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lunes, 14 de junio de 2010

La "unidimensionalidad" de la especie



La unidimensionalidad del hombre (y de la mujer, que nadie se ofenda) hace tiempo que llegó al Bierzo. Lo unidimensional ha llegado, desgraciadamente, a casi todos, a todos los rincones de la tierra. Todos uniformados, embutidos en un traje único, clones de rebaño, moral de rebaño, ovejas que sestean en la pradera de los dineros, guita que bala un vals hortera y miserable. Hace timpo que sabemos que el patrimonio genético, en un porcentaje elevadísimo, es compartido e idéntico en todos los seres humanos. 

Lo unidimensional se extiende por el orbe desde que Marcuse nos abriera los ojos. En El hombre unidimensional, de los sesenta del pasado siglo, quizá su obra más famosa, nos presenta una sociedad capitalista “avanzada”, con falta absoluta de sentido crítico. El consumismo nos ha convertido en seres cada vez más adaptados e integrados al sistema. Ya no hay espacio para la oposición y la crítica, porque la sociedad unidimensional “integra en sí toda auténtica oposición y absorbe en su seno cualquier alternativa”. En ella se da “una confortable, tersa, razonable, democrática no libertad”. 

El capitalismo avanzado ejerce su dominio, su control total, de un modo sutil, manipulando nuestros deseos y nuestras necesidades. “No sólo determina las ocupaciones, las habilidades y las actitudes socialmente requeridas, sino también las necesidades y las aspiraciones individuales”. 

Los políticos de derechas e izquierdas se pelean como gallos en el OK Corral, pero no llega la sangre al río, porque tanto unos como otros -con sus matices y diferencias- están en el mismo barco a la deriva, sin saber como llevar a buen puerto esta sociedad sin valores, sin espíritu y sin norte. 

La izquierda es un mito, como ya nos anunciara el maestro Gustavo Bueno, y la derechona, sangrante y sangrona, corrupta al por mayor, es cada día más extremista. Qué miedo. Si unos nos llevan a la bancarrota -a los de a pie, claro está, que los ricos siempre lo serán, cada día más-, otros pretenden meternos en vereda. Vaya panorama. Pero es que los políticos son fiel reflejo de la sociedad. Si somos como somos, que esperamos de nuestros regidores, acaso que nos salven de la quema. Como uno por sí mismo no se salve, y resulta harto complicado, ¿quién te echará una mano?
La unidimensionalidad ya se impuso hace años. Y la gente peculiar se extingue en el Bierzo, y aun en el resto de lugares españoles. Aún quedan algunos por estos pagos, pero poco a poco van estirando la pata. La muerte, que es una cabrona, no perdona ni a Cristo bendito, que en gloria esté. Acarreamos la muerte como el estiércol que va a parar a la tierra. Y abonamos nuestros sueños baldíos con agonía. 

La homogeneidad de la especie humano-animal, a través de los medios de comunicación de masas, está acabando con todo bicho viviente, eso parece, y sobre todo con aquellos seres que se sentaban al amor de la lumbre a hilvanar historias, en lunas de calecho y filandón, a la sombra de un corredor, qué idílico, una estampa hermosa, cuando el sol lucía espléndido en las calurosas tardes de verano. o al amor de unas lámparas. Como si bajáramos al Moro, a esa mítica plaza que es la Djemáa el Fna.
Aún recuerdo a aquella señora de toquilla negra y blancas melenas que me iniciara en la lectura del catecismo y el Silabario Viejo. Aún recuerdo a aquellas personas a las que escuchaba, boquiabierto, cuentos de hadas buenas y ogros sacamantecas. Se me ponían los ojos como platillos volantes. Dispuestos como estábamos, los chavalines, a tragarnos toda la historia universal en forma de cuento oral. La oralidad como sabiduría que te conmueve. 

Presto a saborear las palabras de una persona cargada de años, con experiencia y, a veces, con mucha sabiduría. La sabiduría que dan los años bien llevados. La sabiduría que uno adquiere cuando ha sabido vivir y ha dejado vivir a los demás. Lejos estamos de todo aquello. 

En un quítame allá esas pajas, hemos pasado de la vida perfilada con la textura del calor humano al Internet y los cables satélites, la globalización de la aldea. Se impone la indiferencia glacial y nuestros huesos se congelan sólo de pensar en la deshumanización de nuestra especie.

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