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lunes, 2 de julio de 2012

De mi Diario literario



De mi Diario de hace un montón de años.


Para escribir, aunque no se alcancen grandes glorias, uno debería comprometerse con la literatura, como siempre quiso el noble Sartre, aquel pelirrojo estrábico que nos mató literalmente con su Náusea y nos metió en el infierno con su Huis Clos, que tanto me hace recordar a El Ángel exterminador, del gran Buñuel. La literatura podría ser acaso compromiso y muerte. La literatura como muerte, según Unamuno.  
Unamuno-Santurce. Foto: Cuenya


Uno no puede escribir desde el optimismo, llegó a decirnos Juan Manuel de Prada, quien fuera apadrinado en un principio por Umbral y luego resultó rana en la charca de las insuficiencias. 


Es probable que uno sólo logre escribir desde la desesperanza y el tormento, como también y tan bien lo hicieran Kafka, Sábato o Artaud (al franchute lo recluyeron en un psiquiátrico por considerarlo loco, tal vez por decir verdades como templos, pero es que en esta muy pulcra sociedad no se acepta  a quien pretende destruir mitos y religiones, convenciones y poderes), y Artaud fue muy lejos en su hacer literario, teatral, histriónico. Y tuvo que pagarlo, desgraciadamente. Son la esquizofrenia y el capitalismo quienes nos conducen y nos llevan de la mano al precipicio. Por lo demás, hay que ser adaptativamente productivo para formar parte de la sociedad normal, demasiado normal. 
Museo de Kantor en Cracovia. Foto: Cuenya


Tal vez uno sólo puede llegar a construir una gran obra cuando sufre  y además conoce la crueldad humana, en todas sus variantes, la crueldad del teatro, pues estamos y vivimos en un gran teatro, un teatro como el que  nos muestra Bergman en Fanny y Alexander, película que me sigue sobrecogiendo cada vez que la veo (acaban de pasarla en televisión), como el que nos han mostrado tantos otros: Grotowski (el teatro pobre) y Kantor (el teatro de la muerte) como grandes de las artes escénicas. El teatro como única salvación. La escritura como catarsis. El de Prada también llegó a decir que dedicarse a la literatura era como practicar un sacerdocio (joder, con el jambo), aunque se abstuviera de hacer votos de castidad, de pobreza... lo que no me extrañaría en absoluto... que los hiciera, o sea. 


En verdad, el escritor necesita encerrarse para escribir, necesita sobre todo tiempo, que es sangre, para componer su obra, o al menos una pequeña sinfonía de letras y aromas. Creo que no hay otra forma de hacerlo. Sin embargo, también es fundamental entregarse a la vida, viajar, conocer, sentir, sentirlo todo de todas las maneras (como quisiera Pessoa), como bien hiciera el joven Rimbaud, quien dejó de escribir para vivir, quizá porque ya en su juventud alcanzó la cumbre de la lírica. 


Interesante me resulta, más aún que Rimbaud,  la figura de Henry Miller, un coloso de las letras del siglo XX, que comenzó a escribir con la misma pasión y  avidez con que había vivido. Único en su hacer literario y vital. Lo cierto es que tuvo la gran suerte de codearse, mejor sería decir excitarse, con Anaïs Nin, otra grande. Las memorias de la Nin son delicias que ya las quisiéramos muchos, pero es que Anaïs no era ninguna moralista y hacía lo que le venía en gana. Follaba con su marido, con Miller, con June... “me dejaría acariciar por cualquiera”, escribe en un pasaje de su Incesto. Nin disfrutaba de los instantes, de la vida, del sexo, y no era remilgada y estúpida. 


Una mujer bonita no tiene que preocuparse más que por follar (qué fuerte), llegó a escribir el divino marqués de Sade, que tenía una imaginación desbordante, prueba de ello son sus eyaculaciones libertarias, filosóficas. A Sade hay que leerlo en profundidad. La moral andante lo condena pero muy pocos parecen haberlo leído de veras. Al personal se le juzga  a menudo por lo que se dice de él y no por su auténtica esencia. Y a veces se procesa a gente por el mero hecho de estar, de ser.
Kafka en Praga. Foto: Cuenya
Es un absurdo. Kafka nos metió el absurdo en el alma, porque era un tipo atormentado y muy lúcido en su escritura. 


A decir verdad, uno sólo puede escribir sobre lo que sabe y siente. Y la mejor manera de escribir es sentir, sentirlo todo y de todas las maneras posibles (ya lo había dicho, se nota el influjo de Pessoa), porque esta vida se revela en ocasiones como una alucinación, un delirio esquizofrénico, extraordinariamente nítido, todo hay que decirlo. 

Desierto de Tabernas. Foto: Cuenya

Por el momento, seguiré viajando y leyendo, visitando  guetos y  barrios, adentrándome en la realidad, y a veces en los subterráneos, como un minero dispuesto a iluminar a punta de candil las vetas del universo (qué pretencioso). Ahora me viene a mientes la peli Trainspotting. Y seguiré en la batalla, intentando rejonear, tocando pelo, ejecutando verónicas, punzando la médula espinal,  cerca del meollo, metido de lleno en la realidad, mientras las bestias siguen aniquilando el mundo. 

Continuaré, asimismo, devorando literatura, maldita, bonita, literatura que diga algo y no sea un aséptico amontonamiento de palabras, una literatura que sea al menos ensalada verbal, aderezo sabroso, adobo picante. Y de vez en cuando le echaré un "oclayo" a Sade desde mi castillo, y me perderé en Justine -qué gustito-  y en la filosofía en el tocador, empapándome en lenguas políglotas, y  caminaré durante 120 días y aun más por los desiertos de Tabernas, híjole, y por el de Chihuahua, y aun por el desierto del Sáhara... y  no me cansaré de caminar empolvado, seguiré explorando  mundos nuevos, tiempos salvajes, oasis cinematográficos, y bucearé en las charcas de Pasolini y Proust, siempre en busca de tiempo, como factor dorado y ensoñador. 
Tumba de Proust. Père Lachaise. Foto: Cuenya


Y luego de mis andanzas y mis correrías regresaré a Henry Miller y a Bukowski.   


Vaya revelación, el Miller, un genuino bautizo. Puede que algún día consiga escribir mi Trópico de Capricornio: “Todos los que me rodeaban eran unos fracasados, o si no, ridículos. Sobre todo, los que habían tenido exito. Éstos me aburrían hasta hacerme llorar.” Qué demoledor, el Henry de los Trópicos, los Sexus, Nexus y Plexus. 


Los que tienen éxito, escribió Miller, uno diría los que apegan sus infamias al sistema, ese devorador de ilusiones e ingenuidades, esa ponzoña que se mete en tu sangre y te hace gritar de dolor. 


Por su parte, Verlaine y Gainsbourg  me susurran una canción de otoño, un poema saturnino: recuerdo los días pasados y lloro, y me dejo llevar por el viento, más allá, más acá, como si fuera una hoja muerta. 


Llorar y desconsolarse en un mundo injusto, donde conviene re-aprender que el hombre (y la donna) es un lobo y loba para el hombre (y la tierra),  sí, es necesario volver a re-aprender para combatir la mala fe, la falsa conciencia/subconsciencia (de la que tanto nos habló el existencialista Sartre). 


Verlaine y Rimbaud estuvieron durante una temporada en el infierno, fue la suya una temporada de iluminación, a puerta cerrada, huis clos, como cuando Sartre rechazó el Nobel. Sartre vomitaba inmundicia y podredumbre, acaso porque quería ser espiritual. Le gustaba sentarse en el café de Flore y luego en Deux Magots, en Saint-Germain-des-Près,  acompañado por su musa, Simone de Beauvoir.   
Cafe de Flore-París. Foto: Cuenya








Apasionante la vida de Rimbaud, poeta maldito de exquisitez sobrehumana. El poeta/andarín viajó en un barco ebrio, hecho de sol y de carne,  a lo largo y ancho de la Tierra, borracho de poesía, como Baudelaire, y también como Poe. 

Hay que emborracharse para no sentir el peso aplastante del tiempo. Hay que emborracharse, ya sea con vino (que sea del bueno, un Cepas Viejas, nomás), poesía, belleza.... Pero debemos embriagarnos, nomás.  Hay que sentir la belleza bajo un colocón de  opio como Thomas de Quincey,  hay  que sestear en las adormideras, y entregarse al amor, sobre todo al amor, la ternura, la amistad, y a las palabras, siempre con reverencia. 


Hay que aspirar a ser como Barbey D’Aurevilly, como Freud, que dió en el clavo del Eros y el Tánatos, pulsiones que nos mueven, motores que nos impulsan a seguir luchando. De vez en cuando, me apetece psicoanalizar mis obsesiones, dormir en los brazos de la fantasía, vivir en una alucinación recurrente. 


La psiquiatría no perdona ni permite desvaríos individuales. La antipsiquiatría condena a la familia y a la sociedad, pero es que todos somos sociedad y familia, aunque a veces uno se siente cercano a los animales, eso sí, divinos. Animal divino, como aquella obra del maestro Gustavo Bueno. 


Me sigue entusiasmando Antonin Artaud y su teatro de la crueldad, me apasiona el Artaud que se fue a México en busca quizá de la quinta esencia y la encontró en las danzas tarahumaras y el peyote, dios que distorsiona el espacio y el tiempo, el hongo alucinógeno al que eran tan aficionados el líder de los Doors, Jim Morrison, y los Beatles, amén de otros. 
Tumba de Jim Morrison-Pere Lachaise. Foto. Cuenya


El Artaud revolucionario tiene mucho que decirnos aún hoy. Confío en los mensajes de Artaud y en Bataille y en casi todo el surrealismo. En ocasiones desconfío del subconsciente, y tampoco me creo la escritura automática. Paradojas. El surrealismo es Dalí, el surrealismo es Buñuel y Breton y Crevel... Me gusta la literatura y el mal que se transforma en bien de algunos. 


Quienes hemos podido leer a  Lewis Carroll, a Swift, quienes nos hemos adentrado en la obra poética de Cirlot, así como en las antología de Whitman y Pessoa, sabemos que la belleza es comestible. Breton y Dalí también sabían que la única belleza verdadera era comestible. 


Necesito respirar el surrealismo por todos los poros, ansío empaparme con Van Gogh y sus cartas a Teo, con Van Gogh y sus pinturas, mientras los cuervos sobrevuelan Auvers-sur-Oise. 
Auvers-sur-Oise. Foto: Cuenya
Artaud y el suicida de la sociedad está más vivo que nunca.  


Al final, logré  acabar con el juicio de Dios leyendo a Pavese y a Nerval, al tiempo que me divertía con Apollinaire. También me reí  a mandíbula batiente con Rebelais y su Pantagruel y Gargantúa. Por su lado, Kundera me ha hecho llorar de emoción. Nadie puede quedar indiferente después de haber leído a Kafka y su Metamorfosis y su Castillo y sus cartas al Padre y su absurdo e impresionante Proceso,  que luego llevaría al cine  Orson Welles. 


Digno de reseña me parece Genet, buen amigo de Juan Goytisolo y Monique Lange. Juan Goytisolo se me apareció en el barrio de La Chanca y luego en Níjar y más tarde en Marrakech. Goytisolo me enganchó con sus marroquinerías. Makbara, Juan sin Tierra y La Reivindicación del Conde Don Julian me parecieron libros extraordinarios. 


Juan Goytisolo parece divertirse paseando por la universal plaza de Djemáa el Fna. Goytisolo frecuentaba un tugurio llamado El Kabir, que ya no existe. Resulta más fácil encontrarlo en el mítico café de France, desde cuya terraza se tienen lindas panorámicas de la ciudad roja marroquí, y aun del Atlas, si el día está despejado. Goytisolo siempre ha sido un incomprendido en España. 
Djemaa-el.Fna, frente café de France. Foto: Cuenya


Genet y su Diario de un ladrón, que no es un ladrón de bicicletas, como lo fuera aquella conmovedora película de Vittorio de Sica, es bastante desconocido entre la población de lectores/as y escritores/as españoles/as. Genet se descojona de todo. Se ríe hasta del lector, escribe Bataille.  


Vuelvo al surrealismo porque aún palpita: “Swift es surrealista en la maldad. Sade es surrealista en el sadismo. Chateaubriand es surrealista en el exotismo. Poe es surrealista en la aventura. Baudelaire es surrealista en la moral. Rimbaud es surrealista en la forma de vivir y demás. Reverdy es surrealista en su casa...”, asegura Breton en su Manifiesto Surrealista.  Jarry, Mallarmé, Éluard, Aragon, incluso el propio  Byron, vuelven con el mal a casa, como si fuera por Navidad. Breton me guiña un ojo y me da las buenas noches. Ah, el absurdo me toca un brazo,  el izquierdo, el derecho lo tengo ocupado y dormido. Beckett me espera en un bareto de mala chingada en Pigalle,  mientras  juega una partida de dados.  Ionesco prefiere cantar -le gusta la ópera-  y darme una lección de anatomía.  Nerval me tiende su mano encantada, hay una insoportable levedad del ser que no para de excitar mis neuronas. Soy un joven tribulante, un estudiante que disfruta de una Erasmus en Viena, perdón en Dijon, la ville de la moutarde, ay, la mostaza picante, n'est-ce pas

Tumba de Cortázar. Montparnasse. Foto: Cuenya

Espero y deseo que no sea como Törless, un hombre sin atributos, despellejado por el destino que se torna incoloro y duermevela. La verdad es que Musil sabía que en una  mirada  se podía encontrar amor (o sexo). Ligar y religarse a través de la mirada. Amor genuino. En libertad. Os recuerdo que Balzac no creía en el matrimonio. El matrimonio es contrato. 
El matrimonio es fisiología. 
Por eso, Stendhal estaba enamorado de Roma. ¿O no? Y Fellini era un surrealista enamorado de la ciudad eterna, en realidad de su Cinecittà, y de su Masina.  


Rayuela
me conmovió. Pero Cortázar no ha levantado cabeza desde que lo enterraran en Montparnasse, qué putada. El Monte de Parnaso no está en París, sino en Delfos. Hasta la próxima. 

miércoles, 27 de junio de 2012

Philip Glass

No recuerdo exactamente cómo descubrí la música de Philip Glass, quizá fuera en el programa de Ramón Trecet, Diálogos 3, o bien en Rosa de Sanatorio, del amigo José Luis Moreno-Ruiz, a quien gustaba poner sobre todo el Glassworks en su legendario e instructivo programa nocturno de Radio 3, allá por los 80. Qué lujazo.

El asunto es que Glass me llegó vía radiofónica. Es lo que tiene la radio. La primera vez que escuché su música, me pareció como de otro universo. Su minimalismo me caló hondo, y aún sigo enganchado a sus sonidos. 

Pasado algún tiempo, después de este hipnótico descubrimiento musical, tuve la ocasión de escuchar a su Ensemble en la ciudad de Toledo. Esto debió ser a comienzos del 91, pero aquel día no estaba Glass al frente de su banda. Posteriormente, tuve la oportunidad de ver al propio Glass, solito y compuesto, tocando el piano, en el Emperador de León. 


He seguido más o menos su trayectoria, y he podido escuchar gran parte de sus obras, casi todas extraordinarias, o eso me parecen, comenzando con su ópera Einstein on the beach (que conservo como oro en paño en cassette) y continuando con Glassworks, The Photographer y sus bandas sonoras como MishimaKundun, El Show de Truman, Las horas o Cassandra's dream (esta última dirigida por mi admirado Woody Allen). 

Mientras escribo esto, tengo de fondo la banda sonora de Koyaanisqatsi, que además de un documental imprescindible sobre la contraposición del mundo consumista moderno al mundo natural, realizado por Godfrey Reggio y producido por Coppola, es magnífico en lo musical. Os dejo el enlace, con la peli al completo. Qué la disfrutéis. 
De origen origen judío, y convertido al budismo (tuvo la fortuna de trabajar con Ravi Shankar), este compositor y músico estadounidense, formado en la Juilliard Schol de Nueva York y en el Conservatorio americano de Fontainebleau, con Nadia Boulanger, es uno de los grandes del minimalismo musical (aunque rehuya del término), cuyo estilo resulta inconfundible, repetitivo, subyugante, gracias a la influencia, por ejemplo, del maestro hindú Shankar (el genio del sitar, las ragas y las talas).
Aparte  de Shankar, Glass ha colaborado con los músicos de la talla de Mike Oldfield y David Bowie, así como con Bob Wilson, un dramaturgo de altos vuelos. 


Continúo escuchando con pasión a Glass. 


martes, 26 de junio de 2012

La música como alimento espiritual


Recupero, reelaborado, este texto, porque la escritura es siempre o casi siempre reescritura.

La música como alimento espiritual y elemento básico en esta época de convulsiones (ahora más que nunca); la música como medio de relajación y arte terapéutico a través del cual algunos músicos, como Arto Tunçboyaciyan, intentan comunicarnos grandes valores, entre ellos el afecto, y aun “su sonido de la vida”. 

Durante estos últimos días se ha celebrado el Día (valga la redundancia) de la música en el Matadero de la capital del Reino. 
Madrid siempre vibrando. Aunque recuerdo que mi primer día de la música (21 de junio) lo viví en París hace un montón de años. En esa época no sé si en Madrid se celebraba este día con conciertos gratis en las calles de la ciudad. 

En Ponferrada, aparte de la sala Tararí y el Cocodrilo, contamos con un escenario de lujo,  el Bergidum, donde he tenido la ocasión de ver/escuchar a grandes músicos y bandas de música, como es el caso del turco, de origen armenio, Tunçboyaciyan, o la saharaui Mariem Hassan o los Gaiteros de Lisboa, entre otros muchos y variados. 
Hace poco actuó Iván Ferreiro, pero no estuve al quite. Bueno, la verdad -para qué engañarnos- es que no conozco casi su música. 

En el Bierzo también nos hemos empapado con buenas músicas, y eso nos ha alegrado la vida, sobre todo en este tiempo de caídas bestiales de la bolsa, primas de riesgo imposibles y todo este baile de endeudamientos hasta las cejas (si es que estamos en bancarrota), que nos meten  el miedo hasta en el pote,  impregnados todos y todas con su hálito, y a veces su halitosis. 

Se agradece esta brisa cálida y musical, que nos sitúa en alguna costa idílica, véase la cántabra de Castro Urdiales, fuera de ruidos y estreses. Y ahora que me ha dado por irme, aunque sea sólo virtualmente, recuerdo con cariño el concierto de los legendarios The Who en el Bec (Bilbao Exhibition Centre), que resultó  extraordinario, con un sonido en directo impecable, gracias a la energía envidiable de los “viejos mods” Roger Daltrey (voz y líder del grupo) y Pete Townshend (guitarra), que nos hicieron vibrar -¿recuerdas, amigo Jose?- con su música psicodélica y algunos temas de sus óperas rock,  Quadrophenia  y Tommy.


También me queda buen sabor del concierto de los Gaiteros de Lisboa, a quienes ya había tenido la ocasión de escuchar en el siempre estupendo festival de Ortigueira,  los cuales  me  devolvieron a mis orígenes acaso galaicos. 

Puesto a rememorar, a Arto también tuve la ocasión de verlo, hace ya algunos años, en el Emperador de León, cuando por este magnífico teatro pasaron músicos de la talla de Philip Glass, Goran Bregovic, Hendningarna, entre otros muchos y buenos. 



En aquella ocasión Arto iba con la Armenian Navy Band, que   de vez en cuando escucho con pasión mientras escribo a ritmo de sonidos étnicos. http://www.youtube.com/watch?v=EfG1lAEGgDo&feature=related (Dolkaren de Hendningarna)
Además de un hombre-espectáculo, es un excelente percusionista y cantante, compositor de alguna banda sonora, tocador de cacerolas, que nos mantuvo despiertos y hechizados durante dos horas. 

Por otra parte, Mariem Hassan fue un descubrimiento, una revelación, a quien nunca había escuchado, ni siquiera su nombre, aunque uno sienta devoción por los saharauis. Enchilabada de blanco de la cabeza a los pies, como una virgen y con voz balsámica, logró que nos adentráramos en el desierto. Acompañada por dos guitarristas, un bajo y una simpática bailarina-percusionista, Mariem –qué guapo nombre- nos fascinó, como buena encantadora de serpientes, con el blues del desierto y la canción de la Intifada. creo recordar que al amigo y músico berciano José Ángel también le entusiasmó. 

Pues que prosiga la música, siempre como nutriente espiritual.