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viernes, 31 de julio de 2026

Islas griegas: Mykonos



Después de la visita a Estambul, el viajero regresa al Costa Fortuna con una mezcla de nostalgia y la sensación de haber vivido un sueño, un lugar donde el espacio parecía desparramarse y el tiempo quedaba suspendido, como suspendidas permanecen Europa y Asia a su paso por la ciudad turca.


En el teatro Rex del barco —curiosamente se llama Rex, igual que el transatlántico de la película Amarcord https://cuenya.blogspot.com/2013/11/amarcord.html; ¿será una coincidencia?— el espectáculo está asegurado, y el viajero se deja llevar. Procura disfrutar de todo cuanto la vida le ofrece. Si hemos de ser conscientes del paso inexorable del tiempo, piensa, también debemos abrazar el carpe diem, aun sabiendo que el tempus fugit nunca concede tregua. 

Mientras tanto, el Costa Fortuna continúa surcando el mar en busca de la isla griega de Mykonos. Embebido en sus pensamientos y en las historias que va atesorando, el viajero apenas percibe las vibraciones del barco; y, cuando las percibe, le resultan extrañamente placenteras. El rumor constante de los motores y el balanceo acompasado del casco terminan por confundirse con el latido de sus propias cavilaciones. El mar, inmenso e indiferente, parece marcar un tiempo distinto, ajeno a la prisa cotidiana, un tiempo que no se mide por relojes ni calendarios, sino por amaneceres, horizontes y travesías.

Por momentos, también piensa en el Titanic, aunque no lo hace desde una perspectiva catastrófica, sino con una serenidad casi melancólica, como si, de pronto, retrocediera a otra época, a un tiempo quizá menos apresurado que el actual, en el que los seres humanos vivían con una percepción diferente del viaje y de la espera. Entonces navegar no consistía únicamente en llegar a un destino, sino en habitar el trayecto. Quizá por eso el viajero siente que el crucero le está enseñando una lección que va más allá de los lugares visitados, que el tiempo no siempre es un enemigo al que vencer, sino un compañero al que conviene escuchar cuando el mar invita al silencio. 


Mientras el Costa Fortuna avanza hacia Mykonos, comprende que viajar no consiste solo en desplazarse de un puerto a otro, sino en permitir que cada milla recorrida transforme, aunque sea de manera imperceptible, el modo de ser y estar de quien la recorre. Tal vez esa sea la verdadera travesía: descubrir que, por unas horas o unos días, el mar consigue reconciliar al ser humano con el tiempo, devolviéndole el raro privilegio de vivir el presente sin sentir la urgencia del instante siguiente. 


Al viajero le gusta reflexionar sobre el paso del tiempo y sobre la vida. Está convencido de que el verdadero viaje no reside únicamente en el destino, sino en el propio camino, en las vivencias, las sensaciones y las emociones que van jalonando cada etapa. Por eso recibe con agrado cuanto va surgiendo a lo largo de la travesía. 

En esta ocasión apenas ha leído sobre las islas griegas que está a punto de visitar. Lo ha hecho deliberadamente. Prefiere conservar intacta la capacidad de asombro, contemplar cada lugar como quien lo descubre por primera vez. Antes de desembarcar, asiste a una charla que Pablo ofrece a los pasajeros. Sus explicaciones resultan amenas e instructivas y despiertan aún más su curiosidad por conocer aquella isla de la luz y de los vientos. 



La llegada a Mykonos tiene un aire cinematográfico. El Costa Fortuna permanece fondeado, inmóvil sobre el azul del mar, mientras las pequeñas lanchas acercan lentamente a los pasajeros a la isla. El viajero tiene la impresión de que los grandes barcos no llegan nunca del todo a ciertos lugares. Es necesario completar el último tramo casi con humildad, como quien pide permiso para entrar. Ya desde la lancha, Mykonos aparece como una mancha blanca suspendida entre el azul del cielo y el del Egeo, una visión que parece más soñada que real. Según la mitología griega, recibió su nombre de Mykono, hijo de Apolo.


Cuenta también la leyenda que Heracles dio muerte allí a unos gigantes cuyos cuerpos, convertidos en piedra, dieron origen a las rocas de la isla. 
Lo primero que cautiva al viajero son los célebres molinos de viento, que inevitablemente le recuerdan a los de Campo de Criptana y, con ellos, a aquellos gigantes con aspas de El Quijote, por los que siente una profunda devoción. Después descubre Alefkándra, la conocida Pequeña Venecia, donde las fachadas de colores y los balcones parecen asomarse directamente al mar, como si las casas hubieran decidido enraizarse en el agua. Cafés, restaurantes y terrazas animan el paseo e invitan a detenerse para contemplar la vida que discurre con lentitud frente al Egeo.


Las pequeñas iglesias ortodoxas, de paredes encaladas y cúpulas luminosas, salpican el paisaje con la misma naturalidad que las buganvillas o las barcas de los pescadores. Pero Petros no aparece. Quizá esté descansando o, simplemente, haya decidido no dejarse ver ese día. Aquel célebre pelícano del que Pablo había hablado durante la charla informativa se convirtió hace décadas en uno de los símbolos más queridos de la isla, y al viajero le habría gustado cruzarse con él. 

La ausencia de Petros despierta en la memoria del viajero el recuerdo de otros encuentros con animales que, con el tiempo, han acabado formando parte del alma de ciertos lugares. Piensa entonces en el célebre cochino de La Alberca, que durante años recorrió con absoluta libertad las calles de aquella hermosa villa salmantina, despertando la simpatía de vecinos y visitantes hasta convertirse en uno de sus símbolos más entrañables.

Y, hablando de animales, son innumerables los gatos que aparecen por todas partes. Dormitan plácidamente en los umbrales de las casas, se estiran sobre los escalones encalados o buscan la sombra allí donde la piedra conserva todavía algo de frescor. Permanecen ajenos al constante ir y venir de los visitantes que recorren las callejuelas, como si el bullicio no fuera con ellos.

El viajero, que siente una especial predilección por estos felinos, no puede resistirse a acercarse para acariciarlos. Ellos apenas alteran su reposo. Se dejan tocar como si reconocieran en las manos del viajero un gesto familiar, o como si el tacto y el olor de quien ama a los gatos les inspiraran una profunda sensación de confianza.

Al viajero le gusta que los viajes también estén hechos de estas pequeñas historias, de personajes anónimos —humanos o animales— que terminan formando parte del alma de un lugar mucho más que algunos de sus monumentos. 

Mientras pasea por Mykonos siente una agradable serenidad. Piensa que bien podría pasar allí una temporada, leyendo, escribiendo y dejándose llevar por el ritmo pausado de los días. Tal vez sea ese el lugar propicio para alcanzar la ataraxia de la que hablaban estoicos y epicúreos, esa serenidad del ánimo que parece surgir cuando la prisa deja de dictar las horas.

Las casas blancas, inundadas por la luz del sol, condensan la esencia más pura de las Cícladas, mientras el laberinto de callejuelas invita a perderse sin rumbo fijo. Los molinos de viento, otro de los grandes atractivos de la isla, evocan el pasado marinero y comercial de Mykonos, cuando el viento marcaba el ritmo de la vida cotidiana. Hoy sigue siendo la brisa quien acompaña al viajero, envolviéndolo con el aroma salino del Egeo y recordándole que existen lugares cuya belleza parece alimentarse únicamente de la luz, del mar y del silencio.

Contemplando el resplandor de las fachadas blancas recortadas sobre el intenso azul del cielo y del mar, el viajero no puede evitar recordar Sidi Bou Saïd, en Túnez https://cuenya.blogspot.com/2022/01/la-belleza-luminosa-y-marina-de-sidi.html, y también Port Lligat, la tierra de Dalí. https://cuenya.blogspot.com/2019/08/cadaques-y-portlligat.html


También allí la arquitectura parece dialogar con la luz mediterránea, componiendo un paisaje donde el blanco y el azul alcanzan una armonía casi perfecta. Le gusta comprobar cómo unos lugares conducen inevitablemente a otros, como si el viaje nunca terminara de verdad y cada nuevo paisaje despertara la memoria de otro ya vivido. Acaso viajar consista también en descubrir que los lugares no permanecen aislados en la memoria, sino que dialogan entre sí, iluminándose unos a otros.


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