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domingo, 2 de agosto de 2026

Islas griegas: Rodas

El viajero abandona Heraclión, la capital de Creta, con la sensación de haber permanecido en una especie de limbo que no llegó a comprender del todo. 


Serán cosas del viajero, que a veces se adentra en dimensiones apenas perceptibles. Como acostumbra, se detiene a pensar en lo vivido, en lo sentido. No tardan en aflorar las primeras reflexiones. Entre todas ellas aparece el tiempo, la sangre de quien esto escribe y, supone, también la de cualquier ser humano que pisa la tierra. Pisarla cobra un significado especial cuando uno está rodeado de agua, aunque por fortuna no le llegue al cuello; que eso ya sería otro cantar.

El Costa Fortuna continúa avanzando con su cadencia serena sobre el mar. El viajero sabe que, tarde o temprano, llegará a Rodas, una isla que, según ha leído, condensa el alma de Grecia en un solo lugar, desde la huella de la Antigüedad clásica hasta la impronta medieval, pasando por playas de postal y una gastronomía que ha sabido digerir siglos de influencias sin renunciar a su identidad griega. 


Frente a la proa se abre un horizonte que el propio mar parece curvar. En cuanto oye hablar de Rodas, al viajero se le enciende el Coloso. De inmediato recuerda la lectura de El coloso de Marusi, de Henry Miller https://cuenya.blogspot.com/2009/07/miller-y-el-coloso-de-marusi.html, uno de sus libros de cabecera, que le descubrió una Grecia esencial, luminosa, donde la luz parecía explicar mejor el mundo que cualquier tratado de historia. La luz aquí no es luz solar, sino una sustancia espiritual que lo impregna todo. 


Desde entonces el viajero comprendió que hay libros, como el de Henry Miller, que se acaban habitando. Gracias a aquellas páginas sintió la luz de Grecia en todo su esplendor y descubrió una especial predilección por los libros que invitan a viajar, que recorren la Tierra de un extremo a otro e incluso se aventuran hacia confines desconocidos. El universo sigue siendo un gran misterio, aunque eso no obligue a recurrir a dioses ni a diosas para explicarlo, como hacían los griegos de la Antigüedad cuando interpretaban el mundo a través de la mitología. 


Aunque el tiempo haya borrado el Coloso y lo haya dejado a merced de la imaginación, sigue erguido en ese territorio donde el mito se encuentra con el logos y se transforma en pensamiento, y acaso por ello mismo, en placer. Su ausencia adquiere una fuerza singular, la de esas grandes obras que, al desaparecer, adquieren para siempre la dimensión de la leyenda. Su presencia apenas duró unas décadas, menos de las que hoy cuenta el viajero, pero bastó para que su sombra se proyectara eternamente en la imaginación del mundo. 

Rodas se muestra al viajero como un escenario cinematográfico que le hace rememorar El coloso de Rodas, de Sergio Leone, aunque los exteriores de esta película se rodaron, curiosamente, en varias localizaciones de España. Rodas posee también una dimensión literaria, pues Lawrence Durrell, amigo de Henry Miller, ambientó en la isla algunas de sus obras.

La capital de la isla, rodeada por una de las murallas medievales mejor conservadas del mundo y declarada Patrimonio de la Humanidad, cautiva desde el primer instante. Sus murallas, sus puertas y sus callejuelas evocan otras ciudades fortificadas. Por un instante, el viajero cree encontrarse en Ávila. https://cuenya.blogspot.com/2026/04/avila-mistica-un-universo-entero.html Pero basta una mirada al mar para recordar que está en Rodas. 
Rodas es una ciudadela abierta al mar, donde la arquitectura gótica convive con las huellas otomanas. Rodas es, en realidad, testigo del paso de grandes civilizaciones —la minoica, la griega, la romana y la otomana—. En el puerto, además del lugar donde la tradición sitúa al legendario Coloso, destacan los históricos molinos de viento del muelle de Mandraki, magníficamente conservados, cuya silueta el viajero ya había reconocido en Mykonos como una de las estampas más características de las islas griegas. El Palacio del Gran Maestre, la empedrada calle de los Caballeros, el antiguo barrio judío y, sobre todo, las murallas dibujan una ciudad de una belleza moldeada por siglos de historia.


El templo de Apolo
Caminar por Rodas es hacerlo por una isla bendecida por Helios, donde el mar acaricia las piedras medievales y el aire huele a eternidadEn Rodas se camina por una frontera donde el mito y la historia dejan de oponerse para avanzar juntos.

Quizá sea esa la verdadera esencia de Grecia: un lugar donde la memoria nunca desaparece, porque incluso aquello que ya no existe, como el Coloso, continúa iluminando el viaje.

A quien disfruta de caminar —en el sentido más amplio del término— le apetece acercarse a la Acrópolis de Rodas, que se alza sobre una colina con vistas a la ciudad y al mar. Sabe que se encuentra algo alejada del centro; no tanto, la verdad, pero el calor aprieta y la caminata, si no hay sombra a lo largo del camino, puede resultar complicada. Por fortuna, está de suerte y el trayecto hasta la Acrópolis no se le hace pesado, porque logra guarecerse en algunos tramos bajo la sombra que procura la arboleda, la arboleda perdida, por decirlo a lo Alberti.



Lástima que el templo de Apolo se encuentre en restauración, pues ello resta belleza al conjunto o, al menos, impide apreciar todo cuanto el monumento puede ofrecer. En cambio, bajo un sol casi insoportable, el viajero recorre el antiguo estadio y el auditorio del teatro griego, donde el tiempo parece conservar todavía el eco de las voces que un día resonaron entre aquellas piedras. 

La Acrópolis de Rodas le devuelve a la memoria los templos de Agrigento, en Sicilia. https://cuenya.blogspot.com/2017/04/agrigento.html Aun así, mientras desciende de la Acrópolis, el viajero comprende que Rodas no necesita competir con Agrigento ni con ninguna otra memoria del Mediterráneo. 

Desde la Acrópolis

Cada lugar guarda una manera distinta de entender Grecia. En Rodas, esa Grecia se resume en un diálogo incesante entre la piedra y el mar, entre la historia y la leyenda, entre lo que permanece en pie y aquello que sólo sigue existiendo en la imaginación. 

El Costa Fortuna en el puerto de Rodas

El viajero abandona la isla con la sensación de haber recorrido un lugar donde el pasado sigue latiendo entre murallas, puertos y callejuelas, y con la ilusión de poner rumbo a Santorini, la siguiente etapa de un viaje que promete nuevos paisajes y emociones.

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