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martes, 27 de octubre de 2026

Sorda, de Eva Libertad

Retomamos el Aula en el Cine en Cines La Dehesa de Ponferrada después del necesario parón del verano. Y lo hacemos con la introducción, proyección, comentario y coloquio de Sorda, una película de Eva Libertad que constituye su primer largometraje, nacido del embrión de un cortometraje de la propia directora que ya abordaba esta misma temática. 


Sorda (2025) es un drama emocionante y sensorial que se adentra en la maternidad, los miedos, las incertidumbres y la soledad. Al mismo tiempo, denuncia los prejuicios y estigmas que todavía rodean a la sordera. Es una película íntima, honesta y conmovedora que nos invita a escuchar más allá de las palabras y a mirar el mundo desde otra perspectiva.

Eva Libertad nos acerca a la vida cotidiana y deja que los conflictos surjan de pequeños gestos, malentendidos y decisiones aparentemente insignificantes. No necesita grandes dramatismos para mostrarnos cómo, a veces, las distancias más dolorosas se abren precisamente entre las personas que más se quieren.

La autenticidad de las interpretaciones

Uno de los grandes aciertos de la película es que nos permite experimentar la sordera desde dentro. Miriam Garlo, que interpreta a Ángela, es sorda en la vida real, pero la autenticidad de su trabajo va mucho más allá de esa circunstancia. Su interpretación es excepcional: construye un personaje de enorme complejidad sin recurrir a grandes discursos ni a una expresividad exagerada. Lo hace a través de la mirada, la tensión corporal, los gestos y las reacciones casi imperceptibles. Consigue transmitirnos emociones complejas y hacernos comprender a Ángela incluso cuando no compartimos sus reacciones.

Garlo nos muestra a una mujer que ama profundamente a su hija, pero que también siente miedo ante la incertidumbre de la maternidad, ante las dificultades para comunicarse con ella y ante la posibilidad de quedar desplazada de su propia familia. En su interpretación conviven el amor, la inseguridad, la frustración y la rabia. Ángela no es una víctima indefensa ni un personaje idealizado: es una mujer con carácter, contradicciones y fragilidades, alguien que intenta encontrar su lugar en una realidad que no siempre sabe cómo acogerla.

Su compañero en la película, Álvaro Cervantes, interpreta a Héctor, su pareja oyente. Su trabajo destaca por la naturalidad, la sensibilidad y la profundidad emocional. Compone un hombre paciente, afectuoso y bienintencionado que, poco a poco, empieza a distanciarse de Ángela, no necesariamente por falta de amor, sino porque no siempre comprende las consecuencias de sus decisiones. Cervantes transmite el cansancio, las dudas, la frustración y las limitaciones de alguien que quiere hacer las cosas bien, pero que también se equivoca. En las escenas de pareja, sus miradas y silencios expresan tanto como las palabras. Su interpretación está llena de humanidad y evita juzgar al personaje desde fuera.

Ángela y Héctor se quieren, pero el nacimiento de su hija, que es oyente, hace aflorar diferencias que antes parecían manejables. Lo que podría ser una experiencia compartida de felicidad se convierte también en un territorio de incertidumbre, en el que las dificultades de comunicación y las distintas maneras de entender el mundo van abriendo una distancia entre ambos.

Y la película acierta al no presentar este conflicto de una manera simplista. La exclusión no nace siempre de la mala voluntad; a veces se construye a partir de hábitos, decisiones y formas de relacionarse que dejan a alguien al margen sin que los demás sean plenamente conscientes de ello. Así, una historia que parece centrarse en la relación entre una mujer sorda y un hombre oyente termina planteando una cuestión mucho más amplia: cómo una sociedad organizada alrededor de la audición puede generar exclusión incluso en los espacios más íntimos, incluso dentro de una familia que se quiere.

Miriam Garlo y Álvaro Cervantes brillan con dos interpretaciones soberbias, llenas de sensibilidad y verdad, que convierten esta historia en una experiencia cinematográfica tan dolorosa como hermosa. Hay algo especialmente meritorio en el trabajo de ambos: consiguen que los conflictos de pareja no tengan necesariamente un responsable claro. Comprendemos las razones de los dos, percibimos sus errores y sentimos cómo el amor, por sí solo, no basta para garantizar la comprensión.

También Elena Irureta aporta un matiz interesante como madre de Ángela. Su personaje representa una forma de protección que nace del afecto, pero que puede terminar convirtiéndose en paternalismo: querer ayudar a alguien sin comprender del todo su experiencia ni reconocer plenamente su autonomía.

El conjunto del reparto funciona porque las relaciones resultan cotidianas y creíbles. Nadie parece estar actuando para demostrar una tesis; los personajes sencillamente viven, discuten, se equivocan y tratan de entenderse. De ahí que la película emocione sin necesidad de manipular al espectador y que sus conflictos nos interpelen sin recurrir a discursos moralizantes.

Puesta en escena

A todo ello contribuye decisivamente la puesta en escena de Eva Libertad. La directora utiliza los silencios, los encuadres y la desaparición del sonido en determinados momentos para acercarnos a la experiencia de Ángela. No se limita a contarnos lo que siente: nos invita a experimentarlo. El sonido deja de ser un elemento meramente ambiental y se convierte en una herramienta narrativa que modifica nuestra percepción de las situaciones y nos obliga a tomar conciencia de aquello que, desde nuestra propia experiencia, solemos dar por sentado.

Y quizá ahí resida una de las mayores virtudes de Sorda: en recordarnos que escuchar no es únicamente oír, del mismo modo que comunicarse no consiste solamente en hablar. Comprender al otro exige atención, empatía y disposición para cuestionar nuestras propias costumbres y certezas.

La discapacidad y la identidad

Sorda nos habla de la discapacidad, pero también de la identidad, de la maternidad, de los vínculos afectivos y de la necesidad de sentirse parte del mundo que nos rodea. Nos recuerda que la inclusión no consiste simplemente en permitir que alguien esté presente, sino en hacer posible que participe, decida y sea reconocido en toda su singularidad.

Y lo hace a través de una historia profundamente humana, sostenida por unas interpretaciones extraordinarias y por una mirada cinematográfica sensible, honesta y libre de sentimentalismos fáciles.

Porque, al terminar la película, quizá nos quede la impresión de haber asistido a algo más que una ficción: las interpretaciones de Miriam Garlo y Álvaro Cervantes no parecen interpretaciones, sino fragmentos de una vida real que hemos tenido el privilegio de observar.

Y esa es, en definitiva, la invitación que nos hace Sorda: aprender a mirar de otra manera, escuchar más allá de las palabras y comprender que, a veces, las barreras más difíciles de superar no son las que nos impiden oír, sino las que nos impiden entendernos.

Os invito, pues, a ver la película y, después, a compartir impresiones, preguntas y reflexiones en nuestro coloquio. Porque el cine, además de emocionarnos, nos ofrece la posibilidad de mirar al otro con más atención y de comprender un poco mejor el mundo que compartimos.

domingo, 18 de octubre de 2026

Paolo Rumiz y el hilo invisible que todavía une Europa

 

Dejo aquí esta reseña de El hilo infinito del autor italiano Paolo Rumiz, que tradujo mi amiga Álida Ares, publicado inicialmente en La Nueva Crónica hace unos días. https://www.lanuevacronica.com/el-bierzo/paolo-rumiz-hilo-invisible-todavia-une-europa_204332_102.html

Enhorabuena, querida Álida, por esta traducción de un libro que se me antoja excelente. 

 

En El hilo infinito, Paolo Rumiz emprende un viaje físico y espiritual por las raíces de Europa siguiendo un hilo tan invisible como poderoso: el que une los antiguos monasterios benedictinos. Un hilo que sobrevive a las distancias y a los muros y que, como sugiere el propio autor, puede contener un infinito incluso en una simple brizna de hierba. 


Escritor y viajero nacido en Trieste, Rumiz recorre Europa en busca de sus raíces cristianas y culturales. El viaje lo lleva desde Italia hasta Francia, Bélgica, Suiza, Alemania, Austria, Hungría, Polonia, Irlanda, España —con especial atención a Cataluña y Montserrat— y «el Portugal oceánico, un lugar perfecto para los escritores». Pero el itinerario no es únicamente geográfico. Es también una navegación interior que transforma la mirada del viajero. El laico que partió, reconoce Rumiz, se siente a su regreso «un poco más cristiano y, sobre todo, más europeo que antes».

Su propósito es comprender Europa desde sus márgenes. Para ello hay que alejarse de los centros de poder, de las grandes capitales y de los caminos trillados. «Es mejor olvidar las guías turísticas al caminar por estas tierras. Salir de los caminos trillados, seguir a las golondrinas que viven en las periferias», escribe. Algo parecido ocurre con el cristianismo: para comprender su mensaje, sostiene, es necesario alejarse de Roma y mirar hacia sus fronteras.

El libro, traducido por la filóloga berciana Álida Ares y publicado por Anagrama en 2026, se articula en dos partes, precedidas por un prólogo cuyo título, Un hilo verdaderamente infinito, anticipa ya una de las ideas centrales de la obra: la continuidad de una Europa unida por sus raíces culturales y espirituales.

No es la primera vez que Álida Ares se adentra en la obra de Paolo Rumiz. La traductora ha vertido también al castellano El membrillo de Estambul, publicado por Sexto Piso en 2019, y Canto por Europa, editado por Lapislàtzuli en 2024. Dos trabajos que consolidan su vínculo con la obra de este escritor y periodista italiano, cuya mirada viajera recorre las fronteras, la memoria y las raíces de una Europa en permanente búsqueda de sí misma.

En El hilo infinito, Rumiz imagina «un ovillo que nunca acabaría de devanarse» y deja abierta una nueva vía de investigación: la de las abadías femeninas. «¿Qué es la vida sino un largo hilo de lana que atraviesa mares, ríos, mares y fronteras?», se pregunta el autor, para quien el cristianismo contribuyó también a conquistar Europa a través de elementos tan cotidianos como el vino y la cerveza.

Los monasterios benedictinos ocupan el centro simbólico del viaje. Para Rumiz son mucho más que vestigios de un pasado remoto: constituyen algunos de los grandes refugios de la civilización europea. En medio de las sucesivas oleadas de barbarie que siguieron a la caída del Imperio romano, entre sus muros se conservaron el conocimiento, la cultura, la palabra escrita y una determinada concepción del ser humano. Allí sobrevivió una memoria común que permitió a Europa reconstruirse una y otra vez.

Los monasterios aparecen, de este modo, como espacios de silencio, conocimiento y encuentro. En ellos permanece la memoria de un continente que, mucho antes de levantar sus actuales fronteras políticas, ya estaba unido por caminos, lenguas, libros, ideas, tradiciones y formas de espiritualidad compartidas.

Rumiz sigue ese hilo para reconstruir una Europa que, a su juicio, parece haberse olvidado de sí misma; una Europa que ha perdido buena parte de su dimensión trascendente y corre el riesgo de olvidar aquello que durante siglos contribuyó a darle sentido. Pero el viaje hacia el pasado pronto se convierte en una mirada crítica sobre el presente.

Rumiz contempla una Europa amenazada por nuevas formas de barbarie: «la barbarie galopa a través de la web», advierte, mientras las historias de personas honestas pueden ser ridiculizadas u oscurecidas por los medios y las nuevas ideas quedar aplastadas por la mediocridad. La ignorancia convive con el rencor y la impaciencia, y la sociedad aparece cada vez más atomizada. En este contexto, resulta inevitable evocar la «rebelión de las masas» de Ortega y Gasset.

El miedo ocupa también un lugar central en esta reflexión. El antropólogo Marvin Harris lo entendía como uno de los grandes instrumentos de la antropología para someter a las poblaciones; Rumiz, por su parte, observa cómo ese miedo se infiltra lentamente en la vida colectiva, alimenta la desconfianza, levanta muros y transforma al otro en una amenaza.

Europa parece así atravesada por una nueva «selva primigenia», una imagen que devuelve al lector a los orígenes del mundo benedictino: aquellos siglos oscuros en los que, tras el derrumbe del Imperio, hubo que enfrentarse a la barbarie y reconstruir, casi desde las ruinas, una idea de civilización.

Italia se convierte en uno de los escenarios más inquietantes de esta metamorfosis. «Se está convirtiendo en Sudamérica», afirma Rumiz al contemplar, con una mirada crítica y desencantada, el deterioro del Estado de derecho y la degradación de la política. Pero lo que está en juego va mucho más allá de las instituciones. Es una crisis más honda: una pérdida de referencias, de valores y de horizonte.

También la economía parece haber olvidado su razón de ser: servir a la vida, procurar el bienestar y, en último término, hacer posible una existencia más digna y feliz. Por eso, el viaje de Rumiz hacia el pasado es, en realidad, una interrogación sobre nuestro presente.

La globalización perversa, los populismos, las alambradas, las migraciones, los nacionalismos étnicos, las guerras, la balcanización, la xenofobia, los aranceles de Trump, las heridas del Brexit y del conflicto catalán, así como el regreso de viejos fantasmas como el nazismo, forman parte de un paisaje europeo cada vez más fragmentado. Frente a estos fenómenos, el autor contrapone la historia de una Europa que, durante siglos, fue capaz de crear vínculos entre pueblos diferentes.

Sin embargo, Rumiz no se limita a denunciar la decadencia. Busca una respuesta, y la encuentra precisamente en los monasterios: en sus bibliotecas, sus jardines, sus comunidades y en la memoria de quienes dedicaron su existencia a conservar y transmitir un legado. En esos lugares descubre una posible respuesta a la pregunta fundamental que recorre el libro: ¿qué puede mantener unido a un continente que parece haber olvidado por qué decidió caminar unido?

En este sentido, El hilo infinito es mucho más que un libro de viajes. Es una búsqueda de la identidad europea y de aquello que puede unir a pueblos diferentes sin borrar sus particularidades. Rumiz recorre los monasterios para escuchar el eco de un continente antiguo y preguntarse qué queda de aquella Europa capaz de construir puentes entre culturas, proteger el conocimiento y convertir la cultura en una forma de resistencia frente a la barbarie.

El hilo que atraviesa sus páginas se convierte así en una metáfora de una Europa frágil, pero resistente, «nuestra diosa madre fenicia»: una Europa compuesta por innumerables hebras que solo adquieren verdadero sentido cuando permanecen unidas. Quizá ese sea el mensaje último del viaje de Rumiz: Europa no se salva levantando nuevas fronteras, sino recuperando los hilos invisibles que durante siglos tejieron su memoria.

«¿Qué han hecho los monjes de Benito sino crear reductos de oración y trabajo en los espacios más baldíos de Europa para tejer luego entre ellos una sólida red de hilos?», se pregunta el autor de El hilo infinito. La imagen resume buena parte de su propuesta: frente a una Europa que se repliega sobre sí misma, los monasterios representan una tradición de apertura, intercambio y transmisión. No son únicamente lugares de recogimiento, sino también nodos de una red que durante siglos conectó territorios, conocimientos y comunidades.

De ahí nace también su crítica al turismo contemporáneo, que, a su juicio, ha terminado por banalizar los lugares y las experiencias. Frente al turista que consume destinos, reivindica al viajero para quien lo esencial no es la meta, sino el camino. Viajar significa mirar con asombro, escuchar, dejarse transformar y recuperar la capacidad de sentir. En esta actitud resuena la aspiración de Pessoa a «sentirlo todo de todas las maneras». Según Rumiz, el mundo moderno ha hecho cada vez más difícil escuchar la Palabra.

Dentro de este itinerario por España, adquieren un significado especial Montserrat, como inspiración para la obra de Gaudí, y el Valle del Silencio, en el Bierzo, junto con la iglesia mozárabe de Santiago de Peñalba. Son lugares periféricos, cargados de memoria, precisamente el tipo de espacios en los que Rumiz encuentra esa Europa profunda que no aparece en los grandes discursos, pero que continúa viva en sus paisajes, sus piedras y sus comunidades.

Así, el viaje termina convirtiéndose en una invitación a recuperar una Europa menos ruidosa y más consciente de su memoria. Una Europa capaz de reconocer que su riqueza no reside en la uniformidad, sino en la convivencia de innumerables hebras culturales, espirituales e históricas.

El hilo infinito es, en definitiva, la metáfora de una civilización que solo podrá sobrevivir si vuelve a recordar que, por encima de las fronteras, siempre ha existido algo que une a quienes la habitan. Y ese vínculo, como el hilo que Rumiz persigue de monasterio en monasterio, quizá no sea visible a primera vista, pero sigue ahí: entre las piedras, los libros, los caminos, las comunidades y la memoria compartida de Europa.

 

jueves, 15 de octubre de 2026

Julio Llamazares, Premio Nacional de Narrativa

 Mi enhorabuena y mis mejores deseos para el gran narrador, poeta, viajero y amigo Julio Llamazares. Aunque ya tuve la ocasión de felicitarlo en su momento, recientemente, vuelvo a hacerlo ahora desde aquí. Con estas palabras que dediqué a su libro, el cual recibió el Premio Nacional de Narrativa. Que ya era hora de que se lo concedieran, porque Julio, por cuya obra siento devoción, se merece todos los premios.

Julio Llamazares, en Bembibre, invitado por a las Tardes literarias de hace años por este servidor, con Beli y Cano. 

Recupero una reseña que hiciera hace un tiempo, que se ha publicado hace unos días en ileon.com, la cual os dejo aquí:

https://ileon.eldiario.es/cultura/el-viaje-de-mi-padre-julio-llamazares-escritor-leones-critica-literaria-por-manuel-cuenya-premio-nacional-de-narrativa-2026-ministerio-de-cultura-espana_1_13570664.html

Con Julio Llamazares en la feria del libro de Ponferrada

Sólo el título, El viaje de mi padre, ya resulta entrañable, porque Julio Llamazares es un hombre entrañable, que escribe con sus entrañas (algo que uno echa en falta en tantos escritores y escritoras, que lo hacen de un modo artificial, en ocasiones retorcido). Dime cómo escribes y te diré quien eres. Y alguien como Julio, capaz de escribir obras sublimes como La lluvia amarilla https://cuenya.blogspot.com/.../llamazares-y-la-lluvia... o Escenas de cine mudo https://cuenya.blogspot.com/.../escenas-de-cine-mudo-de..., entre otras, puede contarnos con maestría, y por supuesto con verdad y belleza, una historia conmovedora como ésta acerca de las andanzas de su padre Nemesio y un amigo de su padre, Saturnino, durante la Guerra Incivil española.

martes, 6 de octubre de 2026

Gonzalo Suárez en la memoria

 

Recupero para el blog este texto que publicara inicialmente en el diario La Nueva Crónica y también en el diario digital ileon sobre el fallecimiento reciente del cineasta Gonzalo Suárez, que fue Director Honorífico de la Escuela de cine de Ponferrada. Y por tanto mantuve, durante esa época, una relación fraterna con Gonzalo. 

Vaya aquí este texto, con los enlaces a los periódicos mencionados. 

https://www.lanuevacronica.com/el-bierzo/gonzalo-suarez-en-memoria_203765_102.html

https://ileon.eldiario.es/opinion/gonzalo-suarez-memoria_129_13555066.html

Me apena saber que ha muerto Gonzalo Suárez. Anabel, compañera de aquellos años de la Escuela de Cine de Ponferrada, me lo hizo saber. Después, como suele ocurrir con estas noticias, la muerte se extiende rápidamente por los medios y convierte en noticia pública lo que para quienes tuvimos la fortuna de tratarlo es, de pronto, una ausencia íntima.

Antes de que fuera director honorífico de la Escuela de Cine de Ponferrada ya conocía su nombre, sus películas y esa manera tan suya de entender el cine y la literatura, como si fueran territorios contiguos entre los que pudiera moverse con absoluta libertad.

Por eso quise que fuera él, precisamente él, quien ocupara aquel cargo honorífico. Y tuve la fortuna de compartir con Gonzalo algunos años de aquel proyecto que fue la Escuela: a veces sueño y a veces pesadilla, como suelen ser los sueños cuando intentan convertirse en realidad.

Ya había coincidido con él mucho antes, durante mi etapa universitaria. Recuerdo haberlo visto en Oviedo, quizá incluso en una charla en la que también participó el filósofo Gustavo Bueno, uno de mis maestros. Digo «quizá» porque la memoria no funciona como un archivo. Conserva escenas, rostros, voces, pero a veces mezcla las fechas y los lugares. Lo que sí recuerdo con absoluta claridad es mi fascinación por Remando al viento. Todavía la siento.

Hay películas que uno ve y olvida. Y hay otras que se quedan dentro. La de Gonzalo Suárez es de estas últimas. Allí estaba Hugh Grant, todavía lejos de la popularidad que alcanzaría después, interpretando a Lord Byron. Allí estaba Mary Shelley y su criatura, pero también estaban el paisaje, la literatura, los fantasmas, la creación artística y esa frontera incierta entre la realidad y el sueño que tanto parecía interesar a Gonzalo.

Y estaba la música. La Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis, de Vaughan Williams, acompañando aquellas imágenes y contribuyendo a crear una atmósfera que todavía recuerdo como envuelta en niebla.

También estaban Daniel Goldstein y Ricardo Steinberg en el sonido. A Ricardo tuve ocasión de conocerlo bien e incluso de invitarlo a aquellas Tardes de Cine que organizaba en Bembibre. Y estaba Wolfgang Burmann, Chinín para los amigos, director artístico de Remando al viento, un hombre entrañable y lúcido con quien tuve ocasión de hablar de cine y de muchas otras cosas. Entre ellas, de Almodóvar, con quien había trabajado en La flor de mi secreto.

Quizá ahí estaba una de las razones por las que aquella Escuela de Cine significó tanto para mí: permitía que quienes primero habían sido nombres vistos en una pantalla acabaran sentados frente a nosotros, hablando, contando historias, tomando un café o compartiendo una comida. Y Gonzalo fue uno de ellos. 


Lo recuerdo en el hotel AC de Ponferrada, en restaurantes de la capital del Bierzo, en esos espacios donde los personajes públicos dejan de ser personajes y se convierten simplemente en personas. Allí aparecía su inteligencia, su ironía, su sentido del humor. Y aquella forma tan suya de mirar las cosas de lado, como si nunca terminara de aceptar las convenciones.

No volví a tener contacto con él después de que la Escuela llegara a su fin. Por eso su muerte tiene para mí una tristeza doble: desaparece un cineasta y escritor singular, pero desaparece también una parte de aquellos años en los que Ponferrada quiso ser una ciudad de cine.

Quedan sus películas. Don Juan en los infiernos, El portero, El detective y la muerte, Oviedo Express, Remando al viento... Una filmografía difícil de encerrar en una etiqueta: literaria, sombría, juguetona, extraña, libre.

En El detective y la muerte, basada en un cuento de Hans Christian Andersen, aparecía además Mapi Galán, actriz ponferradina vinculada también a aquella Escuela y a las Tardes de Cine. En Oviedo Express volvía a trabajar con Carmelo Gómez, actor leonés presente también en El portero y El detective y la muerte.

Gonzalo se llamaba a sí mismo «cineostia». Hasta eso tenía algo de declaración de principios: juego, ironía, libertad.

También admiraba a Sam Peckinpah, a quien llegó a conocer. No resulta extraño. Parecía sentirse atraído por aquellos creadores que caminaban por los márgenes y que no tenían demasiado interés en obedecer las reglas. 


Quizá por eso resulta tan difícil despedirlo con una definición. ¿Cineasta? ¿Escritor? ¿Director? ¿Novelista? Fue todo eso y algo más difícil de nombrar: alguien que convirtió la creación en una forma personal de mirar el mundo.

Me gusta pensar que, para alguien que hizo del cine una manera de mirar, la muerte no tiene por qué ser necesariamente un final. Tal vez sea otro plano. Otro fundido. Otra imagen que desaparece lentamente de la pantalla mientras permanece, en algún lugar, la luz que la hizo posible.

También permanecen sus paisajes. Llanes, sobre todo. La costa, los acantilados, la niebla, el viento, el mar. Ese territorio asturiano que en sus películas parece pertenecer al mismo tiempo a la realidad y al sueño.

Llanes de cine. Y Ponferrada también fue ciudad de cine durante unos años.

Quizá por eso, cuando pienso ahora en Gonzalo Suárez, no lo recuerdo solamente dentro de una pantalla. Lo recuerdo sentado a una mesa, hablando, escuchando, haciendo alguna observación inesperada que dejaba flotando una sonrisa.

Lo recuerdo junto a Amenábar, Fernando Trueba, Fernando León de Aranoa y tantos otros, en aquellos años de la Escuela de Cine de Ponferrada. Años de proyectos, conversaciones, películas y amistades. Años que ya forman parte de la memoria.

Y quizá eso sea lo que verdaderamente permanece de las personas: no solamente sus obras, sino también los lugares donde las conocimos, las conversaciones que mantuvimos con ellas, las pequeñas escenas que quedaron fuera de cualquier película.

Se nos ha muerto un grande del cine y de la literatura. Pero hay muertos que siguen conversando con nosotros. Basta con volver a una película. Abrir un libro. Escuchar una música. O regresar, muchos años después, a aquella mesa de un restaurante de Ponferrada donde una vez hablamos de cine.

Entonces Gonzalo vuelve durante un instante. Como vuelve la luz cuando se enciende un proyector. Como vuelve la memoria cuando alguien pronuncia un nombre: Gonzalo Suárez.

 

viernes, 18 de septiembre de 2026

Rafa, en la revista Losada

Me hacía especial ilusión dedicarle estas palabras a mi querido amigo Rafa Giner en las páginas de la revista Losada, una publicación editada por Xuasús González, primo suyo.

Ya tuve ocasión de dedicarle un texto en su día, pero he querido volver sobre aquellas palabras y reescribirlas con motivo de su publicación en esta revista, nacida en el pueblo de Losada, perteneciente al Ayuntamiento de Bembibre. 

No podía encontrar un lugar más apropiado para recordar a Rafa. Losada fue para él un rincón querido, un lugar en el que disfrutaba de la vida sencilla, de los buenos momentos y, sobre todo, de la compañía de su familia y de sus amigos. Allí dejó recuerdos, afectos y momentos compartidos que permanecen en la memoria de quienes tuvimos la suerte de conocerlo.

Por eso, estas palabras son también una pequeña forma de mantener vivo su recuerdo, de traerlo de nuevo a estas páginas y de compartir con quienes lo quisimos la persona que fue y de todo lo que significó para nosotros. 


https://www.heraldodeleon.es/comarcas/provincia-leon/losada-2026/20260827144654105959.html


https://www.heraldodeleon.es/cultura/revista-losada-presenta-viernes-numero-24-dedicado-cultura-berciana/20260805131357103187.html 



Escribo estas palabras desde el monasterio de Cóbreces, en Cantabria, donde está el monje Leoncio González, “el tío Leoncio”, como le llamamos en la familia, que es tío del amigo Rafa, Rafael Giner Sola, el cual nos dejó en el mes de marzo de este año, y eso me entristeció, porque conocía a Rafa desde hacía años gracias a mi hermana Cini y mi cuñado Paulino, que son familiares suyos, porque Rafa era el marido de Sara, prima carnal de mi cuñado y por tanto sobrina carnal de Leoncio, que es un hombre entrañable, con quien acabo de tener una conversación harto interesante a propósito de los varios monjes del Bierzo Alto que estuvieron en el monasterio cisterciense de Viaceli (él sigue por fortuna, con noventa y dos años en este remanso de paz y espiritualidad) y el recuerdo para el amigo Rafa, al que siempre recordaré, siempre recordaremos, por ser una buena persona, que sin duda ha dejado huella emocional en quienes tuvimos el gran placer de conocerlo, de tratarlo, porque Rafa siempre tenía buenas palabras y buenos gestos. Era afable, culto, con sentido del humor, algo que se agradece mucho, mucho, sobre todo en estos tiempos de barbarie. Así lo recuerda también el tío Leoncio, que tuvo mucho y buen trato con él, incluso llegaron a visitar juntos el pueblo de Pechón, en Cantabria, adonde solían viajar los padres de Rafa, según me cuenta el tío Leoncio. O eso he creído entenderle. Pues sí, Rafa era un paisano hospitalario, cercano.

Recuerdo aquel mi viaje a Barcelona hace ya años en compañía de mi hermana y mi cuñado. Daba gusto estar, conversar y pasear con él por la ciudad condal, donde vivía. Recuerdo que visitamos lugares tan emblemáticos como el parque Güell, de Gaudí, entre otros sitios de interés. 


Con su saber estar y esa forma suya de ser Rafa te hacía sentir muy a gusto. Se le veía disfrutar mucho con lo que hacía, y se notaba que también disfrutaba mucho del Bierzo, de Losada -su pueblo en el Bierzo Alto-, donde solía pasar el verano, salvo en los últimos tiempos, que ya no andaba del todo bien de salud, aunque ahora, que parecía que había superado los obstáculos, va y le arrea un trombo o algo por el estilo y lo deja literalmente fuera de juego. Si es que la vida es un suspiro de nada, aunque no acabemos de integrarlo, tal vez porque nos autoengañamos pensando en que la muerte -la única certeza- no va con nosotros, sino con los demás, porque, cuando llegue, ya no estaremos para dar cuenta de la misma. Algo así decía el filósofo Epicuro: “No tenemos por qué temer a la muerte, pues, de hecho, no nos encontramos nunca con ella. Cuando todavía estamos aquí, ella aún no está. Y cuando ella está, nosotros ya no estamos… Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya”. Qué cabrona, en todo caso, se revela y rebela a veces la vida, la otra cara de la moneda. Eros y Thánatos en permanente lucha por ver quien gana la batalla. Al final, por más que intentemos esquivar a la dama de la guadaña, ella se alzará con la victoria, como vemos asimismo en la partida de ajedrez de El séptimo sello, la película del director sueco Ingmar Bergman. Cabe señalar que la partida ajedrez simboliza la lucha entre la vida y la muerte. La victoria de la muerte es un reflejo de su inevitabilidad y la búsqueda del sentido de la vida. 


Qué tristeza que este verano ya no podamos vernos y echarnos unas risas. 

Te extrañaremos, querido amigo Rafa, pero te seguiremos llevando con nosotros, siempre en nuestro corazón, en nuestra alma.

https://ahoraleon.com/numero-24-revista-losada/

https://www.enredando.info/en-la-calle-el-numero-24-de-la-revista-losada/

sábado, 12 de septiembre de 2026

De cangas de Onís a Ribadesella, a bordo de una canoa

 


El viajero continúa su periplo por les Asturies de los sus amores.

Hay lugares que permanecen agazapados en algún rincón de la memoria y que, cuando menos se espera, reaparecen. A veces basta una canción. O un nombre. O el recuerdo de un verano lejano. Ribadesella es uno de esos lugares.

El viajero recuerda que, siendo un jovenzuelo y mientras estudiaba en la Universidad de Oviedo, se fue un verano con unos amigos del útero de Gistredo al descenso del Sella. Hasta Arriondas —Les Arriondes—. Y desde allí, a Ribadesella. 

Era otro tiempo. Un tiempo en el que lo importante era pasárselo bien, descubrir el mundo y bailar hasta que el cuerpo aguantara, al ritmo de la bachata o de lo que se terciara. Por entonces estaba de moda Juan Luis Guerra. El viajero lo recuerda bien. En los garitos, e incluso en la calle, frente a los chigres, sonaba La bilirrubina, aquella canción de Bachata rosa, y tantas otras del dominicano universal. Qué tiempos aquellos. 

Al viajero, que siempre ha sido de andar animado —para qué estar de bajón si la vida le está sonriendo—, le da por tararear unos versos de Juan Luis Guerra. Quizá entonces cantara aquella canción pensando en la mujer de sus sueños. En su rayo de luna becqueriano. En su musa. Porque el viajero, que se ha vuelto romántico —o quizá ya lo era y no se había dado cuenta—, siempre ha sentido cierta querencia por esas músicas y esos amores que uno recuerda mucho después de que hayan dejado de sonar.

También recuerda —cuántos recuerdos; se nota que ya se hizo viejo, o pendejo— que de Arriondas eran sus compis de piso en la calle Capitán Almeida, hoy Fernando Alonso, en el Campillín de Oviedo.

Recuerda a Víctor, o Vito, y Celestino, sus compañeros de piso, dos personajes arriondenses de novela decimonónica, dignos de haberse paseado por las páginas de La Regenta, de Clarín. Sobre todo Celestino, que daría para un buen puñado de páginas. Pero no es ahora el momento. Ya habrá ocasión para rescatar del olvido a aquel personaje y devolverlo, aunque solo sea por unas líneas, a las calles de Arriondas, de Vetusta y a la memoria del viajero. 


Ahora toca Ribadesella. El viajero la ha visitado en más de una ocasión y en la que incluso llegó a impartir docencia en un aula de la UNED. O eso cree. Porque con los años la memoria suele convertir los hechos en leyendas. De lo que sí tiene constancia es de haber impartido un curso en el aula de la UNED de Cangas de Onís allá por 2010. ¿Qué será de Gonzalo, el coordinador del aula de la UNED de Cangas de Onís? Se portó estupendamente con el viajero. Hay personas que aparecen en algún recuncho de la vida y que, aunque el tiempo se empeñe en borrarlas de la memoria cotidiana, dejan tras de sí una huella. 

En esta ocasión, el viajero parte precisamente de Cangas de Onís, tierra del monarca don Pelayo, rumbo a Ribadesella. Y lo hace, en su fantasía, en piragua o canoa. Acaso como un atleta acuático, uno de esos duendecillos a los que les encanta sumergirse en los ríos como el Sella, cuya nacencia se encuentra en la provincia leonesa, su provincia. Aunque el viajero se siente leonés, también se siente astur y ciudadano del universo conocido. Incluso de algún universo desconocido y extraterrestre, que nunca se sabe.

A estas alturas de la vida, el viajero es consciente de sus limitaciones. Sabe que la existencia es breve, que ponerle puertas al campo suele ser algo bastante absurdo. Así que, si hay que soñar, que sea a lo grande. 

Desde niño arrastra un sueño sencillo: descender un río en una barca, dejarse llevar por la corriente y navegar Asturias de norte a sur, del oriente al occidente, sin otra brújula que el agua. Un sueño sencillo y hermoso. Quizá por eso, mientras avanza hacia Ribadesella, tiene la sensación de navegar realmente por el Sella. El agua lleva la canoa. La corriente marca el rumbo. Y a ambos lados aparece ese verde aromático de Asturias que tantas veces ha perseguido con la mirada y con la palabra. El mismo verde que buscó en El verde aroma del Noroeste, cuando sintió la necesidad de recorrer el Noroeste peninsular, detenerse en sus paisajes, hablar con sus gentes, atravesar sus pueblos y tratar de explicar esa extraña manera que tiene un territorio de quedarse prendido en la memoria. Ahora vuelve a encontrarlo.

Pero esta vez lo contempla desde el agua. Y entonces comprende algo. Quizá aquel viaje no terminó nunca. Quizá algunos caminos no se recorren una sola vez. Permanecen abiertos, esperando pacientemente a que uno regrese. Porque viajar también consiste en volver a los lugares que uno creyó conocer y descubrir que todavía tenían algo que decir. La naturaleza abraza al viajero, que ya empieza a dejarse llevar por la corriente y por los recuerdos. De repente piensa en el relato 
A la deriva, de Horacio Quiroga. 

También recuerda aquel descenso, algo arriesgado, que hizo años atrás con un grupo de estudiantes de la Universidad de León, cuando el Sella llevaba mucha agua. El agua siempre tiene algo de aventura. Y también algo de peligro. Pero el viajero prefiere quedarse con la belleza. Poco a poco, el río se ensancha. La luz se abre. El paisaje respira. Y, finalmente, el Sella se entrega al mar. La ría aparece luminosa, casi caribeña. El azul del agua y el verde de las montañas se funden en una sola imagen. Una de esas imágenes que se quedan dentro y que regresan mucho después, cuando el lugar ya ha quedado atrás. El viajero recorre el paseo marítimo Princesa Letizia, llamado así en honor a la actual reina, hija adoptiva de Ribadesella, como recuerda una placa.

Los pasos lo llevan hacia la ermita de la Guía. Intuye que, desde lo alto, le aguarda una nueva perspectiva del paisaje, quizá la más linda de todas.

Y allí, frente al Cantábrico y sobre la desembocadura del Sella, Asturias se revela en todo su esplendor: verde de montes, abierta al mar, bajo un cielo inmenso e inquebrantable. Desde aquel lugar, el paisaje parece extenderse sin límites y reunir, en un solo instante, río, montaña, mar y horizonte.

Aunque el viajero haya recorrido ya este camino, aunque conozca la belleza de este rincón, la contemplación vuelve a sentirse nueva. Como si fuera la primera vez que los ojos descubren este paisaje. Como si Asturias, por un instante, acabara de ser revelada ante él. 

Porque desde lo alto de la Guía no termina el viaje. Allí comienza, más bien, otro modo de mirar: el de sentir con otros sentidos, o con los de siempre, pero con mayor intensidad. El de acariciar y saborear la belleza con la mirada, consciente de que todavía le quedan muchos rincones por descubrir, muchos lugares por visitar, muchas personas con las que conversar. El viajero cree que viajar no consiste únicamente en ver. Ni siquiera está seguro de que ver sea lo más importante. Viajar es sentir. Sentirlo todo de todas las maneras. Un mantra que lleva ya desde hace tiempo en las venas. 

Con esa idea todavía rondándole por la cabeza, el viajero abandona el mirador de la ermita de la Guía y desciende hacia la playa. Allí se tumba sobre la arena y se entrega a uno de esos instantes en los que parece que el tiempo decide detenerse. Solo la arena bajo el cuerpo, el rumor del mar, la luz del Cantábrico y ese extraño y maravilloso privilegio de estar vivo. El viajero se siente en armonía con la naturaleza y consigo mismo. Hasta que la realidad, que suele tener la mala costumbre de presentarse sin avisar, decide devolverlo de golpe al mundo. Alguien ha decidido quemar algún rastrojo al lado de su propia casa, en la villa de Ribadesella. ¿Estará soñando el viajero? ¿O es, sencillamente, un disparate de algún trastocado?

El fuego se va de madre. Una bella visitante alerta al viajero de que al pirómano de turno se le ha ido de las manos la lumbre y peligra su casa y la de los vecinos. El ambiente se atufa de humo y aquella sensación placentera que poco antes tenía sobre la arena de la playa comienza a desvanecerse.

El espectáculo resulta grotesco porque aún es verano y luce un día espléndido. El cielo está despejado, el paisaje parece sacado de una postal y, sin embargo, una nube de humo viene a recordarle al viajero que la realidad también forma parte del viaje, incluso cuando uno no la ha invitado. 

Parece que algún vecino o vecina ha avisado a la Policía Local. El humo mismo es un delator, un chivato. Y la patrulla aparece en pocos minutos en el lugar del suceso.

El viajero piensa —a veces le da por pensar, aunque solo sea en los recibos de la luz— que estas cosas domésticas también forman parte del viaje. No todo consiste en visitar monumentos, contemplar paisajes de ensueño o dejarse embelesar por la belleza. También están los incendios improvisados, el humo, los vecinos, la policía y esos episodios absurdos que, sin pedir permiso, terminan incorporándose a la memoria de un lugar.

Quizá sea esa la verdadera materia de los viajes: no solo aquello que uno sale a buscar, sino también aquello que se encuentra por el camino. Y ahora qué, se pregunta el viajero. Tal vez haya llegado la hora de finalizar el recorrido. Ocasión habrá de volver a Ribadesella para disfrutar de otras impresiones, otras emociones y otros espacios. Quizá para recorrer el antiguo barrio del Portiellu, con sus calles estrechas y sus casas de colores; quizá para subir o bajar por la escalera de colores, situada en la parte alta del barrio; quizá para adentrarse en las cuevas de Tito Bustillo. Pero eso será otro día. 

También eso es viajar. Por el momento, el viajero se siente satisfecho y con ganas de recrearse en los momentos vividos. Ha visto el río hacerse mar, ha contemplado Asturias desde lo alto de la ermita de la Guía, ha sentido la arena bajo el cuerpo y hasta ha asistido, involuntariamente, a un pequeño episodio surrealista. También eso es viajar.

Ahora estaría bien agarrar un helicóptero —o algo por el estilo— y sobrevolar Asturias hasta alcanzar la matria chica del viajero. Desde arriba todo debe de parecer distinto. Quizá desde el aire pudiera reconocer aquellos lugares que alguna vez creyó conocer. Porque uno nunca termina de conocer del todo los lugares que ama. Ni siquiera cuando cree haberlos recorrido mil veces. Tal vez tampoco termina uno de conocerse a sí mismo. 

El viajero mira hacia el horizonte. El río ya se ha hecho mar. El viaje, por ahora, también llega a su fin. Pero solo por ahora. Porque mientras quede un camino por recorrer, una canción que recordar, un paisaje que contemplar o una historia que contar, siempre habrá una razón para volver a ponerse en marcha.

La vida es breve. El mundo, inmenso. Y quedarse quieto nunca fue lo suyo. Así que mira otra vez hacia el horizonte. Y sonríe.

Qué por soñar no sea.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Julio Llamazares: memoria, paisaje y purga del corazón

Siempre es un placer ver y escuchar al maestro Julio Llamazares, por cuya obra siento verdadera devoción. Y, además, es un buen tipo. Lo dijo ayer tarde la periodista y escritora Noemí Sabugal en la librería El Libro Imposible de Ponferrada, abarrotada para escuchar al escritor leonés. Algo que, por supuesto, suscribo. 

https://cuenya.blogspot.com/2018/04/la-fragua-literaria-leonesa-noemi.html

Julio Llamazares con Noemí, a la izquierda y Petia, a la derecha

Noemí acompañó a Julio Llamazares en la mesa de presentación de El viaje de mi padre para conversar con él acerca de la literatura, de la memoria y el paisaje, de la vida, con la colaboración de Petia, responsable de El Libro Imposible.

Siempre es un placer, también, leer sus libros. Entre ellos, El viaje de mi padre, una de sus obras más recientes, que está a punto de cumplir un año desde su publicación y sobre la que tuve ocasión de escribir una reseña en su momento. https://cuenya.blogspot.com/2025/11/el-viaje-de-mi-padre-de-julio-llamazares.html

Pero ayer no solo habló de su libro. Con ese característico sentido del humor y su sensibilidad, Llamazares fue desgranando ante el público algunas reflexiones acerca de la memoria y el paisaje, dos constantes que atraviesan buena parte de su obra. https://cuenya.blogspot.com/2013/05/julio-llamazares-sublime.html

Porque el paisaje, según Llamazares, es memoria. Eso mismo aparece, por ejemplo, en El río del olvido, uno de sus excelentes libros de viaje. Y es que Julio es un auténtico maestro de la literatura de viajes, un género que acaso sea —que es— la madre de la literatura, como él mismo diría.

Memoria emocional, me atrevería a añadir. «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla», escribió el Nobel Gabriel García Márquez en su libro de memorias Vivir para contarla. https://cuenya.blogspot.com/2014/04/gabo.html Y quizá el paisaje tenga mucho que ver con esa memoria que no se limita a conservar datos, sino que guarda sensaciones, emociones, pérdidas, encuentros, lugares y momentos.

El paisaje guarda lo que fuimos, lo que vivimos y, acaso también, aquello que ya no podemos recuperar de otra manera. Sin memoria no somos nadie. Qué terrible resulta comprobarlo en las personas afectadas por el alzhéimer y otras demencias, cuando la pérdida progresiva de la memoria va desdibujando también la identidad.

Y la memoria, para un escritor, puede convertirse —se convierte, en realidad— en un manantial inagotable de literatura. 


El territorio puede estudiarse en función de sus características geológicas, geográficas, climáticas o físicas. Pero se convierte en paisaje a través de la mirada, de la percepción de quien lo contempla. El paisaje no está únicamente fuera: también está dentro de nosotros. Hay, en efecto, una fusión del ser y el paisaje, como sucede en buena parte de la literatura romántica. Y en esto Julio Llamazares es, a mi juicio, un escritor romántico.

De memoria y paisaje está hecho también El viaje de mi padre. El libro nace de aquello que su padre apenas le contó sobre su experiencia traumática durante la Guerra Incivil. «Cuando uno es joven no escucha a los padres», reconoció Julio. Quizá por eso, con los años, sintió la necesidad de regresar a aquellas palabras escasas, a aquellos silencios, para intentar reconstruir lo que pudo sentir su padre cuando, siendo apenas un muchacho de dieciocho años, fue enviado al frente. Al cruento frente de Teruel, entre otros frentes. 

Escribir para regresar, para recordar. Escribir para comprender. Escribir, quizá, para reconciliarse con aquello que no pudo preguntarse a tiempo. Incluso eso que algunos llaman imaginación no es otra cosa, recordó Julio, citando al escritor portugués António Lobo Antunes, que memoria fermentada.

Julio Llamazares reconoce que esta y otras obras suyas son una «purga del corazón». La expresión me lleva inevitablemente a Camilo José Cela, que escribe al comienzo de Oficio de tinieblas 5: «Esto no es una novela, sino la purga de mi corazón».

Hay escritores que necesitan escribir de un modo vital. Porque necesitan sacar fuera aquello que llevan dentro, dar forma a sus dolores, a sus obsesiones, a sus miedos. La literatura como catarsis. Como una manera de poner palabras allí donde antes solo había silencio.

Y, en ese sentido, Llamazares escribe también para liberarse. Para exorcizar sus fantasmas. Para aliviar, mediante la escritura, ese malestar que de otro modo permanecería enquistado, tumoroso. Una purga íntima que, paradójicamente, termina convirtiéndose en literatura para los demás.

Lo expresó con su habitual ironía al comparar la escritura con la terapia: hay quien paga para sentirse mejor y hay escritores que, en cambio, plasman sus miedos, sus obsesiones y sus malestares sobre el papel y, por si fuera poco, reciben dinero por ello.

Quizá ahí resida una de las grandes paradojas —y también uno de los grandes privilegios— de la literatura: convertir el dolor en palabras, las palabras en memoria y la memoria en un paisaje que, al leerlo, también acaba siendo nuestro.

Convertir el dolor en palabras, como hace Umbral de un modo lírico y desgarrador en Mortal y rosa, escrito a raíz de la muerte de su hijo Pincho, fallecido siendo un niño a causa de la leucemia. Porque también la literatura puede ser una forma de aliviar el dolor cuando el dolor parece no tener palabras.

Y después de escucharlo hablar de memoria, de paisaje, de literatura y de vida, me encantó poder saludar y charlar un ratito con Julio Llamazares. Incluso hacerle algunas fotos durante la presentación y también al final del acto, en la librería. 


Un placer compartir ese momento con él, con tanta gente conocida y amiga: con Noemí, Victoria, Álida, Clara, Teje, Nidia, Mónica, Toñi, María Jesús, Ruy, Óscar, Melchor, Alberto y tantas otras personas que podría mencionar, aunque casi seguro que me olvidaría de alguna. Y, por supuesto, con Petia y Álex, que llevan El Libro Imposible de una manera ejemplar y hacen de esta librería un lugar donde suceden cosas importantes.

Porque, al final, quizá se trate de recordar, de contar y de compartir. De convertir la memoria en palabras y las palabras en compañía.