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viernes, 14 de abril de 2017

Catania

Después de nomadear por Palermo, que es ciudad con mucha vida, que atrae al turisteo andante, cogí el tren en dirección a Catania, esa tierra que acogiera el rodaje de la magnífica peli de Visconti acerca de los pescadores, y en la que naciera, por ejemplo, el chamán Franco Battiato, por cuya música siento auténtica devoción, y al que he dedicado algún artículo, que figura en este mismo blog. 

El viaje discurre a lo largo del interior de Sicilia por paisajes verdosos (es primavera y eso ayuda con el color) de suaves colinas. A menudo uno tiene la idea de una Sicilia de color dorado (en verano, la cosa cambia, por supuesto, como en casi todos los sitios sureños y mediterráneos).
Al fondo el Etna
 


Kilómetros antes de arribar al destino, ya atisbo en lontananza el Etna, el hogar de Hefesto o Vulcano, ese volcán sagrado, vivo, en erupción, el más grande de Europa (eso se dice), en cuyo interior (si hacemos caso de la leyenda) existe una fragua -qué bueno, la fragua de Furil- donde se forjan las armas para Marte, el dios de la guerra. También se cuenta que en este volcán nacieran a Dionisos, el dios briago y orgiástico. Pues eso, brindemos, copa en alto, con un buen vino siciliano, por este volcán, que sigue fumando en pipa. 


No puedo dejar de mirar al Etna, hasta que la vista y el tren me lo permiten, un tren que marcha con velocidad y resulta confortable hasta alcanzar la ciudad de Catania, cuya primera impresión no es del todo buena (a lo mejor es que uno se ha vuelto algo remilgadín) como me ocurriera con Palermo. A decir verdad, en mi primer viaje a Sicilia (Semana Santa de 1993, tal y como confirmo a través de las fotos que hiciera y alguna nota al respecto) no recuerdo que parara en Catania, aunque sí pasé (o debí pasar) por la misma en dirección a Siracusa. Entonces, mi viaje en tren partía de la ciudad francesa de Dijon (donde estudiaba y trabajaba) hasta Roma. Y desde ahí bajaba hasta el sur de Italia, atravesando el estrecho de Messina. Aquel sí fue un genuino viaje. Lo recuerdo con afecto. En Sicilia me trataron a cuerpo de rey. Había comprado en Francia un billete Eurodominó (de corte parecido a un Inter-Raíl), que me permitía realizar diversos viajes por Italia durante unos quince días. Más o menos. No sé si existe en la actualidad este tipo de billete Eurodominó. 
Panorámica de Catania


El tren llega puntual a la Estación Central de Catania. Aunque sé donde quiero alojarme, no tengo del todo claro si el alojamiento queda lejos de la Estación Central, con lo cual (yo creo que es bueno preguntar al paisanaje) me dirijo a un tipo para que me indique. Y el individuo en cuestión (no precisamente risueño) me dice que esa zona queda a unos diez kilómetros de la Estación de trenes. Joder, vaya movida. O me está vacilando o este chaval no tiene ni pajolera idea de dónde se encuentra el que será, en principio, mi alojamiento, porque si queda tan alejado, me digo, entonces busco algo más próximo. Vuelvo a la carga, en esta ocasión con otra persona, que tampoco sabe decirme con certeza. Esta vez no estuve atinado.
Fontana dell' Elefante
Y eso que mi alojamiento está céntrico, al lado de la famosa plaza donde está erigida la fuente del Elefantito, la 
Fontana dell'Elefante, el obelisco egipcio del elefante, donde, una vez alojado, visito, como es preceptivo. Y hasta me topo con unos sicilianos (ellos están a su aire) que hablan
 por los codos, con las manos, como es su estilo, en un siciliano cuasi ininteligible, aunque sí entiendo que hablan de matar. Qué fuerte. Después de un ratito a su lado, sentaditos que estamos, decido poner tierra de por medio. Dicho sea de paso, ellos, en su rollo, no se dirigen a mí en ningún momento, ni para bien ni para mal. Una anécdota curiosa. 

Para llegar a mi alojamiento, como debe ser, pregunto en un hotel próximo a la Estación Central, que me proporciona -amable su recepcionista-, un plano en forma de la ciudad. 

Mi alojamiento se encuentra al lado del mercado 'La Pescheria', con intensos olores a pescado mezclados con las voces gritonas de los vendedores. A los sicilianos les encanta gritar. 


Alojado, al fin, salgo a tomarle el pulso a Catania. Y me encamino hacia la Vía Etnea, tal vez en busca del volcán, que acabo viendo, a lo lejos, claro está, desde un parque, el jardín Bellini, un oasis en medio de la jungla de asfalto. 

Anfiteatro romano
Visto lo visto, la Vía Etnea, harto larga, con unos tres kilómetros (como la largura aproximada de mi pueblo, Noceda), es la más animada de la ciudad, por la que pasean propios y turistas. Aquí se encuentra la vida social y festiva de la ciudad, aparte de varios monumentos de interés. La Vía Etnea parte de la Plaza del Duomo, otro sitio con encanto, y se prolonga en dirección norte hacia el Etna. 
Plaza del Duomo


La catedral, ubicada en la Plaza del Duomo, es otro sitio emblemático, que merece la pena visitar, sobre todo por treparse a su mirador, desde donde se puede contemplar toda la ciudad. Ver desde las alturas es algo que me entusiasma. "Ser mirador es la única facultad verdadera y aérea", como diría Gómez de la Serna. 
Desde el jardín Bellini


Casi sin querer, queriendo, en el fondo, me encuentro con el anfiteatro romano, que no despierta del todo mi interés, quizá porque el clima no acompaña con su lluvia. 

En realidad, Catania, aún siendo una ciudad Patrimonio de la Humanidad, no ha sido lo mejor de mi viaje a Sicilia. 
Las ciudades, como las personas, te dan o no te dan buenas vibraciones. Y eso es independiente (o no) de su supuesto atractivo. 





jueves, 13 de abril de 2017

Palermo

El viaje continúa, incluso después de que este Ulises-Odiseo haya regresado a casa, a su Ítaca particular, a su matria chica berciana, porque al rememorarlo se vuelve a vivir o revivir, lo cual está muy bien, aunque eso conlleve también cierta nostalgia por lo que se dejó atrás, lejos, por aquello que uno viviera y sintiera y ya no será más, o ya no será igual, en todo caso, aunque el viaje volviera a repetirse. Nada es será ya igual, ni siquiera uno, que cambia, se transforma en cada viaje, porque el viaje procura aprendizaje, sobre todo si uno viaja abierto al mundo, se deja transpirar, se deja ir... deja que todo fluya. Fluir es un modo de estar vivo. 

El viaje a Sicilia (isla Trinacia o Trinacria, porque esta bañada por tres mares, a saber, Tirreno, Jónico y Mediterráneo) fue razonablemente bien, y hasta podría decir que muy bien. A veces en los viajes uno sufre contratiempos. Pero en esta ocasión todo fue como una balsa de aceite. 
Vista de Palermo desde la Catedral


Desde Madrid-Barajas, que con la T4 se me antoja inmenso, volé al Prat de Barcelona. Lástima que sólo hiciera escala en esta ciudad condal, a la que en algún momento me gustaría volver (allí vivió Felisa, la madre de mi madre, a quien nunca llegué a conocer. Alguna foto conservo, amén de lo que me cuenta mi madre. Y en Barna viven amigos, gente de Noceda. Además, en esta capital presentó recientemente su gran novela, 'Tiempo de cerezas', mi amiga Marta Muñiz Rueda. Qué bien, Marta, que la presentación fuera todo un éxito en esa tierra, en la que vive tu hermano. 
Me apetecía hacer este inciso, antes de retomar vuelo hacia Palermo). 


Conviene, de vez en cuando, tomarse un respiro. ¿Verdad, compañeros y compañeras de viaje? Parezco un predicador o un político de izquierdas. Perdón, no me daba cuenta de que la izquierda es un mito, como tantos otros. 

A lo que iba, que de Barcelona emprendí vuelo hacia Palermo. Me entusiasma viajar en avión, sobre todo por el despegue y el aterrizaje, que procuran buenas dosis de adrenalina. Aunque en esta ocasión los oídos se me taponaran más de lo habitual. Y tuviera la sensación de que en algún momento me fueran a reventar. 

El vuelo de Barcelona a Palermo dura unas dos horitas, que se pasan volando (valga el rebuzno redundante). 
Vueling es una compañía seria, o eso parece. Y el vuelo salió puntual y llegó igualmente a la hora prevista al aeropuerto de Palermo, que, como todos los aeropuertos, queda alejado de la ciudad. 
Fontana de la vergüenza


Aunque los aeropuertos en sí mismos no tengan encanto, me pareció que el de Palermo era agradable, acogedor, y hasta llegué a ver un piano de cola a disposición del público. Tanto es así que, a mi regreso (de Palermo a Roma) un grupo de jóvenes turistas se puso a cantar algunas canciones mientras un rapaz-músico tocaba con destreza este piano. Qué chuli. Me prestó que amenizaran la espera. Siempre se agradece que alguien te alegre el día. Y eso es lo que hizo este grupo de personas con sus melodías. 

La llegada al aeropuerto de Palermo, sobre todo si es de día y luce el sol, es hermosa porque el avión sobrevuela la bahía, donde se ubica esta ciudad, envuelta en montañas, salvo por la parte marina, claro está. Y desde aquí existen buses, cada media hora aproximadamente, que te acercan al centro, a la stazione centrale de trenes, también hay varias fermatas antes, si prefieres apearte en algún otro lugar. La compañía se llama Prestia e Comandé. Y funciona francamente bien. 
Estación Central de Palermo


Aunque sólo había reservado y comprado vuelos de ida y vuelta, en esta ocasión también reservé, por Internet, alojamiento en Palermo, al menos para la primera noche, pues estaba casi seguro de que al día siguiente emprendería ruta hacia otro sito, como así fue en realidad, porque el viaje de vuelta, con escala en Roma, lo haría desde la capital siciliana. Y esta sería otra ocasión para visitar aquello que no visitara en el inicio, y aun recorriera sitios habituales.
Quattro Canti


Mi alojamiento para ese primer día lo hice en Vicolo Marotta, que es una callejuela con aire decadente (aunque bien céntrica, al lado de la famosa plaza Quattro Canti), que me hizo recordar, cómo no, alguno de las callejones que existen en las medinas árabes, véase por ejemplo Fez-el-Bali. Y es que Palermo, después de recorrerlo por diferentes barrios, me supo a arábigo. No en vano, una parte de la ciudad estuvo bajo manos árabes. Y eso se nota y se siente. Incluso hay monumentos de origen árabe como San Giovanni degli Eremiti.
San Giovanni degli Eremiti


La primera impresión, nada más llegar a la Estación Central de trenes desde el aeropuerto, fue algo extraña, sobre todo cuando al preguntarle a un señor por la zona de mi alojamiento me dijo que tuviera cuidado, que no me metiera por determinado sitio, porque podía ser peligroso. Qué fuerte. Era de día y lucía un sol espléndido. Y con sol las cosas son más bellas. Con lo cual, no me había nada que temer en principio. Me sorprendió, en todo caso, que aquel buen hombre, sentado en una terraza de la Vía Roma, me dijera eso. Pero me puso en guardia, naturalmente. Al final, luego de dar algún piccolo e innecesario rodeo, llegué al que sería mi alojamiento. 
Borgo Vecchio


Palermo me esperaba, es un decir, para ser recorrido. No obstante, la tarde pronto llegaría. Anochece más pronto con respecto al Noroeste español, es obvio. Y el tiempo vuela. Salí a estirar las piernas, comer algo (casi enfrente de mi alojamiento, en la Vía Vittorio Emanuele, en un sitio donde sirven típica comida siciliana, italiana, en verdad) y dar un voltio, sin alejarme en exceso de la parte céntrica. El miedo, que me había metido el señor de marras, había hecho su efecto. No obstante, cuando el miedo es harto irracional, lo mejor es aparcarlo. 
Pronto me di cuenta de que Palermo, a pesar de su faccia caótica, es una ciudad en la que uno se siente a salvo. Las calles, además, están llenas de cámaras de seguridad. Muy vigilada. En el fondo, el Gran Hermano orwelliano siempre nos está controlando. Y este es también el mundo en que vivimos.

Vucciria


En esta época, Palermo está llena de turistas, sobre todo franceses y también italianos. Manadas de chavales, amparados en sus guías y/o profes-tutores, deambulan por doquier, bueno, por los sitios más céntricos y aseados, porque no se les suele ver la pelambrera por el Borgo Vecchio (próximo al puerto), que es un barrio realmente sucio, abandonado, bullicioso, en el que los vecinos se gritan de una ventana a otra, donde las paisanas cuelgan sus coladas en el exterior de sus casas. Es como un gran mercado al aire libre, un zoco árabe afumado por algunas barbacoas, un escaparate colorido de prendas, un mundo-submundo que recuerda también a algunas calles de La Habana, por ejemplo, aunque aquí la religión cristiana, estampada en cristos y vírgenes, me lleva hasta la sacrosanta ciudad de Sevilla (muy semanasantinos son los sicilianos).
Y a la vez me trasporta al barrio de Palermo de Buenos Aires, esa ciudad tan italiana en algunas de sus zonas, donde se comen exquisitas pizzas, tan ricas o más como las que se puedan comer en Italia. 
En el transcurso de la visita, merece un capítulo especial la Vucciria, que es otro mercado de pescado, frutas, verduras... de corte similar al Borgo Vecchio, aunque por aquí sí se dejan caer turistas en busca de souvenirs, comida o bien para tomarse una birra, nomás. 
Teatro Massimo


Adentrarse en estos barrios es toda una experiencia, sobre todo cuando uno descubre que no hay peligro. Y por supuesto merece la pena acercarse a los sitios propiamente turísticos y de interés monumental como son la Plaza Pretoria o 'Fuente de la Vergüenza', llamada de este modo porque está llena de estatuas de mujeres y hombres desnudos o semidesnudos. En esta misma plaza está el servicio de Inmigración, por el que desfilan montones de inmigrantes en busca de sus papeles. 
Mercado de Ballarò


La Catedral, de estilo oriental y declarada Patrimonio de la Humanidad, también es otro bonito lugar para visitar. Y sobre todo subir a sus techos, desde donde Palermo ofrece una vista luminosa, apareciéndose como una ciudad mediterránea y blanqueada tipo Málaga. 


Pasear a lo largo de la animada y comercial Vía Maqueda (zona española, pues por aquí anduvieron los gobernantes españoles) es otra experiencia. Día y noche esta repleta de oriundos y visitantes en busca de diversión. O simplemente con el fin de pasear. Una Vía que desemboca en el Teatro Massimo (otro punto de interés) y aun el teatro Politeama, en la Piazza Politeama o Ruggero Settimo. 


Como toda gran ciudad (y ciudad grande), Palermo amerita de diversos recorridos por la misma. Y la verdad, lo confieso, esta ciudad me llevó siempre hacia el Puerto, hacia el mar, el mar como algo balsámico. A lo mejor, es que uno quiso ser marino. Y como dijera el gran Torrente Ballester: me hubiera gustado ser marinero pero, como era miope y enclenque, me hice escritor, para acaso vivir aventuras sin tener que salir al exterior. 

Mi regreso a la ciudad de Palermo, después de danzar durante varios días por otras localidades sicilianas (de las que también daré cuenta), me permitió tomar la distancia, creo que adecuada, para ver mejor, con más entusiasmo, esta ciudad, que me dejara mal sabor de boca en un inicio.


Para entonces, algo familiarizado ya con la misma y alojado en un sitio más confortable (en la Vía Vittorio Emanuele), me dejé llevar incluso por el gran mercado de Ballarò, un genuino espectáculo. Y me acerqué al Hotel Ambasciatori, que la narradora y poeta Marta Muñiz empleara como uno de los escenarios de su novela 'Tiempo de cerezas' (segundo volumen). 

Palermo, blanco y terroso, con aroma a puerto y a pasta al forno, con sabor a mercado, queda grabado en la retina de mi memoria, de esa memoria afectiva que jamás se borrará. 

miércoles, 12 de abril de 2017

La fragua literaria leonesa: Miguel Ángel Castro Merino

Miguel Castro Merino: "Escribir es un ejercicio espiritual para organizar lo que se piensa y se siente"

Manuel Cuenya | 04/04/2017 - 16:26h.

El psicólogo y filósofo Miguel Castro Merino, autor de 'Panfleto contra la filosofía de Pablo Iglesias y compañía' y el reciente '¿Quién es filósofo? Todos somos filósofos', está ahora con una novela filosófica, que aparecerá en abril o mayo.

Filosofar es una de las tareas más grandes que puede hacer un ser humano. Ello no quiere decir que exista un filósofo que comprenda la "Omnitude rerum". Ni siquiera lo puede haber.
(Miguel Ángel Castro Merino, '¿Quién es filósofo? Todos somos filósofos)
Psicólogo y filósofo, Miguel Ángel Castro Merino es un leonés al que le interesa la literatura comprometida y escritura creativa desde siempre, "publique o no lo que he escrito", aclara, porque la escritura ha sido y es una necesidad para él. "Escribir es un ejercicio espiritual para organizar lo que se piensa y se siente.  Sea poesía, novela, ensayo...", apostilla el autor del 'Panfleto contra la filosofía de Pablo Iglesias y compañía. Martillazos nietzscheanos', un opúsculo filosófico editado por Lobo Sapiens en 2015, un interesante libro dedicado a don Gustavo Bueno y su Escuela presente y futura.
No en vano, Miguel Ángel reconoce que la figura de Gustavo Bueno ha sido fundamental para él, hasta el punto de que, con el maestro, "el filosofar español se ha elevado de nuevo. Su genio y persona ejercían un poderío enorme y lo siguen ejerciendo en el presente a través de sus discípulos. Constantemente lo estudio y observo su capacidad nada común de explicar, de entender y de pulverizar lo que parece a simple vista evidente. Estuve a su lado muchas veces. Me encantaba su sabiduría y por él me desplazaba siempre que me fuera posible. He aprendido a su vera a amar el filosofar más que la filosofía. Se reconocerá su magisterio por mucho tiempo. Con él espabilabas que daba gusto. Muchas horas de mi vida las he pasado con sus libros, con  su obra video-gráfica y con sus discípulos. Con su influencia te interesas por todo lo que ocurre a tu alrededor. Sus discípulos son de una talla elevada, nada común. Pablo Huerga es uno de ellos y me alegro de que así sea. Sin su filosofía no hubiera calado ni reparado en un conjunto de temas tan vitales y actuales". Así se expresa Miguel Ángel, que ha colaborado en la obra colectiva, 'Gustavo Bueno: 60 visiones sobre su obra', en la que también participa, entre otros,  el filósofo y profesor de Benavides de Órbigo Pablo Huerga Melcón, a quien también le hemos dedicado una fragua en este diario digital.
Cabe señalar que el sábado 6 de mayo Miguel Ángel le rendirá un homenaje a Gustavo Bueno en la Biblioteca Pública de León.
En cuanto a su 'Panfleto', el propio autor dice que se trata de  "un cuaderno de preparación para la vida que viene" cuya pretensión es "destrozar a nuevos y viejos impostores, a falsos redentores". Una obra que bebe a sorbos en las fuentes vivas de Nietzsche, y también de lo pensado en español antes de nosotros. "Un opúsculo decisivo para alertar de las imposturas de gentes que creen hablar bien pero desconociendo casi todo. Hablar es una cosa. Dar trigo otra, vamos", precisa este pensador, convencido de que la filosofía nos enseña a que no nos tomen el pelo. Y en el caso de su opúsculo, "es un  canto a la búsqueda de espabilar uno mismo en la compleja sociedad de la que formamos parte. Y nos da razones para ver la dificultad real de las cosas. El subtítulo reza 'Martillazos nietzscheanos' porque está impregnado de ese autor notable y temible", nos advierte Castro Merino, quien recomienda  estudiar historia y filosofía para que no nos engañen, porque "le comen el coco hasta al más listo de los que compran en mercados para los no tontos. Lo importante es lo que nos han dicho los sabios: que hay que desconfiar, que no es oro todo lo que reluce. Por eso, ese librito es para siempre y no sólo para el momento presente. Nietzsche me enseñó a sospechar de los que se llaman comunistas o cristianos. Nos ha dado un manual para agudizar el olfato. Lo mismo que Schopenhauer o Cioran. El marxismo no atiende a lo Inconsciente sea lo que sea eso que habrá que analizar e investigar. Y eso es un error".
"...A través de Gustavo Bueno el filosofar español se ha elevado de nuevo. Su genio y persona ejercían un poderío enorme y lo siguen ejerciendo en el presente a través de sus discípulos."
En esta obra, Castro Merino, desde su filosofía materialista, nos cuenta que a los políticos les interesa más que comerán este mediodía que los destinos de la Nación y la paz de los pueblos. "Y lo sabes porque a ti te ocurre lo mismo"; "Pablo Iglesias, el hombre espectáculo, no es Gandhi. No le interesa tanto el cambio como pretende hacernos pensar"; "prometer paraísos a los necesitados es simplemente prometer"; "ni la democracia ni la paz ni las ideas borrosas y confusas pueden explicar el futuro porque son ideas falsas o incompletas per se... porque la democracia real es imposible"... Por fortuna, la vida es más que política, según Miguel Ángel. "La condición humana no la cambia ni Dios. Imposible. Entre otras cosas porque no existe dios... ni sabemos qué es lo humano... estamos todos corruptos... desde el Papa hasta el último átomo de hidrógeno... aunque salieran elegidos los mejores filósofos o sabios, si de estos últimos hay alguno, tampoco cambiarían nada, porque el saber puede hacer lo que puede hacer la medicina: algo, pero no todo, cura en parte pero no puede curar totalmente. No resucita a nadie, no quita los temores ante la vida, no hace personas en serie, no elimina la corrupción".
Quienes estén interesados en esta temática, aparte de leer su libro, pueden navegar en la Red, donde encontrarán varias reseñas, entre otras, las de Carlos Madrid en 'El Catoblepas', Felipe Giménez en su blog 'Eutaxia', Ramiro Pinto en economiazero.com en Error de Podemos  respecto a la Renta Básica...
Castro Merino, que acaba de publicar ahora el ensayo '¿Quién es filósofo? Todos somos filósofos. El papel del filosofar en España', ha apostado vitalmente por la Psicología y por la Filosofía, porque ambas son, en su opinión, fundamentales en la actualidad.

La enseñanza de la Filosofía como algo vital

"La necesidad del filosofar hoy es mayor que nunca. Y por ello, sin unos rudimentos mínimos es imposible entender algo. Es más, debiera ser una materia obligada en todas las facultades para aumentar la potencia de los que votan. Algún día se impondrá por necesidad lógica. Eso, o más barbarie".
En su reciente libro, Miguel Ángel nos invita a tomar partido ante la vida y a darle a la Filosofía el lugar que se merece, capaz como es de arrojar luz ante tanta oscuridad, de destruir mitos e ideas falaces. "Cuando hay politicastros que eliminan gratuitamente la filosofía hay que actuar. Hubo un momento en mi vida que se me impuso la filosofía como algo extraño, a la fuerza, y posteriormente apareció otro momento de convivir irrenunciablemente con ella. Más nos vale ser filósofos a todos puesto que así somos cada día invitados a mejorarnos y a pulirnos como un diamante. Lo que dijeron antiguamente: hacer de nuestra vida una obra de arte...", nos alerta de que los elementos que se encuentran ante nosotros nos impelen a filosofar, también la literatura.
No obstante, cabe diferenciar entre "la literatura comprometida, como diría Sartre, y otra que conviene conocer para destruirla... Hablar de literatura en general es muy difuso, como hablar de Filosofía. Hay muchos libros, hay muchas filosofías...". En cualquier caso, está convencido de que no hay libro malo, porque todos nos pueden enseñar algo. "Pero unos nos enseñan muchísimo más..."
En cuanto a la Psicología, si ésta se entiende como estudio del comportamiento y de los ambientes sociales que condicionan conductas –apunta Miguel Ángel- la labor del psicólogo es enorme. "Como no existe una sola psicología y hay muchas, afirmo que el modelo conductista radical es crucial para estudiar lo que ocurre en una Nación política. Muchos psicólogos han renunciado a exponer la artillería del Conductismo Radical y se dejan comer el coco por sofistas de tres al cuarto. Y filosofar como actividad política supera a la llamada psicología porque nos hace ir más allá de una escuela como la citada. No se puede entender nada apenas sin conocer el marxismo, ciencias, historia, psicoanálisis, teoría crítica, corrientes actuales, tecnología...", sostiene este profesor vocacional de Filosofía, que modera, un lunes al mes en la Biblioteca Pública de León, un Diálogo Filosófico con temas variados sobre cine, vida, consumismo, entre otros, "al que acuden personas muy preparadas y con deseos de ir más allá".
En este sentido, cree que la ciudad de León es el lugar en el que actualmente puede desarrollar un modo de vida maduro e intenso existencialmente. "Me gusta respirar por el barrio El Ejido en donde  correteaba y me enamoraba de chaval perdidamente de las chicas preciosas", rememora.
León son, para él, los pinos, La Candamia, sus padres, su familia, sus amigos... "un lugar mágico", aunque confiesa que, cuando ha salido fuera, ha podido amar también otros lugares maravillosos. Y desde que regresara a su ciudad natal, después de haber vivido en otros sitios, ha trabajado por cultivar con otros la conciencia filosófica de los residentes en su tierra. "A ello me he visto impelido por fuerzas que han influido en mí, por los encuentros que he tenido".
"La condición humana no la cambia ni Dios. Imposible. Entre otras cosas porque no existe dios... ni sabemos qué es lo humano... estamos todos corruptos... desde el Papa hasta el último átomo de hidrógeno"
Y en lo referente al ámbito literario, "León puede estar feliz de contar con núcleos de poetas, novelistas y literatura en general. Un ejemplo curioso de la vitalidad de la poesía se encuentra y concentra en el Ágora de San Marcos que brota cada viernes último del mes".
Asimismo, Miguel Ángel resalta que en León existen editoriales que, pese a dificultades, tratan de publicar a autores desconocidos muy interesantes. "No se puede quejar del crecimiento exponencial. Pero hay que trabajar y no resignarse ni desesperarse".
Como profesor, cree que, tanto en institutos como en colegios, se está haciendo una labor imprescindible. Lástima que "lo cotidiano no nos llama la atención".
Reconoce que aprende mucho con sus alumnos. Y que debe mucho a todo lo que ha escuchado y vivido, porque son cientos los autores y profesores, los maestros, con los que ha compartido tiempo y charlas. "Cuando estaba estudiando no era consciente de aprender lo mucho que se me regalaba. Siempre queda algo a pesar de que parece que un alumno no presta atención. Luego te das  cuenta del valor de los filósofos y de muchas personas vivas, y algunas ya desaparecidas, que te enseñaban casi como sin querer. Nunca pensé que iba a estar horas y horas con Spinoza, con Hegel, con Tomás de Aquino, con los escolásticos, con las vidas de místicos y santos, con científicos, con Cioran, con Rosset, con poetas, con los libros de historia, con Gustavo Bueno, con mis amigos filósofos y los que no saben que lo son. En el barrio Húmedo, en los bares y cafés de todas partes aprendí de muchas personas. Y en Salamanca y en Valladolid, y en Cáceres y en Badajoz, y en Suiza y en París, y en Turquía y en Cuba... Y en la infancia, y cuando me enamoré, y siempre", detalla este autor, que está ahora con una novela filosófica, que aparecerá en abril o mayo. "Es una carta a mi hijo inengendrado, en el que expongo los motivos por los que se ha decidido en mí no traerle. Es duro. Pero tiene la ternura del que contempla la realidad de los hijos y de los alumnos en un mundo cruel en que sería conveniente la alegría de vivir... Se titula 'No me pidas nacer. Cartas al ángel custodio'".