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domingo, 11 de noviembre de 2012

El conde de Lautréamont, surrealista y visionario

De repente, echando la vista atrás me topo con este texto, escrito hace ya algunos años, que no llegué a publicar en Diario de León, aunque la intención primera fuera ésa. Lo recupero ahora, tocado y retocado, como siempre, porque escribir es reescribir. 
Vaya aquí, sobre todo para aquellos y aquellas a quienes les gustan estas cosas.

El conde de Lautréamont, que fue uno de los escritores malditos que más influyeron en los surrealistas (véanse por ejemplo algunas pelis de Buñuel, o una secuencia en concreto de Los olvidados) sigue vivo entre nosotros.

Sus aullidos, como los que aún escuchamos de sus perros fúnebres, nos sobrecogen y nos invitan a ir más allá. 

“La palabra poética termina en aullido o en silencio", escribió el genial Octavio Paz.

Lautréamont es un médium (en nuestra época están de moda), a través del cual habla esta humanidad vuelta del revés. Nunca el ser humano fue bueno ni siquiera en aquella época en que a Rousseau se le ocurriera decir que el hombre es bueno por naturaleza. 

Hace falta mucho coraje y apetito cropofágico para digerir la realidad: comida basura, televisión basura, cine basura, trabajo basura, bonos basura, primas de riesgo imposibles, hipotecas por las estratosferas, política basura, hecha a imagen y semejanza de nuestra sociedad basura... 

Qué barbaridad, ¿adónde vamos a ir a parar? Y así, en este plan, hasta rayar el límite escatológico de la sinrazón, la razón que produce monstruos, caníbales enfermos, máquinas taradas. Capitalismo y esquizofrenia. ¿Os acordáis de Guattari y Deleuze y su Anti-Edipo? Guita por un tubo, en manos de los mismos, y desdoblamiento de personalidad. Dos en uno. Como en rebajas.

La basura, bien lo sabemos, es igual aquí que allá (como vemos/oímos también en Pulp Fiction, de Tarantino) y a nadie parece preocuparle el hedor. Mierda somos y a la mierda regresamos. Nomás. Algo que podría suscribir Artaud (otro surrealista de cuidadín). En busca de la fecalidad ansiada. Vivimos en un mundo de trepas y asquerosos. O esa es la impresión.

Este mundo, excuso decir nauseabundo, parece estar hecho para comemierdas, soplapollas y algún que otro hijo de perra salido de madre. Perdón por la fraseología salida de madre, compadres y comadres.

La virtud y la bondad no reinan en el mundo de los injustos y pendencieros. Ni siquiera la literatura está hecha con buenos sentimientos. Los buenos sentimientos no tienen cabida en este infierno, que no sólo son los otros, como nos dijera Sartre en A puerta cerrada, sino uno mismo. 

“Los medios virtuosos y bonachones no llevan a parte alguna”, leemos en el Canto segundo de Los cantos de Maldoror, de Lautréamont. “Es preciso utilizar palancas más enérgicas y más sabias tramas”. Es preciso estar apalancado y actuar con premeditación y alevosía, hacer cálculos egoístas en las aguas heladas de la perfidia. “Antes de que te hagas célebre por tu virtud y alcances tu objetivo -nos aconseja el conde- otros cien tendrán tiempo de hacer cabriolas sobre tu espalda y llegar al final de la carrera delante de ti... Es necesario saber abarcar, con mayor grandeza, el horizonte del tiempo presente”. 

Abrazar todas las farolas que en el mundo son. “Cuando se desea ser célebre, es necesario zambullirse con gracia en ríos de sangre, alimentados por la carne de cañón... Lo primero para hacerse célebre, es tener dinero. Pero, como no lo tienes, deberás asesinar para obtenerlo”. 

Tener dinero, robarlo o asesinar para tenerlo. He aquí la madre del cordero. Cordero de dios que quitas el pecado del mundo, dánoslo hoy.

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