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miércoles, 4 de enero de 2017

La memoria, esa fuente de dolor

Hoy, griposo y con algo de fiebre, tiro del baúl de los recuerdos, aunque recordar sea saberse morir, para sacar este trapo/texto, escrito después de la muerte de Cela, Don Camilón, al que traje al recuerdo también hace unos días, porque en el 2016 se cumplió el centenario de su nacimiento en Iria Flavia (Padrón), donde el premio Nobel está enterrado y donde hay una Fundación. 
El correo que acaba de enviarme Úrsula, la mujer del maestro Pereira, me hace recordar que Cela y Pereira mantenían cierto trato o cierta correspondencia. 


“Recordar es saberse morir, es buscar una cómoda y ordenada postura para la muerte, esa muerte que ha de llegar precisa como un verso de Goethe, indefectible lo mismo que el cauteloso fin del amor”. Precisa como un verso de Goethe le llegó la muerte a don Camilo. 
Cela fue, y seguirá siendo, mi maestro, uno de mis mejores maestros. Hubo un tiempo en que deseaba imitar su forma y fondo de escritura, sobre todo esa que emplea en Cristo versus Arizona o en Mazurca para dos muertos. Y eso nunca se olvida, aunque, como bien nos dijera el gran Camilo, ninguna vida deleita con su recuerdo. 
“Alguna puede emocionar. Alguna otra puede llenarnos de nostalgia poética. Pero todas las vidas, incluso aquellas que pudieran parecernos más bellas y rectilíneas, están henchidas de desgracia, están decoradas con el muerto papel pintado de la renunciación”. 
Al parecer, estamos condenados a recordar mientras vivimos, incluso bajo el disfraz de la amnesia, a ver reflejada nuestra imagen de niñez y adolescencia, casi siempre distorsionada, esperpéntica. 
La memoria, la memoria histórica y acaso histérica, nos hace recordar que todo en este mundo conocido llega a su fin, incluso el propio mundo, y que nuestra vida tiene un límite, el límite que impone la muerte. Algo que resulta difícil de encajar, por mucho que uno intente autoengañarse. 
El autoengaño afortunadamente sigue funcionando como un sabio y sano mecanismo defensivo. De lo contrario estaríamos perdidos, y muertos claro está,  aun antes de emprender viaje rumbo a la nada, nada más aterrizar en el campo perverso de la realidad, el río de los desengaños. La memoria también sirve al examen de conciencia, al recuento de los buenos pasos y de las malas pasadas. Y en la figura de Cela, como en la de todos nosotros, aquí no se libra ni cristo, no todas han sido rosas en el espinoso jardín de las delicias. 
Acusado de plagio, destapado como repetidor de discursos, censor en tiempos franquistas, y alguna que otra infame jugada, lo convierten en un ser controvertido, acalorado y en ocasiones mal visto por parte del público. 
“Sólo los héroes y los santos, que son la violenta excepción, han podido luchar contra la necesidad de comer caliente todos los días”, nos cuenta en el prólogo de La rosa. 
Y Cela no es ningún héroe ni ningún santo, sólo un enorme escritor.
 

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