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martes, 31 de enero de 2012

Pedro Juan Gutiérrez, el Miller cubano


Pedro Juan Gutiérrez

¡Oh, el trópico! Qué lindo para venir de visita una semana y admirar el crepúsculo desde un lugar distante y silencioso, sin mezclarse demasiado!
(Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de La Habana)



Descubrí a Pedro Juan Gutiérrez y su literatura hace ya varios años, quizá fuera en un programa de libros de la 2 de Televisión. No sabría precisar. A veces la memoria no es todo lo buena que uno quisiera, y la tele tonta no sólo procura colesterol mental sino alimentos saludables. La memoria, ay, esa caja de resonancia.

Lo cierto es que, cuando oí su nombre, me quedé con la coplica y me embarqué en la lectura de sus libros. Comencé con Trilogía sucia de La Habana, que me dejó flipado, como para aventurarse, a ritmo de mambo y mojito, en los bajos fondos habaneros.

Lo que cuenta Pedrojuán en este libro de relatos, orquestado como novela, me impresionó sobremanera, y sentí sobre todo escalofríos al pensar en el autor viviendo en Cuba, bajo un sistema, digamos castrador, perdón castrista, aunque ahora sea Raúl el que lleva la batuta.

Cómo un tipo llamado Pedro Juan Gutiérrez se atreve a escribir como escribe, y encima puede vivir en La Habana, se pregunta uno. No obstante, hay que decir que sus novelas, la mayoría, no se encuentran en su país, aunque uno tuviera la fortuna de dar con su libro de cuentos breves, Melancolía para leones, en la plaza de Armas de La Habana Vieja, en aquel mi segundo viaje a la capital cubana. Conviene recordar, no obstante, que Melancolía para leones fue recortado a su mínima expresión.

El sociólogo navarro Mario Gaviria, que vive durante gran parte del año en La Habana, me dijo que lo conocía, que había estado en su casa, en Centro Habana, municipio que se resquebraja por todos los poros de su alma arquitectónica, sombría tras sus portales y sus escaleras interiores destartaladas. En este término se halla, por lo demás, el barrio chino. “En Centro Habana la gente vive del aire... ya se acostumbró a vivir con agua con azúcar, ron, tabaco, y mucho tambor”, escribe Pedro Juan.

El señor Gaviria, al que recuerdo con cariño por su hospitalidad, no sólo me habló del autor de Carne de perro y Apuntes de viaje por Cuba, sino que me contó otras muchas historias sobre la “isla”. 

Por su parte, mi sobrino Pablo –que es un devoto de Pedro Juan- contactó con él a través del correo electrónico, y sé que se han intercambiado algunos “mails”, aunque el Internet en Cuba es una aventura digna de relatar. Pero ahora no es el momento.
Tan real como la vida misma

Después de Trilogía sucia de La Habana, leí Animal Tropical y Un rey en La Habana. No obstante, me quedo con esa gran obra que es Trilogía sucia en La Habana. Quien conozca algo de esta ciudad, que se viene abajo a son guarachero,  se percatará enseguida de que lo que cuenta Pedro Juan es tan real como la vida misma. Creo que no exagera ni un pelo. 
Panorámica de La Habana. Foto: Cuenya
Tiene este escritor una voz inconfundible, que es lo que mejor se puede tener, y su forma de contar resulta amena, a la vez que engancha al lector y lectora. A Pedro Juan Gutiérrez lo han comparado, por su estilo realista, con el Henry Miller del Trópico y aun con Bukowski, pero él es único, porque ha vivido y sigue viviendo unas circunstancias especiales, como son las cubanas.

Oye, acere, ¿qué volá?”, es una típica expresión habanera utilizada por Pedro Juan en Trilogía sucia de La Habana. Con voz de ron, untada de sexo, este escritor polifacético en sus variopintas tareas, entre ellas la de intrépido periodista por el mundo “adelante”, nos adentra en los subterráneos de una ciudad que ni los turistas ni los yumas, ni siquiera los viajeros despistados podrían imaginarse. “Cuando un turista incauto y melancólico aterriza en medio de esta fauna no agresiva, pero pícara y convincente, generalmente cae fascinado en esa trampa”, según nos relata en El rey de La Habana. Y es que Pedro Juan ironiza sobre sí mismo, porque en el fondo son muchos pedritos, como él mismo escribe en Melancolía de los leones, “Pedro el grande sigue procreando cada día más pedritos y los otros pedritos no se mueren… ¡Oh, Pedro Juan, quisiera ser el detonador de una bomba!”.


Centro Habana. Foto: Cuenya

Buenas raciones de sexo y algunas dosis de ron siempre ayudan a soportar la vida, a mantener a la población en un estado de entontecida esperanza. 

Mas su existencialismo está a prueba de bomba: “A los cuarenta todavía está uno a tiempo de abandonar la rutina, el agobio estéril y aburrido y comenzar a vivir de cualquier otro modo. Sólo que casi nadie se atreve… a la vez voy envejeciendo. Y descubro que pierdo capacidad de cinismo”, sentencia en Trilogía sucia en La Habana

La verdad es que es necesario tener alma de gaucho y corazón de nómada para vivir como a uno le da la gana, con la libertad puesta más allá del horizonte, sin rendir cuentas a los demás, ni siquiera a uno mismo, dispuesto a romperse y rehacerse una y mil veces, antes de que los gusanos le entren a la carne, antes aun de que te dejen al margen del sistema grosero y acaparador, caníbal, que se encarga, por otro lado y como bien sabemos, de jamarnos en crudo. 


Estatua de Lennon en el Vedado-La Habana. Foto: Cuenya
Pedro Juan nos invita a conocer de verdad La Habana, ese lugar deseado por tantos turistas en busca de sexo fácil y ron barato, esa ciudad poblada de chuloputas, mariguaneros, músicos callejeros –excelentes-, bici y coco-taxistas, vendedores de maní y de flores, jineteros con puros falsificados y cocaína,  jineteras llegadas de provincias haciendo la corte en la Rampa de El Vedado y en el paseo del Malecón, todos ellos y todas ellas en busca de un cacho de pan o un platico de arroz con frijoles que llevarse a la boca, porque para vivir en un sitio así hay que armarse de valor, inventarse cada día, como me dijera Indira -que ahora vive en Hialeah, en el condado de Miami-, para conseguir algunos fulas, ahora pesos convertibles, que te ayuden a sobrevivir en medio de una fauna a veces grotesca, entre la que se encuentran los chivatos, disfrazados de amigos, amantes y otros, que, llegado el caso,  podrían dar con tus huesos en algún agujero, y ahí se acabaron tu libertad y todas tus ilusiones. Sólo a través de un sistema de chivatos bien entamado (el Gran Hermano que te vigila) puede mantenerse un gobierno como éste.
La Habana que nos enseña Pedro Juan resulta increíble por momentos, pura ficción, mas sentimos que es real, con sus olores y su decadencia, sus personajes en busca de destino y sentido, incluso de autor, en medio de un absurdo, dispuestos a hacer lo que sea con tal de sobrevivir, porque “la ética del pobre es amar a quien tiene dinero y ofrece alguna migaja… El pobre, o el esclavo, da igual, no puede complicar demasiado su moral, ni ser muy exigente con su dignidad, so pena de morirse de hambre”, escribe Pedro Juan con una lucidez extraordinaria.
Descreído, incluso nihilista, Gutiérrez nos cuenta que el amor es una mentira, que el dinero es un pájaro volando, que pudre cualquier significado -me atrevería a añadir-, y la salud se arruina en un minuto.  No caben filosofías ni éticas, cuando de lo que se trata es de comer, al precio que sea, y todo tiene un precio, el que tienen que pagar los cubanos, la mayoría, por vivir en un país así.

Foto Cuenya
Conviene reseñar que una minoría, digamos selecta, elegida a dedo por el régimen, vive de otro modo, como siempre. Y los artistas, por lo general, suelen ser unos afortunados porque ellos y ellas suelen gozar de privilegios que no les son permitidos al común de los mortales. Aún recuerdo a la actriz Mirta Ibarra, viuda del cineasta Gutiérrez Alea, alias Titón, viajando desde La Habana a Madrid. 

Al parecer, si uno no atenta contra la revolución -¿qué cosa es eso, ay, de la revolución?-, no pasa nada, porque lo sagrado en Cuba son los principios revolucionarios, caducos desde tiempos ha. No obstante, el ateísmo revolucionario ha dado algunos frutos. ¿Pero cómo sería este país y sus paisanos si cambiara de régimen? Entonces Pedro Juan tendría que inventarse otra Habana. Y es que el hombre no está hecho para la derrota, según Hemingway, que encontró en Cuba un espacio idílico. “Un hombre puede ser destruido pero no derrotado”. Por eso Pedrito nos dice que no se puede bajar la guardia. “Por eso me noquearon aquella vez –se despide el autor de Trilogía sucia en La Habana-. Por bajar la guardia”. Si bajas la guardia, estás expuesto a qué te las metan dobladas hasta en el corvejón del espíritu. Aquí y allá. Sin embargo, ni La Habana ni los textos de Pedro Juan te dejarán indiferente si te acercas a ellos por primera vez.




lunes, 30 de enero de 2012

Un café con literatos


El pasado sábado tuvimos el placer de celebrar Un Café con Literatos. El Segundo, si tal puede decirse. Pues en abril de 2011 festejamos el Primer Café sobre Literatura de Viajes en Las Fontaninas. Tanto a uno como otro les dimos vuelo y rueca en el útero, conocido como el pueblo de las fuentes medicinales, otrora el pueblo de la leche y las lecheras. Me refiero a Noceda del Bierzo, la villa que me vio nacer o que me naciera hace ya muchos años. El tiempo. No hay quien lo detenga. Vaya obsesión la mía. Necesitaría estar rodeado de tiempo más que de espacio. Me gustaría explorar el tiempo. Pero ahora no toca ponerse estupendos. Sólo dar fe, y buena, del pasado evento literario realizado en el regazo de Gistredo/Xistreu.  


Raquel Viejobueno volvió a Noceda del Bierzo para mostrarnos algunas antologías. Qué bueno, Raquel, que hayamos podido reencontrarnos. En el sarao literario estuvimos pocos pero bien avenidos, y disfrutamos conversando sobre literatura ("Un café para literatos"), que es una manera, al igual que otras muchas, de matar y aun rematar el tiempo, la sangre con que escribimos quienes disfrutamos escribiendo. Gozamos de una velada al amor/calor del brasero, esto es de una chimenea de leña, y saboreamos la compañía, la amistad y acaso la ternura. Cuántas emociones, se preguntarán algunos, y algunas. Pues, sí, resultó placentera la noche. 
La noche como gran tema y antología. Y leí En la noche de la finitud, que se me hizo agridulce al recordar a los muertos por accidente que en el mundo son, recientemente el fallecimiento de Venancio, el hijo de Josetón y Rosalía (que en paz descansen todos). Y sentí escalofríos (y alegría, claro) al saber que el poeta y antologador chileno Carlos Órdenes Pincheira me dedicó la antorcha en esta sugerente antología, en la que hemos participado un total de ocho escritores o escribidores (que no se ofenda naide) de diferentes países, entre ellos España, Argentina y Uruguay. Asimismo, Raquel Viejobueno dio a conocer al público asistente otras dos antologías Desde el país de la infancia, del mencionado maestro Carlos Órdenes Pincheira, y Dos años de literatos, ésta última compuesta por veintidós autores y autoras de diferentes nacionalidades.
         Ojalá, querida Raquel, que La noche tenga buena acogida en la Feria Internacional del Libro de La Habana, que visitarás muy pronto, y que tus deseos se cumplan con creces. Lo que no tengo muy claro es que les muestres mi escrito sobre Pedro Juan y La Habana a los isleños de allá, que las cosas están como ya sabes, y a lo peor, cuando decida volver a esta tierra embrujada y embrujadora, me digan que nanay de la cuba por hacer apología de la trilogía de este Henry Miller del Trópico que sigue siendo Pedritojuangutiérrez. 
         



miércoles, 25 de enero de 2012

Política y fútbol

Recupero este texto, tal vez para las nobles causas, la causa de la polis, de los ciudadanos, que nos sentimos desamparados ante el poder, en verdad despótico, de los tiburones financieros, los gobernantes que atropan para los suyos (un buen puñado, por desgracia, pues el que puede y encima lo dejan, acaba metiendo el cazo y hasta la cacerola, cazoleros que son algunos, aunque siempre quedarán almas generosas, también en el ámbito político, naturalmente) y el opio actual del pueblo: el fútbol, que sigue dándonos patadas en la espinilla y aun en el corvejón del espíritu, mientras las estrellas galácticas se crecen en expansión infinita. ¿Qué han hecho algunos para merecer eso? Mientras que los científicos, los hombres y mujeres de pensamiento en acción, trabajan sin descanso, a cambio de salarios moderados, por el bien común de la Humanidad, en aras de un mundo mejor. Vaya pues aquí este articulín, que escribiera hace ahora cuatro años en el Diario de León. 

http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/politica-futbol_315999.html


En realidad, para ser político, en el Bierzo y aún en el resto del mundo globalizado, no hay que ser filósofo, ni verdadero ni fenomenal (en el sentido de apariencia), sino que se necesita una madera única (olé sus huevos fuertes), que consiste en tener unas tragaderas de espanto, y ser un trepa de mucho cuidado, y no me hablen de la honestidad política, y todo ese rollo, porque para llegar alto, muy alto, casi me atrevería a decir que en cualquier asunto, se necesita algo que tienen estos tipos, expertos en tejemanejes varios, y capaces como son de arrastrarse y a veces elevarse sobre el suelo, aunque para ello tengan que caminar sobre cadáveres, porque el hombre vulgar, antes dirigido, ha resuelto gobernar el mundo, según nos cuenta Ortega en La rebelión de las masas (libro de obligada lectura). 

Lo que resulta sorprendente no es que sea el hombre-masa, con pensamiento de Alicia, quien nos gobierne, como ocurre aquí y allá, en España, coño, y en los USA, joder, sino que el pueblo, que somos masa, nos trastornamos cuando no gana nuestro partido, como ocurre en política y en fútbol, colosos y motores de nuestro universo, porque la política, al igual que el fútbol, nos vacía de soledad e intimidad, y ambos nos apagan las luces para que todos los gatos se vuelvan pardos en noches revueltas y alcoholizadas. 

Política y fútbol (aúpa la Ponferradina) aspiran a suplantar al conocimiento, a la sabiduría. Y eso suena fuerte. El fanatismo, tanto en política como en fútbol, nos vuelve apijotados, y provoca en nosotros una necesidad imperiosa de identificarnos con un partido político, con unas siglas, con unos políticos, que en el fondo no satisfarán nuestras necesidades, salvo que zampemos de la olla, la olla podrida, donde se cuecen las corruptelas y demás potajes y/o putajes. 

Alguna fanática del pueblo llano llegó a decir algo increíble: "Ahora que ganamos -sentenció esta revirada señora- vamos a comenzar a cortar pescuezos como en el 36". Algo que me espeluzna, y me hace repensar el conflicto fratricida, nuestra guerra incivil, tan presente incluso hoy, donde se continúan alimentando, por parte de los partidos políticos, las rencillas, y los odios más virulentos. Esta barbaridad la escuché hace años en un pueblo del Bierzo Alto durante unas elecciones municipales. Me sigue produciendo escalofríos, sólo de recordarla.

Qué imbéciles somos los humanos, demasiado bestiales, que nos dejamos camelar por cuatro o cinco espabilados. Y, encima, lo que resulta aún más espantoso, nos peleamos, sacamos pecho y afilamos los dientes por los intereses de unos seres que, en apariencia, piensan por nosotros y nos dan aderezado y servido el bacalao, aunque éste no esté ni bien servido ni bien aliñado.