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viernes, 31 de enero de 2025

Gistredo como paisaje emocional en la revista La Curuja

 Gistredo como sierra de extraordinario valor ecológico, espacio emblemático, paisaje de la memoria emocional, presente en este nuevo número de la revista La Curuja, en concreto el 32 de la segunda época, con la colaboración del escritor y catedrático de la Universidad de León, Alfonso Fernández-Manso, quien alerta de que es un refugio vital para la supervivencia del urogallo cantábrico y el oso Pardo, especies catalogadas en peligro de extinción.

Por su parte, la poeta, narradora y actriz leonesa Isabel Llanos le dedica un texto a su paso por el encuentro literario del “útero de Gistredo”, encuentro que realizamos en verano sobre el que, como editor de esta revista,  escribo en esta edición. 

Luis Segura, que también participó en el pasado encuentro literario, rememora a su abuela, natural de Quintana de Fuseros, como emigrante en Argentina, y la nocedense Nanci de Paz recuerda su etapa como maestra en los años setenta del pasado siglo en Colinas del Campo de Martín Moro Toledano.

Rogelio Fernández López, quien fuera en tiempos secretario del Ayuntamiento de Noceda del Bierzo, habla de esta población del Bierzo Alto y el semanario de agricultura de 1800. 

La bella portada de la edición de este número, con una imagen de la Vía Láctea tomada en Noceda del Bierzo, corresponde al fotógrafo manchego José Antonio Fernández Baillo, para quien la fotografía no es sólo mirar, sino sentir.

https://www.diariodeleon.es/bierzo/250131/1805953/curuja-ensalza-gistredo-sierra-valor-ecologico.html

lunes, 27 de enero de 2025

El oficio de vivir de Vicente Rodríguez Manchado

 Muchas gracias, amigo Chema García, por el homenaje al gran poeta Vicente R. Manchado. Os dejo esto que escribí sobre él y también este vídeo en el que se me hace mención también a partir de la hora y ocho minutos. 

"Creo que Manchado habría sido poeta aunque no hubiera publicado ni un solo libro en su vida". 

https://www.youtube.com/watch?v=p9U5yQw2yd0

...Sé que el amor y la saliva
son una misma cosa entre
los colmillos filosos.
Sé que la lengua y los insectos
usan yesca aun en verano...
         (Vicente Rodríguez Manchado, Bajo otra luz, la última)

El oficio de vivir de Vicente Rodríguez Manchado

Vicente R. Manchado en Salamanca. Foto: Cuenya

Entablé contacto con el poeta Vicente Rodríguez Manchado hace años a través del Facebook. Y, a partir de ese momento, aunque nos viéramos en contadas ocasiones, tanto en Salamanca como en León, mantuvimos una buena relación de camaradería.

Recuerdo cómo en una de mis visitas a Salamanca, allá por el año de 2017, ejerció como un excelente cicerone y me redescubrió la capital charra, al menos una parte de la misma, adentrándome en lugares como la terraza de El Quijote, un huerto epicúreo, en calma, donde es posible conversar sin ruidos. O bien en el casino (maravilloso espacio), incluso en el jardín (desde el que se gozan de estupendas vistas a la catedral) así como el museo dedicado al gran artista, también fallecido, Venancio Blanco.

Vicente, al que le entusiasmaban los espacios verdes, era un enamorado de su ciudad, al que le agradezco que me presentara a algunos amigos suyos como Mari Ángeles (rapsoda), Elba Maribel (poeta, artista) y Fernando (catedrático de la Universidad de Salamanca y poeta). 

Torrente Ballester en el Instituto Villarroel de Salamanca

Vicente tuvo el privilegio de conocer al maestro Torrente Ballester, pues el escritor gallego, afincado en Salamanca, llegó a darle clase en el Instituto Torres Villarroel, creo recordar, donde estudió el Bachiller. Era, según él, un profesor atípico, asistemático pero excelente. Lo que más le gustaba de sus clases era cuando contaba anécdotas acerca de Valle-Inclán. 

Recuerdo haber visto, al menos una vez, a Torrente Ballester en el café Moderno. Y es que los bares de Salamanca, que suelen estar hechos con esmero, son toda una institución y atraen mucho a los estudiantes de toda España y aun de otros puntos de la geografía internacional.  

Torrente Ballester, Novelty

Decía que Vicente me redescubrió Salamanca porque ésta es una ciudad que forma parte de mis mapas de los afectos, ya que tuve la ocasión de estudiar el posgrado en su universidad a principios de los años noventa. Y vuelvo siempre que puedo a la misma.

Agradezco la hospitalidad que me brindara Vicente, así como su cercanía, su verbo, tan lleno de sabiduría, de poesía, porque él era (da pena decirlo ya en pasado) un poeta con mayúsculas. Creo que Manchado habría sido poeta incluso aunque no hubiera publicado ni un solo libro en su vida. Y él no sólo publicó varios libros, entre otros Bajo otra luz, la última o Sólo por habitarte, sino que fue premiado en diversas ocasiones.

Contaba que los premios literarios son un estímulo, que a uno lo dan a conocer y, además, le permiten conocer a otras personas que también aman la poesía.

Recordaba con entusiasmo el Premio Nacional de poesía Conrado Blanco que le concedieran en el 2014 por su poema Nadie te espera en la ciudad en el Certamen Poesía para Vencejos organizado por el poeta leonés Felipe Pérez Pollán, ya fallecido. "Un trabajo interesante que rememora la figura de Claudio Rodríguez en un ambiente propicio cerca del Duero –en palabras del poeta Adolfo Ares–. El poeta transmite su pasión y se hace fluir junto a ese río, que ha sido el de tantos poetas. Hay soledad y hay noches de emociones contenidas... porque el ser humano aparece en cualquiera de los versos, en un camino nuevo de un autor que sabe hacer discurrir el río a través de la poesía".

Su poemario Sólo por habitarte fue galardonado con el Primer Premio en el XIX Certamen de Poesía Pepa Cantarero (Baños de la Encina, Jaén, en octubre de 2015). Este galardón fue para él un aldabonazo... “un verdadero acicate en los años venideros... Representa el trazado de lo que yo llamo 'el bajo continuo del oficio de poeta' (con un guiño a Cesare Pavese y su Oficio de vivir)", rememoraba Vicente, que obtuvo en 2016 el Primer Premio en el XXXII Certamen Juan Bernier de Poesía del Ateneo de Córdoba con su poemario Bajo otra luz, la última, lo que significó, a su juicio, el asentamiento interior, la convicción de seguir la ruta emprendida, sin inquietarse por el paisaje. 

Vicente R. Manchado en Salamanca. Foto: Cuenya

"Y en esa línea sigo, con algún que otro 'apagón' por motivos de salud”, decía él, porque en el año 2000, "siempre en otoño/invierno", fue ingresado en el Hospital Clínico. Y lo que en principio fue diagnosticado como un tipo de leucemia, finalmente quedó en una anemia hemolítica autoinmune: "mi organismo destruía plaquetas, y, para cuando ingresé, en el recuento ¡salieron seis mil, cuando el mínimo del rango son ciento cincuenta mil plaquetas! Fue una convalecencia de casi siete meses: allí, en la habitación del hospital, nunca dejé de leer y escribir. Y, ya en casa, tampoco. En ese aspecto, puedo decir que fue algo terapéutico. Y cuando en 2006, ingresado de nuevo en el Hospital, me fue diagnosticado un Lupus Eritematoso Sistémico, que, en mi caso me afecta a la sangre, se repitió mi respuesta”, comentaba Vicente, para quien la poesía, la lectura y la escritura fueron su tabla de salvación.

Chema García, poeta salmantino. Foto: Alejandro Nemonio


“Así, en esta segunda convalecencia, me encontré con una producción muy amplia que necesitaba una criba. Y ahí aparece ya el concepto de 'lavoro', tan 'pavesiano' y querido para mí. Comienzo entonces a ordenar los materiales, a participar en concursos...", rememoraba este creador, que en mi opinión tenía cierto parecido físico con Unamuno. Y para quien la poesía es revelación y emoción, como el poema que le dedicó a su madre afectada de Alzheimer, que falleció hace unos años, según me comunicó en su día el poeta Chema García, al que también agradezco que me haya invitado a participar en este acto, que tanto se merece el gran poeta Vicente Rodríguez Manchado.

lunes, 20 de enero de 2025

Emir Kusturica y El tiempo de los gitanos

Desde hace un tiempo estoy repasando la filmografía del cineasta serbio Emir Kusturica, al menos una parte, entre la cual se halla El tiempo de los gitanos (1988), película que ganó en el Festival de Cine de Cannes de 1989 el Premio al Mejor Director. Además, la película fue nominada a la Palma de Oro y como Mejor Película Extranjera en los Premios César 1990 en Francia. 

Kusturica, quien fuera alumno del gran Milos Forman en la FAMU de Praga (con la que llegamos a establecer convenio cuando existía la ex Escuela de cine de Ponferrada), es un cineasta que podríamos incluir dentro del llamado realismo mágico, donde los sueños, la magia y la realidad se mezclan y se confunden. El realismo mágico tiene su origen en los pintores surrealistas y expresionistas, entre ellos Marc Chagall, que pintaban objetos ordinarios con ojos de asombro, que contemplaban la realidad como fuera por primera vez, con su mirada mágica, como también hacen los niños, las niñas. 

https://www.diariodeleon.es/bierzo/50517/472100/cine-ojos-vanguardia.html


Kusturica en Coruña. Foto: Cuenya

El tiempo de los gitanos es un homenaje a la forma de vida de los zíngaros de la antigua Yugoslavia, con sus miserias y sus alegrías, donde la cruda realidad aparece tratada de un modo poético, como una fábula, y la fiesta, el folclore zíngaro y la música nos sacuden las entrañas ya desde el comienzo de la película. Me atrevería a decir que las cintas de Kusturica, también El Tiempo de los gitanos, es cine puro, en el sentido de que está fundamentado en el ritmo visual, como la música, porque música y cine son afines. 

Esta película es como una sinfonía visual hecha de imágenes rítmicas, donde el ritmo actúa como significante por sí mismo. Asistimos por tanto a impresiones visuales como emoción pura. 

En todo caso, El tiempo de los gitanos también nos narra una historia, la pérdida de la inocencia de Perhan (encarnado de modo magistral por Davor Dujmovic), un joven gitano que vive en un arrabal de chabolas de Sarajevo con su abuela Khaditza (Ljubica Adzovic), de la que ha heredado poderes telequinésicos, con un tío medio loco y jugador (Merdzan, interpretado por el actor Bora Todorovic), y con su hermana Danira (Elvira Sali), enferma de osteomielitis. 


En realidad, esta película nos cuenta una conmovedora historia de amor, porque Perhan se enamora de la bella Azra (Sinolicka Trpkova), aunque es despreciado por la madre de la chica por considerarlo pobre. 

Desafortunadamente, Perhan acabará degradándose y cayendo en el abismo, con el descenso al infierno en su viaje a Milán (Italia), al verse envuelto en una trama de delincuencia que dirige Ahmed (Bora Todorovic), un mafioso explotador de menores que se apropia de los dos hermanos, Perhan y Danira, con la excusa de dejar a la niña en un hospital para que sea tratada de su cojera. 

 Cuando la vi por primera vez esta película me quedé literalmente flipado con la misma. Y, ahora que he vuelto a verla, me resulta realmente  delirante, alucinógena, no tanto por lo que nos cuenta, que también, sino por cómo lo cuenta, porque el estilo de Kusturica es único, aunque se noten sus influencias cinematográficas, entre ellas, el cine del maestro Fellini. No en vano, a Kusturica se le ha llamado el Fellini de los Balcanes. Y Fellini es uno de mis cineastas preferidos. Y Amarcord una película que me ha dejado una huella emocional imborrable. 

Además de sus películas como director de Papá está en viaje de negocios (1985), Underground (1995), Gato negro, gato blanco (1998), La vida es un milagro (2004) -o Tiempo de los gitanos-,  Kusturica es actor y músico, al que tuve la ocasión de ver hace dos años en concierto en Coruña con su banda de música la No smoking orchestra. Un fenómeno, el tío, al que le entusiasma Pancho Villa y México, además del fútbol y Maradona. 

Cineasta reconocido y galardonado en los principales festivales de cine,  El tiempo de los gitanos me parece una obra de arte, con una banda sonora inolvidable debida Goran Bregovic, excelente compositor (al que también he podido escuchar en concierto en más de una ocasión), que en tiempos fuera amigo de Kusturica hasta que desgraciadamente se pelearon y se rompió la relación entre ambos. Esa comunión sagrada entre las imágenes de Kusturica y la música de Bregovic nos hace pensar asimismo en Fellini y Nino Rota. 

https://cuenya.blogspot.com/2010/03/goran-bregovic.html

https://cuenya.blogspot.com/2017/10/goran-bregovic-en-lugo.html

Concebida como una película onírica y surrealista, El tiempo de los gitanos me recuerda en cierto modo a Amarcord, con personajes esperpénticos, como ese del inicio que mira a cámara, histriónicos... algunos entrañables (como la abuela Khaditza), y secuencias de humor absurdo y también grotesco, alguna de las cuales parece sacada de una película de Chaplin (véase La quimera del oro), como cuando Merdzan levanta la vivienda de la familia (atando el techo con una cuerda de la que tira con una vieja furgoneta) dejando la casa suspendida en el aire y a la abuela y sus dos nietos a la intemperie -la imagen de la abuela Khaditza explicando a la pequeña Danira un bello cuento bajo la intensa lluvia es estremecedor, o bien el intento de suicidio de Perhan, ahorcándose con la cuerda de un viejo campanario y haciendo repicar las campanas en plena noche. A este respecto cabe rememorar que Davor Dujmovic (actor que encarna el personaje de Perhan, y aparece asimismo en Papá está en viaje de negocios y en Underground) puso fin a su vida ahorcándose tras una larga depresión antes de cumplir los treinta años. 

Kusturica con su banda en Coruña 2022. Foto: Cuenya









Kusturica, como Gabriel García Márquez en sus novelas, transforma la cotidiano vulgar, lo ordinario, en algo extraordinario, maravilloso, una síntesis entre el realismo y lo fantástico, lo que conocemos como realismo mágico, donde están presentes la telequinesia, la hipnosis (Perhan intentando hipnotizar a un pavo, algo parecido hace Titta en Amarcord, por cierto los animales como las ocas, los pavos, los perros o gatos tienen gran presencia en El tiempo de los gitanos) o la levitación (escena del parto de Azra y también en la boda imaginaria entre ésta y Perhan en las aguas del río, reforzadas con la bellísima canción folclórica Ederlezi -que es propia de los gitanos romaníes de los Balcanes, y se utiliza para el regreso de la primavera, adaptada por Bregovic en la espléndida banda sonora-, creándose una simbiosis mágica entre la música y las imágenes). 

Otras bellas y emotivas imágenes de esta película son el reencuentro de Perhan con la pequeña Danira, y el entierro del protagonista (abatido a tiros tras vengarse de Ahmed), en presencia de la abuela Khaditza y el pequeño Perhan, al que vemos comiendo una de las manzanas caramelizadas como las que la abuela preparó para su padre el día de su partida. 

"Cine como sueño, cine como música. No hay arte que, como el cine, se dirija a través de nuestra conciencia diurna directamente a nuestros sentimientos, hasta lo más profundo de la oscuridad del alma", dijo Bergman en su libro de memorias la Linterna Mágica. Y es que El tiempo de los gitanos es sueño y música.