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lunes, 25 de noviembre de 2013

El callejón de los milagros

Confieso mi devoción por El callejón de los milagros. Parece que de repente me entrara una vena mística, que pa' qué. Me trae muy buenos recuerdos esta película de mi época en México, que fue donde la vi por primera vez. Me encantó y me sigue gustando, como si fuera la primera vez. Supongo que será porque se trata de una buena película, aunque decir esto así no signifique mucho. Bueno y malo son conceptos maniqueos. ¿Verdad? En cualquier caso, está avalada por varios premios, entre ellos, la Mención Especial en el Festival Internacional de Cine de Berlín en 1995 por su excelente calidad narrativa o el Premio Goya en 1996 a la Mejor Película Extranjera en lengua española. 

Basada en la novela homónima del Nobel Mahfuz, El callejón de los milagros está dirigida por el solvente Jorge Fons, cineasta mexicano, tal vez no demasiado conocido fuera de su país, pero con una larga y exitosa carrera cinematográfica (véase Rojo amanecer). En todo caso, Fons, con la ayuda de su guionista Leñero, que construye magníficos diálogos, hace propia su historia, trasladando todo el meollo del cogollo a México, su tierra, porque el Nobel egipcio sitúa su novela en El Cairo en los años 40. 
         Por tanto, Fons da una vuelta de tuerca a la novela y la lleva a su terreno, que es el que mejor conoce, y eso se nota y se siente con gran emoción, porque lo que nos cuenta y cómo nos lo cuenta es realmente extraordinario. 
         El Cairo de los años 40 de Mahfuz se transforma, en esta obra maestra del cine, en la vida de unos singulares personajes (es una gran peli de personajes encarnados por excelentes actores y actrices), a los que no parece sonreírles la vida, en la Ciudad de México, años 90.

 Personajes atrapados, obsesionados con el dinero y el sexo, como motores vitales, incapaces de salir de la miseria... moral en la que viven inmersos. La película, en la que se entrecruzan las historias -aderezadas con humor y montadas de un modo innovador y fragmentado- se estructura en cuatro episodios, que son contados, con un lenguaje coloquial, "chilango", propio de los habitantes del D.F., desde tres puntos de vista. Hay incluso escenas que parecen repetidas porque son tomadas desde diferentes ángulos de cámara o puntos de vista, con saltos temporales hacia atrás.  El montaje es del prestigioso Carlos Savage, conocido por sus colaboraciones con Luis Buñuel en películas como Los olvidados, Él, Nazarín o Él ángel exterminador, entre otras muchas y grandes. 

Los puntos de vista son el de Don Ru (Rutilio, interpretado por el actor Gómez Cruz), el dueño de la cantina donde se reúnen los parroquianos a darle al dominó, al trago y al palique; el punto de vista de Almita (Salma Hayek, cuya interpretación resulta sensual, engatusadora y en verdad reveladora) que busca volar, y el de la ingenua Susanita (que interpreta la actriz Margarita Sanz, ganadora de un premio Ariel por su actuación), que es la dueña del vecindario donde vive Almita y el resto de personajes. Los cuatro episodios, todos ellos con el callejón de los milagros como escenario -de ahí el título-, corresponden a los tres puntos de vista de los protas, además de un cuarto episodio, "el regreso" (Abel regresa en busca de su amada, Almita), que sirve para concluir una trama amorosa con regusto amargo. El amor y la muerte abrazados y fundidos en el Fin. 

         El primer episodio, después de mostrarnos el callejón de los milagros, corresponde a Don Ru, el jefecito de una cantina, "Los Reyes antiguos", donde los habituales juegan al dominó, el típico machito mexica, con mala baba, que trata a su esposa (Doña Eusebia) como a una mierda, se enseña con su hijo Chava y su empleado el Güicho (un raterillo) y acaba sucumbiendo -ironías de la vida- a los encantos de un jovencito, Jimmy (empleado de una tienda de ropa). Algo que le revela a Abel (el peluquero). Estupendas las partidas de dominó (que sirven para introducir cada uno de los capítulos) con un cuarteto de cine, a saber, el doc, que es un dentista tuerto enredado en asuntos turbios; Zacarías, que es un mugroso y vividor, que maneja a los mendigos y acosa a Flor, la dueña de la carnicería del callejón; Ubaldo, el hombre culto, "el pinche poeta", porque se la pasa, mientras juega al dominó, recitando versos de Amado Nervo, a la vez que cita a Dante o a Platón, y Don Fidel, el dueño de una joyería, que le propone matrimonio a Almita, aunque es su madre, Doña Cata, quien lo quiere para ella. 
El segundo episodio se centra en Almita, que está enamorada de Abel, aunque este decide emigrar a los Estados Unidos con su amigo Chava (el hijo de Don Ru y Doña Eusebia).  Almita, al marcharse Abel, acaba hipnotizada por un padrote o chuloputa, José Luis (interpretado de un modo estupendo por el actor mexicano, aunque nacido en Madrid, Giménez Cacho, al que hemos visto recientemente en Blancanieves, de Berger), que le promete el paraíso y la mete de lleno en el mundo del puterío de lujo. 
El tercer episodio está dedicado a Susanita,  la ricachona casera del vecindario, donde viven todos los personajes, como en una colmena. Es una solterona avara y "necesitada" que aspira a cumplir su sueño amoroso. Y para ello recurre a Doña Cata, la madre de Almita, para que le lea el destino con las cartas del tarot. Doña Cata le dice que encontrará al hombre de su vida, porque "las cartas lo averiguan todo" y de este modo "la adivinadora" se ahorrará el alquiler de Susanita, quien, tras echarle los perros al Chava, acabará topándose con el Güicho, el cual le hace la corte sólo por interés. Y el cuarto, el regreso, que cierra la peli con un desenlace trágico. 
Una película que nos muestra un México tan real y tan vivo como la vida misma.  

sábado, 23 de noviembre de 2013

Los muertos de Celama

Los muertos de Celama

MANUEL CUENYA 17/12/2003
En el reino de Celama, Comala, tierra paramera, el teatro en su estado puro, el teatro Corsario como uno de los mejores de este país, ¿de qué país? 

Fernando Urdiales como patrón de barco. Cuando vi esta representación teatral me entraron ganas de no morirme nunca jamás. Qué chistoso. 
Los muertos de Celama bien podrían ser los muertos del Bierzo o los muertos de Pedro Páramo. El Páramo como lugar onírico y a la vez real como la vida misma, como la muerte que ya es. “El Páramo es la muerte que supura el metal”. “El espejo de su ruina, la ruina del cielo, que suena como es Dios”. Vivos infelices que están muertos y muertos que nos hablan con sentimientos y luego nos cantan tangos de amor y muerte. Así es esta vida precaria y penosa en el culo del mundo, en el reino de Celama, que bien podría ser Comala o cualquier cementerio o pueblecito mejicano/berciano, Luvina, nomás, donde las noches invernales se hacen eternas, un lugar en el que la vida no vale nada, la vida no vale nada en León, en León Guanajuato, como reza una canción mejicana harto irónica y macabra. Si bien es cierto, “no es lo mismo morir en Celama que en la Vega”. Yo tampoco soy el autor de este texto, acaso vertebral, sino sólo un muerto más, dispuesto, eso sí, a contaros algo acerca de esta obra teatral que tuve el placer de ver y escuchar hace tiempo en el Bergidum ponferradino. Hablemos, pues, del reino de Celama y de su adaptación teatral realizada por el propio Luis Mateo Díez en colaboración con Fernando Urdiales, director del Teatro Corsario. Hablemos de esta tierra, una y mil veces sangrada, de este páramo de quietud y dolor en el que terminan por desaparecer hasta los gatos y las ovejas. “Se acaba el mundo”, nos anuncia uno de los personajes, que tal pareciera la moza de ánimas, enlutada y a trote de madreña, mientras toca el cencerro y entona una plegaria por los difuntos y las almas del purgatorio. 

http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/los-muertos-de-celama_113319.html 

Un médico, Don Ismael Cuende, es quien va dándonos cuenta de la muerte en este páramo de piel quemada, donde los muertos, para más inri, lo son de vocación y trabajo. Angelitos trabajadores, ya que su vocación es morir con las botas puestas y el arado enterrado en ese pedregal sobre el que no crecen más que zarzas y codesos. Una tierra que se nos hace muy familiar. Y aun se nos clava en las entrañas. 

La puesta en escena, cuyo decorado principal son las tumbas de un cementerio, así como el tratamiento de algunos personajes-títere, nos recuerda una vez más a “La clase muerta” del polaco Kantor. Hay payasos-fantasma que nos adentran en una especie de teatro del absurdo. 
“-¿Celebramos algo?”, pregunta la cantinera -“Que hay salud”, responde el borracho. “Todos somos unos payasos en este mundo”. Incluso el sexo, corporeizado en la Burlona o mujer cabaretera, parece ensañarse con los muertos. Sexo y muerte. Eso es todo. Qué terrible realidad o pesadilla. La obra teatral en su conjunto, amenizada por la música de acordeón, resulta emocionante.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Artaud y su doble

El espectro del escritor y artista sobrevuela en el Reina Sofía. Filandón

https://www.diariodeleon.es/monograficos/filandon/120930/1434504/artaud-doble.html

Manuel Cuenya 30/09/2012

Una verdadera pieza de teatro perturba el reposo de los sentidos, libera el inconsciente reprimido, incita a una especie de rebelión virtual...».
La actual exposición Espectros, en el Museo Reina Sofía, me ha hecho rememorar a Artaud, que en su día causara gran revuelo debido a sus transgresoras teorías acerca del teatro, contenidas en El teatro y su doble, obra de cabecera para quienes sentimos pasión por este arte, que procura misteriosas alteraciones y choques emocionales en el espíritu.

Artaud nos propone un teatro que actúe como una suerte de terapéutica espiritual, social, que renueve el sentido de la vida y despierte a los «muertos en vida». No en balde, sus teorías teatrales les han servido a los modernos psiquiatras para ponerlas en práctica con sus «enfermos».
Aboga por un teatro puro y espontáneo a través de signos, gestos y actitudes, basado en el lenguaje corporal, que no sea deudor de la palabra. En todo caso, la musicalidad de las palabras, si las hubiere, deberán hablar directamente al subconsciente, como en los sueños. Un teatro vivo que sacuda e hipnotice a los espectadores. Un teatro que invite al trance, como ocurre con las danzas de los derviches giróvagos o bien con el teatro balinés, que cuenta con gestos y mímicas para todas las circunstancias de la vida. Un auténtico espectáculo en el que el actor/actriz sea un atleta físico, afectivo, capaz de «jugar» en distintos niveles y en todos los sentidos de la perspectiva, en altura y profundidad, porque no habrá una separación —como en los teatros convencionales— entre la escena y la sala. Como tampoco la habrá entre la realidad y la representación, el lenguaje verbal y el corporal, la vida y el arte.
Todo será un único espacio en este espectáculo integral hecho con gritos, chirridos de autómatas, sorpresas, efectos teatrales varios, repentinos cambios de luz, máscaras, vestimentas simbólicas, danzas de maniquíes animados, lo cual me hace recordar el teatro de la muerte de Kantor y los espectáculos de la Fura dels Baus, que han sido influenciados por el teatro artaudiano. Aparte de éstos, son muchos quienes recibieran su sello de identidad, desde el teatro del absurdo hasta Arrabal o el Living Theatre de Nueva York.
Un artista con mayúsculas, que reflexionó no sólo acerca del teatro sino sobre el cine —léase El cine—, la poesía, la cultura mexicana. Viajó a México en busca de espiritualidad, que encontró en los Tarahumaras y en el dios-peyote. Además, compuso esos Mensajes revolucionarios en los que México aparece como un país con una fuerza cuasi sobrenatural.
Escribió guiones como La concha y el reverendo, considerada como la primera peli surrealista, cuya influencia es definitiva en Un perro andaluz, de Buñuel. Asimismo, intervino como actor en Napoleón, de Gance, o en La pasión de Juan de Arco, de Dreyer, en su genuino papel de monje loco.
Un maldito y apestado de la sociedad —como Van Gogh, a quien le dedica un magnífico ensayo—, que tuvo la osadía de rebelarse contra el sistema preestablecido, desde la lucidez y el desdoblamiento. Una pena, pues gran parte de su vida se la pasó recluido en manicomios, que acabaron con su genio y figura. Léase lo que escribiera contra los psiquiatras o bien en ese libro-bomba, Para acabar con el juicio de Dios, que en su día se emitiera por radio, con la consiguiente prohibición. Y que el Teatro Corsario, comandado por el leonés Fernando Urdiales —otro grande del arte y la psiquiatría— pusiera en escena a mediados de los años ochenta.
Artaud, en su afán por cambiar el mundo, y arremeter contra los tótems y tabúes, acabó triste y solo.