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sábado, 12 de septiembre de 2020

Érase una vez un personaje de cuento: Somiedo

Érase una vez una tierra hermosa, muy hermosa, como un personaje de cuento, un cuento que durmiera con serenidad a la sombra de un bosque prehistórico, con sus altas y frondosas montañas, sus hórreos y sus paneras, sus brañas y sus lagos. Y por supuesto con sus osos pardos, del color del techo (teito) de sus casas. 

Parque natural de Somiedo

Los osos, acaso amorosos, hibernaban durante los inviernos, algo fascinante, tal vez porque al soñador (se alquila para soñar) de este cuento también le gustaría  hibernar (sobre todo ahora que se nos vienen encima tantos virus, no sólo el Corona del Reino Mayor). Hibernaban para luego salir saludables al monte en busca de alimentos y luz solar, dispuestos como estaban a bailar una danza ancestral. La danza, siempre la danza. La danza es vida y la vida es danza (como ya apuntara el soñador en su pizarra escolar, que en algún momento, por arte de magia, debió de transformarse en tablet)


Hubo una vez un sueño. Y este sueño se cumplió. A veces los sueños, como los años, se cumplen. Hasta que dejan de hacerlo. Pero este sueño se cumplió en forma de Somiedo, en una Asturias remota y salvaje, parque natural y Reserva de la Biosfera, que sigue siendo una tierra hermosa, muy hermosa, como un personaje de cuento revestido de carne, hueso y alma. 

El sueño se cumplió hace años. Y ha vuelto a cumplirse recientemente, en este mes septembrino de cosechas y veranillos de San Miguel. Sin Encinas y sin Cristos. Al menos este año. Que el que viene -ya no será bisiesto-, las diosas y los dioses de los olimpos dirán. Algo tendrán que decir. Mientras, sigamos soñando, para que los sueños, al menos los buenos, se carnalicen. Y tomen espíritu de realidad. Con su sensual textura. Y el perfume embriagador de una naturaleza en estado puro. 

La Peral

 Los sueños, cuando son tan intensos, tan nítidos, a menudo se cumplen. O eso desea creer el soñador, este soñador que no puede dejar de soñar, ni siquiera en momentos de vigilia. 

Desde entonces (cumplido el sueño), los osos del color de los techos/teitos de las casas de este espacio llamado Somiedo asoman sus hocicos entre el verdor aromático de sus montañas, dejándose por instantes filmar o atisbar por unos seres, que, provistos del aparataje pertinente, ansían ver a animales tan bellos, bellos como toda la naturaleza esplendorosa que los rodea y les sirve como hábitat natural. Su gran casa. La Casa de su Ser. Son estos mismos osos quienes se adentran en Babia (llegando a estar en Babia, como los humanos), transitan por la tierra de la Omaña o por la comarca de Laciana y acaban coronando la mítica Sierra de Gistredo (el útero, la matria, nuestro Macondo, nuestra Región). Para bajar, entre otras labores (supone el soñador) a zamparle las colmenas a Senén o bien a Toño (Tónicas).

Pola de Somiedo

Y es que a los osos les encanta el dulzor de la vida. El sabor del brezo, del blanco y del rojo (Blanco, Rojo y Azul, como la trilogía del cineasta polaco Kieslowski). Tal vez la danza de las abejas. Una vez más, se impone la danza como motor vital. 

Son esos mismos osos (o sus parientes, sigue suponiendo el soñador de este cuento plasmado por escrito) quienes se aproximan a las cordilleras de Salientes, en el Bierzo Alto, como le contara al soñador otro personaje de cuento, Antonio Robles, que vive en la cabaña (hotel rural, si lo prefieren los lectores y lectrices) llamada Mil madreñas rojas, cuyo nombre evoca un cuento arábigo. Como las mil y una noches. Teniendo que imaginarse las novecientas noventa y ocho madreñas o galochas restantes, habida cuenta de que sólo nos reciben dos madreñas a la entrada de su casa. ¿O  quizá el cuento haya variado con el transcurrir de los años? 

A Antonio Robles, que es el sobrino nieto de un gran contador de historias, llamado Antoniorrobles, le gusta avistar osos en la tierra de Salientes. "A lo lejos, Salientes se abre como una aldea bereber. Esta es sólo una impresión, tal vez un espejismo en medio de una naturaleza esplendorosa. Atravieso puentes y corredoiras antes de alcanzar esta tierra aromatizada con lo astur-leonés, que mira hacia imponentes picos, y donde los osos pardos campan a sus anchas", escribe el soñador en sus Mapas afectivos"Y es que al soñador, además de soñar, le gusta contar, también por escrito. 

Asegura el paisanaje de la zona de Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, uno de los puntos de partida para treparse al legendario pico Catoute, en las estribaciones de la Sierra de Gistredo (el otro punto de partida es Salentinos, otro pueblo de cuento), que también ha llegado a toparse con algún oso pardo cual si estuviera en El Tío Perruca, que es otro cuento escrito (quizá también soñado) cuyas raíces siguen estando en esta tierra conocida como Bierzo Alto, en concreto en el valle de Bubín en Igüeña. 

El soñador no deja de soñar ni por un instante. Y de repente se ve sumido bajo una niebla espesa, la cual podría cortarse con un cuchillo jamonero (esto queda demasiado prosaico), tal vez con una navajina de Taramundi (que queda más exótico, Taramundi es territorio perteneciente a esa Asturias remota que linda con su hermana Galicia). Una niebla propia de una película de terror (qué exagerado) cual si se hubiera adentrado de lleno en el expresionismo alemán (al soñador no le apetece en este momento comenzar a dar explicaciones de qué es el expresionismo alemán, que se lo imagine nuestro público, por favor). 

Envuelto en una niebla, que no da para ver un burro a tres pasos (es lo que rememora el soñador que se decía en tiempos en su pueblo, cuando bajaba la niebla a las praderas que estaban a orillas del río), el soñador (en compañía de una soñadora) se lanza, palo en ristre, a conquistar (es un decir) los lagos de Saliencia. La niebla puede resultar bella, estéticamente atractiva, pero impide a los soñadores (qué magnética película de Bertolucci) ver más allá, penetrar, sin candil en mano, en las entrañas de las cosas, de los paisajes.


Y eso se les antoja un inconveniente. Los soñadores, tal vez con una imaginación desbordante, intuyen los lagos bajo paisajes en la niebla (como en la película de Angelopoulos). 

En un anterior cuento, el soñador logró descifrar los arcanos de los lagos de Saliencia, con sus contornos bien definidos y sus aguas, cada lago con sus matices, sus tonos y sus aromas (como el lago de la cueva, con su colorido y perfume ferruginosos). 

Y en este cuento, el soñador, que se muestra persistente, incluso cabezón (yendo incluso más allá de sus posibilidades, ya que no estaba del todo católico en lo físico) logró ver por instantes (siempre en compañía de la soñadora) uno de los lagos (tal vez el lago Ness, aunque sin monstruo que lo habitara). 

Fue un visto y no visto, porque aquella niebla, tupida, contundente y veloz (veloce, como dicen en bella Italia), volvió a cubrirlo todo en menos que canta un gallo. 


Aunque el soñador no crea en milagros, se hizo el milagro, permitiendo percibir uno de los lagos (el Calabazosa), brumoso y difuminado, como una estampa irreal cargada de poesía. La auténtica poesía, cree el soñador, debería brotar de las entrañas de la tierra. Y por supuesto de las entrañas de las personas. 

Lo que parece haber olvidado el soñador (ya que este es un cuento reciente) que la ruta por los lagos de Saliencia no es tan sencilla como la recordaba en su anterior cuento, de hace unos ocho años. Qué traidora es a veces la memoria. O qué viejuno se ha vuelto el soñador. Ocho años pesan, en todo caso.

Pola de Somiedo al fondo

Desde Pola de Somiedo los soñadores (qué lindo), después de una carretera en curvas, envueltos en la niebla (la niebla ya sobra) trepan cual ciclistas profesionales hasta el Alto de la Farrapona, que es frontera con la provincia de León. Lástima que para acceder a la Farrapona desde Torrestío (en el valle de San Emiliano, en Babia) se necesite un todoterreno, ya que se trata de una pista de terracería, como dirían en México. 

A decir verdad (eso cree el soñador) la ruta a los lagos de Saliencia es relativamente sencilla, sobre todo si se compara con la subida como las cabras y los chivos a aldea de Bulnes desde Poncebos en un día donde arrecia el calor y la sofoquina es intensa. Los soñadores pueden dar fe de este otro cuento en las Asturies de los Cabrales. 

Pola de Somied

El soñador se entretiene reflexionando (pues, además de soñar, le gusta pensar, incluso en las facturas de la luz y del agua, vulgar que es también, pues no resulta nada fácil ser sublime sin interrupción, como quisiera el poeta Baudelaire, el de las flores malditas) en que la bella Asturias luce tan verdosa acaso por su clima, tan singular y neblinoso, pues al otro lado del Puerto de Somiedo, ya en la Babia leonesa, el clima, al menos en este cuento reciente, se volvió azul y cálido como en un verano idílico. Tal que si el sueño se hubiera trastocado. O vuelto del revés.  

El soñador sigue creyendo que los ecosistemas pueden variar en pocos kilómetros. Donde en uno era todo luz, en el otro se torna todo sombrío. O neblinoso. En cuestión de segundos el clima se resuelve de un modo u otro resultando alucinatorio y aun delirante.

El soñador disfruta en el camping Lagos de Somiedo (con sus teitos o cabañas y su río y su paisaje), que se sitúa al lado de Valle del Lago, desde donde se puede excursionar hasta el lago del Valle. Todo se queda en valle. 

Zona de Valle del Lago

Y recuerda asimismo que en Pola de Somiedo (el centro urbano neurálgico de este territorio) también hay un camping y aun otros muchos alojamientos. Y por supuesto excelentes restaurantes donde echarse un bocado y una sidrina. 

"Os recomendamos la Casa Carión", les dicen unos excursionistas a los soñadores, lo que de algún modo acaba compensando el esfuerzo realizado bajo la niebla en la ruta a los lagos. Un cachopo enorme, que es un filetón relleno (de jamón o cecina, queso, entre otros nutrientes) hace las delicias de los soñadores, que se sienten en gloria. 

El sueño (en forma de viaje) continúa por las veredas del Puerto de Somiedo.

La Peral al fondo

A lo lejos, llama poderosamente la atención una aldea. Es La Peral. Los soñadores comienzan a tener apetito (en los sueños también se despierta el apetito). Y va siendo hora de almorzar. Qué mejor sitio que sentarse a los pies de La Peral, en una zona preparada para tal menester. Con mesas y hasta una fuente. Pero lo mejor aún está por llegar. "Hay que recorrer la aldea", se dicen los soñadores, con la idea de que, desde esa altura, La Peral se convertirá en un mirador perfecto. Algo llegan a contemplar. 
Teito en La Peral

Pero de repente la niebla espesa, que los acompaña casi en todo momento, se dispone a engrisar el panorama. Además de la niebla (que ya es todo un personaje del cuento, como el viento de Luvina, el cuento mágico del mexicano Rulfo), se topan con unas vacas, que sestean tumbadas con placidez en el prado. Y aun se encuentran con unas chicas, sonrientes ellas, que se dirigen a los soñadores. Es probable, casi seguro, que ellas sean unas soñadoras. "Está chulísimo", aciertan a decirles a los soñadores, pero cuando estos alcanzan el mirador, un mirador en toda regla, la niebla ya ha cubierto todo.

En La Peral

Sopla un viento casi gélido. Sólo en este punto la niebla, que cala los huesos de los soñadores, es capaz de invadirlo todo. Lo que no es obstáculo para seguir con la visita de la aldea La Peral (La Peralona, así le dicen a un sitio del útero de Gistredo), los soñadores vuelven a encontrarse con las chicas miradoras, que están en la terraza de una casa, ellas y un tipo con barbas, que parece todo un experto montañero. Se saludan (los soñadores con las chicas y el hombre de la barba), entablando una breve pero sustanciosa charla. Ellas han ido desde Avilés a visitarlo a él, que acaba contándoles a los soñadores que conoce el Bierzo. Incluso ha coronado el Catoute.
En La Peral

Ya decía el soñador que este chaval era un conocedor de las montañas y los picos. A los soñadores les hubiera gustado continuar con la plática. Pero deciden proseguir su camino. Y recorrer la aldea de La Peral, que luce como de otra época con sus teitos, sus construcciones ancestrales, que son como las pallozas ancaresas del Bierzo, en las que ya no viven los humanos, como les recuerdan a los soñadores unos paisanos del pueblo, que toman la fresca (es un decir) a la entrada de un teito. Tal vez sean los custodios del mismo (es otro decir). Los soñadores entablan otra breve charleta con los paisanines del pueblo. "¿Pero en este pueblo habrá bar, verdad?", preguntan los soñadores. "Bar y alojamiento", responde alguno de ellos, quizá el más joven de todos. 

Así que los soñadores se dirigen hacia el bar para refrescarse con una sidrina (en esta parte del pueblo no atiza la niebla, quién lo diría, siendo un sitio tan renacuajo). Y desde este punto, más o menos, sale una ruta de senderismo hasta Villar de Vildas, que es aldea remota a la que el soñador viajara hace años, en aquel viaje (cuento) en el que lograra ver con nitidez los lagos de Saliencia. 


Ya va siendo hora de despedirse del bar, del pueblo, y encaminarse hacia Babia, que queda bastante cerca, en espacio y en tiempo. Pero La Peral ha impactado a los soñadores, que deciden, desde ese mismo momento, que volverán a poner los pies en este lugar en cualquier momento. Tal vez ya de cara a la próxima primavera. La eternidad y un día. El tiempo. Siempre el tiempo. Todo es cuestión de tiempo. 

Con las mismas, los soñadores ponen rumbo hacia Babia. Y una vez en esta tierra deciden girar hacia su izquierda en dirección a La Cueta (a las mismísimas fuentes del Sil, las fuentes del Nilo, dice el soñador en un desliz lingüístico, o lingual, que más da). 

Pero esto ya daría para otro sueño. O bien para otro cuento. 

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