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miércoles, 9 de septiembre de 2020

Por la Mariña: Hasta Ortigueira

 Chula como una sirenita se muestra la costa lucense, comenzando por la ría de Ribadeo, en la desembocadura de la ría del Eo (de la que hablaba ayer mismo en este mismo blog) hasta Estaca de Bares (ya en la provincia de Coruña), que es un cabo en estado primigenio, el punto más norteño de la península ibérica, donde se funden en abrazo mistérico el mar Atlántico y el Cantábrico, que otros sitúan en el cabo de Ortegal (como punto cero, cual si estuviéramos en la Puerta del Sol, en este caso símbolo que divide el Atlántico y el Cantábrico).

Estaca de Bares

En todo caso, Cabo de Ortegal, con su belleza salvaje, es el segundo cabo más septentrional de la península Ibérica, sólo superado en septentrionalidad, si tal puede decirse, por el cabo de Estaca de Bares. 

El primer destino, después de una suculenta comida y un a modo de siestecita en la plaza central de la población de Ribadeo, será/es/fue (el viaje se realizó en el pasado mes de agosto) la playa de As Catedrais (Las catedrales). Me gusta dicho y escrito en galego. Me resulta más sonoro, con su fonética cantarina, musicalmente poderosa. 

Cabo de Ortegal como punto cero (Atlántico/Cantábrico)

Fama tiene esta playa porque en bajamar (así se dice, ¿verdad?) pueden apreciarse rocas en forma de catedrales. O cavernas, diría, porque es necesario echarle imaginación al asunto (la imaginación, de imágenes, al poder) para poder visualizar catedrales en esas rocas, que, por lo demás, llaman la atención al viajero. El gótico en estado salvaje. Aunque en este viaje, la pleamar (así se dice, ¿verdad?) impide que se atisben las catedrales. Y por supuesto no puede uno adentrarse en la playa. Sólo quedan al descubierto las puntas de las rocas, también para el deleite visual, incluso fotográfico. En esta era de la imagen ya todo lo acabamos viendo a través de las fotos, de las imágenes en vídeo, de las imágenes en cámara de cine, que nos ofrecen una apariencia de realidad, en vez de sus verdaderas esencias. Estamos ante el eterno tema dialéctico de las imágenes versus realidades (esencias), fenómenos/noúmenos. 

As Catedrais

¿Acaso las imágenes no podrían, no son tan reales y esenciales como la vida misma, en su estado puro? ¿Qué es pues la pureza? Lo importante es que, cuando uno viaja, en vivo y en directo (no a través de lo virtual) puede saborear, olor, tocar, degustar, sentir todo en su esplendor. Y en este sentido, la sensorialidad que procura el estar in situ, en el lugar, en los espacios, se me hace insustituible. 

De repente, As Catedrais me ha llevado por los derroteros filosóficos. Y es que la filosofía no sólo existe en las aulas (que casi diría que son antifilosóficas en su mayor parte) sino que surge de la vida, de la vida al natural, de la realidad en que vivimos, que nos toca de cerca. Y por ende de otras realidades, que ni siquiera somos capaces de penetrar en las mismas. El universo entero, con sus millones de galaxias, es un sempiterno problema filosófico, científico, que no logramos desentrañar, un auténtico misterio, que no somos capaces de entender, por más vueltas que le demos al asunto. 

En esta discusión (y en otras muchas) nos enrolamos la viajera y este penitente en algunas ocasiones. Siempre con buen humor. O eso pretendemos. Creo que la última sobre este asunto tuvo lugar en el restaurante Ezequiel de Villamanín, recientemente, al amor de la compañía, de los afectos, con un buen vaso de vino y unas ricas viandas. El Ezequiel de Villamanín (en la provincia leonesa) es toda una institución y un templo de la gastronomía. Queda dicho.

Rinlo

Pero uno lo que deseaba es seguir contando el viaje por la Mariña lucense, a su paso por As Catedrais, y luego por el bello y colorido pueblo de Rinlo, que es un lugar para perderse a gusto y gana, incluso para tumbarse a la bartola a contemplar el mar y las mareas. 

La contemplación como estado entontecido de felicidad. La contemplación como estado en el que se alcanza el éxtasis, tal vez místico, siempre con el deseo de tocar los cielos terrestres, los horizontes de esperanza, la esperanza de seguir en el camino, de seguir navegando en este proceloso mar de incertidumbres, que la vida no la tiene nadie ganada ni comprada. Y en un tris se puede ir todo al carajo. Por eso, conviene disfrutar, sentir cada momento, cada instante de belleza como si fuera el último, con la sonrisa en la mirada. 

Playa de Morouzos

La idea de este viaje es llegar hasta Ortigueira (ya en la costa coruñesa). Me hace ilusión (ay, la ilusión), viajar hasta Ortigueira aunque en este año vírico se haya suspendido el legendario festival de música celta. Ansío saber a qué sabe (valga la redundancia) este pueblo marino, con sus sones folclóricos, que en esta ocasión habrá que imaginarlos, soñarlos, recordando sus gaitas y cornamusas, así como sus bandas escocesas, irlandesas, galesas, galegas, astures, leonesas..., tan hermanadas por la lengua universal de la música. 

Volver a Ortigueira, en concreto al Río Sor, el restaurante de Orlando, es algo que me llena de satisfacción, de emoción. Porque lo siento como mi casa. Y Orlando, que es un hombre entrañable y muy trabajador, nos muestra su hospitalidad. Como siempre. Algo que le agradezco. Lástima que su mujer, Mari Luz, se haya ido de este mundo hace ya un tiempo (algo que desconocía) porque también ella era una mujer muy trabajadora, muy despierta y atenta. Con una gran sonrisa en el rostro. Nos atiende también sonriente Nina, que es una camarera brasileña que lleva tiempo en el restaurante que regenta Orlando. 

Cabo de Ortegal

El viaje continúa por Ortigueira y su entorno (incluida la mítica playa de Morouzos, con su espléndida zona de pinar, donde acampan los festivaleros) así como el cabo de Ortegal y la mencionada Estaca de Bares. Sin olvidarnos por supuesto de Cariño, San Andrés de Teixido, O Barqueiro y Viveiro. 

Pero esto ya será para una próxima entrada. 


1 comentario:

  1. Estás aprovechando esta situación paralizante por el dichoso bichejo para viajar y vivir una aventura viajera muy bonita por la patria gallega, y me das mucha envidia. Qué disfrutes mucho por ese paraíso de la tierra hermana que te lo mereces, Manuel. Un abrazo.

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