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miércoles, 29 de julio de 2026

Aproximaciones a Grecia, una tierra de luz




El avión despega desde la T4 del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas con destino a Atenas, una ciudad que el viajero ya conoció en 1993 durante un Interrail por Europa. Aquel fue un viaje inolvidable porque, desde la capital griega, se atrevió a cruzar los Balcanes en plena guerra, una experiencia que años después plasmaría en su libro Mapas afectivos. Entonces era joven e intrépido. Ahora siente el peso de los años, aunque eso no le priva del placer de viajar. Simplemente lo hace de otra manera: con menos urgencia, más atento a los matices y, por qué no decirlo, con mayor gusto por la comodidad. 

En esta ocasión aterriza en el aeropuerto internacional de Atenas, donde nunca había estado, pues en aquel primer viaje llegó por otros medios. Desde allí toma —o agarra, como dicen en México, país en el que vivió durante los años noventa— un autobús que lo conduce hasta la plaza Sintagma, el corazón de la capital griega. La reconoce enseguida, aunque sigue sin parecerle un lugar especialmente atractivo. Continúa después su paseo hasta la plaza Omonia, donde ha reservado un hotel para pasar la noche. Al día siguiente, ya por la tarde, deberá embarcar en el puerto del Pireo para iniciar un crucero por varias islas griegas, con escala, eso sí, en Estambul, ciudad que ha visitado en dos ocasiones anteriores. https://cuenya.blogspot.com/2018/08/estambul-espiritual-y-promiscua.html
Esta será la tercera, aunque sabe de antemano que apenas dispondrá de unas horas para recorrer algunos de sus lugares más emblemáticos. De esa ciudad extraordinaria habrá ocasión de hablar más adelante. https://cuenya.blogspot.com/2010/07/estambul-de-pamuk.html



Le apetecía embarcarse en un crucero. Es consciente de que no tiene mucho que ver con la forma de viajar que siempre ha preferido: a su aire, improvisando el camino y desplazándose, sobre todo, en tren. Así recorrió Europa durante aquel Interrail de 1993, aunque también entonces hubo lugar para la navegación. Desde Brindisi, en Italia, cruzó el Adriático en barco hasta la isla griega de Corfú (Kérkyra), la isla de los hermanos Durrell, Gerald y Lawrence. Gerald la convirtió en un territorio casi mítico, mientras Lawrence encontró en el Mediterráneo esa luz que impregna buena parte de su literatura. Lawrence Durrell mantuvo una estrecha amistad con Henry Miller, uno de los escritores que más profundamente han marcado al viajero. https://cuenya.blogspot.com/2011/07/henry-miller-un-coloso-de-la-literatura.html



Quizá el crucero sea una manera algo enlatada de conocer el mundo, una modalidad de la que durante mucho tiempo desconfió. Sin embargo, con los años ha aprendido que no existe una única forma de viajar. También hay algo de romántico en dejarse llevar por el mar mientras el barco enlaza puertos e islas, y no puede negarse que el confort tiene sus ventajas. Cuando la sesentena asoma en el horizonte —que se dice pronto— uno empieza a apreciar ciertas comodidades sin que eso signifique renunciar al espíritu viajero. Porque la aventura, al fin y al cabo, no depende tanto del medio de transporte como de la mirada con la que se contempla el mundo, de la capacidad de sentir. El viajero vuelve una y otra vez a aquellas palabras del gran poeta portugués Fernando Pessoa: «Sentirlo todo de todas las maneras; porque la mejor manera de viajar es sentir».


Esa máxima lo ha acompañado durante buena parte de su vida y sigue haciéndolo ahora. Más allá de acumular monumentos, fotografías o lugares en un mapa, lo que desea es sentir que está vivo, dejarse sorprender por los espacios y las personas, descubrir aquello que despierta su curiosidad y lo impulsa a continuar el camino. En el fondo, esa es la misma pulsión que llevó a Jack Kerouac a recorrer Estados Unidos junto a sus amigos y a convertir aquella experiencia en On the Road (En el camino), uno de los grandes libros del viaje entendido como forma de conocimiento y libertad. 

Arco de Adriano

El viajero llega al aeropuerto de Atenas pasada la medianoche. En Grecia es una hora más que en Madrid, de modo que el cansancio del trayecto se hace notar. El autobús tarda cerca de cincuenta minutos en alcanzar la plaza Sintagma, donde se halla el parlamento. Desde allí camina unos minutos hasta la plaza Omonia, que continúa evocándole cierta estética soviética, severa y funcional. Necesita descansar para afrontar el día siguiente con energía. El hotel es sencillo y acusa el paso de los años; bien le vendría una reforma, piensa el viajero. A cambio, dispone de aire acondicionado, algo imprescindible en pleno verano ateniense. El calor resulta sofocante. El rumor constante del tráfico, tan característico de la ciudad, no le resulta extraño. Al contrario, ese sonido permanece intacto en su memoria emocional desde su primer viaje, más de tres décadas atrás.


A la mañana siguiente se despierta descansado y con ganas de tomarle la temperatura a la ciudad. Antes, sin embargo, se concede el placer de un buen desayuno. En la misma plaza Omonia, muy cerca del hotel Claridge, descubre en un elegante edificio neoclásico una magnífica cafetería-pastelería, Veneti, donde repone fuerzas. El café capuchino es excelente y los dulces invitan a demorarse un poco más de la cuenta, aunque la ciudad espera al otro lado del escaparate. 

Con renovado ánimo el viajero emprende la marcha por la calle Athinás, una de las grandes arterias comerciales de Atenas, que enlaza la plaza Omonia con Monastiraki y bordea el barrio de Psyrí.


Plaka
A lo largo de esta céntrica calle, al igual que en otras muchas, el viajero repara en que abundan las personas sin hogar. Si bien Atenas ofrece hoy un aspecto más próspero que en otros tiempos, aún se percibe cierta pobreza. Los puestos de especias y de zumos le llaman la atención, también sus precios, más baratos que en España, aunque, en general, el coste de los alimentos resulta bastante parecido al español. A medida que el viajero avanza por la calle, la silueta inconfundible de la Acrópolis se recorta al fondo, dominando la ciudad desde lo alto como lleva haciendo desde hace más de dos milenios. 
Templo de Hefesto

El calor aprieta desde primeras horas de la mañana y cada paso recuerda que el verano griego no concede tregua. El viajero continúa caminando hasta internarse en el barrio de Plaka, uno de los rincones más agradables de Atenas, situado a los pies de la Acrópolis.
Finalmente decide no subir ese día al recinto arqueológico. Prefiere reservar la visita para su regreso, una vez concluido el crucero. Sabe que entonces dispondrá de más tiempo para recorrer la ciudad con calma, sin la presión del reloj, y conceder a la Acrópolis la atención que merece. Hay lugares que no admiten prisas y que exigen una mirada demorada, casi contemplativa. La roca sagrada de Atenas es, sin duda, uno de ellos. 

La calma es uno de los lemas del viajero, aunque no siempre resulta fácil conservarla. La prisa mata y hasta remata, como suelen decir en Marruecos. Conviene conceder tiempo a las cosas: al camino, a los lugares y, sobre todo, a las personas. Viajar no consiste únicamente en desplazarse de un punto a otro, sino en aprender a demorarse, a dejar que el paisaje, la luz y las conversaciones vayan impregnando poco a poco la memoria.

El barrio de Plaka, tan turístico como colorido, vuelve a seducir al viajero igual que lo hizo durante su primera visita a Atenas. Sus callejuelas, sus terrazas y sus fachadas de tonos cálidos le recuerdan, salvando las distancias, al romano barrio de Trastevere. Hay en ambos barrios una forma parecida de entender la vida en la calle, una mezcla de bullicio y sosiego que invita a caminar sin rumbo fijo, dejándose llevar por el azar. 


Todavía quedan algunas horas antes de poner rumbo al puerto del Pireo, pero el viajero ya comienza a pensar en el siguiente tramo del itinerario. Tendrá que tomar el metro hasta el puerto, situado a unos trece kilómetros del centro de Atenas. También lo visitó en 1993 y conserva el recuerdo de un puerto abierto al mar, lleno de vida y de promesas de partida. Se pregunta con qué puerto se encontrará ahora, más de treinta años después. Los lugares cambian, como cambian quienes los visitan.

Y, por supuesto, siente curiosidad por el barco que habrá de llevarlo de isla en isla. Lo imagina antes incluso de verlo. Quizá no sea un transatlántico legendario, pero le gusta pensar en el Rex, aquel majestuoso buque que Federico Fellini convirtió en una aparición casi onírica en Amarcord. https://cuenya.blogspot.com/2013/11/amarcord.html Hay barcos que pertenecen a la realidad y otros que navegan para siempre por el territorio de la imaginación. 


El viajero sospecha que todo viaje necesita un poco de ambas cosas. Realidad e imaginación terminan fundiéndose hasta hacerse indistinguibles. Se viaja con los pies, pero también con la memoria y con los sueños. Casi como si caminara dentro de uno de ellos, el viajero llega al puerto del Pireo. Sin embargo, el lugar ya no le parece el mismo que conociera en su primer viaje a Grecia. Quizá haya cambiado el puerto, o bien quien ha cambiado sea él. Tal vez el encanto no resida nunca del todo en los lugares, sino en la mirada con la que uno los contempla en cada etapa de la vida.

Ahora debe encontrar el barco que lo llevará durante varios días surcando el Egeo. Se llama Costa Fortuna y, para llegar hasta él, todavía tiene que tomar un autobús. Le indican que suba al 843, aunque bien podría ser cualquier otro. Eso es lo de menos. Lo verdaderamente importante es llegar a destino. 

Aún dispone de tiempo. El barco no zarpará hasta bien entrada la noche, pero las normas de la naviera aconsejan —o, más bien, obligan— presentarse con varias horas de antelación. El tiempo, siempre el tiempo, que es, en definitiva, la materia de la que está hecha la vida. Vivimos contando horas, perdiéndolas, ganándolas, administrándolas como si fueran un bien inagotable, cuando en realidad constituyen nuestro recurso más escaso. 


Quizá por eso el viajero piensa que antes que espacio necesitamos tiempo. Tiempo para mirar, para conversar, para equivocarnos, para regresar y para comprender. Sin tiempo, el espacio acaba convirtiéndose en una simple sucesión de escenarios. Y, sin embargo, no deja de recordar aquellas palabras de Henry Miller en Trópico de Cáncer, cuando afirmaba que los seres humanos necesitan estar rodeados de suficiente espacio, más que de tiempo. Tal vez no exista contradicción entre ambas ideas. Quizá lo que de verdad necesitemos sea espacio para que el tiempo pueda desplegarse, para que la vida respire y el viaje deje de ser un mero desplazamiento y se convierta, una vez más, en una emoción y por supuesto en una forma de conocimiento. 

Estación de metro del puerto Pireo

Aunque el puerto del Pireo ya no sea el mismo a los ojos del viajero, continúa ejerciendo sobre él una poderosa fascinación. Y el Costa Fortuna se le aparece como una visión cinematográfica, casi irreal, semejante a esos grandes barcos que parecen surgir lentamente de la niebla en las películas. Por un instante vuelve a pensar en el Rex de Amarcord. Los barcos poseen algo de decorado y de sueño, como si cada uno de ellos llevara consigo la promesa de una vida distinta. 

Puerto del Pireo










Quizá el viajero desee embarcarse no solo en una travesía marítima, sino también en una aventura introspectiva. Mientras contempla el puerto siente que se encuentra ante una de las grandes puertas de la filosofía. Allí no solo han confluido barcos, mercancías y viajeros, sino también ideas. Resulta fácil imaginar el incesante ir y venir de comerciantes, marineros y pensadores que hicieron del Mediterráneo un inmenso espacio de intercambio, donde circulaban con idéntica naturalidad los productos, las lenguas y las formas de entender el mundo. Ahora son turistas llegados de muy distintas nacionalidades quienes abarrotan el puerto. Se escuchan voces en español, francés, italiano y otras muchas lenguas mientras todos aguardan el momento de embarcar. 

Grecia vuelve entonces a presentarse ante el viajero como la tierra de la luz y de la razón, el lugar donde el pensamiento alcanzó una de sus cimas más altas. La claridad del Mediterráneo, esa luz que durante siglos ha seducido a pintores, poetas y filósofos, parece envolver también el puerto, otorgándole una serenidad casi intemporal. No le cuesta imaginar que, en cualquier rincón del muelle, pueda comenzar una conversación destinada a cambiar la historia. 

No es una ocurrencia gratuita. Platón eligió precisamente el Pireo como escenario inicial de La República, quizá el diálogo filosófico más influyente de todos los tiempos: «Fui ayer al Pireo con Glaucón, hijo de Aristón, para dirigir mis oraciones a la diosa y ver cómo se celebraba la fiesta que por primera vez iba a tener lugar». Allí desciende Sócrates para asistir a una celebración y, casi sin proponérselo, termina participando en una conversación sobre la justicia, el poder y la ciudad ideal que todavía hoy sigue interpelándonos. Desde entonces, el Pireo dejó de ser únicamente un puerto para convertirse también en un lugar del pensamiento.

Al viajero le gusta creer que, entre el rumor de las olas, el estrépito de las maniobras portuarias y el graznido de las gaviotas, aún resuenan las voces de Sócrates, Platón y, más tarde, Aristóteles. Quizá no sea más que una ilusión. Pero todo viaje necesita un poco de fantasía para que la realidad revele sus capas más profundas. 
Costa Fortuna con el puente de Dardanelos al fondo

Cuando el Costa Fortuna suelta amarras y comienza a deslizarse sobre las aguas en dirección al estrecho de los Dardanelos, el viajero experimenta una felicidad sosegada. Navega a bordo de un barco real, pero también de un barco hecho de cine, de literatura y de filosofía. Comprende entonces que los mejores viajes son aquellos en los que el paisaje exterior y el paisaje interior avanzan, silenciosamente, al mismo compás.

La travesía acaba de comenzar. El barco pone proa hacia el estrecho de los Dardanelos mientras el Mediterráneo va quedando atrás, convertido en un inmenso escenario donde la historia, el mito y la memoria se confunden. Será allí donde continúe el relato, siguiendo la estela del Costa Fortuna rumbo a un nuevo horizonte.



Ortigueira, paisaje, memoria y emoción fundidos en un único latido: la música


Al gaitero de Ortigueira

A los gaiteros y gaiteras que en el mundo son y están

Quienes llegamos a Ortigueira en busca de un paisaje hecho de música encontramos una matria donde Galicia, pero también Asturias, Bretaña, Irlanda y Escocia, hablan una misma lengua: la de la emoción compartida, la saudade y esa música que nos atraviesa las entrañas y nos hace vibrar con la intensidad de la primera vez, esa música que parece conocer nuestro nombre desde mucho antes de que llegáramos.

Quienes regresamos, aunque sea por enésima vez, volvemos a encontrarnos con ese territorio sonoro que nos eleva con sus melodías y sus danzas, porque cada reencuentro es una celebración de la vida. Hay lugares que nos reciben; Ortigueira, además, nos reconoce.

El gaitero de Ortigueira lo sabe. Abraza la gaita como quien sostiene su propio corazón. Cuando hincha el fuelle no solo despierta el instrumento sino que deja entrar en él la brisa de todos los tiempos, el aliento salobre del océano y el rumor inagotable del Atlántico. Entonces la música deja de pertenecer al ser humano para convertirse en paisaje.

También lo sabe la Escola de Gaitas de esta localidad costera gallega, que cada julio viste de gala el Festival Internacional do Mundo Celta para recibir a algunas de las mejores formaciones del universo celta: la imponente Bagad de Vannes Melinerion, la magnética Noon o los irlandeses Lúnasa, entre otras. Durante unos días, Ortigueira deja de ser un lugar para convertirse en un punto de encuentro donde los pueblos atlánticos celebran una memoria común hecha de melodías, danzas y emoción compartida. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215701348322491/1743536113353370 


Envuelto en un aire yodado, bajo un cielo donde la luz parece nacer de la niebla, el gaitero de Ortigueira se convierte en una bendición para el espíritu. Su música cautiva a quienes llegan a este rincón privilegiado de Galicia, donde la belleza del paisaje se funde con los sones celtas y donde el viento parece acompañar cada nota con una respiración antigua. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215701348322491/1047350234923653

Bajo esos mismos cielos universales, gaiteros y gaiteras llegados de distintos rincones del mundo alegran el alma con el aliento de sus instrumentos y nos regalan ese nutriente invisible que alimenta la felicidad. Sus melodías conmueven a este nómada que, desde hace muchos veranos, regresa dichoso a un lugar donde la música parece brotar de la propia tierra, como si naciera de la hierba, de las piedras y de las mareas.

En esta ocasión, el viajero, entusiasta de la música celta —en realidad, de toda suerte de músicas— siente una profunda saudade bajo un cielo impregnado de sal marina, cuya luz gris envuelve el paisaje con una serena melancolía.

El viajero se detiene a contemplar las barcas varadas en la marisma de Ortigueira, inmóviles, como si aguardaran el regreso de quienes un día partieron sin dejar nunca de pertenecer a este lugar. El silencio posee aquí la misma intensidad que la música; ambos hablan el idioma de la memoria.


De pronto, como si respondiera a un antiguo encantamiento, la alegría renace. Los primeros sones de las gaitas despiertan el aire dormido y hacen vibrar la ría, como si sus aguas custodiaran la memoria de un tiempo ancestral. La brisa atlántica aviva los sentidos e impregna de música y de sueños cada rincón del paisaje.

Entonces la morriña galaico-berciana se adentra en el alma. El recuerdo se funde con el instante presente y el viajero comprende que la nostalgia también puede ser una forma de la felicidad: un regreso a la matria, al útero de la memoria, allí donde nunca dejamos de ser quienes fuimos.

Paisaje, memoria y emoción laten al unísono en este rincón verde del Noroeste, donde el mar, el viento y la música hablan un idioma universal. Allí comprendemos que la verdadera patria de ciertos viajeros no es un territorio, sino una emoción.
Cada gaita que rompe el silencio nos recuerda que existen lugares de los que nunca nos marchamos del todo, porque continúan resonando en nuestro interior mucho después de la partida. Comprendemos entonces que la matria no se abandona al partir, sino que permanece en nosotros, aguardando el instante del regreso. Y cuando regresamos, la música vuelve a pronunciar nuestro nombre.

martes, 28 de julio de 2026

Deep Purple en Vigo, entre la memoria y el asombro

Cuando era un rapacín escuchaba a Deep Purple con verdadera devoción. Lo hacía, a menudo, en compañía de buenos amigos de mi pueblo, en el útero de Gistredo, como me gusta llamarlo. Amigos que, por fortuna, siguen siéndolo hoy, porque la amistad es un bien preciado, una rosa que florece espléndida en algún huerto o jardín epicúreo. 

Puerto de Vigo

¿Quién me iba a decir que, transcurridos tantos años, casi una vida entera, tendría la oportunidad de ver y escuchar en directo a esta mítica banda de rock? La vida, en ocasiones, reserva agradables sorpresas.

En cuanto supe que Deep Purple actuaba en el auditorio de Castrelos, en Vigo —donde años atrás asistí a un inolvidable concierto del genial Leonard Cohen—, no dudé en acudir. Además, tras el concierto me esperaba el Encontro de Poetas de O Barco de Valdeorras, al que ya me he referido en este mismo blog. https://cuenya.blogspot.com/2026/07/o-barco-de-valdeorras-espacio-de.html

Auditorio de Castrelos

Vigo es una ciudad que siempre me ha fascinado, incluso antes de conocerla. Mi padre embarcó allí rumbo a Brasil en la década de los cincuenta del siglo pasado y, años después, en los ochenta, la ciudad vio nacer grupos musicales tan emblemáticos como Siniestro Total o Golpes Bajos. https://cuenya.blogspot.com/2021/09/vigo-ciudad-literaria-con-rumbo-las.html


El concierto de Deep Purple, celebrado el pasado 2 de julio en el emblemático auditorio al aire libre de Castrelos, coincidía con un partido de España del Mundial de fútbol. Pudimos seguirlo en una gran pantalla hasta que dio comienzo la actuación, presentada por el siempre carismático alcalde de Vigo, Abel Caballero, todo un fenómeno. 

Deep Purple en Castrelos


El concierto me entusiasmó. Nunca es tarde si la dicha es buena. Escuchar en directo clásicos como Smoke on the Water o Highway Star fue un auténtico privilegio. Mientras sonaban, no pude evitar regresar mentalmente a aquellas noches en el útero de Gistredo, cuando, junto a mis amigos, escuchábamos también Child in Time mientras contemplábamos, extasiados, la infinitud del firmamento bajo noches de blanco satén. Aún hoy, ese recuerdo conserva intacta su intensidad.

La actuación de Deep Purple me llevó también a recorrer algunos de los lugares de Vigo que han dejado huella en mí, especialmente su puerto. Desde niño —cuando era un guajín, como decimos en mi tierra; en México, curiosamente, guaje puede emplearse para referirse a alguien ingenuo o algo tontorrón— sentía una profunda fascinación por las aventuras, los viajes y las grandes novelas de Julio Verne, que alimentaban mis sueños. Esa fascinación permanece viva. 

Julio Verne

En Vigo, Verne se me aparece, al menos simbólicamente, en la escultura que la ciudad le dedica frente al Club Náutico. El escritor francés, sentado sobre el lomo de un pulpo, parece seguir invitándonos a viajar con la imaginación. Resulta inevitable evocar Veinte mil leguas de viaje submarino, el Nautilus del capitán Nemo y la ría de Vigo, donde ficción y realidad terminan fundiéndose en un abrazo casi mistérico. No es casual que la ciudad le rinda este homenaje habida cuenta de que Verne la visitó en dos ocasiones a bordo de su yate. https://cuenya.blogspot.com/2020/04/la-vuelta-al-mundo-en-ochenta-dias_25.html

Desde el monte O Castro

Otro de mis lugares predilectos es el monte O Castro. Desde allí tengo la impresión de que el mundo se revela en toda su esencia. La mirada abarca la plenitud de la ría, mientras el cielo y el mar parecen confundirse en un mismo horizonte. Frente a mí, las islas Cíes emergen como un jardín edénico, un espacio donde la naturaleza parece conservar intacta su condición primigenia. Contemplar ese paisaje produce la sensación de que, por un instante, el mundo se manifiesta con toda la intensidad de su belleza y de su misterio. 

Plaza da Pedra

Al margen de estas experiencias casi místicas —o, si se prefiere, psicodélicas—, quiero agradecer a Teresa su hospitalidad en el Hostal da Pedra, situado en la plaza da Pedra, en pleno casco histórico de Vigo, así como el buen yantar de La Codorniz, ubicado a escasos metros del hostal.

Hay conciertos que terminan con el último acorde. Otros, en cambio, prolongan su eco durante años porque despiertan la memoria, reavivan los sueños de la juventud y nos recuerdan que algunas músicas forman ya parte inseparable de nuestra propia biografía. Así fue, para mí, este encuentro con Deep Purple.