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miércoles, 18 de agosto de 2021

Verano para viajar

Si las bicicletas son para el verano, como nos dijera el todoterreno Fernán Gómez, el verano es para viajar (incluso al interior de uno mismo), para excursionar, salir al campo, explorar el entorno próximo y aun otros entornos y lugares en el mundo. 
Costa Vasca

El verano, que sigue siendo la estación más lírica del año, puede dar mucho de sí, y da mucho de sí si uno se dedica a visitar y recorrer espacios, tal vez también tiempos, lo que ayuda a cargar pilas. El sol es un venero de inspiración. Los días iluminados invitan a estar en mejor estado de forma. Por eso es tan importante la luz solar, que además embellece los sitios. Y procura asimismo que uno pueda hacer foticas, que siempre se agradecen como recuerdo. 

Biarritz

Este verano, como casi siempre (aun a pesar de la pandemia), se me está antojando hermoso. Y me ha permitido viajar a diferentes lugares y encontrarme con gente que realmente merece la pena. Que los afectos es lo verdaderamente importante en un ser humano ya lo había descubierto. Los afectos y la salud física, psíquica/emocional. Lo demás resulta secundario, incluso en este mundo en el que el tener está muy por encima del ser.  

A ver si algún día invertimos el tanto tienes, tanto vales, y logramos pasarnos al: tanto eres, tanto vales. Porque uno acaba siendo todo aquello que vive, que siente de verdad, todo aquello que aprende y comparte con los demás, todo aquello que ama, con lo que se emociona. 

La vida es tan breve, lo sé ahora más que nunca, que conviene sentirlo todo y de todas maneras posibles, que así es como le gustaba viajar al deslumbrante Pessoa. Viajar para sentir. Viajar para posteriormente recordar. Vivir para contarlo o contarla. Para contárselo a uno mismo y al tiempo contárselo a los demás. Qué a todos nos sirva el viaje, sea éste al interior o al exterior. Pues el interior también será exterior para quien sepa mirarlo, verlo, observarlo con detenimiento.  

Bahía de Santander

El mes de julio me ha permitido por ejemplo viajar a Asturias, Galicia y Cantabria, donde también estuviera el pasado verano pandémico, aunque en esta ocasión pude volver a Santander después de tantos años. Después de tantos años pude viajar a aquella ciudad marítima que visitara por vez primera, creo recordar, siendo un tierno adolescente. Un viaje que me permitió acercarme a la Santoña anchoera y a Laredo (poblaciones que se miran a través del espejo marino frente a frente), algo sobre lo que profundizaré (no sé si este es el término más adecuado, porque creo que no voy a hacer una inmersión marina, o sí, ya veremos) en una próxima entrada. 

Santoña

No obstante, algo conté en su momento a través del Facebook a este respecto, aunque fuera algo breve. También en el mes de julio visité el poniente astur, con Tapia de Casariego a la cabeza, que ya se ha convertido en un mapa afectivo, entre otros lugares, con el encanto suficiente como para que uno vuelva a ellos, porque, como nos recordara el Nobel Saramago, convendría visitar en verano lo que se visitara en invierno, de día lo que se hiciera de noche, etc. Y así en este plan. "En plan...", como dicen ahora, a modo de muletilla, los guajes de nuevas hechuras.  Lugares, decía, como Ribadeo, Taramundi, A Fonsagrada, Navia de Suarna... en los que uno se siente en casa.  

Castro Urdiales

Y llegó agosto, ferragosto, en esta ocasión con menos frío en el rostro, que me permitió adentrarme en el País Vasco, en concreto en la costa, incluso en la corniche y la costa francesa, a partir ya de la bella Castro, Castro Urdiales, que, aun siendo cántabra, se toca con Euskadi. Qué belleza, la costa. En realidad, las costas, la costa, que se me antoja universal, con su aroma a algas y salitre, a mar que bate sus olas. Sobre todo esto tengo intenciones de escribir largo y tendido, o breve y distendido. Ya iremos viendo, porque el verano, aun siendo lírico, también llega a su fin. Y los recuerdos comienzan a amontonarse. Y a diluirse. 

La corniche francesa

El encuentro literario en el útero de Gistredo, que celebráramos recientemente, también fue un momento memorable para compartir emociones, memoria afectiva, en torno al amor sagrado de la palabra, de esas palabras que dicen y piensan, como bien sabe la filóloga y escritora Margarita Álvarez, que estuvo presente en el evento. Gracias, Margarita, por tu buen hacer, con tus textos que rescatan la memoria de la lengua, de nuestras palabras, de lo ancestral que forma parte de nuestro acervo cultural. De esa tu Omaña  hermanada con el Bierzo. 

Duodécimo Encuentro literario. Foto. Jesús Madero

Y mi agradecimiento por supuesto al resto de participantes en este encuentro (el duodécimo), a saber, Alicia López, poeta y narradora astur-leonesa de alto voltaje, que nos dejó con un nudo en la garganta, sobre todo con la lectura de uno de sus relatos; Marisé Prieto, a quien agradezco su cariño, su hospitalidad y por supuesto su profesionalidad como profesora y escritora;

Foto de Álvarez
Dionisio Álvarez por amenizar el encuentro con sus letras poéticas y su música, con sus canciones y ese sabor a vendimia de otros tiempos en los que éramos felices y tal vez no lo sabíamos, y Camino Pastrana, joven y luminosa periodista y narradora que se metió al auditorio en el bolsillo con la magia y la emoción de sus palabras, con su presencia escénica absolutamente extraordinaria. Sin olvidarme, claro está, de la poeta y narradora Lidia Fos que estuvo arropando el acto en todo momento.

Encuentro en Noceda

Mi gratitud y todo mi cariño para ti. Para quienes estuvieron presentes y ayudaron a crear un clima que sentí realmente entrañable, entre ellos Jesús, que hizo un excelente reportaje fotográfico (te agradeceré mucho, Jesús, que me lo pases), Antonio y Benjamín, que incluso nos acompañaron en la velada, Ana y Javi, Alberto, Carlos y José Manuel, Marta y Emilio, algunos familiares, etc., etc. Siento que, gracias al afecto de tanta gente, el encuentro literario tendrá su continuidad. Ojalá. 

Los Montes de la Ermita
El verano es para viajar y encontrase con amigos. Para salir al monte, a la Naturaleza, en busca de aire puro, de sol. Tan importante la vitamina D para la salud. Y volver a aquellos lugares de infancia tatuados en la retina de la memoria. Esos mapas afectivos como Urdiales de Colinas y Los Montes de la Ermita, incluso Igüeña, que se ha convertido ya en lugar de peregrinación, o mejor dicho en un sitio de relax, en un punto gastronómico (ahí están Roberto y su hija Estefanía, los dueños del bar restaurante Sabugo, que sirve unas viandas exquisitas y abundantes). También en Igüeña están Casa Aníbal y La playa como templos gastronómicos. güeña, con su río Boeza y su playa fluvial y su valle de Bubín, donde otrora hiciéramos un encuentro literario dedicado al Tío Perruca, me late cercano, familiar. 
Los Montes
Los Montes de la Ermita, que he podido visitar recientemente en entrañable compañía, me invita a la fabulación, como le ocurriera al director de Albares de la Ribera Chema Sarmiento, que le dedicó un mediometraje que se mueve entre lo real y lo surreal, como si nos adentráramos por la puerta del realismo mágico. 

Los Montes
"Los Montes ya no figura en el mapa como pueblo", dice un oriundo, que está pasando unos días en su casa. "Sigue sin luz, aunque sí tenemos agua corriente gracias a nosotros mismos", añade. 

De repente, me asalta la ocurrencia de que no existe un pueblo así en ningún otro país, al menos de la Europa Occidental. Con lo cual es un privilegio estar en este espacio sagrado y remoto, un escenario novelesco, como la Luvina o Comala de Rulfo. O bien el que nos muestra Julio Llamazares en La lluvia amarilla.

El Bierzo Alto, tan desconocido incluso entre los habitantes del Bajo, es un ejemplo de lo que se ha dado en llamar la España vacía y vaciada, la España desatendida, la España olvidada. Por fortuna, un rebaño de vacas con sus xatines cruzan por la vereda y colman de placer al excursionista (y por supuesto a la excursionista). Antes de alcanzar la aldea, se divisa el pico Catoute al fondo, que es todo un mirador a la hoya berciana y aun a otras tierras.

Urdiales
Por su parte, Urdiales de Colinas, al que se puede acceder desde el mismo punto al que se va a Los Montes -Urdiales a la izquierda y Los Montes a la derecha, a unos tres kilómetros antes de alcanzar el pueblo de Colinas del Campo de Martín Moro Toledano yendo desde Igüeña-, es otra aldea enclavada en las estribaciones de la Sierra de Gistredo, a la que en tiempos de infancia y adolescencia íbamos los rapaces de Noceda después de coronar el alto del Xafra. Una experiencia mística inolvidable, en alguna ocasión amenizada con la música psicodélica de los Pink Floyd. Si bien en esta reciente ocasión, realizamos la excursión en coche en compañía de Benjamín y Jesús. 
Iglesia de Urdiales

Benjamín, aun siendo nocedense, nunca se había allegado a Urdiales. Y Jesús, con su potente cámara fotográfica, tampoco había puesto los pies en esta aldea deshabitada, o mejor dicho poblada por un rebaño de vacas, aunque esta vez sólo vemos una que parece ensimismada. 

La pista de terracería hasta Urdiales no está en el mejor de los estados, salvo para todoterrenos. Y uno se pregunta, una vez más, que si Urdiales estuviera en la Europa verdaderamente desarrollada, entonces tendría un camino asfaltado o algo similar que permitiera un buen acceso. Y en manos alemanas, francesas o suizas, por ejemplo, sería un lugar conocido en el mundo entero por su singularidad, como un museo al aire libre.

Urdiales

El tan cantado turismo rural es una milonga. Aunque es cierto que algunos pueblos como Bárcena Mayor, enclavado en la Cantabria profunda, se conserva estupendamente, porque el acceso al mismo, una vez más, es estupendo. Y es que todos los sitios más visitados del mundo tienen las mejores comunicaciones del mundo... también (valga la redundancia rebuznante). 

La visita a Urdiales, en compañía de Benjamín y Jesús, resultó estupenda. Y a uno le encantó volver a esta aldea, que podría ser un magnífico escenario novelesco. Como lo es Los Montes de la Ermita. Su iglesia, restaurada, no da la impresión de que fuera la de un pueblo deshabitado y en cierto modo en ruinas en al menos una parte, porque sí que existen casas recuperadas, incluso hermosas. 

En Urdiales no encontramos ni a un alma, tal vez sólo las almas de los difuntos, que vagaron entre nosotros sin que nos percatáramos de ello. 

Urdiales

Lástima que al regreso nos topáramos con que el vehículo estaba pinchado. "Esta rueda parece que tiene poco aire". "Estas ruedas no pinchan", aclaró Benjamín.  Pero no tardaríamos en confirmar lo que suponíamos en cuanto comenzamos el descenso hacia Igüeña por la pista. La rueda delantera de la parte derecha, a medida que se iba desinflando, comenzó a dar problemas, incluso un tufo a quemado. Pero era necesario llegar a Igüeña como fuera, porque, entre otras razones, los móviles, ninguno de los tres, tenía cobertura. Y no era posible dar señales de emergencia. Ni siquiera los coches que nos seguían, ya en la carretera asfaltada, que va de Colinas a Igüeña, parecían darse cuenta de nuestro entuerto. Y acabamos llegando a Igüeña echando humo... por las orejas, es un decir. La idea inicial de acercarnos a Colinas había quedado desbaratada. 

Igüeña

Al final, sin entrar en detalles, se resolvió todo. Disfrutamos de una suculenta comida en el Sabugo, gracias a Roberto y su hija Estefanía. Y uno incluso logró echarse una breve siestecica en el mismo exterior del ayuntamiento mirando hacia la playa fluvial y el grafito del minero. Un sueñecito reparador. El pasado minero de esta tierra sigue presente. Y las ganas de este viajero por seguir recorriendo lugares continúan intactas. 

miércoles, 4 de agosto de 2021

La memoria de la ribera del Curueño


Desde que leyera el río del olvido, de Julio Llamazares, quedé fascinado con la ribera del Curueño. Es tal su modo de contar, que dan ganas de acercarse a estas tierras. Y recientemente he podido hacerlo en estupenda compañía. 

Curueño a su paso por Sopeña

Aunque en alguna ocasión anterior también pude saborear el agua del Curueño, es un decir. O mejor dicho, logré bautizarme en este y legendario río leonés a su paso por la población de Lugueros cual si fuera el mismísimo Jordán, el río del bautismo bíblico. “Este pan tiene un sabor bíblico -en referencia a un pan del Bierzo-”, recuerdo que llegó  decirme el oscarizado director artístico Gil Parrondo, que era ante todo un ser entrañable. Pues eso mismo, que el Curueño, que tiene fama de río truchero, como otrora lo fuera el río Noceda, sabe a bautismo. 

“Las truchas del Curueño, famosas por su piel fina y por su carne blanca y prieta de montaña, saltan en la cocina del bar Sierra de Nocedo”, escribe Llamazares.

Cascada de Nocedo

Por cierto, la cascada del Nocedo, que “esconde su belleza en la angostura de una grieta que el río de Valdorria ha abierto e plena roca para poder salvar el desnivel que lo separa del Curueño”, me recuerda a la cascada de La Gualta en Noceda, con lo cual Noceda y Nocedo se hermanan en nombre y paisaje, que es memoria afectiva. Nocedo y Noceda comparten nogaleda. 


Siempre con la memoria y la afectividad en la boca. Pues las personas, los paisajes, son más o menos lindos en función de los afectos que tengamos depositados en los mismos. Y de este modo la belleza, que también es bondad y verdad, se me antoja subjetiva porque depende de nuestros sentidos y de nuestros sentimientos, de nuestras emociones. Y la tierra de uno, o aquellas tierras que identificamos como propias, nos resultan bellas, gratificantes, por eso mismo.

En mi consciente resuena Sopeña de Curueño, que es la tierra del poeta Jesús Díez, del que me hablara por primera vez Julio Llamazares en el Festival Eñe de Literatura, que se celebra/celebraba en Madrid: https://www.ileon.com/cultura/060289/regreso-a-los-paisajes-del-alma-viajo-en-la-memoria-a-las-voces-del-origen

Con Toño Getino

Y de este pueblo, en el que pongo los pies -creo recordar que por vez primera-, es la editora y poeta Marina Díez (alumna también de mis cursos de escritura en la Universidad de León). Y de Sopeña era el cineasta leonés-argentino Octavio Getino, a quien llegué a conocer a través de un seminario de cine latinoamericano que ideara la cubana Alquimia Peña: http://cuenya.blogspot.com/2014/06/alquimia-pena.html (extraordinaria mujer, que me recibiera con mucha hospitalidad en mi primer viaje a La Habana). 

Después de tomar algo en el bar de Sopeña, me doy una vueltina por el pueblo, siempre en entrañable compañía, y me topo con un hombre que se dirige a mí y me pregunta si soy Cuenya. El mismo que viste y calza, le digo. Pues te recuerdo de la presentación que hicieras hace años de Jesús Díez en León, me responde. Qué bien, encantado. Conversamos y sale a relucir el nombre de Getino. Yo también me apellido Getino. Entonces serás familia del cineasta Octavio. Exacto.

La Valdorria

Yo soy Toño Getino. Qué curioso. Los astros se conjuntan. Sopeña me procura buenas vibraciones. Aún queda mucho camino que recorrer y el viajero y la viajera deciden continuar ruta, que ya va tocando la hora de comer. Al final, se acercan a Valdepiélago (hermoso nombre, que nos remite a las profundidades marinas). El viajero se acuerda de que de este sitio era un rapaz, Ángel, con quien compartiera un tiempecito de alojamiento en Oviedo durante su etapa universitaria.


Valdepiélago queda al ladito mismo de La Mata de la Bérbula (conviene no confundirla con La Mata de Curueño). En la Mata de la Bérbula pasó Julio Llamazares todos los veranos de su infancia. Y en este pueblo, que a los viajeros se les antoja un lugar familiar, el autor de Memoria de la nieve “aprendió a caminar y a descifrar los signos de la noche y del paisaje”. 

Se quedan a comer en Valdepiélago, en concreto en el mesón El Zaguán de Colín, al aire libre, aunque sopla un viento tan fresco que la viajera y el viajero (sobre todo éste) deciden terminar sus viandas, exquisitas por lo demás, en el interior del restaurante.


Los atiende Laura, una chica amable y sonriente, que incluso accede a hacerse una foto con el viajero. En el interior aparecen fotos de Jesús Calleja, entre algún otro. Pero uno echa en falta que no esté alguna imagen de Llamazares. Pues sí, viene algunas veces por aquí, añade Laura. Después de la copiosa comida, a base de revueltos y pastel de cabracho, apetecería echarse una siestecica a orillas del Curueño. O mismamente mientras nos dejamos arrullar por el sonido de la cascada de Nocedo.
Montuerto

El agua como algo hipnótico, que te sumerge en un ensueño. “Brama como una fiera herida y prisionera  de sí misma la cascada del Nocedo”, escribe Julio Llamazares, que se queda sobrecogido mirándola, “con la misma emoción y el mismo vértigo con los que la miraba siendo un niño”.  

El viajero y sobre todo la viajera, que guarda gratos recuerdos de Montuerto, se dirigen a este pueblo, en el que estuvieran hace ya algún tiempo. Y se acercan al camping, que parece regentar un hombre mayor, aunque en esencia él está haciendo las funciones de su sobrino, que lleva también el bar merendero, cuyo nombre se me hace exótico. Se llama Tagüima, lo que me suena a nombre hispanoamericano. El que lo bautizó así, según nos cuenta Julio en El río del olvido, fue un albañil, que había hecho la mili en África.

El viento resopla con fuerza en Montuerto. Y se avecina temporal en este verano frío en el Noroeste. 

Hoces de Valdeteja

A partir de la cascada del Nocedo, el viajero y la viajera se adentran en “el impresionante abismo de las hoces de Valdeteja”, que, aunque menos conocidas que las de Vegacervera, resultan fascinantes estas enormes montañas calizas, “un paisaje tan hermoso como sobrecogedor y tan espectacular como perturbador para el espíritu y el alma”, un paisaje que a uno lo traslada hasta la Transilvania, imaginándome vampiros en forma de cuélebres, diañus, llobus, mouros, nuberus, curuxas… emergiendo de algunas oquedades y cuevas originadas en las rocas. Como esa cueva que se halla en el pueblo de Llamazares, que al final no visitamos, aunque espero que podamos visitarla en un próximo viaje. 

Cementerio de Llamazares

Las curuxas, curujas o corujas son aves rapaces nocturnas, siempre al acecho, que dan nombre a nuestra revista cultural. "Las corujas -escribe Julio en El río del olvido- son almas en pena que han vuelto disfrazadas de pájaros desde el infierno". 

El pueblo de Llamazares

Al parecer, la cueva de Llamazares, cuya gruta se atisba al fondo, desde el cementerio del pueblo, desde donde se tienen buenas panorámicas, muestra singulares formaciones coraliformes. Un paisano, que está paseando con su perro labrador por el entorno, habla con el viajero y la viajera y les cuenta alguna cosa de esta cueva, poco o nada conocida si la comparamos con las cuevas de Valporquero. Y eso que las de Valporquero, que visitara por primera vez siendo un renacuajo, con unos cinco o seis años en una excursión escolar, tampoco son tan conocidas fuera de la provincia leonesa. O esa es al menos mi impresión.

La Mata de la Bérbula

El término Llamazares se refiere a terrenos pantanosos. En mi pueblo se habla de llamazos, que sería algo parecido.

Al final de las hoces de Valdeteja se abre, “como un nuevo espejismo”, el valle de los Argüellos, por el que tiene querencia el poeta Ángel Fierro (con quien compartiera, con él y con el tío Ful, la Güeste de Villafeide de 2019, invitados por la escritora y profesora Vane. Con la colaboración de Alma).

Ángel Fierro, a quien también he tenido la ocasión de entrevistar y llevar a las Tardes Literarias de Bembibre, llegó a invitarme hace años para hacer un cuentacuentos en Lugueros, lo cual le agradezco.

El Curueño

Fierro es autor, entre otros, de Río Curueño. El fluir legendario, en el que recoge leyendas como la del moro Qil, los milagros de San Froilán (en la Valdorria se halla una ermita dedicada a este santo), La dama de Arintero o los duendes de Tolibia, que están sin duda emparentados con estos vampiros de los que hablara cuando me refería a las Hoces de Valdeteja. “Los duendes y marcianos de Tolibia… en lugar de tener cuernos y rabo…, tocan y bailan”.

Lugueros

De la Valdorria, dice el escritor Llamazares, que no es un pueblo sino una aparición… La Valdorria es un sueño o un espejismo o una ilusión. Recuerdo, hace años, tal vez con un grupo de Erasmus, treparme hasta la Valdorria y luego hasta la ermita del santo Froilán, que, siendo un jovencito, se retiró en las montañas del Bierzo. Una experiencia mística de alto voltaje, cual si uno se sintiera en éxtasis al estilo de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús.

“A los pies de Bodón, la mítica montaña del Curueño, el imponente farallón calizo… que vigila y domina el valle de los Argüellos, la vega de Lugueros se extiende mansamente, entre saúcos silvestres y huertos y choperas, como un oasis de paz y de verdor tras los ocho kilómetros de agreste y turbador desfiladero”, nos cuenta Llamazares.  

Iglesia de Lugueros

Lugueros es un pueblo precioso, o eso le parece al viajero, que, desde donde está ubicada la iglesia del pueblo, un genuino mirador, se ofrecen maravillosas vistas. La iglesia del pueblo, donde también presentara Llamazares algunos de sus libros (lo recuerdo en compañía de Fierro) me hace fantasear con alguna iglesia californiana, tal vez con la Misión San Francisco de Asís que fuera escenario de rodaje en la película Vértigo (De entre los muertos) del mago del suspense, el siempre genial Hitchcock.

El viaje continúa en dirección al puerto de Vegarada, ya en el límite con las Asturies de los míos amores, pero, a medida que nos acercamos a lo alto, una niebla espesa lo cubre todo, impidiendo disfrutar de la belleza del paisaje. Y la carretera deja de estar asfaltada para convertirse en una pista de terracería, sólo apta para todoterrenos. A ver si en otra visita hay más suerte. La estación de esquí de San Isidro queda a pocos kilómetros. 

A medida que descendemos comienza a despejarse y, ya en Redipuertas (Rediós, qué puertas), la niebla ha desaparecido casi completamente.

Cerulleda

“Redipuertas es el último pueblo del Curueño y el primero, por lo tanto, bajando por el río… Según los mapas también, en Redipuertas nace, al menos como tal, el río Curueño”, escribe Llamazares.

Redipuertas no llama la atención al viajero, en cambio, sí lo hace y mucho el pueblo de Cerulleda, que le parece todo un Nacimiento, un Belén navideño. Tal vez aquí nace en verdad el río, como una auténtica creación divina. Un sitio extraordinario para darse un baño bautismal.

Cerulleda, con sus puentes y su molino -el molino del escritor Jesús Fernandez Santos, el autor entre otros de Los bravos o Extramuros, al que menciona Llamazares en su libro-, se me hace un lugar prístino. Y me devuelve a la aldea de Setti Fatma en el valle del Ourika marroquí, que tanto me entusiasma, espacio en el Atlas al que he viajado en diversas ocasiones.

Puente Cerulleda

Sobre el río Curueño  han escrito varios autores, como deja reflejado en este artículo el gran Fulgencio Fernández (el tío Ful): https://www.lanuevacronica.com/del-olvido-y-la-literatura

De regreso a la ciudad de León, "la bella desconocida", que luce majestuosa entre el Torío y el Bernesga, con su magnética catedral y su entrañable barrio Húmedo, hacemos un alto en La Vecilla, adonde suelen ir a veranear los asturianos, según Julio Llamazares. En La Vecilla tenía casa, creo recordar, la periodista y escritora astur Ángeles Caso, que es amiga de Julio y también de Manu Velasco,  maestro, narrador  y bloguero toreniense (otro paisano ilustre de Toreno, como lo es Nuria, a la que hacía referencia en anterior entrada de este blog), al que Caso le prologara su libro Soñando personas. 

Torreón medieval en La Vecilla

"Anclada como un barco al pie de las montañas, con aire puro y fresco y limpias aguas, La Vecilla dobla su población cada verano, gracias, principalmente, a la gran afluencia de asturianos", escribe Julio Llamazares. Al viajero le llama la atención un panel informativo sobre el Camino Olvidado en el que aparece Noceda del Bierzo (aparte de Fasgar y Colinas del Campo, claro está), que se halla próximo a la casa consistorial, ubicada en el torreón medieval del pueblo. Con su forma cilíndrica. Que en tiempos construyeran los condes de Luna "para la defensa y el gobierno de las tierras del Curueño". La plaza Mayor, situada entre el ayuntamiento y la iglesia, se muestra como un remanso de paz, de sosiego. Es domingo.  

 A los campesinos en Boñar

La Vecilla es, aparte de la capital y el corazón del valle del Curueño, con su estación de tren, el reino del gallo de pluma. El gallo de oro (con un guiño al maestro Rulfo). "Camino de La Vecilla, el viajero deja atrás los tejados de La Cándana, pero los gallos le acompañan todavía largo trecho con sus cánticos", rememora Julio Llamazares. Y en verdad que a este otro viajero le chiflan los cánticos de los gallos, que en Noceda entonan con maestría y emoción.  


La ribera del Curueño va quedándose atrás, mientras el viajero y la viajera deciden acercarse a Boñar (al parecer, el padre de mi padre, que era herrero, vivió allí, eso creo que lo contaba el inolvidable Amador Fierro, que vivía, antes de fallecer ya hace años, en el Divino Obrero de León). 

El pueblo del Negrillón, ya sin su olmo centenario, aunque sí con su monumento a los ganaderos y su iglesia, es un pueblo animado, sobre todo en verano. Y sobre todo un buen punto de partida para visitar la montaña central leonesa, incluido por supuesto el pantano del Porma (pendiente queda la visita por la ruta literaria que ideara la profesora Nuria a partir de dos obras de Llamazares). 

Unos nicanores de Boñar no pueden faltar en esta visita. Están deliciosos. Hasta una próxima. 

 


martes, 3 de agosto de 2021

Primavera extremeña en Sabero

Primavera extremeña, primavera mortal y hermosa, primavera llena de luces y de animales en libertad, pese a la gran tragedia que se cernía sobre el planeta...  

Sin pretenderlo, al cabo de muchos años, había vuelto a vivir un tiempo perdido, el tiempo de la infancia, ese que nunca pasa en nuestra memoria porque se convierte en oro como la primavera extremeña al llegar el mes de junio y con él el verano y el calor.

(Llamazares, Primavera extremeña)


León, "la vieja ciudad gótica, varada como un barco entre dos ríos", como mapa donde uno tiene sus afectos  y punto de partida hacia la ribera del Curueño, el río del olvido del que nos hablara el escritor Julio Llamazares, que en esta ocasión acaba de presentar su Primavera extremeña en el museo de Sabero, donde he podido estar varias veces.

El río Torío a su paso por La Candamia

Y recientemente, con este motivo, escuchar, ver y saludar a Julio, que nunca deja indiferente a su auditorio con su verbo inteligente y humorístico, con su cercanía y naturalidad, con su manera de ser y estar en el mundo. Por eso, su escritura brota de un modo natural, sencillo y a la vez profundo como un venero. 

Por cierto, Veneros es una población cercana a Sabero en la que estuviera hace años en la casa de Chema y Rosa y donde veranea el gran poeta Toño Llamas, a quien también tuve la oportunidad de saludar en Sabero a resultas de la presentación de Llamazares, que fue todo un éxito de público, incluso con las consabidas restricciones COVID. Y por supuesto un momento magnífico para el reencuentro con el escritor de Vegamián, que nos deleitó, como decía, con su forma de decir, como aquello de que un escritor es quien logra tocar la fibra de sus lectores, aunque uno no sepa de antemano a quien va a llegar el mensaje lanzado en una botella al mundo. 

Llamazares en la presentación en el museo de Sabero

Un libro, Primavera extremeña (aquí toda mi gratitud y cariño entrañable a mi compañera de viaje/vida por obsequiarme con este volumen) que su creador no tenía pensado escribir en un inicio, porque estaba con una novela, pero su primer confinamiento en un lugar perdido en mitad del monte de Extremadura, "rodeado de uno de los paisajes más fabulosos de cuantos conozco", le hizo cavilar y ponerse manos al asunto, gracias a la inspiración de las acuarelas del alemán Konrad Laudenbacher, con quien estableció una gran amistad en la sierra de los Lagares, junto a Trujillo, en tierras de Cáceres, donde se instaló Julio con su familia (en concreto en el lagar de Los Almendros), escapándose de una atmósfera de temor, densa y gris, que se palpaba en Madrid con la llegada de un enemigo invisible. 

A Konrad, que fuera restaurador de arte y conservador de la Pinacoteca de Munich, ya lo conocía Julio Llamazares a través del diarista y fiscal Avelino Fierro (eso creí escuchar/entender en la presentación), quien acompañara al autor, al igual que lo hiciera Konrad, en la mesa de presentación. 

En todo caso, Konrad y su compañera María son vecinos de Julio en Madrid, tal y como el mismo cuenta en su reciente libro. "Vecinos también nuestros en Madrid y responsables indirectos de la compra del lagar por parte de la familia de C., pues fueron los que se lo mostraron". 

Julio y Konrad

Apuntes del natural, así subtitula Julio su obra Primavera extremeña, porque considera que también él escribió acuarelas, como hiciera Konrad pintándolas, para ilustrar este libro en el que se nos pinta una primavera esplendorosa, virgiliana y bucólica, en una tierra llena de luz y colorido, con el olor a azahar, jara y hierba seca embriagándolo todo, enmarcada en el contexto de una tragedia pandémica. Una tierra que compartiera asimismo con el burro Aristóteles y el caballo Douglas, que figuran como auténticos protagonistas en el libro.  "Éramos felices y no lo sabíamos", recordaba Julio que dijera un periodista, algo que uno curiosamente también llegara a decir en algún momento de la pandemia.  

Río Curueño a su paso por Montuerto

La sencillez, la naturalidad, la percepción y la sensibilidad del escritor logra adentrarnos en esta bella primavera, que tanto me hace recordar a la primavera que uno viviera en mi pueblo de Noceda del Bierzo en aquel primer confinamiento de 2020, que parece que fuera hace ya un montón de años, como bien nos recordara el propio Julio. 

Vaya por delante mi agradecimiento tanto a Julio Llamazares como a Roberto Fernández, el director del museo de Sabero, que hicieran posible estar en esta presentación, que, como no podía ser de otro modo, me entusiasmó. Y sobre todo la velada posterior en magnífica compañía. Lástima que comenzara a refrescar, incluso a llover, y eso adelantara el fin de la velada. 

Me gustó saludar, entre otros, a la artista Cecilia Orueta (la compañera de Julio) y conocer a Nuria, profesora de Literatura del instituto de Boñar, que ideara una ruta literaria por el pantano del Porma a partir de Distintas formas de mirar el agua y Retrato de un bañista del propio Llamazares, quien me la presentara. 

https://cuenya.blogspot.com/2015/09/distintas-formas-de-mirar-el-agua.html

Curiosamente, Nuria resultó ser paisana de Toreno, qué maravilla, que sea una berciana a quien se le ocurriera esta feliz idea. De cara al otoño, si te parece, Nuria, podrías hacer de guía, ya que tú conoces de primera mano esta ruta literaria: https://xn--elecodelamontaa-crb.com/ 

https://cuenya.blogspot.com/2021/06/el-eco-de-la-montana.html

Olleros de Sabero

Sabero (en concreto Olleros de Sabero) es la tierra minera en la que Julio Llamazares viviera su infancia en blanco y negro, el blanco por la nieve y el negro por el carbón, como él mismo nos cuenta en ese otro libro conmovedor que es Escenas de cine mudo. https://cuenya.blogspot.com/2010/07/escenas-de-cine-mudo-de-llamazares.html

Algún día, algún año, en cuanto se acabe la pandemia, que esto también llegara a su fin, eso deseamos, me gustaría que visitaras, amigo Julio, el útero del Gistredo, ya que tú mismo me preguntaste si seguía con el Encuentro literario en mi pueblo. 

Invitado quedas para un próximo encuentro en Noceda del Bierzo. Mientras, seguiremos recorriendo la ribera del Curueño, la memoria del río, del que daré cuenta en la siguiente entrada de este blog.