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martes, 8 de septiembre de 2020

De Tapia a Ribadeo

La ruta por la costa, de Tapia de Casariego a Ribadeo, se me antoja (como un antojito mexicano) extraordinaria. Me parece de una gran belleza. La belleza marina de la fantasía. Y de la aventura. Una ruta que en alguna ocasión he llegado a recorrer también en Feve, ese trenecito como de juguete que te permite, a su velocidad, recrearte en los paisajes como si estuvieras desplazándote a través de los raíles de un travelling cinematográfico. Siempre el cine haciendo acto de presencia en los viajes. 

Castropol al fondo

Creo recordar (si mi demencia me lo permite) que este recorrido lo he hecho en más de una ocasión, siempre en verano, que es sin duda la estación más lírica del año (aunque éste sea un año atípico, y haya quienes prefieran la primavera, incluso el otoño, para viajar), pero tengo la impresión de que el verano cunde más y mejor, tal vez porque hay más luz solar, y por ende el ánimo está mejor. 

Castropol

Viajar con buen ánimo, como todo, es mucho más gratificante, creo, que hacerlo con la mirada lánguida de los romanticismos trasnochados.  Qué me perdonen los románticos, sobre todo los trasnochados, pues uno, en el fondo de su ser, tiene un algo, o algo mucho, de romántico (quizá me haya influido el paisano Gil, que fue un estupendo viajero por la Europa desarrollada del siglo XIX). 

Toda esta zona (y por supuesto su continuación hacia la costa galega) me resulta magnífica. Para volver una y otra vez (hay que volver a los sitios donde uno fue dichoso, para ver de día aquello que viera de noche, y ver en otoño lo que acaso llegó a ver (sentir es un verbo más apropiado para la ocasión) en verano. 

Desde Castropol

En realidad, Asturias y Galicia se dan un abrazo amoroso en sus costas y en sus verdes intensos. Y aun en sus sabrosas y abundantes gastronomías. Y resulta harto complicado saber si uno está a uno lado o a otro. Las lindes se confunden. O bien se fusionan. Y Ribadeo es como una población astur con acento galaico. O bien es galaica con acento astur. Aunque haya quienes me digan que esto no es así. Que estoy delirando. O cosas por el estilo. Acaso por su empeño en marcar fronteras, límites absurdos. 

Puente que separa Asturias de Galicia

Antes de arribar a Ribadeo, me apetece muchísimo acercarme a Castropol, aunque haya estado en alguna otra ocasión en este pueblo encantador, donde pareciera que se hubiera detenido el tiempo. 

Castropol blanco, con su exotismo floral y arbóreo, entre el empedrado y los magnolios, como me sugiere mi amiga, que se queda fascinada con este lugar, es un excelente mirador con vistas excitantes al mar, al puente que separa Asturias de Galicia, a la propia población de Ribadeo, donde por cierto vive desde hace añares un vecino del útero de Gistredo, en concreto de la calle La Parada, de mi calle, de mi barrio, que se llama Vicente, Tin (el ahijado de mi madre), alias Cape, en honor a un gran futbolista llamado Capellini,  al que no recuerdo (los especialistas en fútbol supongo que sabrán a quien me refiero). No le digo que estoy en Ribadeo, entre otras razones porque ni siquiera tengo su número de móvil. Pero tampoco es cuestión de comprometer al personal. 

Ribadeo al fondo desde Castropol

Desde Castropol la vida se me antoja mejor, más sosegada, tal vez porque aquí, en este jardín de las delicias, en este huerto filosófico, uno halla paz. Se pasea uno con tranquilad por sus calles empedradas, con el olor de los magnolios impregnando el ambiente. 

Castropol, con la blancura de sus casas-palacio y su arquitectura indiana, parece como brotada de un sueño marino, incluso fluvial, envuelta por la ría del Eo. 

Ribadeo

De repente, mirando hacia la desembocadura de la ría del Eo, con vistas también a Figueras, Vegadeo y Ribadeo, uno se topa con una placa en la que figura el nombre del poeta Luis Cernuda, que, tras su visita a Castropol en 1935, se inspiró para componer En la costa de Santiniebla, que no he tenido el gusto de leer, entre otras cosas porque no he logrado hacerme con el tal relato.


La visita a Castropol (donde en tiempos habría un castro, supongo, porque es un mirador de lujo o de cine, como se dice ahora) me resulta balsámica. Es un espacio que sólo te da buenas vibraciones. 

Y la comida nos espera (es un decir) en Ribadeo, al otro lado, ya en miña terra galega, que es tan nuestra como las Asturies de los míos amores. Ese Ribadeo indiano, con unas casas para quitar el hipo. Lástima, eso sí, que en Ribadeo no sirvan sidra para escanciar. Una pena, porque la sidra es deliciosa. 

El viaje continúa por la playa de As Catedrais y por el pueblo pesquero de Rinlo. Pero esto ya queda para otro post, que decimos ahora. 

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