Gritos y susurros (1972) de Bergman es otra de sus deslumbrantes y memorables películas, un éxito comercial y de crítica. Con cinco nominaciones a los premios Óscar, entre ellos a la mejor película. El conocido productor y director Roger Corman la distribuyó en Estados Unidos.
Se trata de una obra maestra sobre la incomunicación (cada personaje está en su propia soledad), la incapacidad de amar (mujeres incapaces de amar o ser amadas, susurrando sus afectos reprimidos, su frialdad emocional, sus miedos), el sufrimiento (los gritos) y la muerte (también el sentido de la vida). Con una puesta en escena aparentemente teatral que está al servicio de sus intérpretes, de sus actrices, que son las protagonistas, porque a Bergman le entusiasmaba trabajar con mujeres, tal vez porque dan más juego fílmico, dramático, que los hombres.
La propia Liv Ullmann, compañera sentimental del cineasta de Uppsala en tiempos y una actriz que se desnuda emocionalmente en cada actuación, llegó a decir que el gran director sueco, que sentía fascinación por las mujeres, comprendía mejor el mundo de éstas que de los hombres. No en vano, ha dedicado varias de sus películas, entre ellas Persona, Sonata de otoño o Gritos y susurros, a tratar de entender el mundo de las mujeres.
Decía que estamos ante una puesta en escena aparentemente teatral porque hay muchos y veloces movimientos de cámara panorámicos, además de zooms agresivos, eso sí, siempre al servicio del elenco actoral, además de los abundantes y habituales primeros o primerísimos planos iluminados por luz roja, logrando así una planificación visual singular (que también procura en el espectador un choque emocional) para contarnos esta historia de alto voltaje fílmico.
Gritos y susurros, ambientada en una mansión antigua, narra la historia desgarradora de cuatro mujeres (podría hablarse incluso de cuatro historias), interpretada por tres hermanas, María, Karin y Agnes, y una sirvienta, Anna.
María (Liv Ullmann, sobresaliente, como siempre, la cual también encarna a la madre de las tres hermanas); Karin (Ingrid Thulin, actriz soberbia, que hace recordar a Isabelle Huppert en La pianista, de Haneke https://cuenya.blogspot.com/2014/11/la-pianista-de-haneke.html, cuando se mutila los genitales con cristales rotos, con sus tendencias suicidas, inolvidable también en su papel en La caída de los dioses, de Visconti), Agnes (Harriet Andersson, conmovedora, magnífica asimismo en Un verano con Mónica de Bergman), que se retuerce de dolor debido a su enfermedad terminal (su agonía provoca angustia en el espectador), y la criada Anna (Kary Sylwan, que se ocupa de la casa y de Agnes, el único personaje noble y luminoso de esta historia, que siente de verdad amor por Agnes).
Salvo el inicio y el final de la película (además de una parte de un flashback en voz en off donde Agnes rememora con nostalgia a su madre), todos ellos rodados en exterior, Gritos y susurros está filmada en el interior de una casa burguesa, que fue decorada por el departamento de dirección artística, impregnando todo de color rojo, a saber, las paredes, las alfombras, las cortinas, las muebles... Un color, el carmesí, que nos hiere, que nos produce dolor, como el que siente Agnes (cuyo nombre significa casta o pura, en latín agnus es cordero) en sus últimos momentos de la vida, en su agonía. Asimismo, sorprenden esos fundidos a rojo a lo largo de la película, un color que ya nos invade desde la secuencia donde se nos muestran los títulos de crédito sobre un fondo rojizo, con unos inquietantes sonidos, que hacen recordar campanadas de muerte.
"Todas mis películas se pueden pensar en blanco y negro, excepto Gritos y susurros... Cuatro mujeres vestidas de blanco en una habitación roja… El color rojo es el color del alma humana".
Para Bergman el rojo, omnipresente en la película y símbolo de lo pasional, era el color del alma humana, pero también de la carne, la sangre, el cuerpo humano, que se contrapone a los vestidos blancos, como símbolo de pureza, de virginidad, incluso de represión sexual, de las mujeres. Podría decirse que el color rojo acrecienta la angustia de esta película perturbadora.
Aparte de los colores rojo y blanco (al final el color negro como luto por la hermana fallecida), la película se inicia con unas bellas y neblinosas imágenes otoñales de un bosque que rodea la mansión, donde se desarrolla la acción, acompañadas de sonidos de la naturaleza. El otoño como estación donde cae la hoja y por tanto puede ocasionar muerte.
La fotografía de la película le corresponde al habitual colaborador de Bergman, Nykvist, que recibió un Óscar por esta obra (también por Fanny y Alexander https://cuenya.blogspot.com/2023/03/fanny-y-alexander-de-bergman.html).
El final de la película nos devuelve al exterior, al bosque, que en este caso resulta luminoso, dejándonos un buen sabor de boca porque, a través de una voz en off, escuchamos (y vemos) a Agnes en plenitud rodeada de sus hermanas y su sirvienta. En realidad, es Anna quien está leyendo el diario que ha escrito Agnes.
"Miércoles 3 de septiembre. El aire es frío a medida que se acerca el otoño. Pero el tiempo es suave y agradable. Mis hermanas, Karin y María, han venido a verme. Es muy bonito estar junas otra vez, como en los viejos tiempos. Me siento mucho mejor... Mi dolor desapareció. La gente que más quiero estaba conmigo. Las oía hablar. Sentía la presencia de su cuerpo, la calidez de sus manos, quería que no acabase, y pensé... que esto es la felicidad. No podría desear nada mejor. Durante unos minutos pude sentir la plenitud, y estoy muy agradecida a mi vida, que me da tanto" (Agnes/Harriet Andersson).
Después de ver las primeras imágenes de la película funde a rojo y nos introduce en el interior de la morada para ofrecernos planos detalle de numerosos relojes, el tic tac, el sonido de estos relojes como banda sonora. El inexorable paso del tiempo.
A continuación se nos muestra un plano donde vemos durmiendo a María en un butacón, y luego un primer plano del rostro triste, de dolor, de Agnes. Nos sobrecoge su dolor. Este drama brutal nos produce dolor como espectadores. Agnes se levanta de la cama, deambula por la habitación, acaso como una zombi(e) (parece que estuviéramos ante un film de terror), y arroja un vistazo al exterior nevado desde la ventana de su cuarto.
"Es lunes por la mañana y sufro mucho. Mis hermanas y Anna hacen turnos para cuidarme", escribe Agnes en un diario. Agnes se acuesta (impresionante trabajo el que hace Harriet Andersson) y vemos aparecer en escena a la sirvienta Anna, que le trae el desayuno a María. También aparece Karin, todas ellas vestidas de blanco sobre el el fondo rojo. Señoras de blanco sobre fondo rojo.
Tanto Karin como María no sienten cariño entre ellas ni por su hermana Agnes, tampoco son felices con sus esposos. María le es infiel a su marido (al que vemos intentando suicidarse) con el doctor que atiende a Agnes (interpretado por el actor fetiche de Bergman, Josephson, protagonista, junto a Liv Ullmann, de Secretos de un matrimonio https://cuenya.blogspot.com/2026/01/secretos-de-un-matrimonio-de-bergman.html).
"Tu mirada era abierta, directa, sin disfraces... Antes solo eras tierna... Bajo tus ojos arrugas profundas... de aburrimiento", le recuerda el doctor de un modo esclarecedor a María, la cual le replica con lo siguiente: "Nos parecemos mucho, tú y yo".
"¿Te refieres al egoísmo? ¿A la frialdad? ¿A la indiferencia?", le pregunta el doctor mientras se miran en un espejo.
"Tus teorías me han aburrido casi siempre", sentencia María.
Ante la indiferencia y frialdad de María, su marido desea poner fin a su vida. Funde a rojo.
Anna trata de consolar a Agnes, que yace moribunda en su lecho. La besa, la abraza, la mima, incluso le ofrece sus pechos para que se recueste en los mismos. La escena desprende cierto erotismo incluso en una situación terrible. Funde a rojo.
Agnes agoniza, resulta realmente turbadora, con su respiración jadeante, con su sufrimiento insoportable. Ni siquiera puede vomitar. Anna la acompaña en su fallecimiento.
Hacia el final de Gritos y susurros asistimos a una parte de realismo mágico/onírico escalofriante, donde la muerta Agnes le habla a Anna. "¿Tienes miedo de mí ahora?... Estoy muerta. Pero no puedo dormir. No os puedo dejar. Estoy muy cansada. ¿Puede ayudarme alguien?".
"Sólo es un sueño, Agnes", le contesta Anna.
"No, no es un sueño. Puede ser un sueño para vosotros pero no para mí. Quiero que venga Karin", aclara la muerta. "¿Puedes calentarme las manos? Todo está vacío a mi alrededor", le pide la muerta a su hermana Karin.
"Estoy viva y no quiero tener nada que ver con tu muerte. Quizá si te quisiera pero no te quiero. Lo que me pides es repulsivo", le responde Karin contundente, con los ojos incendiados de ira, desorbitados, filmada en un primerísimo plano.
"Quiero que venga María", le pide la muerta a Anna.
Entonces, María se dirige hacia la habitación de Agnes, la cual la previene de que no tenga miedo. "Puedes tocarme... Puedes calentarme las manos...", le pide Agnes, postrada en su cama, a María. Por su parte, María le expresa que no la dejará, que siente pena por ella. "¿Recuerdas cuando éramos pequeñas y jugábamos...? Entonces, teníamos mucho miedo", le cuenta María a Agnes.
"No oigo lo que dices. Tendrás que acercarte. Más cerca. Coge mis manos", habla la muerta, que acaricia el rostro de María e intenta besarla en los labios, lo que provoca que María se espante y comience a gritar desesperada, como si de repente estuviéramos viendo una película de terror.
"Agnes, me quedaré contigo", le dice Anna a la muerta. "No tengan miedo, la cuidaré", les dice Anna a las hermanas.
"Tengo que pensar en mi hija, en mi marido", argumenta María.
"Es asqueroso... se está descomponiendo...", precisa Karin.
Vemos cómo Anna semidesnuda se abraza a la muerta de un modo que la composición del plano recuerda a La Piedad de Miguel Ángel, con la música de J. S. Bach. Funde a rojo.
"Ha sido un funeral soportable, sin lloros ni histerismos", señala a continuación el marido de Karin de un modo cínico, mientras toma algo.
Tras el fallecimiento de Agnes, también resulta imposible la religación de las hermanas Karin y María. Aunque existe cierto acercamiento de ambas a lo largo de la película, queda patente la incapacidad de quererse como hermanas.
La imposibilidad de amar, el dolor y la muerte nos sacuden las entrañas. Gritos y susurros se clava como un arponazo en nuestro corazón, en nuestra alma.





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