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miércoles, 29 de julio de 2026

Ortigueira, paisaje, memoria y emoción fundidos en un único latido: la música


Al gaitero de Ortigueira

A los gaiteros y gaiteras que en el mundo son y están

Quienes llegamos a Ortigueira en busca de un paisaje hecho de música encontramos una matria donde Galicia, pero también Asturias, Bretaña, Irlanda y Escocia, hablan una misma lengua: la de la emoción compartida, la saudade y esa música que nos atraviesa las entrañas y nos hace vibrar con la intensidad de la primera vez, esa música que parece conocer nuestro nombre desde mucho antes de que llegáramos.

Quienes regresamos, aunque sea por enésima vez, volvemos a encontrarnos con ese territorio sonoro que nos eleva con sus melodías y sus danzas, porque cada reencuentro es una celebración de la vida. Hay lugares que nos reciben; Ortigueira, además, nos reconoce.

El gaitero de Ortigueira lo sabe. Abraza la gaita como quien sostiene su propio corazón. Cuando hincha el fuelle no solo despierta el instrumento sino que deja entrar en él la brisa de todos los tiempos, el aliento salobre del océano y el rumor inagotable del Atlántico. Entonces la música deja de pertenecer al ser humano para convertirse en paisaje.

También lo sabe la Escola de Gaitas de esta localidad costera gallega, que cada julio viste de gala el Festival Internacional do Mundo Celta para recibir a algunas de las mejores formaciones del universo celta: la imponente Bagad de Vannes Melinerion, la magnética Noon o los irlandeses Lúnasa, entre otras. Durante unos días, Ortigueira deja de ser un lugar para convertirse en un punto de encuentro donde los pueblos atlánticos celebran una memoria común hecha de melodías, danzas y emoción compartida. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215701348322491/1743536113353370 


Envuelto en un aire yodado, bajo un cielo donde la luz parece nacer de la niebla, el gaitero de Ortigueira se convierte en una bendición para el espíritu. Su música cautiva a quienes llegan a este rincón privilegiado de Galicia, donde la belleza del paisaje se funde con los sones celtas y donde el viento parece acompañar cada nota con una respiración antigua. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215701348322491/1047350234923653

Bajo esos mismos cielos universales, gaiteros y gaiteras llegados de distintos rincones del mundo alegran el alma con el aliento de sus instrumentos y nos regalan ese nutriente invisible que alimenta la felicidad. Sus melodías conmueven a este nómada que, desde hace muchos veranos, regresa dichoso a un lugar donde la música parece brotar de la propia tierra, como si naciera de la hierba, de las piedras y de las mareas.

En esta ocasión, el viajero, entusiasta de la música celta —en realidad, de toda suerte de músicas— siente una profunda saudade bajo un cielo impregnado de sal marina, cuya luz gris envuelve el paisaje con una serena melancolía.

El viajero se detiene a contemplar las barcas varadas en la marisma de Ortigueira, inmóviles, como si aguardaran el regreso de quienes un día partieron sin dejar nunca de pertenecer a este lugar. El silencio posee aquí la misma intensidad que la música; ambos hablan el idioma de la memoria.


De pronto, como si respondiera a un antiguo encantamiento, la alegría renace. Los primeros sones de las gaitas despiertan el aire dormido y hacen vibrar la ría, como si sus aguas custodiaran la memoria de un tiempo ancestral. La brisa atlántica aviva los sentidos e impregna de música y de sueños cada rincón del paisaje.

Entonces la morriña galaico-berciana se adentra en el alma. El recuerdo se funde con el instante presente y el viajero comprende que la nostalgia también puede ser una forma de la felicidad: un regreso a la matria, al útero de la memoria, allí donde nunca dejamos de ser quienes fuimos.

Paisaje, memoria y emoción laten al unísono en este rincón verde del Noroeste, donde el mar, el viento y la música hablan un idioma universal. Allí comprendemos que la verdadera patria de ciertos viajeros no es un territorio, sino una emoción.
Cada gaita que rompe el silencio nos recuerda que existen lugares de los que nunca nos marchamos del todo, porque continúan resonando en nuestro interior mucho después de la partida. Comprendemos entonces que la matria no se abandona al partir, sino que permanece en nosotros, aguardando el instante del regreso. Y cuando regresamos, la música vuelve a pronunciar nuestro nombre.

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