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domingo, 26 de febrero de 2017

La Gran Belleza

 Hoy, que es la ceremonia de los Oscar, me atrevo a reseñar esta película, que también fuera ganadora de un Oscar a la mejor cinta extranjera en 2013.


La nostalgia como la única distracción posible para quien no cree en el futuro, dice el prota de La grande Bellezza o La gran Belleza, una película que me ha dejado hipnotizado, pegado literalmente al televisor.  
Creo que este tipo de pelis es para verlas en el cine. Y no lo digo con afán purista. Hace mil años, lo confieso, que no piso una sala de cine, ni acá ni acullá. Aunque el cine siempre haya sido, siga siendo una fascinación. Me hubiera gustado verla en versión original pero en este país de paisitos somos dados al doblaje, que también genera trabajo, cierto es (bienvenido sea, en ese sentido, que no todo va a ser malo). 
Hace tiempo que me había hablado de esta cinta mi amigo Javi. Y por fin he tenido el gusto de verla. 



La gran belleza, del napolitano Sorrentino (de Sorrento, podría ser) es una película que me ha cautivado por la estética de sus imágenes (esa forma de filmar me hace recordar al mejor Greenaway, véase asismismo El vientre de un arquitecto, sobre la Roma carnal, si bien en este caso la cámara llega a hacer piruetas, en ocasiones circenses), por sus imágenes surreales (lo que nos remite también al cine de Kusturica, el Fellini de los Balcanes, y por supuesto al gran Fellini), por su banda sonora, por lo que allí se cuenta y cómo se cuenta: geniales se me antojan algunos diálogos, y aun ese casi monólogo (diálogo del prota con Stefanía) en la que éste acaba poniendo en evidencia y por ende desmotando todo el autoengaño, la falsa conciencia, el falserío de la susodicha. No tiene desperdicio. Dice así: 

Stefania: No, no. Ahora me dices cuáles son mis mentiras y mis fragilidades. Soy una mujer con pelotas. Vamos, habla, Gambardella: Ante una mujer con pelotas cedería cualquier caballero. Stefa, tú lo has querido. En orden aleatorio… Tu vocación civil en la universidad no la recuerda nadie. Sin embargo muchos recuerdan otra vocación. Una vocación que se consumía en los baños de la universidad. Escribiste la historia del partido porque eras amante del líder. Tus 11 novelas publicadas por una pequeña editorial suscrita al partido, analizadas en pequeños periódicos cercanos al partido…, son novelas irrelevantes, lo dice todo el mundo. Eso no quita que mi novelita juvenil fuera irrelevante, tienes razón. Tu historia con Eusebio… ¿Cuál? Eusebio está enamorado de Giordana. Lo sabe todo el mundo. Hace años que comen en Arnalda, en el Panteón, bajo el perchero como dos enamorados bajo un roble. Todos lo saben pero fingen como si no. La educación de tus hijos que llevas minuto a minuto… Trabajas toda la semana en la TV, sales todas las noches, incluso los lunes, cuando no salen ni los camellos de popper. No estás con tus hijos ni en las largas vacaciones que te concedes. Además precisando, tienen mayordomo, un camarero, un cocinero, un chófer que lleva a los niños al colegio y tres niñeras. ¿Cómo y cuándo se manifiesta tu sacrificio?... Estas son tus mentiras y tu fragilidad. Stefa, madre y mujer. Tienes 53 años y una vida devastada. Como todos nosotros. Así que en lugar de darnos clases de ética y mirarnos con antipatía, deberías mirarnos con afecto. Estamos todos bajo el umbral de la desesperación. No tenemos más remedio que mirarnos a la cara, hacernos compañía, tomarnos el pelo. ¿O no? 

Demoledor este Monólogo del prota Gambardella (interpretado magistralmente por el actor Toni Servillo), que tanto se parece (no en el físico, aunque también) al Marcello Mastroianni de La dolce vita, y aun de Ocho y medio, o la propia Roma del mago Fellini. En realidad, La gran belleza, sin restarle un ápice de belleza (valga la redundancia), es como una revisitación actual del gran cine italiano, sobre todo de Fellini, un viaje (como todas o casi todas las pelis del autor de Amarcord) al final de la noche (el escritor Céline también está presente en este filme de Sorrentino). 

Un viaje fascinante, surrealista, delirante incluso, del frustrado y cínico Gambardella (escritor de una única novela, El aparato humano, porque buscaba la belleza, según él, y no la ha encontrado... por eso no ha vuelto a escribir) a los saraos romanos de la actualidad, donde todo es bano y vacuo, poblado por una galería de personajes grotescos, extravagantes, flotantes, que, a pesar de ser ricos (o precisamente por serlo) no saben qué hacer con sus vidas (también aparece una enana, fetiche en las pelis de Fellini), vidas en danza (el cine es baile) que se nos sirven en una explosiva mezcla de sonidos de mariachis, acid house, ritmos caribeños y las pegadizas/empalagosas melodías de la iconográfica Raffaella Carrà.  

En el fondo, al protagonista de esta historia le gustaría, como hubiera querido Flaubert, escribir sobre la nada, entretejer naderías, aunque en realidad lo hace mientras recorre su ciudad, va de fiesta en fiesta como un zombi bajo el disfraz de un dandy, y observa el mundo, en definitiva, desde una terraza enfrente del Coliseo romano.
Sorprende, impactante resulta esa colisión, hacia la final de la peli, entre la monja centenaria y desdentada subiendo arrollidada una escalera y la secuencia posterior de una joven guapa (la novia en tiempos de Gambardella) mostrándonos sus pechos, enseñándoles a él, en realidad, cuando era un adolescente. La chica desaparece de la orilla del mar, y reaparece nuestro galán adulto, cuyo pensamiento se adentra en la muerte. Se pasa del Eros al Tánatos. Esa muerte que preside todo, qué fuerte, también La gran belleza: "Termina siempre así, con la muerte", asegura el prota a la vez que vemos el rostro desencajado de la monjita añosa, con los ojos revirados, intentando aún trepar por las escaleras.  
La voz en off del prota continúa su discurso: "Pero antes, hubo vida. Escondido debajo el bla, bla, bla, bla. Y todo sedimentado bajo los murmullos y el ruido. El silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados, caprichosos destellos de belleza. Y luego la desgraciada miseria y el hombre miserable. Todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo. Bla, bla, bla, bla. Más allá, está el más allá. Yo no me ocupo del más allá. Por tanto, que esta novela dé comienzo. En el fondo, es sólo un truco. Sí, es sólo un truco”.

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