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domingo, 1 de enero de 2017

Año nuevo, tiempo ilusorio, quizá

Aletargado por el frío, me zambullo (qué divino palabro) en los recuerdos con el regusto a cava de la última noche. 
Por instantes, logro poner en blanco mi mente (tarea harto complicada). Al menos ese es mi deseo, que me lleva a alcanzar una especie de serenidad, la cual me hace sentir en paz, mientras recorro el tiempo-espacio que me ha tocado vivir, ese tiempo nuevo (ilusorio, quizá) que me ayuda a reconciliarme con la vida, la vida como bien preciado, el único de que disponemos. Hoy quiero sonreír. Y abrazar el mundo con afecto. 
En el exterior, a pesar de la baja temperatura, luce el sol. Y el sol me acaricia desde lo alto con una sonrisa, que logro descifrar como quien se adentrara en un mundo de fantasía. A veces la realidad no es suficiente para albergar ilusiones, a veces, casi siempre, es necesaria una dosis de fantasía, esa con la que juegan los niños y las niñas, capaces de mirar el mundo con ojos de asombro y siempre con el encanto de la vida en estado puro. 
Dicen, me dicen que hoy es mi santo, San Manuel, San Manuel Bueno tal vez, o mártir, como esa novela de Unamuno, que me dejó convulsionado en su día. Me gusta Unamuno y ese mundo suyo de nivola. 


Estambul desde la terraza del Perre Loti
Santo y mártir como la doble cara de una misma moneda. Mártir como los grandes actores, dispuestos a soportar lo que sea menester en escena. Algo así pretendía el director polaco Grotowski con su teatro pobre. 
Santo como ese San Simeón el Estilita, Simón del desierto, que Don Luis Buñuel nos mostrara con maestría en su cine. 
Que nadie se crea que estoy haciendo un autorretrato, porque, lejos de tal pretensión, uno sólo aspira a vivir y dejar vivir en este mundo, que, a pesar de tantas calamidades y atentados contra la humanidad (la bella ciudad de Estambul sigue resintiéndose), seguirá girando. No sabemos hasta cuándo, es la verdad, a buen seguro porque el mundo nos sobrevivirá. 
Taksim

Ahora sólo deseo encontrarme bien, sereno, con ganas de emprender nuevos proyectos, con la esperanza de continuar con los ya emprendidos, con el ánimo de poder seguir, en definitiva, que de eso se trata, de seguir en el camino, viajando, transitando por las veredas del presente, del aquí y ahora, haciendo camino al andar. 
No obstante, no debemos olvidar que un mundo tan castigado por nuestras propias miserias morales, por nuestros propios egoísmos y aspiraciones a ejercer un poder malsano (valga la redundancia) a uno le resulta difícil ser feliz. Sólo los tontos (con perdón), los ignorantes y los ricos de empacho podrían creer en una supuesta felicidad, que no puede ser tal viendo lo que vemos en el mundo. Pero hoy, uno de enero de 2017, prometo ser feliz, algo tontuelo e ignorante, o sea. 
Después de este breve aunque acaso sustancioso (sustancioso para uno, quede clarín clarete) recorrido por la senda de las palabras, siento menos frío, en realidad, casi no siento frío. Y ese letargo del inicio ha logrado transformarse en calor, en suavidad, en energía vibrante, como si el tiempo, este tiempo de heladas en el ambiente, se hubiera convertido en un tiempo nuevo (ilusorio, quizá). 

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