una vibración emocionante en quien la visita, tal vez porque está impregnada toda ella con el espíritu de Valle Inclán, que me parece todo un figurón, con una obra literaria harto sustanciosa e inspiradora. 

Como él mismo dijera: amo las poéticas noches en que el cielo, tachonado de estrellas, se refleja en el límpido y brillante cristal de la ría de Arousa.
Me hubiera encantado conocer a Valle, al menos saludarlo. Pero tengo que conformarme con leer y aun releer su obra, que no es poco, y visitar su casa pazo museo, cercado por un muro musgoso, bajo la luz de acuario de un jardín umbrío y exótico -con aroma a magnolio y camelias, tan embriagador-, y el amarillo y explosivo olor del yodoformo.

8 de diciembre

Hórreos que asoman sus cruces, como si fueran panteones, al mar.
Un mar bajo el resplandor de una mañana azul apetitoso, y meigas que sobrevuelan la imaginación del visitante, conforman un lugar singular, como un imán que atrajera con su aroma a arroz con bogavante. 
"Mira, mamá, una bruja... Y otra... ", dice una niña con asombro, como si descubriera el mundo de las bruxas, tal vez el cosmos en sí mismo, con sus más de trece mil millones de existencia desde que se produjera la gran explosión en un espacio sin espacio.
El paseo por Combarro se me antoja delicioso. 

Y la visita de Pontevedra, con su plaza de la leña, que es un escenario como de otra época, me entusiasma. 
Aquí también dejó su huella Valle-Inclán. En la plaza de las Cinco Rúas, en pleno centro histórico, vivió este prodigioso escritor. Y en la plaza de Méndez Núñez puede verse su estatua en bronce, supuestamente a tamaño natural, como con intención de desplazarse a algún lugar. Valle no era precisamente un mocetón, aunque tenía una mente privilegiada. 

El espíritu de la colmena, de Erice

 El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973)

Víctor Erice es sin duda uno de nuestros grandes directores. Un cineasta singular cuyas imágenes nos remiten directamente a la poesía. Un cine poético, como nos dijera el poeta, actor y director de cine Pasolini. O bien un cine sensorial, donde están presentes la percepción y la sensibilidad. A Erice le gusta, en todo caso, experimentar con el lenguaje cinematográfico. 

“Al realizar una película, lo que me gustaría es poder descubrir siempre algo nuevo acerca de la vida. En este sentido, el cine es para mí, entre otras cosas, un instrumento de trabajo, y una posibilidad de aprender. Un lenguaje que aspira, en última instancia, a convertirse en una forma de conocimiento total”, expresa Erice.

Autor también de El sur (basada en la sobrecogedora obra de Adelaida García Morales) y de El sol del membrillo (sobre el proceso de creación por parte del pintor Antonio López), Erice toma este sugerente título de El espíritu de la colmena de La vida de las abejas, del poeta y naturalista Maeterlinck para contarnos una historia ambientada en tierras de Castilla al finalizar la Guerra Incivil, con la presencia de un hombre herido que se refugia en una casa abandonada. 

El espíritu de la colmena hace referencia, según Erice, a un espíritu todopoderoso, enigmático y paradójico al que las abejas parecen obedecer. La colmena como símbolo de la sociedad humana, con sus abejas moviéndose por inercia, perdidas en un mundo triste. 

El espíritu de la colmena, a modo de cuento infantil con el inicial Érase una vez... , nos adentra en la vida y la muerte.  En el mundo de los espíritus y los sueños. De los miedos y las mentiras. 

A partir de la proyección de la película de Frankenstein, dirigida por Whale, las niñas protagonistas, Isabel (Isabel Tellería) y Ana (Ana Torrent), se preguntan por el sentido de la vida -la vida y la muerte, cara y cruz de una misma moneda-, a través del cine.

En este viaje iniciático, de autoconocimiento, Ana lo hace desde una visión naif y soñadora, mientras que Isabel, que es mayor que su hermana, encara la vida con madurez, con los pies en la tierra y lúcidas reflexiones, incluso resulta transgresora en sus comportamientos.

Además de asistir como espectadores al mundo infantil, El espíritu de la colmena nos adentra en el mundo de los adultos a través de Fernán Gómez, que representa a un hombre rutinario, insomne, y su mujer, interpretada por Teresa Gimpera, que deambula como un fantasma, con su frustración y su melancolía, acaso ilusionada en su autoengaño. 

Fernán Gómez y Gimpera -los padres ausentes de Ana e Isabel, viven un matrimonio sin sustancia, sin cariño, hecho de silencios, de incomunicación. En realidad, El espíritu de la colmena es una puesta en escena del silencio, un silencio inquietante, angustioso, donde tal vez sobren las palabras. Tal vez podría haber filmado toda la película sin palabras. 

Sorprenden y enganchan las imágenes, los encuadres y los movimientos casi imperceptibles de cámara, esos planos fijos con profundidad de campo. Como si fueran cuadros de Vermeer. Y ese homenaje a los orígenes del cine: el tren como metáfora genuinamente cinematográfica, que nos remite al cine de los Lumière, incluso al cine del maestro Hitchcock. 

Una obra que nos deja impactados vista cincuenta años después de su filmación.