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miércoles, 30 de noviembre de 2016

A la memoria de dos paisanos

Este texto apareció publicado en la revista Losada, que dirige el amigo Xuasús. La edición se hizo este verano, en el mes de agosto, coincidiendo con las fiestas de esta localidad berciana.
La muerte nos rodea, nos tiene literalmente asfixiados. Así es esta vida, cuya cara oculta, cuyo rostro sombrío lo pone la parca.
Es probable que en nuestra cultura occidental, cristiana, apostólica y romana no se nos eduque para soportar los sinsabores de la “dama de la guadaña”, como ocurre acaso en otras sociedades y culturas, véase México, India o Egipto, por poner algunos ejemplos. No hay más que darse una vuelta por ‘La ciudad de los muertos’, situada en El Cairo, donde los vivos ocupan las tumbas de los muertos para hacer su vida diaria, como si el cementerio fuera, que lo es, su propia morada.


En cambio, a nosotros, quienes hemos crecido en Occidente, en el seno de una familia cristiana, la muerte nos sigue pareciendo terrible, sobre todo para quienes no creemos en otras vidas. “Polvo somos y en polvo nos convertiremos”, reza más o menos un dicho popular, que en verdad tiene mucha razón. O al menos uno es la impresión que tiene.
Quizá nos quede el alma, tan cantada por la religión, sí, nos queda el espíritu en forma de recuerdo, ese recuerdo que ahora quiero dedicarle a dos personas originarias de Losada, que tuve el gusto de conocer, con quienes pude compartir algunos momentos, que nunca olvidaré.
Ellos fueron (seguirán siendo, mientras nos quede su recuerdo) Paulino Martínez Cubero y Remigio Villamor. Ambos nos dijeron adiós este año, que para mí ha sido doloroso, porque también falleció mi padre (a él le dedico también estas palabras), quien era además consuegro de Paulino, porque mi hermana Encina está casada con su hijo (también llamado Paulino).

Paulino Martínez Cubero y mi padre fueron asimismo compañeros de trabajo en una época harto difícil, porque les tocó vivir de lleno la posguerra incivil, un tiempo de estrecheces económicas, de penurias.

Paulino, por su parte, después de trabajar como minero,  aparte de las faenas agrícolas propias de la gente que vivía en un ámbito rural (todo el dinero era poco para salir adelante), decidió hacerse empresario minero. Quien ha sido cocinero antes que fraile (un decir, claro) sabe lo que se cuece y cocina, así que él, atrevido y buen conocedor de los entresijos mineros,        montó su propia mina, La Sierra, en los aledaños de Losada, en una zona intermedia entre Losada y Robledo de las Traviesas.

Antes había probado fortuna, creo recordar, con unos cielos abiertos en la zona de Quintana de Fuseros.
Un hombre que supo labrarse un buen porvenir, un hombre que supo hacerse a sí mismo, que acertó de pleno siendo emprendedor, haciendo lo que sabía, aquello que bien conocía, tomando él las riendas. Algo que todos (y todas) deberíamos hacer, manejar las riendas de nuestra vida, no dejarnos llevar por la inercia, por la corriente.
Lo recuerdo, siendo yo un rapacín, como hombre con gran chispa, muy trabajador, al que le entusiasmaba todo lo relacionado con la minería de carbón. Se le veía feliz haciendo lo que le gustaba. Y eso resulta extraordinario, cuando uno encuentra lo que le satisface. Y él parecía contento con su labor.
Lástima que, en los últimos años de su vida, perdiera esa energía, esa potencia, a resultas de ‘trallazos’ varios en el cerebro, hasta la llegada de su muerte.
Tanto trabajo, tanta lucha, para al final acabar así. Si es que, sólo de pensarlo, me entran escalofríos. Qué rápido pasa la vida, aunque dure cien años y aun más.

A Remigio también lo conocía desde hace muchos años porque era el marido de Esmerita (Mery), sobrina carnal de Paulino Martínez Cubero y por ende prima carnal de mi cuñado Paulino y de mi hermana.
La última vez que vi a Remigio fue precisamente en el hospital de La Reina de Ponferrada, poco antes de fallecer Paulino. Siempre sonriente y hablador, aquel día lo noté afectado porque sabía, sabíamos que Paulino, ya en coma, estaba agonizando, se le veía la muerte en el rostro, era cuestión de horas o de días.
Al poco tiempo (yo diría que no habría transcurrido ni un mes y medio desde el fallecimiento de Paulino) alguien de mi familia me comunicó que Remigio se había muerto. ¿Pero cómo es posible? Si hace nada y menos lo vi.

El asunto es que, de la noche a la mañana, comenzó a sentirse mal. Lo llevaron a hacer pruebas médicas; y le detectaron un cáncer fulminante. Cómo para echarse a temblar y no echar ni gota. Asusta, sólo de pensarlo. Y lo peor de esto es que estamos todos y todas en el mismo barco… a la deriva, que nadie crea que está a salvo en este mar tempestuoso, lleno de marejada.
Ahora, cada vez que vaya a Losada, me acordaré de estos dos paisanos, a quienes conociera siendo yo un chavalín, y sentiré nostalgia. Nunca olvidaré a aquel Paulino de genio y figura (en este caso, por desgracia, no podría asegurar que hasta la sepultura), y por supuesto con su risa irónica. Y tampoco me olvidaré de Remigio (losadeño o raposo de la Galicia lucense), que me acogiera, con afecto y hospitalidad, en su casa en alguna ocasión.
Ya lo conté en otro momento, pero ahora quiero rememorarlo: En su casa-jardín tuve la impresión -mientras tomaba café y fruta, en compañía otros familiares-, de estar en el huerto que soñara el filósofo Epicúreo, lugar perfecto para la conversación y la amistad, alejado del mundanal ruido, del bullicio urbano, en ese pueblo entrañable que es y será para mí Losada

                                              



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