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lunes, 6 de octubre de 2025

La amiga, por Carlos Centeno


 (Manuel Cuenya. Composición de relatos y microficciones. Nivel Intermedio. UNED de Ponferrada)

Siempre es incierta la frontera entre un hombre y una mujer en asuntos de cariño, deseo o apego. Nuestra amistad no era nueva. Era fruto de varios años de encuentros de café, algún paseo o simplemente alguna charla telefónica. Éramos solo eso: amigos. Sara era una mujer frágil, un poco infantil, absolutamente inestable emocionalmente y siempre buscaba refugio en los hombres. Esta amistad tomó un nuevo rumbo cuando ella enfermó. Padecía de algún problema estomacal, causante de fiebres puntuales, pero que apenas afectaba a su físico o a su movilidad. Era una mujer con miedo al dolor y visitaba a los médicos con frecuencia. Era hipocondriaca, dependiente, un poco tóxica y obsesiva. Cualquier dolencia le aterraba. Estos eran sus defectos, pero como hombre necesitado de compañía femenina, fueron obviados por mí en favor de una belleza que exaltaba mi lujuria. 


Sara tenía facciones de escultura griega. Era una afrodita infantiloide, cuyo trasero generoso hubiera encajado con gusto cualquier escultor dentro de la fría textura del mármol. Sus pechos no eran demasiado prominentes, pero en su torso parecían encajar a la perfección en la mezcla de su femineidad. Lo mejor era su carita de ángel, sobre todo cuando sonreía y su boca perfecta sin alientos de tabaco o alcohol quedaba enmarcada maravillosamente entre sus largos mechones de pelo liso y negro.

La primera vez que me besó fue dentro de mi coche, tras haberla acompañado a una de sus muchas consultas al especialista. Sucedió de manera inesperada, acercando sus tentadores labios a los míos, buscando mi lengua en un baile de músculos salivados y calidez intrauterina. Pero no fue un beso ardiente. Se trató de un retozo bucal pausado, pues no había intenciones de ir más allá, y resultó el beso más dulce que jamás había compartido. Fue pura suavidad y deleite, producto de la ternura o tal vez de la necesidad de agradecer mi dedicación hacia ella. Aquella fue la primera vez que tuvimos un contacto verdaderamente carnal. Descubrí entonces que Sara tenía poco de mujer depredadora que pudiera fácilmente engatusar a los hombres. Tenía más bien el carácter de un animalito asustadizo, que solo gruñía cuando se sentía amenazada y siempre andaba en búsqueda de cariño y protección.

Otro día, cuando las peripecias carnales fueron a más, descubrí también que el sexo era para ella a la vez un refugio y una forma de expresar que se sentía protegida. Aquella tarde, Sara regresaba de un viaje a la capital para asuntos de médicos y consultas o para alguna prueba analítica. Venía con prisas, con la urgencia de los desesperados. La necesidad de encontrar consuelo en mí, de buscar mi compañía, o quién sabe por qué ansiedades, adelantaron su vuelta. Su voz al teléfono se escuchaba presurosa. Quería saber cuál era el próximo y más rápido billete para volver lo antes posible. Agitada y presurosa buscó el autobús correspondiente siguiendo mis indicaciones y en apenas una hora ya estaba de regreso en el sur. La recogí con el coche y nos fuimos a mi piso.

Ya en la cama, mucho más cariñosa que de costumbre, se me arrimó muy coqueta y buscó mis sentidos. Fue más suave y placentero de lo que yo esperaba. Sara tenía en su entrepierna un paraíso con una tersura adolescente. Abrazados de frente, nuestros músculos se engarzaron como si fuera el acople más natural del mundo. La penetré como quien se dispone a descubrir un tesoro de golosinas en una cueva infantil. Mi verga encontró en aquel hueco palpitante un escondrijo divino. Todo acto lujurioso era con ella tan fácil como beber agua de un manantial de montaña. Porque en esa noche cualquier contacto con ella parecía ser natural, sin esfuerzo, todo fluido, sin artificios ni poses preparadas.

Se subió encima de mí y me cabalgó dulcemente. Cada subida y cada bajada de Sara convirtió a mi miembro en un émbolo lubricado, movido por un motor que era pura comunión de dos mecanismos humanos. Cuando el intercambio piernas, brazos y rodillas nos llevó a ensayar la postura con la que la inmensa mayoría del reino animal efectúa sus apareamientos, entonces vi el cielo. Aquel culo era pura exuberancia de carne. Esas dos masas gemelas que temblaban al ritmo de un baile delicioso, eran dos plataformas insuperables donde anclar mis manos, justo donde sus nalgas se unían con su marcada cadera. Así seguimos durante muchos minutos, casi sin cansarnos, pues todo aconteció sin prisas. La suavidad de su sexo, su humedad y sosiego invitaban a perpetuar aquella ceremonia de energías lubricadas con empujes y retrocesos, de elevaciones y descensos. Fue a la vez un acto de lujuria, ternura, gratitud y cariño. Resultó un bálsamo para ambos. Para mí, por satisfacer un deseo siempre latente ante una amiga carnalmente apetecible. Para ella como desahogo de la ansiedad por su enfermedad y una forma de recompensarme por mis cuidados.

En los meses siguientes, siguieron más momentos de cama y ternura; de acercamiento, siempre en la frontera entre la amistad y el romance. Ella seguía enferma. Cuando su fiebre daba una tregua, entonces me buscaba dulzona y dedicada. Sara me dio durante aquel año momentos de ternura, pasión suave y maleable. Yo para ella fui su columna en aquellos días de desasosiego, un brebaje natural que daba paz a su espíritu inquieto y angustiado.

 

jueves, 2 de octubre de 2025

Instantes, por José González Ríos

 (Manuel Cuenya. Composición de relatos y microficciones. Nivel Intermedio. UNED de Ponferrada)

Aire caliente. Eso notó en cuanto acabó de bajar aquellas empinadas escaleras. La gente se dirigía veloz hacia las puertas acristaladas. Una caterva de hombres encorbatados, mujeres apresuradas, encapuchados adolescentes imberbes, estaban todos arremolinados en torno a las compuertas de metacrilato que soltaban su corriente de personas hacia las entrañas de aquel monstruo rugiente. 

https://www.lanuevacronica.com/lnc-culturas/instantes_180033_102.html


El metro por las mañanas era una danza desorganizada. Mareas que alcanzaban la orilla de los andenes y se introducían en esos gusanos metálicos, que —tras un periodo de oscuridad y a una velocidad endiablada— vomitaban de nuevo su carga de corazones tristes, sonrisas apagadas y ansia de café… en otra playa.

Aquel aire sofocante le golpeó la cara como un puñetazo. El frío de la mañana, que le había desperezado camino de la estación de metro, se transformaba en un bochorno que, para la mayoría de la gente, al atravesar esas puertas en las mañanas, era como adentrarse en el mismísimo infierno. Pero no para él, que se había acostumbrado a fluir despacio entre aquella corriente de enloquecidas criaturas. Le sobraba el tiempo, y las prisas no iban con su carácter. Le gustaba ver la vida lentamente, como en una película, y para eso había aprendido a no estar pendiente de relojes que ataban los pies como cadenas. Se despertaba con energía, se tomaba su tiempo para prepararse y salía a la calle camino de su lucha diaria, como quien sale a pasear por el parque.

Un día más, pasó el umbral del averno y se introdujo en las tripas del leviatán que, enloquecido, cruzaba la ciudad en lo más profundo del subsuelo. Su costumbre era subirse por la tercera puerta del convoy, sabiendo que era la zona menos concurrida del tren, y casi siempre hallaba allí un sitio donde apoyarse; incluso algunos días podía sentarse. Su entretenimiento favorito en esos viajes diarios —además de escuchar su música— era observar a la gente que le acompañaba en aquella odisea cotidiana. Estaban los que leían, ausentes, libros de todo tipo. Otros veían el último capítulo de la serie a la que estaban enganchados. También aquellos que, apoyados de forma inverosímil en cualquier parte, dormitaban los postreros minutos de la madrugada, aprovechando al máximo el último baile en la fiesta de Morfeo. A veces los monstruos se cruzaban, y otros infelices que viajaban en sentido contrario mezclaban sus miradas y vidas con él y el resto de los pasajeros.

Un día, mientras llevaba la mejilla apoyada en la fría ventanilla, llamó su atención una mancha amarilla entre la gris masa de monotonía. Era una joven, con su negro cabello y sus ojos negros semiocultos tras unas gafas. Unos ojos que lo miraban chispeantes, en contraste con los que, legañosos, mostraban sus compañeros de viaje. Estaba cubierta con un impermeable de un amarillo tan brillante que destacaba como un destello en una noche sin luna de monótonos abrigos oscuros. El ojo humano, como el de casi todos los depredadores, se fija en el movimiento o en los colores llamativos. Y eso hizo su primario instinto cazador. El color amarillo captó toda su atención durante el fugaz momento en que se cruzaron en aquella estación.

El agua caliente de la ducha la reconfortó. Sabía que un poco de agua fría le vendría mejor para despertar, pero no creía que su cuerpo pudiera soportarla en ese momento. Se vistió a toda prisa, pues ya iba con retraso (como casi todos los días). Todas las noches se proponía madrugar lo suficiente como para tomarse la mañana con calma, pero pocas veces lo conseguía. Prescindió de su café para ganar tiempo y corrió al armario. Entre otros, allí estaba su impermeable amarillo. Llovía aquella mañana, así que decidió que sería lo más adecuado para resguardarse de las gotas traicioneras. Corrió por el andén y, casi tropezando, subió en el último momento al vagón, justo cuando las puertas —convertidas por un instante en guillotinas— se cerraban a su espalda. Se acomodó al lado de la ventanilla y se dispuso a contemplar el paisaje monótono de oscuridad del túnel, donde, como una alimaña en su cubil, se colaba aquel torbellino de ruido y vibración que era la máquina que la transportaba cada día a su lugar de trabajo. De repente, la luz llenó de nuevo la ventanilla y llegaron a una estación. Otro convoy entró al mismo tiempo y —como en una metáfora de caminos paralelos pero opuestos—, las vidas de quienes viajaban en esos trenes se cruzaron un instante. Marrones. Aquellos ojos eran marrones, sus miradas se encontraron y conectaron en ese momento donde todo se detiene. Pupilas que se encuentran y, sin más, se quedan congeladas en una efímera eternidad. Durante unos minutos, mientras el tren volvía a su oscuridad, pensó si aquellos ojos color Coca-Cola la habrían visto también o simplemente eran unos ojos de esos que a veces miran sin ver, con la pupila fija en un punto en el infinito mientras el cerebro, desconectado de ellas, viaja en su propio mundo interior.

En los días sucesivos, buscó sin éxito un oasis de color entre la monotonía de rutinas en blanco y negro. Era evidente que aquella chica fue como un rayo de luz entre la niebla. Se preguntó si sería capaz de reconocerla si volviese a verla. Lo dudaba. Habría miles, quizá decenas de miles, de muchachas con el pelo negro en una ciudad de millones de habitantes. Le sacaron de su ensoñación unas adolescentes gritonas que se habían situado a su lado y comentaban el último éxito del cantante de moda, que obviamente no le interesaba en absoluto. Ella se inventó, durante unos días, un nuevo juego que hizo su viaje más ameno. Mirando por aquella ventanilla, jugó a buscar esos ojos que la miraron desde el otro lado de la estación durante unos segundos eternos. Imposible —miles de ojos se cruzaban en su camino cada día—. ¿Sería capaz de reconocerlos? Claro que sí, pero en el fondo sabía que era una tarea condenada al fracaso.

Él subía mirándose los pies en aquella escalera mecánica, atento al traicionero movimiento de cizalla de aquellos escalones metálicos. En un instante, a mitad de camino, alzó la vista para mirar a su alrededor, cuando, tras unas gafas, unos ojos negros le resultaron familiares. Otra vez el mundo pareció detenerse y, durante un tiempo que no sabría medir, todo giró alrededor de ellos. La joven, mirando al frente mientras bajaba arrastrada por la metálica escalera en movimiento, sintió la magnética atracción de una cabeza que se irguió de repente en la escalera de sentido contrario. Esos ojos de nuevo, y volvió a sentir la conexión que había detenido el mundo en el cruce de trenes tiempo atrás. Ambos tardaron unos segundos en reaccionar, mientras la vida y los engranajes de la escalera mecánica seguían su natural movimiento. Era ella, sin duda. No vestía aquel llamativo impermeable amarillo, pero los ojos —esos ojos negros como una noche en el bosque— eran los mismos que habían destacado en un océano de apagadas pupilas. El primario impulso de correr escaleras abajo para perseguirla y verla otra vez se frenó en su mente. Pensó que era una locura. Y siguió su camino, como cualquier otra mañana. Por supuesto que era él. Su mirada se había quedado tan grabada en su retina que, al verla otra vez, el deseo de salir corriendo tras aquellos ojos fue inmediato. Aunque, al llegar abajo, descartó la idea y continuó sus pasos. Y así, una vez más, el encuentro fugaz de dos miradas se quedó en el limbo de almas cruzándose por caminos paralelos, en diferentes sentidos. Como trenes en la oscuridad del túnel del metro. Como corazones que, asíncronos, laten desacompasadamente al mismo ritmo.

miércoles, 1 de octubre de 2025

Ya no huele a cafés, por Ana López Sobredo; y Libido y lívido, por Joaquín González Sancho

 En esta ocasión, se han publicado dos relatos de mi alumnado de escritura de la UNED en La Nueva Crónica. Vayan aquí. 

Ya no huele a cafés, por Ana López Sobredo

Villa Gloria ya no huele a cafés. Ya no huele a nada, solo al aire que limpio desciende desde el monte Pajariel, como un suspiro y enredándose en las esquinas, en los muros descascarillados, en las ventanas cerradas. A veces el barrio aún respira, pero muy despacio, con la delicadeza de quien no quiere molestar a los que ya partieron.


 Camino por la Avenida de La Martina pisando un sueño que se desvanece. Mis pasos resuenan demasiado, como si el pavimento hubiera olvidado otras pisadas. Antes, las voces eran muchas. Las puertas se hallaban abiertas y la vida asomaba por las ventanas, cual flores en primavera. Hoy, en cambio, todo parece recogido. Las casas, con sus tejados de pizarra aún brillantes, parecen encogerse con el paso del tiempo, como si el invierno se hubiera quedado dentro.

 Me encuentro con la señora Carmen envuelta en su abrigo gris, un tanto raído, es el de siempre. Nos miramos y no decimos nada. No hace falta. Ella también lo sabe. También recuerda. La tienda del barrio cerró. El bar Conde apenas abre. Y el banco del parque, aquel donde se sentaban los mayores charlando hasta más allá del atardecer, está vacío, solo, abandonado. No porque ya no quieran venir, es que ahora no pueden.

 La presa de La Martina no se ve. Está enterrada bajo el asfalto. A pesar de ello, hay tardes en las que la oigo latir, muy hondo, cual tambor antiguo que aún conserva el ritmo de lo que fue.

 Alicia falleció hace tres años. Sus rosales siguen ahí, pero ahora crecen salvajes, nadie los poda, nadie les habla. Me detengo frente a su verja y la brisa me trae su voz “¿Cómo va todo, niña?”. Quiero contestarle y la garganta se me llena de pétalos.

 Arribo a la que fue mi casa y el olor de los bizcochos de mi madre me golpea con ternura. No está; sin embargo, el recuerdo del candor de sus manos lo llena todo. Un sabor dulce se instala en mi boca, como si la infancia permaneciese escondida en algún rincón de la cocina.

 El barrio se va quedando solo. Se va quedando dentro de mí.

 Yo vuelvo. Siempre vuelvo. Porque aquí aprendí que el amor en ocasiones no se queda, pero siempre deja huella. Aprendí a querer lo que se va, a custodiar en el corazón aquello que ya no se puede tocar. Cada calle vacía, cada puerta cerrada, cada escaparate polvoriento, guarda un susurro, una risa, un nombre que ya no se pronuncia.

 Villa Gloria no es el lugar donde todo ocurre, sino el lugar donde todo ocurrió. El pasado a veces posee más fuerza que el presente. Hoy ya no huele a cafés. Huele a ausencias. Y, aun así, sigo amando este barrio como se ama a un fantasma querido.

Libido y lívido, por Joaquín González Sancho  

Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares. En Madrid era lo típico. La habitación rezumaba un denso aroma a sexo. Los cristales de la ventana casi traslúcida goteaban rocío, obra del vaho emanado por sus bocas. El abrazo resultaba de una humedad tibia tan reconfortante, que les costó desprenderse de la sábana epidérmica que conformaban juntos. El yugo pasional les había apresado durante varios días, aunque aquel sudor tan placentero ayudó a lubricar su liberación. En cuanto consiguieron desenredarse y despegarse del jergón, se dirigieron a la tasca que había frente a la pensión. “¡Viva el vino y el sexo!”, exaltaron mientras degustaban aquel grueso rebozado con salsa brava y mayonesa. Un tuya mía de convites, entre sonrisas y miradas, devino en un festín de deseos y anhelos, arribando en el baño del tugurio con un boca a boca de necesidad vital. Esnifaban los milímetros cuadrados de sus cuerpos, extasiados a cada instante, atorados e inmersos dentro de un placer antes desconocido, quizás alentado por medio de una lujuria espontánea inspirada por aquel claustrofóbico e infesto escenario. Libido y lívido, se enzarzaron en concursos de lascivia sin vencedor claro, pero con premios gordos: escaladas de caricias y pellizcos incesantes; emboques bizarros entre dientes, labios y lenguas… Esa vorágine brutal dio lugar a un aluvión de lametones que calmaban los daños ocasionados por los mordiscos del ardor, el ímpetu efusivo de los arañazos, y la fogosidad de fornicar sin acuerdo de ritmo pautado. Poco después, fue coronado un orgasmo sincrónico: ella estalló en una lúbrica carcajada, como si no hubiera reído jamás; él eyaculó un aullido, propio de un licántropo en celo.