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miércoles, 31 de diciembre de 2025

El Poniente marroquí



Desde la terraza del café de France-Marrakech

Diciembre es un buen mes para viajar a Marruecos, eso cree el viajero, aunque en este reciente viaje le pilló una ola de frío, de destemple, amén de lluvias torrenciales, un diluvio universal, o sea, lo cual no es habitual en esta tierra cuasi desértica, eso sí, con sus oasis y las montañas nevadas del Atlas, que en esta ocasión se muestran cubiertas por la bruma. Esto ocurrió al inicio del viaje, porque, transcurridos dos días, más o menos, el cielo comenzó a levantarse luminoso, lo que al viajero se le antojó una bendición, porque Marruecos es el país de la luz, un reino de luz cinematográfica (ahí está el Atlas Studios https://ouarzazatestudios.com/accueil/, los estudios de cine de Ouarzazate, como parte de la Ruta de las mil kasbahs).

Ver la ciudad de Marrakech grisácea lo dejó desanimado. 

El Atlas

Qué importante es la luminosidad, también el lado luminoso del ser humano, piensa el viajero, a sabiendas de que a veces aflora el lado oscuro, y eso resulta terrible. El ser humano es capaz de crear grandes obras, pero también lo es de llevar a cabo los actos más perversos. La literatura y el cine han explorado esos rincones oscuros de un modo extraordinario, desde El doctor Jekyll y Míster Hyde, de Stevenson o El retrato de Dorian Grey, de Wilde, hasta William Wilson, de Poe, El doble, de Dostoievski, o Frankenstein, de Mary Shelley. 


El viajero llegó al aeropuerto de La Menara sobre la hora prevista. Y desde ahí tomó un bus que lo llevó hasta la plaza de Jemaa el-Fna, que es patrimonio oral e inmaterial de la Humanidad gracias al escritor y premio Cervantes Juan Goytisolo, con quien el viajero tuvo el gusto de conversar en el histórico café de France hace años. Un grato e inolvidable recuerdo. https://cuenya.blogspot.com/2009/06/encuentro-con-juan-goytisolo-en.html

Jemaa el-Fna

El alojamiento del viajero, el hotel Faouzi, queda al lado de la plaza Jemaa el-Fna, un sitio en el que se sintió muy a gusto. Como siempre. Agradeció la amabilidad proverbial de Faiçal, al que conoce desde hace años, con quien tiene buen trato. Él se ocupó de reservarle la habitación, ya que le habían dicho que estaba completo para las fechas solicitadas. No te preocupes, vino a decirle el bueno de Faiçal, tú siempre serás bienvenido en nuestra casa, en nuestro hotel. Así da gusto, piensa el viajero, encontrar un hotel que es como la casa de uno. 


Desde la terraza del Faouzi, la Kutubía, cuyo nombre hace referencia al zoco de libreros que había en la zona, se eleva como un símbolo de la ciudad ocre o ciudad roja, una mezquita edificada con piedra roja en el siglo XII, representativa del arte almohade, próxima a la gran avenida Mohamed V, que cruza todo el barrio moderno y occidentalizado de Guéliz, donde se encuentran restaurantes y hoteles de lujo (desde la terraza del hotel la Renaissance se tienen unas vistas formidables de la ciudad), museos, galerías de arte y tiendas de marcas internacionales. 

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, la Kutubía es la mezquita más grande de Marrakech. Sobresale por su colosal alminar o minarete, que es punto de referencia de la ciudad, el cual sirvió como modelo para la construcción de la Giralda de Sevilla y del minarete inacabado de la Torre Hasan de Rabat. 


Su minarete atrae como un imán, viéndose desde una gran distancia. Desde lo alto de este alminar resuena, desde los cuatro puntos cardinales, el muecín llamando a los fieles a la oración (adhan). La intuición musical del viajero de que el adhan tiene similitudes con una suerte de flamenco se confirma al haber coincidencias melódicas entre esas dos músicas, a saber, el adhan y las variantes de martinete/soleá/seguiriya. Qué diría la cantante Rosalía sobre esto, se pregunta el viajero. O qué hubiera dicho el duende Enrique Morente, que legó ese discazo titulado Omega https://www.youtube.com/watch?v=NiRYvXyc0mk. Y, ya metidos en harina de otro costal, qué pensaría el fenómeno Jorge Martínez, de Ilegales. Que no tenía nada de flamenco. Bueno, flamenco era un rato. 


En una época en la que todo resulta tan complicado, desde encontrar un alojamiento confortable, bonito y barato, hasta descubrir un lugar que merezca la pena para comer, etc., que exista un hotel como el Faouzi el viajero lo agradece sobremanera. Después de un largo viaje, habida cuenta de que viajero no se planta de buenas a primeras con Iberia Express en La Menara, sino que tiene que pasar antes por el aeropuerto de Adolfo Suárez Madrid Barajas (en concreto la T4S), éste se siente exhausto y necesita un descanso reparador, además está convencido de que la gripe anda al acecho, y eso le resta energía. El clima, como decía, tampoco acompaña, así que lo mejor, eso piensa el viajero, será echarse a dormir en espera asimismo de que amanezca un día soleado, que es lo que procura gran belleza a esta tierra de gentes hospitalarias, porque todos (o casi) los pueblos del mundo son hospitalarios. Y este no lo es menos. El verdadero problema reside en quienes llevan las riendas, quienes desean meter en vereda, a través de los métodos que se tercien, a su ciudadanía. Queda dicho una vez más. Qué por decirlo no sea.

Da la impresión, dicho así, de que el viajero fuera directo al catre... sin embargo, se dio antes una vuelta por la Jemaa el-Fna, que es un gran teatro del mundo, acaso en busca de saltimbanquis, músicos gnawa, monos chillones y cobras adormecidas a ritmo de flautas y tamboriles. 


Escuchar a los músicos gnawa, descendientes de los esclavos de África Occidental, le sirvió para entrar en trance místico a través de su música ceremonial y en cierto sentido terapéutica, con esa fusión de lo ancestral, el sufismo y lo bereber. Un patrimonio cultural extraordinario, que combina lo ritual con lo tradicional y el baile. El viajero, además de nutrirse de la música, se tomó un rico zumo de pomelo (a veinte dirhams, un precio razonable, aunque ya no es la ganga de hace algunos años de tres dirhams por un zumo de naranja, cómo ha cambiado todo) en uno de los muchos puestos de la Jemaa el-Fna, que ya en el siglo XI, bajo los almorávides, era un mercado semanal. 


En su paseo ceremonial por la gran plaza el viajero se topa, de un modo inevitable, con un aguador, que es una figura singular de Marruecos, cuya función original era la de ofrecer agua potable a los viandantes. En esta ciudad el aguador va vestido de rojo, con un sombrero en forma de cono tejido de penachos de diversos colores, lo que llama la atención de inmediato. En su pecho lleva una banda de cuero de la que cuelgan varios vasos de latón y una campanilla, que hace sonar para se enteren quienes deseen tomar agua, que conserva fresca en una bota. La verdad sea dicha, al viajero no le dan muchas ganas de tomar el agua que porta este aguador, pero sí le resulta pintoresco, simpático, este personaje, que por cada foto que se le haga pedirá dinero. 


Al día siguiente, el viajero está como desorientado del mucho dormir, o mejor dicho del mucho dormitar, porque ha sentido como alucinaciones a resultas de una especie de febrícula, o fiebre, sin más cera que la que arde. Y no tiene como muchas ganas de abandonar su hábitat y lanzarse a la calle en busca de estímulos que lo saquen de su ensimismamiento.

A estas alturas, ya son más de las once de la mañana, el viajero cree que debería irse a desayunar, en vez de a la terraza del Faouzi, a alguno de los cafetines que quedan cerca del hotel. Y así lo hace, aunque se siente aún desganado. Lo mejor, piensa, será tomar un zumo de naranja natural y un café con leche que lo reanimen. Y tal vez le entren hasta ganas de probar unos crêpes caseros. El desayuno lo reconforta, como no podía ser de otra manera, y le ayuda a coger fuerzas para afrontar el día.

El viajero tiene ganas de acercarse al café de France, que está situado en el corazón de la medina, en concreto en la plaza de Jemaa el-Fna. Y cuando se está aproximando a este café, siente tristeza porque ya no podrá volver a reencontrarse con el escritor Juan Goytisolo, quien dijo ser de nacionalidad cervantina cuando le concedieron el Premio Cervantes poco antes de fallecer. El viajero está con el gorrión o engorrionado, como se dice en Cuba, porque el café de France, que siempre fue un sitio de encuentros tanto para los residentes de Marrakech como para los turistas y viajeros, con un ambiente animado y unas vistas insuperables a la Jemma el-Fna, incluso a las montañas nevadas del Atlas, se le apareció tan desangelado, tan desabrido. Y es que el clima no acompaña, sigue haciendo frío, y la gripe ya ha dado la cara, ya ha mostrado su rostro gris, como el cielo que cubre la ciudad roja. 

valle de Ourika

Sea como fuere, desde la terraza del café de France en días despejados, que suele ser lo habitual, se avistan en invierno las montañas nevadas del Atlas, que separan el norte de África en dos mundos: el Mediterráneo y el Sáhara.

El propio Atlas se divide en Atlas medio, gran Atlas y anti Atlas. Sólo el término Atlas al viajero le resulta evocador, y le hace viajar a los confines del mundo. Siendo un rapacín el viajero ya gustaba de echarle un ojo al Atlas de la geografía mundial (a su padre también le gustaba mucho), lo que a buen seguro creó en él el deseo de viajar, conocer, salir fuera del entorno, abrir la ventana a otros mundos.

Al viajero le parece que Marruecos es además como un sueño de infancia, un lugar en el que quizá viviera en otra dimensión, acaso a través de los cuentos de aventuras. Por eso, siempre que puede, el viajero regresa a esta tierra, que siente como propia, con su paisaje del Atlas nevado como una estampa de memoria emocional. Como un cuadro en el que se siente reflejado.

El viajero estaba convencido, antes de emprender viaje a Al-Maghrib, que a buen seguro se encontraría con calorcito. Pero de momento eso no ha ocurrido. Entonces, cree que lo mejor será tomárselo con espíritu estoico, pasito a pasito, suave suavecito, al menos hasta que remita este mal tiempo y esta maladie griposa, porque su deseo es disfrutar de este viaje, que de momento está siendo la mar de tranquilo. 


El viajero se acerca al restaurante Toubkal (cabe recordar que el Toubkal es asimismo el pico más alto de Marruecos y de toda África del norte), que en tiempos era también como su casa, pero ahora está atestado de visitantes de España, Francia, Italia... Marrakech se ha puesto de moda entre el personal de Europa.

Cuando cae la noche el viajero vuelve a la plaza Jemaa el-Fna, que es un micro-universo en sí mismo, y se encuentra con un instante, acaso eterno: suena Bella ciao, una canción que fue adoptada como un himno por los partisanos italianos, entre los que se hallaban socialistas, comunistas, liberales y anarquistas, para la resistencia contra el fascismo y nazismo imperante en los años 40 del pasado siglo. Miedo dan los fachistas, los de ahorita mismo, de nomás por nomás, piensa el viajero, que siente esta bella canción como un himno antifascista, que ha sido cantado entre otros grandes por el músico serbobosnio Goran Bregovic https://cuenya.blogspot.com/2010/03/goran-bregovic.html (reconocido internacionalmente por ser el creador de bandas sonoras para películas del cineasta y músico Emir Kusturica), por cuya música el viajero siente auténtica fascinación (también es devoto del cine de Kusturica, el autor de Tiempo de gitanos, entre otras películas https://cuenya.blogspot.com/2025/01/emir-kusturica-y-el-tiempo-de-los.html). 


La Medina

La Medina o ciudad vieja de Marrakech, que es Patrimonio de la Humanidad, sigue sorprendiendo al trotamundos por más veces que la visite porque es como viajar a otra época -en realidad a la Edad Media-, aunque el viaje se mantenga en el presente, en el aquí y ahora, que lo convierte en algo que es pura magia. 


Una medina cercada por unos veinte kilómetros de murallas almorávides de color ocre o sangre, del siglo XII, con sus callejones laberínticos, en los que el viajero acaba por extraviarse de un modo irremediable, aunque su sentido de la orientación sea aceptable, incluso bueno, con sus zocos bulliciosos (cada zoco o souk es un mundo en sí mismo, inolvidable el libro Las voces de Marrakech de Canetti), con sus construcciones históricas como sus mezquitas y escuelas coránicas, como por ejemplo la emblemática medersa de Ben Youssef, que tanto le gustaba al escritor cervantino Juan Goytisolo para ir a leer y que ahora se ha convertido en un hervidero de visitantes. Darse una vuelta por la medina es una experiencia sensorial completa, extraordinaria, porque los sentidos se agudizan. Y el viajero experimenta todo un mundo de sinestesias, sonidos con sabor a especias y colores con gusto a dátiles y aceite de argán.

Las voces de Marrakech resuenan una y otra vez en la cabeza del viajero a medida que se adentra en las entrañas de la medina, que es un mundo fabuloso, a medida que transita por sus callejuelas atestadas de gente, de carros y motocarros, mientras se deja ir, incluso contracorriente, en ese mundo colorido, oloroso, que lo envuelve con el color ocre de sus construcciones, de su muralla, bajo un cielo que ahora sí se muestra azul, un azul que le resulta sabroso como un tajine de poulet au citrón. 

Mellah de Marrakech

Las voces de Marrakech se le antojan del color verde de las palmeras y de los naranjos, y le hacen fantasear con el blanco de la nieve del Atlas. Las voces de Marrakech de Canetti lo llevan directamente hasta la plaza de Ferblantiers (los hojalateros), que otrora fuera el corazón de la Mellah, la judería, aunque ahora ya casi no queden judíos en esta zona. Además de hojalateros, había artesanos de otros oficios como joyeros, orfebres y tejedores. En este tiempo invernal tampoco se ven las cigüeñas, tan propias, tan simbólicas de este barrio, asomando sus picos en lo alto de la muralla, esa muralla exterior que conecta con el palacio Badi, que habla de la historia y la grandeza de Marrakech. 


La visita del viajero continúa como una ensoñación por esta ciudad, por esta Medina, que siempre le resulta estimulante e instructiva, a la vez que le permite viajar al interior de sí mismo, que siempre será exterior para quien desee observarlo. Una visita al hammam o baño árabe o baño turco es un ritual milenario cuya tradición se remonta a las termas romanas, el cual sirve no sólo para limpiar el cuerpo sino el alma. Ya se sabe que mente y cuerpo es un todo indisociable, pues lo físico afecta a lo psíquico y viceversa. Mens sana in corpore sano.

En la cultura marroquí es habitual y pueden encontrarse baños árabes por doquier, como este de la medina de Marrakech, donde el viajero puede darse un baño de vapor, exfoliación incluida con guante exfoliante y jabón negro, lo que le procura relajación. Una ceremonia de purificación, en definitiva. De los baños islámicos más antiguos conservados en la península ibérica el viajero recuerda los baños califales de Córdoba https://cuenya.blogspot.com/2024/07/cordoba.html, los de la Alhambra, además de algún baño en el barrio del Albaicín de Granada, incluso los baños árabes de Jaén https://cuenya.blogspot.com/2024/05/jaen-la-matria-del-aceite-de-oliva-y.html

La Mamounia

Por el momento, el viajero está concentrado en este entorno, pero cree que ya va siendo hora de acercarse al hotel La Mamounia, que está considerado como uno de los mejores hoteles del mundo, ahí es nada. La Mamounia es un cuento exótico de las mil y una noches, un espacio sensorial, con sus jardines y sus fontanas, con su belleza verde y acuosa, como una Alhambra salpicada de lujos (la Alhambra es un lujo también para los españoles), que a lo largo de su ya dilatada historia ha acogido a grandes personalidades de las artes y otras como el músico Ravel, el político, escritor y ex primer ministro del Reino Unido Winston Churchill, que dio su impronta al hotel, o bien el expresidente de la República francesa Charles de Gaulle. Asimismo, se han alojado cantantes como Édith Piaf, Jacques Brel, Charles Aznavour, Elton John o Paul McCartney, que compuso en él la canción Mamunia. El viajero, que tiene la fortuna de adentrarse no sólo en sus jardines, sino en su lujoso interior, recuerda que en La Mamounia también se hospedaron gentes del cine como Chaplin, Marlene Dietrich, Charlton Heston, Orson Welles, Nicole Kidman, Juliette Binoche, Kate Winslet o Tilda Swinton (a quien hemos podido ver en La habitación del al lado, de Almodóvar), entre otros y otras. 

La Mamounia ha sido utilizada a menudo como escenario de rodaje de películas. Hitchcock rodó algunas escenas de El hombre que sabía demasiado en el propio hotel, así como en otras partes de la ciudad de Marrakech, incluida la plaza de Jemaa el-Fna. Y este hotel es también un lugar importante del Festival Internacional de Cine de Marrakech.

Además de visitar la ciudad roja, el viajero siente deseos de acercarse al valle del Ourika porque, aunque lo haya visitado en diversas ocasiones, es como un sitio al que desea volver una y otra vez. 


El valle del Ourika

https://cuenya.blogspot.com/2019/01/el-valle-de-ourika-como-matria-o-utero.html

A pocos kilómetros al sur de Marrakech (unos sesenta) se halla el valle del Ourika. Existen lugares en el mundo que enhechizan para siempre, y este es uno, el valle del Ourika o Urika, situado en el Alto Atlas marroquí. Desde que el viajero lo visitara hace un montón de años, se quedó seducido por este paisaje, que es memoria emocional, pues lo traslada a su época de infancia, cuando era creyente y fantasioso, y le entusiasmaba montar un belén navideño.

El valle del Ourika, que procura sanas vibraciones a quien lo visita, sigue pareciéndole un genuino belén navideño. Siempre que puede, el viajero vuelve, como en peregrinación, a este valle sagrado, surcado por el río Ourika y con cascadas, donde las nueces son una delicia, como en la matria chica del viajero, y el pan una bendición.


No en vano, en este bello valle, en esta ocasión nevado, se halla la aldea de Setti Fatma, que toma el nombre de una mujer santa, habitada por bereberes, una aldea como de otro tiempo, aunque cada vez son más los visitantes que se acercan a la misma, algunos en busca de cierta espiritualidad, al menos de una templanza, esa ataraxia estoica que tanto bien hace al cuerpo/mente (el viajero hasta tiene la impresión de haber espantado ya la dichosa gripe), en este jardín de las delicias, en este paisaje inolvidable, al que siempre espera volver, porque es también su memoria.

En busca de un mundo de cuento

En la conocida como Ruta de las mil Kasbahs, a unos doscientos kilómetros de Marrakech, se halla uno de los lugares más insólitos de Marruecos. Un espacio de cuento cuya belleza resulta cautivadora, un escenario cinematográfico que al viajero le hace soñar despierto, donde se han filmado secuencias de películas como Lawrence de Arabia, La joya del Nilo, Kundun o Gladiator, entre otras muchas. Recientemente, el viajero ha vuelto a ver Gladiator y reconoce a la perfección el entorno de Aït Ben Haddou (Patrimonio de la Humanidad), un ksar o población fortificada y conformada por kasbahs hechas de adobe. Como si esta edificación emergiera del propio paisaje. Toda esta zona se le hace sobrecogedora al viajero, que se queda sin aliento al contemplarla una y otra vez. 

https://cuenya.blogspot.com/2016/04/mil-madrenas-rojas.html



Después de la visita a Aït Ben Haddou (una parada importante otrora en la ruta de los comerciantes que transportaban oro, plata y especias entre Marrakech y el Sáhara), el viaje continuó rumbo a Merzouga, con parada en Boulmane Dadès, que se halla en las gargantas del río Dadès en la Ruta de las mil kasbahs.

De noche, en invierno, Boulmane Dadès es un congelador, que al viajero le sentó como un tiro porque aún andaba arrastrando la gripe, pero que se armó de valor, porque cuando se viaja hay que aceptar todos los contratiempos, en realidad, la vida es en sí misma un viaje. 


El viajero está convencido de que dos de los paisajes más impresionantes que pueden visitarse en el país alauita son las gargantas del Dadès y también las gargantas del Todra, con una fisonomía que recuerda al Cañón del Colorado. Ambas gargantas, dispuestas en paralelo, la Garganta del Dadès en el lado occidental y la Garganta del Todra en el lado oriental, se encuentran en el Alto Atlas y a las puertas del desierto. En esta ocasión, el viajero comparte viaje con algunas personas como la madrileña Nuria, que va en compañía de sus dos hijas, o bien la peruana Nora, que lo hace con su marido holandés y su hija Cantuta (que es asimismo una planta nativa de los Andes), curioso nombre para una jovencita despierta, políglota, que desde hace diez años vive con sus papás en la ciudad de Ámsterdam. 


A pocos kilómetros de la ciudad de Tinghir, en el este marroquí, las gargantas del Todra abrazaron al viajero con sus paredes antiguas, que se elevaron gigantes, ofreciéndole un espectáculo visual de piedra rojiza en un día lleno de eternidad. El sol lo acarició con su voz de luz y el desfiladero se abrió ante él como un libro sagrado, donde el tiempo se hizo roca caliza y las estrellas se volvieron fuego purificador. El río Todra siguió cruzando el cielo rojo, rugiendo como un león en el Atlas, cantando una melodía bereber, devolviendo su mirada de luz a través de los tiempos, anunciando que el camino, aunque se estrechara por momentos, continuaría hacia un palmeral bíblico, donde la vida tendría un sabor más dulce que la miel y que la sangre. Con un recorrido que es pura aventura, la aventura de enfrentarse a sí mismo, con su introspección a cuestas. 


En ese momento, el viajero comprendió que aún le quedaba la visita del desierto, el desierto como un sueño, porque todo ser humano ha soñado alguna vez en la vida con un paisaje así, con un amanecer o atardecer sobre las dunas. El viajero, si tal cosa puede decirse en estos tiempos globalizados donde todo el mundo acaba siendo turista, siente que es un entusiasta del desierto y los oasis repletos de palmeras y dátiles, de los cielos estrellados y acariciadores del Sáhara, esos cielos deslumbrantes y protectores de estrellas que guían a los seres humanos bajo la Vía Láctea, como el título de la hermosa canción del poeta y cantautor Ángel Petisme, esos cielos y esas dunas en los que el viajero, o lo que sea, puede descifrar códigos ancestrales, arcanos que conforman al ser humano como alguien nómada, al que le fascina explorar, descubrir, entender de dónde parte y hacia dónde va. https://cuenya.blogspot.com/2023/01/al-magrib-el-poniente-de-la-fascinacion.html

Al suroeste de Marruecos, en la frontera con Argelia, a más de 500 kilómetros de Marrakech, se halla la belleza paisajística de un mar de arena poblado por dromedarios y nómadas. Aquí se encuentra Merzouga -que el viajero ha podido visitar en diversas ocasiones, incluso un lago que existía en tiempos- con las dunas de Erg Chebbi, conocidas por ser unas de las más altas del planeta con más de 150 metros de altura. 


En este entorno del Sáhara el viajero recuerda que se filmaron secuencias de El cielo protector, de Bertolucci, basada en la novela homónima de Paul Bowles, una obra que se le antoja extraordinaria, tanto en su versión literaria como cinematográfica. Asimismo, el viajero, trepado en un dromedario, también rememoró que en el corazón del desierto, donde el tiempo caminaba con pasmosa lentitud entre las dunas, vivía un rebaño de cabras, que parecía contemplar el horizonte como si hubiera encontrado la felicidad.

Entre aquel rebaño destacaba una cabra que dijo llamarse Hayat, la cual, con su mirada profunda y su extraordinario sentido de la orientación, era capaz de guiar al rebaño hasta los pocos oasis que existían en aquel mar de arena, donde podía saciar su sed y sentir que la vida merecía la alegría de ser vivida. Un atardecer, como cualquier otro, Hayat dejó de guiar al rebaño, entonces el tiempo se detuvo para siempre y el rebaño dejó de contemplar el horizonte. 


El viajero siguió recordando que algunas cabras, a pesar de todo y siguiendo su propio instinto, aún creían en la posibilidad de ser felices. Pero Hayat había dejado de creer hacía tanto, que tal vez por eso el tiempo se había roto en el corazón del desierto. En estos pensamientos andaba el viajero cuando de repente sintió la llamada de la jaima al tiempo que se dejó acariciar por las estrellas bajo un firmamento sólido. Aquella noche el viajero supo que la vida es tan efímera, un suspiro, nomás. Por eso cada instante es único e irrepetible. Ahora quedaba el camino de regreso a través del valle de las rosas o Kelaa M'gouna, embriagado de vino, de poesía o de virtud, como el poeta Baudelaire. 


Resulta sorprendente el contraste entre el Atlas nevado y la aridez del desierto. Ambos con mucho encanto. Cada cual con su belleza. Las grandes montañas, con sus cumbres heladas, y el Sáhara como un mar de arenas, de dunas, le hacen sentir en dos mundos que en el fondo se tocan. Cara y cruz de una misma realidad.

https://cuenya.blogspot.com/2011/10/essaouira-en-tu-mochila.html

Ahora quedaba el camino hacia la ciudad de Marrakech, donde el viajero podría haber puesto punto final al viaje, pero un viaje a Marruecos tiene que pasar inevitablemente por la costa atlántica, por la antigua Mogador portuguesa, que en la época actual luce un aspecto más turístico que nunca, también con las cabras trepándose a los árboles de argán, un espectáculo surrealista, que se ha convertido en turístico. Tal vez estas cabras trepadoras o voladoras sean las mismas, piensa el viajero, que las cabras del desierto que contemplaban el horizonte. 


El viajero (quizá un turista más) tiene la impresión de que Esauira, como Marrakech, se han puesto de moda entre el personal de Europa y aun de otros lugares del mundo. En todo caso, Esauira es un lugar que procura sanas vibraciones en el viajero/turista, con su ambiente tranquilo y la pureza de sus colores, el azul y el blanco, que le resultan en verdad sabrosos. 


Esauira ha sido y sigue siendo una tierra inspiradora, donde han encontrado sus musas desde cineastas como Orson Welles, que rodó su versión del Otelo (1952) de Shakespeare (Welles, que se hospedó durante el rodaje de esta película en el hotel des îles, cuenta asimismo con una plaza y un busto en su honor), hasta músicos como el controvertido Cat Stevens (Yusuf Islam, tras su conversión al islam) o Jimi Hendrix (el cual, según la leyenda, también estuvo en Diabat, un cercano pueblo de Esauira, que el viajero visitó hace algún tiempo), entre otros muchos. 


Esauira o Essaouira se caracteriza sobre todo por sus festivales de música, entre ellos el festival gnawa (que mezcla lo tradicional, lo espiritual y los ritmos hipnóticos), evento que convoca a músicos de jazz, blues, reggae, flamenco... de todo el mundo, convirtiendo a esta pequeña ciudad portuaria (con sus navíos en reparación y sus barcas azules, sus pescadores, una rula donde se pueden comprar pescados, que te asan a la brasa en alguno de los muchos puestos existentes, sus gaviotas y el olor a mar bravío), rodeada por antiguas murallas portuguesas (con las singulares fortificaciones de skala de la kasbah y skala del puerto), con sus torres de vigilancia y sus cañones apuntando al Atlántico, también con su medina (Patrimonio de la Humanidad), su judería (mellah), su zoco de tiendas que se extiende hasta Bab Doukkala, donde Ridley Scott filmó algunas escenas de Gladiator (2000), incluso logró que esta zona parecería Jerusalén en El reino de los cielos (2005), y su ambiente bohemio, como epicentro de cultura mestiza y alternativa. 


Esauira es un un espacio para disfrutar de un clima invernal templado y sentir sus puestas de sol y la belleza del arte, con sus galerías, talleres y tiendas de diseño. Es asimismo la matria de los gatos, los amantes de las olas marinas (del kitesurf y el windsurf) y del argán, que es un producto originario de esta zona y de Agadir, que se emplea como cosmético (aceite o jabón) para la piel y el cabello, y forma parte fundamental de la cultura bereber en su gastronomía. 

El ceremonial del argán


Con un chute de este preciado elixir llamado argán, cuyo sabor recuerda al buen turrón, absolutamente delicioso, el viajero se siente como en otro universo, en realidad, está en un universo familiar y a la vez exótico, el lugar donde se pone el sol, el Poniente, territorio mítico del que también habló el excelente cuentista berciano Antonio Pereira, aunque en su caso se refería al noroeste peninsular. Y es que el viajero también pertenece al país de poniente.

"El viajero que mira el Atlántico marroquí en Essauira, la urbe árabe donde las gaviotas siguen siendo portuguesas", escribió el escritor César Gavela acerca del viajero, al que agradece sus palabras de cariño 

https://www.diariodeleon.es/opinion/tribunas/120226/882349/manuel-cuenya.html

Hasta el próximo viaje.

 


martes, 30 de diciembre de 2025

Eyes wide shut, de Kubrick

Me fascina el cine del genio Kubrick: películas como La naranja mecánica (1972), Barry Lyndon (1975), una gran belleza artística, El resplandor (1980) o La chaqueta metálica (1987), entre otras, son pura magia, pues este icónico director neoyorkino, nacionalizado británico, procuraba filmar sin prisas, con toda la tecnología a su alcance (como le sucedió con 2001: una odisea en el espacio, que fue extraordinariamente innovadora), además de su talento artístico, hasta alcanzar de un modo obsesivo el resultado deseado. 


He de confesar que su última película, su testamento, me voló la cabeza cuando la vi en su día. Necesitó Kubrick más de un año de rodaje para dejarnos una obra enigmática, fascinante, que nos habla de un modo magistral de la dualidad del ser humano, de su lado luminoso y oscuro, de la tensión entre el deseo y la fidelidad, de la realidad y la fantasía, de los secretos, el poder, la búsqueda de la verdad... de la psique humana, en definitiva... pero también de las sectas y la trata sexual que practican determinadas élites. 

La infidelidad es un tema recurrente, porque el protagonista Bill se siente atraído por tener una aventura sexual, mientras que su mujer, Alice, también se enfrenta a sus propios deseos ocultos. 

Esta película sigue produciéndome conmoción cada vez que la veo, como me ha sucedido en este reciente visionado en versión original. 

Ya desde el propio título, que es el embrión de la trama, nos adentramos en los bajos fondos del subconsciente, en el mundo onírico (Eyes wide shut-Ojos bien cerrados, 1999) y en el universo del sexo (desde las primera escena vemos a la diva Kidman desnudarse con el fondo musical del vals número 2 de Shostakóvich, uno de los músicos más reputados del siglo XX), cuyo papel es complejo, con una profundidad psicológica y un registro interpretativo superior a Cruise (Bill), el cual también resulta interesante como personaje, aunque su caracterización sea más plana y previsible que la de Kidman, cuyas fantasías/sueños nos cautivan mucho más que lo que vive de forma real su marido Cruise en una noche insólita. En este caso la ficción supera la realidad. 


Kubrick toma como punto de partida Relato soñado (1925), del escritor y médico austriaco Arthur Schnitzler (contemporáneo de Freud), ambientado en Viena, sobre una pareja envuelta en ensoñaciones, fantasías y celos, y lo traslada a la noche de Navidad (un toque de ironía) de Nueva York (reconstruido en estudio en Londres como un personaje más, una sociedad superficial donde los personajes están solos y aisladosde finales de los noventa, cuya fotografía refleja la luz de esos días del año y sus matices, un ambiente rojo, dorado, en el que la euforia festiva da lugar a imprevistas tormentas emocionales, sexuales, protagonizado este thriller psicológico por un matrimonio en crisis de clase alta que encarnan Nicole Kidman (Alice, Alicia a través del espejo, de Carroll, donde descubre un mundo nuevo al otro lado del espejo) Tom Cruise (Bill, significa billete), que en ese momento estaban casados en la vida real. Da la impresión de que Cruise y Kidman se auto-interpretaran. Después de finalizado el montaje de la película, acabarían separándose como pareja en la vida real. 

Kubrick quiso que los dos papeles principales fueran Cruise y Kidman por ser una pareja de moda en ese momento, pero también porque le apetecía hacer un experimento pico/sociológico. Un momento mágico de la película es cuando Nicole Kidman, enmarihuanada (Kubrick le hizo fumar marihuana), le confiesa a su esposo que una vez deseó con locura a un desconocido, a un oficial de la marina. Y se lo dice con una frialdad pasmosa, mientras él la escucha flipado aunque manteniendo el tipo. En ese instante, todo su mundo ideal, de matrimonio en apariencia perfecto, se derrumba, mientras él trata de encontrar sentido a su existencia adentrándose en una secta secreta dedicada al placer sin límites, de la que le habla un amigo pianista, que en tiempos fue estudiante de medicina, el cual le proporciona asimismo la contraseña, Fidelio (en homenaje a la ópera de Beethoven) para que pueda acceder a esta sociedad secreta con connotaciones masónicas, donde los participantes usan máscaras y túnicas para su ritual sexual, de poder. 


A través de este viaje al final de la noche neoyorkina, Bill también conocerá a una prostituta llamada Domino, y posteriormente a su compañera de piso, Sally, quien lo alerta de que Domino tiene Sida. Un choque emocional para Bill. Curiosamente, las mujeres que se va encontrando el exitoso doctor en su recorrido, en su odisea nocturna, se parecen a su mujer Alice, desde Marion (hija de un paciente del doctor Bill, que se declara enamorada de él) hasta Domino, pasando por Sally o bien la jovencita y maliciosa hija del proxeneta tendero de disfraces, incluso la misteriosa mujer enmascarada de la orgía que se sacrifica por él, que en realidad es la prostituta Mandy (a quien salva en un inicio el doctor Bill de una sobredosis).   

Esta película aborda el tema de la sexualidad, los deseos ocultos y la infidelidad de un matrimonio en una sociedad hedonista y nada ética, donde el dinero parece comprarlo todo (a Bill siempre lo vemos con el dinero en mano). El sexo como poder o chantaje, como vemos en la fiesta orgiástica privada en una mansión a las afueras de Nueva York a la que asiste Cruise (el doctor Bill Harford), donde quien manda, quien impone sus reglas, es una élite de enmascarados, entre los cuales se halla Ziegler (interpretado de forma extraordinaria por el actor y director Sidney Pollack), que es un paciente multimillonario del doctor Harford. 


Una fiesta con máscaras venecianas, que permiten el ocultamiento de la verdadera identidad y la liberación de los instintos más primarios de los personajes. La puesta en escena de un juego de dominación donde el deseo se convierte en una moneda de cambio, y el poder es lo único importante. Una fiesta orgiástica filmada con imágenes eróticas, surrealistas y evocadoras, que remiten a las pinturas negras de Goya, con una inquietante banda sonora cuya compositora es la británica Jocelyn Pook, que debutó con la música de esta película, con gran éxito, y ha realizado asimismo composición de música para películas como Gangs of New York, de Scorsese y Habitación en Roma, de Medem. La banda sonora original recoge varias canciones y temas musicales como el ya mencionado vals de Shostakóvich o Musica Ricercata (estremecedora), de Ligeti, uno de grandes compositores del siglo XX. 

Una reunión que podría remitirnos a alguna secta místico-religiosa como la Cienciología, entre cuyos adeptos está (o estaba en la vida real), el propio Cruise, además de otros actores como John Travolta o Russell Crowe. Por tanto, esta película, que tiene una gran carga simbólica o iconográfica, se pude interpretar en términos políticos, sociales, esotéricos o de relaciones de poder.  Uno de los símbolos más destacados es el uso de las máscaras, que representan el ocultamiento de la verdadera identidad y las intenciones de los personajes. Máscaras tras las cuales los personajes pueden actuar sin restricciones morales, lo que provoca situaciones tensas, misteriosas. 

Respecto a la carga simbólica o iconográfica, cabe señalar que nada es azaroso en la puesta en escena, destacando la importancia de los colores, que se asocian a las emociones. El modo en que se emplean los colores y el manejo de la luz crean una atmósfera onírica, que nos sumerge en la psique de los personajes. Se emplea el color como elemento narrativo. Y, a través de su uso, se pueden guiar las emociones del espectador. Las transiciones de color en las escenas reflejan el conflicto interno de los personajes, creando una experiencia visual que complementa la narrativa de la películaEl color rojo como símbolo de deseo y sexualidad, que vemos con frecuencia en la habitación donde Bill y Alice tienen sus momentos más íntimos. La saturación del rojo sugiere no solo atracción, sino también un peligro latentePor su parte, las secuencias vinculadas a las traiciones se decoran con el inquietante brillo del amarillo. Los lugares donde Bill juega con la infidelidad se visten de amarillo, como el apartamento de la prostituta Mandy, o los pasillos de la casa de Marion. Por su parte, el azul, que evoca sensación de tranquilidad, aunque también de frialdad y distanciamiento, resulta impactante en la gama cromática de la película. En varias escenas, los personajes están rodeados de luz azul, lo que refleja su aislamiento emocional y la desconexión entre ellos... la confesión de la fantasía sexual de Alice con el oficial de la marina sobre un fondo azul enmarcado por el cortinaje rojo de deseo; la confesión final de Bill al ver la máscara sobre la almohada, el azul cuando Alice despierta del sueño de la orgía, o cuando Bill imagina la fantasía sexual de su mujer teñida de un azul desvaído. El empleo del color verde como representación de lo enigmático, de lo misterioso, como ocurre con las escenas de la fiesta secreta. Asimismo, al inicio de la película, dos modelos invitan a Bill a seguirlas hasta donde termina el arco iris, un arco iris que está representado por las luces de Navidad, la propia tienda de disfraces se llama Rainbow, de modo que esto acentúa aún más si cabe la atmósfera onírica.  


En la escena final, los protagonistas, a lo largo de este viaje al final de la noche, parecen haber aprendido algo: Alice le propone a Bill una solución a sus desvelos: la palabra mágica es follar, lo que nos deja con buen sabor de boca después de lo visto/vivido a través de estos personajes en su descenso a un submundo harto peligroso, porque también da la impresión de que Alice, habida cuenta de lo que le dice a Bill, hubiera estado en la fiesta orgiástica, aunque el suyo fuera nomás un sueño. Un sueño de Navidad.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Diario de una nómada berciana, Paula Belenda

 Cuando emprendas tu viaje a Ítaca/ pide que el camino sea largo,/ lleno de aventuras, lleno de experiencias… (Kavafis). 

Con Paula Belenda en la Casa de la Cultura de Ponferrada

El pasado 3 de diciembre la berciana Paula Belenda, que es una joven aventurera, presentaba su libro Expedición en solitario al corazón del mundo en la Casa de la Cultura de Ponferrada. Y este menda tuvo el enorme placer de acompañarla en la mesa de presentación, porque conocer a una persona como Paula resulta realmente instructivo, estimulante, porque sus viajes nos enseñan que hay que tener una fuerza mental extraordinaria, amén de estar en buena forma física, para viajar en solitario (el buen viajero, la buena viajera viaja sola, aunque luego uno se vaya encontrando con gente con la que pude simpatizar), como ella, que es una intrépida, por el mundo adelante, para recorrer en moto tantos países durante tantos meses, un auténtico viaje, como hace asimismo Miquel Silvestre, al que hemos visto, a través de su programa televisivo documental Diario de un nómada, recorrer diversos países del mundo, entre ellos los de Asia central, como ha hecho Paula Belenda, adentrándose en las estepas, siguiendo la carretera del Pamir (a casi cinco mil metros de altura), que debe ser algo increíble, sólo apta para viajaros y viajeras que no generan miedos, ni angustia, que mantienen la serenidad, que son capaces de aceptar la incertidumbre, el azar, como una forma de vida, ya sabemos que el azar es más importante en nuestras vidas de lo que creíamos. 


La presentación de este bonito libro (gracias por la dedicatoria), que incluye mapas e ilustraciones en acuarela (por ahí andan también los derviches giróvagos, que tanto me flipan) realizados por la propia autora, fue el pretexto perfecto para que Paula nos contará algunas claves acerca de cómo viaja ella, quien reconoce que se deja llevar por sus gustos, por su sexto sentido (con una bien desarrollada percepción de la realidad, lo que se da en llamar intuición), de cara a sortear posibles obstáculos y adversidades que pueden presentarse y se presentan a lo largo del camino. Asimismo, reconoce que la logística (visados, papeleo en general...) también es importante,  si las zonas que vas a visitar son seguras o son zonas en conflicto, incluso países como Turkmenistán, que ella llegó a visitar pero a través de una agencia de viajes, porque es un "país raro", considerado como uno de los más represivos y dictatoriales del mundo, con muchas restricciones y prohibiciones. En todo caso, recuerda Paula que uno nunca está totalmente preparado para viajar, y aun así, hay que viajar porque es una genuina escuela de aprendizaje, un modo real, creo, de confrontarse consigo mismo, de leer los libros de los paisajes y paisanajes en vivo y en directo, con sus olores y sabores, con su textura y su sonoridad, también con su estética visual. 

“Cuando finalizas un viaje, ya no eres la misma persona”, asegura ella, que en sus recorridos por el mundo ha ejercido como conductora de caminos que no siempre salían en el mapa, enfermera improvisada, guía turística, pintora de postales, GPS humano, intérprete de gestos, planificadora de rutas, canceladora de planes, fotógrafa, solucionadora de imprevistos, montadora de tienda de campañas y catadora de helados, acaso porque todo viaje es un viaje al interior de uno mismo, un viaje de autodescubrimiento.

En su libro Expedición en solitario al corazón del mundo nos cuenta sus viajes por la arteria mediterránea de Italia (su primer país de su aventura en moto), Grecia (su país favorito del mundo, al decir esto, me viene a la mente El coloso de Marusi, de Henry Miller, que habla de Grecia como un paisaje de lo más maravilloso que puede ofrecer nuestra Tierra) y Turquía; por la arteria caucásica de Armenia y Rusia; y por lo que ella llama el corazón del mundo, que conforman Kazajistán (una gran estepa en medio de la nada, el noveno país más grande el mundo), Kirguistán (un país de nómadas), Tayikistán (una tierra de nadie), Uzbekistán (conocido por la ruta de la seda y ciudades como Samarcanda, donde nos sentiremos como en un cuento oriental, o Bujará, un lugar que abraza con su espiritualidad), Turkmenistán, y por la arteria persa: Irán, que es en su opinión el país más bonito del mundo. ¿Y por qué te parece el más bonito, Paula? Por su arte (poesía, música, cerámica...) y porque es un pueblo fuerte, noble, artístico. En realidad, querida Paula, creo que (casi) todos los pueblos del mundo son fuertes (no sé si (casi) todos nobles y artísticos), el problema reside a menudo en sus mandatarios, en quienes pretenden mater en vereda a toda costa a su ciudadanía. Ya sé, ya, que también entre el pueblo, los pueblos, hay cabrones y cabronas, lo sé, pero por lo general los pueblos son lo que son, de lo contrario el mundo sería invivible. Y ni siquiera podría salirse a la calle. En cambio, la gente suele ser hospitalaria con los viajeros, aquí y allá, con sus semejantes, porque nada de lo humano, ni lo animal, nos es ajeno, y nuestras emociones básicas o primarias (alegría, tristeza, miedo, ira; asco, sorpresa) son igual en todos los sitios de la Tierra. Como a ti te gusta el pueblo iraní (que no conozco, bueno, a algún iraní sí recuerdo), a mí me gusta el pueblo bereber o tamazight, su arte y su cultura, su música.

Te deseo, querida Paula, lo mejor en tu nueva aventura, que ya has emprendido por América del Sur. Buen camino. 

https://www.elbierzodigital.com/diez-meses-once-paises-y-una-moto-la-aventura-de-paula-belenda-llega-a-ponferrada/