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domingo, 22 de marzo de 2020
Aveiro en canal
Bajo una luz primaveral y acariciadora, se abre Aveiro en canal, o en canales, en su corporeidad vital y multicolor, en sinfonía sensorial, en polifónico espíritu.
Aveiro luce espléndida con sus canoas, esas trajineras que navegan por las arterias de un espacio que bombea sangre y alma, que irriga una realidad ensoñada. Que tal vez me devuelve a Xochimilco, en tierras aztecas.
Mientras, las palomas corretean en busca de migajas y libertad. El sueño de la libertad, el vuelo sosegado de una belleza sentida.
Siento la visita de Aveiro como si fuera la primera vez, aunque esta, rememoro, sea mi segundo viaje a esta ciudad tocada por la varita mágica de lo vibrante, con el sano estremecimiento de lo eterno y el exotismo de lo palmeral.
Bajo un prisma de irrealidad que palpita y envuelve.
A menos de cien kilómetros de Oporto, Aveiro es un sueño real, la Venecia portuguesa, aunque me late submarina como una una cidade holandesa, acaso danesa, siempre universal y sanadora.
Un brindis por la belleza, que engendra una dulce sensación de mapa de los afectos.
Volveré, aunque aun no me haya ido.
Esa es al menos mi intención.
sábado, 21 de marzo de 2020
El miedo
El miedo guarda la viña, decían otrora en mi pueblo. El miedo es libre, se dice en el lenguaje cotidiano. El miedo a la libertad. Ese sí que es un gran miedo. Auto-destructor. El miedo a nosotros mismos. El miedo a lo diferente. El miedo al Otro.
El miedo, sobre todo si es irracional, causa estragos en el ser humano. El miedo nos tiene paralizados, como si nos hubieran amenazado con el hombre del saco, o el sacamantecas, y estuviéramos todos cagaditos (disculpad el término escatológico).
El miedo, en tiempos a un dios tirano y castigador, y ahora a un virus de mierda, nos tiene esclavizados, literalmente amarrados a la pata de la mesa, encerrados en este mundo tarado y vuelto del revés, en esta casa del diablo o del infierno. Que más da. No hay más infierno que este mundo. Y no hay más cielo que esta Tierra. El infierno son los otros. Nos dijo Sartre. O es uno mismo. Todos somos en cierta medida cielo e infierno.
Cielo e infierno es un conmovedor disco de Vangelis.
Nos creíamos dioses y diosas en el olimpo de los elegidos y somos unos pobrecitos mortales, para más inri agarrados por huevamen u ovariamen, permitidme estos palabrines.
El miedo, que es consustancial al ser humano (tal vez por eso se inventaron los dioses y las diosas), es algo que sabe manejar muy bien el poder establecido, los poderes en general, para paralizarnos, dejarnos noqueados, hacer de nosotros a su antojo. El miedo a quedar sin trabajo, el miedo a quedar sin dinero, sin techo, sin nada... el miedo a morir, el miedo a todo, el miedo al miedo. Rizando el rizo de la melena afro (perdón por esta salida de tono).
Qué este virus infame no pille a la población subsahariana, que la va a dejar temblando del susto.
¿Pero por qué tenemos tanto miedo, si la historia nos dice que siempre ha habido y habrá pestes, epidemias, pandemias... todo tipo de adversidades y contratiempos... guerras, holocaustos, hambrunas...? Si ya nos sabemos el cantar de los cantares, ¿por qué ahora iba a ser diferente?¡Porque somos acaso mejores, más guapos y aseaditos que quienes nos han precedido!
Pues no tengamos tanto miedo, si de todos modos acabaremos muriéndonos. Hasta algún vídeo he visto recientemente en el que se dice, a modo guasón, naturalmente, que todos los españoles acabaremos muriendo, todos los españoles y no españoles. Antes o después. Pues la muerte es nuestra única certeza.
Y cuando nos llegue la muerte, ya no podremos dar fe del cuento, como quizá dijeran los filósofos estoicos, re-interpretados en estos momentos por mi prisma psicodélico.
Un chute de alegría nos vendría bien en este tiempo de angustias y virus. Pero resulta complicado hacer la vista gorda a algo que nos meten por los ojos a todas horas. Quieras o no. Nos desayunamos, almorzamos y cenamos con el virus. Es nuestra nutrición.
Nos volvemos chalados porque nos saturan de información, nos chutan con ruido informativo, nos dicen una cosa y luego la contraria, nos marean, nos zarandean.
Hay gente que se está muriendo (esa es una realidad), hay gente que se contagia (siento mucho tu contagio, Olga, y espero que pronto salgas recuperada, siento que algunos oriundos de Noceda también estén infectados, les deseo lo mejor...). Siento, porque soy humano, porque soy sensible, porque no puedo evitarlo.
Siento que acabemos todos infectados. Pero debemos armarnos de valor y afrontar la situación, con nuestro mejor rostro. Hacer corazón de tripas (¿o es al revés?). Y levantar el ánimo, porque además eso hace más fuerte nuestro sistema inmune.
Desde los medios, que están al servicio del poder (no lo olvidemos) nos bombardean literalmente con misiles víricos. Nos contagian por todos los poros del intra-ánima. Nos contagiamos nosotros mismos, sólo de pensarlo. Y así en este plan de planes.
Por tanto, hagamos un esfuerzo aún más.
Venga, ciudadanía del mundo, no os dejemos amedrentar por un virus.
Quién dijo que la vida era fácil. Quién nos metió la Gran Mentira por los ojos.
La historia se repite, ya lo sabemos, y la peste bubónica del Medievo, a la que hace mención Boccaccio en El Decamerón, tiene lugar ahora bajo el coronavirus (hasta perece lindo el nombre bajo su máscara ponzoñosa, como de rey mago trepado a un dromedario que surcara un firmamento de dunas. Haylos y haylas que pensarán en otras coronas. No me sean malpensados).
En estos momentos estoy releyendo El Decamerón (un tochito considerable), un volumen con historias para troncharse, de celos, de infidelidades, de picaresca, como la del sordomudo ficticio, imaginario, que se hace el mensito y el mudito, metiéndose en un monasterio, y acaba beneficiándose a las monjitas, o mejor dicho, ellas se aprovechan de él creyendo que es un tolín.
La historia es cíclica. El río se desborda y vuelve a su cauce. Si bien es cierto que estamos maltratando (a) la Madre Naturaleza. Y ésta nos acaba devolviendo sus coces en forma de maremotos, terremotos, volcanes en erupción... Maltratamos a los animales (vacas locas, gamusinos esquizoides...) y ellos nos devuelven la basura que les procuramos.
Aprendamos, reflexionemos, seamos más empáticos, pongámonos, eso mismo, en el lugar de los otros. Los otros especulares.
No seamos tan cabrones, tan egocéntricos, tan relamidos. Porque polvo somos y en polvo nos convertiremos. Pero por el momento sintamos el placer del día a día, con poco o nada, porque a fin de cuentas la vida es un milagro, aquí y allá. Milagro, no en sentido religioso, sino en el sentido literal del término. Vivir cada día es un auténtico regalo.
La vida es un gran obsequio. Que algunos aprovechan, eso sí, para beneficiarse de los demás, para enriquecerse a costa de los demás. Para vivir la vida de varias generaciones, sin vivirla, porque la vida es finita. Y no da para mucho. O sí. Depende de lo que se ansíe.
Ha llegado la hora de abrazarnos.
Sin miedo, sin miedos, por favor.
El miedo, sobre todo si es irracional, causa estragos en el ser humano. El miedo nos tiene paralizados, como si nos hubieran amenazado con el hombre del saco, o el sacamantecas, y estuviéramos todos cagaditos (disculpad el término escatológico).
El miedo, en tiempos a un dios tirano y castigador, y ahora a un virus de mierda, nos tiene esclavizados, literalmente amarrados a la pata de la mesa, encerrados en este mundo tarado y vuelto del revés, en esta casa del diablo o del infierno. Que más da. No hay más infierno que este mundo. Y no hay más cielo que esta Tierra. El infierno son los otros. Nos dijo Sartre. O es uno mismo. Todos somos en cierta medida cielo e infierno.
Cielo e infierno es un conmovedor disco de Vangelis.
Nos creíamos dioses y diosas en el olimpo de los elegidos y somos unos pobrecitos mortales, para más inri agarrados por huevamen u ovariamen, permitidme estos palabrines.
El miedo, que es consustancial al ser humano (tal vez por eso se inventaron los dioses y las diosas), es algo que sabe manejar muy bien el poder establecido, los poderes en general, para paralizarnos, dejarnos noqueados, hacer de nosotros a su antojo. El miedo a quedar sin trabajo, el miedo a quedar sin dinero, sin techo, sin nada... el miedo a morir, el miedo a todo, el miedo al miedo. Rizando el rizo de la melena afro (perdón por esta salida de tono).
Qué este virus infame no pille a la población subsahariana, que la va a dejar temblando del susto.
¿Pero por qué tenemos tanto miedo, si la historia nos dice que siempre ha habido y habrá pestes, epidemias, pandemias... todo tipo de adversidades y contratiempos... guerras, holocaustos, hambrunas...? Si ya nos sabemos el cantar de los cantares, ¿por qué ahora iba a ser diferente?¡Porque somos acaso mejores, más guapos y aseaditos que quienes nos han precedido!
Pues no tengamos tanto miedo, si de todos modos acabaremos muriéndonos. Hasta algún vídeo he visto recientemente en el que se dice, a modo guasón, naturalmente, que todos los españoles acabaremos muriendo, todos los españoles y no españoles. Antes o después. Pues la muerte es nuestra única certeza.
Y cuando nos llegue la muerte, ya no podremos dar fe del cuento, como quizá dijeran los filósofos estoicos, re-interpretados en estos momentos por mi prisma psicodélico.
Un chute de alegría nos vendría bien en este tiempo de angustias y virus. Pero resulta complicado hacer la vista gorda a algo que nos meten por los ojos a todas horas. Quieras o no. Nos desayunamos, almorzamos y cenamos con el virus. Es nuestra nutrición.
Nos volvemos chalados porque nos saturan de información, nos chutan con ruido informativo, nos dicen una cosa y luego la contraria, nos marean, nos zarandean.
Hay gente que se está muriendo (esa es una realidad), hay gente que se contagia (siento mucho tu contagio, Olga, y espero que pronto salgas recuperada, siento que algunos oriundos de Noceda también estén infectados, les deseo lo mejor...). Siento, porque soy humano, porque soy sensible, porque no puedo evitarlo.
Siento que acabemos todos infectados. Pero debemos armarnos de valor y afrontar la situación, con nuestro mejor rostro. Hacer corazón de tripas (¿o es al revés?). Y levantar el ánimo, porque además eso hace más fuerte nuestro sistema inmune.
Desde los medios, que están al servicio del poder (no lo olvidemos) nos bombardean literalmente con misiles víricos. Nos contagian por todos los poros del intra-ánima. Nos contagiamos nosotros mismos, sólo de pensarlo. Y así en este plan de planes.
Por tanto, hagamos un esfuerzo aún más.
Venga, ciudadanía del mundo, no os dejemos amedrentar por un virus.
Quién dijo que la vida era fácil. Quién nos metió la Gran Mentira por los ojos.
La historia se repite, ya lo sabemos, y la peste bubónica del Medievo, a la que hace mención Boccaccio en El Decamerón, tiene lugar ahora bajo el coronavirus (hasta perece lindo el nombre bajo su máscara ponzoñosa, como de rey mago trepado a un dromedario que surcara un firmamento de dunas. Haylos y haylas que pensarán en otras coronas. No me sean malpensados).
En estos momentos estoy releyendo El Decamerón (un tochito considerable), un volumen con historias para troncharse, de celos, de infidelidades, de picaresca, como la del sordomudo ficticio, imaginario, que se hace el mensito y el mudito, metiéndose en un monasterio, y acaba beneficiándose a las monjitas, o mejor dicho, ellas se aprovechan de él creyendo que es un tolín.
La historia es cíclica. El río se desborda y vuelve a su cauce. Si bien es cierto que estamos maltratando (a) la Madre Naturaleza. Y ésta nos acaba devolviendo sus coces en forma de maremotos, terremotos, volcanes en erupción... Maltratamos a los animales (vacas locas, gamusinos esquizoides...) y ellos nos devuelven la basura que les procuramos.
Aprendamos, reflexionemos, seamos más empáticos, pongámonos, eso mismo, en el lugar de los otros. Los otros especulares.
No seamos tan cabrones, tan egocéntricos, tan relamidos. Porque polvo somos y en polvo nos convertiremos. Pero por el momento sintamos el placer del día a día, con poco o nada, porque a fin de cuentas la vida es un milagro, aquí y allá. Milagro, no en sentido religioso, sino en el sentido literal del término. Vivir cada día es un auténtico regalo.
La vida es un gran obsequio. Que algunos aprovechan, eso sí, para beneficiarse de los demás, para enriquecerse a costa de los demás. Para vivir la vida de varias generaciones, sin vivirla, porque la vida es finita. Y no da para mucho. O sí. Depende de lo que se ansíe.
Ha llegado la hora de abrazarnos.
Sin miedo, sin miedos, por favor.
jueves, 19 de marzo de 2020
Carnavaleando en Oporto/Porto
Carnavaleando en Oporto/Porto, es un decir esto de carnavalear, paseando por esta ciudad fluvial y marina, navegando a través del espacio y el tiempo, siempre hacia el agua como espacio amniótico.
Atraído por aquello que fluye. Amo todo lo que fluye. Y Porto ofrece Douro y mar Atlántico.
Enhechizado por una ciudad a la vez cercana y familiar y a la vez como sacada de otro tiempo, acaso de otro cuento [contame otra historia, que diría un argentino o argentina], con sabor a francesinha. A francesinha tropical (como un local donde la sirven exquisita). A café ultramarino.
Con sus barcos y sus luces de colores y esas puestas de sol que hacen soñar, soñar con otro mundo, un mundo nuevo al tiempo que ancestral.
Siempre nos quedará Oporto. En una noche en calma, con un invierno que huele a primavera mentolada.
La contemplación es un espectáculo que permite un bienestar sin igual. Y se aproxima a eso que llaman la felicidad, que vaya usted a saber que cosa es. Un instante de placer, tal vez, acaso de armonía con uno y con el mundo entorno.
Desde la Ribeira, o bien desde Vila Nova de Gaia, con sus bodegas, el placer está servido en bandeja de oro 24 quilates.Contemplar un amanecer, y por supuesto un atardecer o la caída del día, mientras uno se queda arrobado sintiendo el discurrir del Douro, el río de oro, que va a dar a la mar, resulta extraordinario. Un sueño, un genuino sueño fluvial.
Los aviones surcando el firmamento, las gaviotas sobrevolando el ambiente, con sus sonidos ancestrales, con su ritmo, que invita a bailar una danza tribal.
Oporto, el Puerto, el Porto me despierta con su caricia matinal y me arrulla llegada la noche, con su nana inmemorial o memorial. Con el tiempo suspendido en su aire transparente, con su calidez cuasi primaveral y su luz vibrante.
Me gusta ese Oporto decadente, con olor a moho y a ropa tendida en sus casas azulejadas y coloridas, me gusta ese Oporto de callejuelas empinadas, que siempre van a dar al Douro. Y me gusta ese Oporto-mirador de tejas.
Pero me entusiasma sobre todo ese Oporto que se abre al mar, con su luminosidad y la mirada perdida en un horizonte de olas, que vienen y van, arrulladoras también, como una canción relajante de infancia.
Ese Oporto Atlántico que parece mirar y mirarse en el espejo americano.
Al otro lado, a unas cuantas millas, a unos cuantos kilómetros se sitúa el continente americano, que sigue haciéndome fantasear a la vez que me procura una dulce sonrisa de melancolía, de saudade.
Oporto es fado y saudade, morriña embotellada con aroma a cepas viejas, a vino en barrica de roble, a dulcedumbre. Oporto sabe a café, sí, con regusto a algo inolvidable. Y a vino. Y a tierra familiar, como ya apuntara en alguna ocasión.
Este carnaval me ha permitido disfrazarme de portugués, si tal puede decirse, mezclarme con la población portuguesa, hermana, fraternal. Y volver a gozar de una ciudad que ya se ha convertido en mapa afectivo con el transcurrir de los años. Una ciudad en la que me siento a gusto y en paz.
Incluso pude acercarme a Póvoa de Varzim, que pertenece al distrito de Oporto, a su Gran Área Metropolitana. Y se sitúa a algo más de media hora del centro de Porto en metro.
Hasta allí me allegué cual peregrino para asistir al festival llamado Correntes d'Escritas, que congrega a los mejores escritores del panorama nacional portugués, amén de algunos españoles como Rosa Montero, que hizo una exposición brillante (con cita incluso al enorme Nietzsche), a quien me hubiera gustado saludar pero, con tantísima gente, me resulto tarea imposible. Quizá debería haber andado más espabilado.
Incluso pude acercarme a Póvoa de Varzim, que pertenece al distrito de Oporto, a su Gran Área Metropolitana. Y se sitúa a algo más de media hora del centro de Porto en metro.
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| Foto tomada de la web del festival de Correntes |
Hasta allí me allegué cual peregrino para asistir al festival llamado Correntes d'Escritas, que congrega a los mejores escritores del panorama nacional portugués, amén de algunos españoles como Rosa Montero, que hizo una exposición brillante (con cita incluso al enorme Nietzsche), a quien me hubiera gustado saludar pero, con tantísima gente, me resulto tarea imposible. Quizá debería haber andado más espabilado.
En todo caso, puedo dar fe de este festival, al que me invitara la poeta portuguesa Isabel Pinto, a la que conociera hace ya unos años en el certamen poético de A Rúa, en Galicia. Una buena cicerone, Isabel, a la que agradezco su amabilidad para conmigo.
Ahora, que ha transcurrido el tiempo, tengo la sensación, a resultas por supuesto del virus, de que mi visita a Porto fuera hace una eternidad. Ya entonces andaba pululando el virus. Y supimos (y nos acojonamos, permitidme este palabro) que el escritor Sepúlveda (que por el festival de Correntes andaba, yo ni lo vi) contrajera el coronavirus, al parecer en Italia, no en Portugal. No obstante, esa noticia nos sobrecogió, decía.
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| Póvoa de Varzim |
Sea como fuere, ahora estamos todos en la cuerda floja debido a este virus infame y dispuesto a acabar con todos nosotros. Millones de muertos se prevé si no logramos parar esta monstruosidad, el monstruo, este sí es un monstruo que da miedo. Y no hablamos de ninguna película, aunque lo pareciera.
El carnaval de la belleza de Oporto ha dado paso al carnaval de la muerte. Por el momento, aquí seguimos.
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