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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Naufragio

Le dedico este artículo, aparecido hoy mismo en la Nueva Crónica, a mis amigos argentinos desaparecidos en el océano. Nunca llegaron a alcanzar Río de Janeiro, como era su deseo, a bordo de un barco, que tanto y tan bien conocía el escritor y periodista Eduardo Keudell, que hoy mismo me reveló algo sobrecogedor. 

Hace ya más de tres meses que los doctores argentinos Jorge Benozzi y Alejandro Vernero, ambos eminencias en sus especialidades, se embarcaron en su velero rumbo a Río de Janeiro, y una tormenta los dejó incomunicados. Se desplegaron todos los medios para dar con ellos y sus compañeros de viaje, el yerno de Benozzi y otro amigo, Horacio, pero hasta la fecha actual no han logrado encontrarlos, ni siquiera el barco en el que navegaban. Algo que me sobrecoge y me produce una tristeza inmensa, habida cuenta de que llegué a conocerlos, tanto a Jorge, apodado cariñosamente el ‘Pulga’, como a Alejandro. Imagino, por lo que me cuenta el periodista y escritor argentino-berciano Eduardo Keudell (mi amigo y su amigo del alma), que sus familiares estarán destrozados. A estas alturas, poca o ninguna esperanza queda de rescatarlos con vida en el océano. El propio Keudell, autor de la novela ‘Ese extraño cansancio’, recuerda con nostalgia haber navegado el velero que, con seguridad, se tragó las profundidades marinas.
Jorge Benozzi en una clase de tango en Buenos Aires


El prestigioso oftalmólogo Benozzi, conocido mundialmente por ser el creador del método contra la presbicia, respondía amable a un correo que le enviaba para felicitarlo porque lo nombraban, en el mes de mayo de este año, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Aquino de Bolivia. Ahora lo releo y se me hiela la sangre: “Querido Manuel!! Que sorpresa más grata!! Muchas gracias. Espero que estés bien y vengas a visitarnos. Un abrazo”. Nunca olvidaré, querido Jorge, donde quieras que estés, cuando me recibiste en Buenos Aires. Incluso me ofreciste la casa de tu hija Giovanna, que ahora estará desesperada con tu desaparición y la de su marido Mauro, tu yerno. Inolvidables aquellos días en la capital porteña y luego aquella excursión a la provincia de Entre Ríos para visitar a tu amigo, el cardiólogo Alejandro Vernero, que nos acogió con hospitalidad en su estancia, en su rancho, que me entusiasmó. Recuerdo que Alejandro me invitó a montar uno de sus caballos, y me hizo sentir como en mi infancia de vaquero por las praderas de mi útero gistredense. Qué magníficos recuerdos, que ahora me están golpeando.

Una enorme e irreparable pérdida, la vuestra, querido Jorge, porque aún podías ofrecer mucho y bueno a la Humanidad, con tu saber hacer profesional. Y, por supuesto, me hubiera encantado volver a verte para darte un entrañable abrazo de felicitación. Y que volviéramos a visitar al gaucho Alejandro y recordar viejos tiempos en la Argentina, país que me fascina desde que descubriera que algunos de mis paisanos y paisanas viajaban allá en busca de un mundo mejor. 



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