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jueves, 31 de diciembre de 2015

Año 2015, de enero a junio

Quiero festejar el fin de año, como fiesta pagana, haciendo un breve recorrido o balance (vaya palabro que me ha salido ahora) de lo que ha dado de sí este año 2015 que se nos escurre entre las manos. El tiempo vuela, se esfuma. Y a medida que uno va cumpliendo años, el tiempo corre aún más veloz, como un caballo desbocado. La herida del tiempo sigue sangrando, y la sangre inunda el mundo: las praderas y los montes, los ríos y los lagos, los mares y el presente-pasado-futuro. El 2015 se descorchó con atentados en París, contra el semanario Charlie Hebdo, contra la libertad de expresión, a manos de integristas y fanáticos de una religión, el Islam, que causa estragos a través de sus terroristas, con la cabeza hecha cisco, de tanta ceniza y malababa como atesoran, de tanto lavado de cerebro e irracionalidad. Las religiones, que en principio no tendrían por qué ser dañinas, acaban volviendo majareta a la población, con sus dogmas, su fe desmedida, salvaje, con sus arengas y sermones propios de la Edad Media, de un oscurantismo peligroso, devastador en tiempos modernos/ tiempos bárbaros. Es el tiempo de los asesinos, como aquel título de Miller, aunque Henry, que viviera la época dorada de la capital francesa, se lo dedica al gran poeta Rimbaud, que también estuviera una temporada en el infierno.


En enero viajé a Madrid y me di una vuelta, entre otros espacios, por el San Ginés tras las huellas de Valle Inclán y Galdós (además del asunto, acaso prosaico, de tomar chocolate con churros, todo hay que decirlo), y por el emblemático café Gijón, que sigue conservando al menos los retratos de gente como Umbral, Cela o el actor Manuel Alexandre, al que viera en alguna ocasión sentado contemplando, a través de una ventana, la calle, conversando otras veces con el decorador o director artístico Chinín Burmann, que alguna vez también estuvo en la Escuela de Cine de Ponferrada y me contó cosas harto interesantes de la cinematografía, de Almodóvar y de Berlanga. Sobre este asunto llegué a escribir para algún medio pero no lo he colgado del blog.
También entrevisté a poetas como a la asturleonesa MJ Romero, autora del bello poemario 'Outsider' y compañera del alma de otro gran poeta, el omañés de Riello (Olleir) Luis Miguel Rabanal, o bien a Salvador Negro, que ahora anda por México, el país que me diera la vuelta a la cabeza en los años noventa, donde sintiera momentos inolvidables, el país surrealista por excelencia, tal y como lo vieran André Breton o el propio Artaud (quien viajara a la sierra Tarahumara en busca del dios peyotl y esa cultura ancestral de los Rarámuris) y por supuesto el lúcido Luis Buñuel, con sus películas de culto como 'Los olvidados', entre otras muchas e interesantes, que nos ayudan a entender México lindo y chingado, tan cerca de Gringolandia y tan lejos de Dios. Ojalá Salvador Negro disfrute de ese país a todas margaritas. 
En enero también nos dijo adiós José Luis Alvite, uno de los grandes de las letras de nuestro país de paisitos, a quien no logré ver en su Santiago natal, a pesar de que habíamos quedado en saludarnos. Dejé que pasara acaso mucho tiempo y éste se impone, una vez más, como una güadaña. Siempre me quedarán, no obstante, sus palabras de afecto, su lírica demoledora, su lucidez, su prosa original y atrevida. 
Y llegó febrerito el corto con su Botillo y su Carnaval. Y también con La Curuja, que cada año, por el mes de febrero y luego en el mes de julio, aparece tras las sebes dispuesta a escrutar con ojo avizor el entorno inmediato. Incluso fui invitado como mantenedor (pregonero) por la Asociación Cultural de Turienzo Castañero para disertar acerca del embutido rey de la gastronomía berciana. Algo que me entusiasmó. Y Bembibre celebró su botillo por todo lo alto, como viene siendo habitual, con la actuación de Carlos Núñez, un portento de la música folk. Un artista al que he tenido el gusto de ver/escuchar en varias ocasiones, entre otras en el legendario festival de Ortigueira, al que acudo cada año desce hace ya muchos. 

En este mes comenzaron las Tardes Literarias que organizo, a través del Ayuntamiento de Bembibre, en la villa del Benevívere. Unas tardes en las que intervinieron tres autores (Tomás Álvarez, Jovino Andina y Eduardo Keudell) y una autora, Ana Cristina Herreros, Ana Griott, que es una magnífica cuentacuentos, tanto es así que anda por el mundo adelante contando historias. Una leonesa con proyección internacional. 
El escritor y periodista argentino-berciano Eduardo Keudell, compañero de aventuras (como la atómica de la Escuela de cine en Ponferrada, qué tiempos aquellos) dio inicio a estas tardes dedicadas a las letras con una charla filosófica, a él que le apasiona la filosofía y el psiconálisis, además de la literatura hispano-americana.
Marzo fue el mes en que entrevistara a un hombre entrañable, Américo Vázquez Vuelta, originario del Bierzo, del Alto, aunque vive desde que era un mozo en la Argentina, donde ha desarrollado su carrera profesional como médico. Y en este mes falleció en Barcelona otro gallego ilustre, en este caso Paco Porrúa, el legendario editor de obras como Rayuela o Cien años de soledad, entre otras muchas, de gran calado. También en este mes, entre el frío invernal y la luz primaveral, fue la presentación de algún libro como Tierra de invierno y la charla del periodista y escritor cepedano Tomás Álvarez sobre el Camino de Santiago a su paso por La Cepeda, como variante del Camino Francés. 
http://www.guiarte.com/la_cepeda/lacomarca/camino-santiago-la-cepeda.html
Por su parte, el periodista y escritor berciano Valentín Carrera editó y presentó el Último viaje de Gil y Carrasco, en el que tuve la ocasión de colaborar con un artículo. 
http://www.bibliotecagilycarrasco.com/recursos/archivos/18-viaje-europa-cuenya.pdf 
 http://www.ileon.com/cultura/049866/valentin-carrera-reconstruye-el-gran-tour-europeo-de-gil-y-carrasco-en-ultimo-viaje-diario-madrid-paris-berlin

Abril, que es un mes que suele gustarme, me llevó a Oporto, esa ciudad portuguesa que se abre al mar como un sueño. Una ciudad surcada por el Douro, río literario por el que discurren las palabras cargadas de lirismo. Oporto es una sitio al que uno vuelve, encantado, una y otra vez. Portugal es un país cercano, familiar, en el que uno se siente como en casa. Este fue el mes en que entrevisté al filósofo Pablo Huerga, discípulo del maestro Gustavo Bueno, que mantiene una gran lucidez con sus noventa y dos años. Me alegra haber contactado con Pablo (al que recuerdo en la Facultad en los años ochenta), que ahora ha publicado un extraordinario ensayo sobre el cine, La ventana indiscreta (como el título de la peli de Hitchcock) desde el materialismo filosófico.
También en abril el astur-berciano Jovino Andina disertó sobre El señor de Bembibre: 171 años de vida editorial, él que conserva cerca de cien ediciones sobre la obra cumbre de Gil y Carrasco, que ha podido exponer a lo largo de este año tanto en Bembibre como en Ponferrada, a resultas del Año Romántico, dedicado al bicentenario del nacimiento del ilustre e ilustrado villafranquino.
En este mes de las flores y los libros, el escritor Julio Llamazares vino a la feria del libro de Ponferrada. Y al día siguiente disfrutamos, en entrañable compañía, de una estupenda velada en casa de Teje y Yuma en El Espino. Abril también me llevó hasta Madrid porque la escritora y editora Raquel Viejobueno presentaba una revista en la que dejé impreso mi granito de arena.
El viaje a la capital del Reino lo aproveché para acercarme a Alcalá de Henares en busca del espíritu redivivo de Cervantes. Por allí estuve cervanteando, como le gusta a Juan Goytisolo, el reciente Premio Cervantes, que se desplazó desde su Marrakech querido para recibir este sustancioso galardón.
En mayo continué con mi labor de reportajes-entrevistas a autores y autoras de la provincia leonesa, entre ellos a Joaquín Alonso, Pablo López Carballo o Balboa de Paz, así como con mis artículos y publicaciones, mis clases (algunas sobre cultura Iberoamericana), mientras la narradora Ana Griott (mi invitada) cerró las tardes literarias con una estupenda intervención y el amigo poeta Abel Aparicio publicó su poemario Alboradas.
Mayo florido y fermoso me llevó a Toreno para reencontrame con Américo Vázquez Vuelta y algunos amigos y amigas, como Paco Vuelta y Juanma Colinas.  
También este mes me hizo conocer al narrador y cuentacuentos Fernando Crespo en Astorga, con motivo de la presentación de un libro del todoterreno Pablo Gonz, que se vino a España desde Chile, donde vive en la actualidad, para presentar su último libro.


Lo acompañamos varios conocidos y amigos (Manuel Ferrero, Ricardo Chao, Alberto Flecha...) incluso me atreví a leer un poema mientras recordaba la reciente muerte, a resultas de un maldito cáncer, de una chica, Ainoa, a la que conocía desde pequeñita, porque sus padres, que vivieran en tiempos en el País Vasco (aunque oriundos de la tierra maragata) son amigos de mi familia. Es más, ese día acababa de visitar a sus padres, Joaquín y Gloria, que conservan las cenizas de su hija en casa. Algo que me removió las entrañas, el ver a dos palmos las cenizas de una chica tan joven. 
A menudo uno desconoce lo que le queda más próximo, y un día de mayo, en buena compañía, hice parte de la ruta de los canteros, que sale de Ponferrada y llega, a orillas del río Boeza, hasta la localidad de San Miguel de las Dueñas.
Recuerdo junio como el mes del teatro.
Mi alumnado llevó a escena Una familia desequilibrada, que tuve el gusto de escribir y dirigir a lo largo del curso. Por su parte, Julio Moro expuso en Veguellina fotos sobre la minería, en la que participé con dos textos o relatos. Junio, que ya anuncia el verano e invita a viajar, me llevó, religado a la eternidad y un día, a Somiedo, tierra hermana, que sentí como propia, como si talmente fuera una prolongación del útero de Gistredo. Una belleza, la tierra astur de los osos y los lagos, las altas, verdes y frondosas montañas. Me encantó ese recorrido por el Alto de la Farrapona y los lagos de Saliencia, por las brañas de mis ensoñaciones.
De repente, asomado a un lago me pareció trasladarme a Escocia, a una highland, a Fort William, incluso me hizo recordar el País de Gales. Siempre viajando, aunque sea con la imaginación. Y para rematar este recorrido por las Asturies parque natural, nada mejor que acercarse a Villar de Vildas, el pueblo de mi tocayo y alumno, que me cautivó con su verdor, sus montañas, sus paneras o paneres, sus hórreos, incluso con su pote y su fabada. Como dato curioso, al menos para uno, señalar que un río llamado Pigüeña atraviesa Villar de Vildas.
Pigüeña me hace recordar de un modo inevitable a Igüeña, cuyo paisaje, con su valle de Bubín, se asemeja mucho al astur. Si es que el mundo es un pañuelo. Incluso existe una Noceda en Asturias. Y también la aldea de Cuenya, en el concejo de Nava, que visité hace años.
Cuenyeando anduvimos celebrando el cumple de mi madre y a la vez el sesenta aniversario de bodas de mis padres. El lugar elegido, La Alondra, en Toral de Merayo. Entrañable. 
Olvidaba, siempre se olvida uno de algo porque la memoria, por más que se quiera, nunca es del todo fiable (trastoca, retoca y reelabora la realidad), que en junio actuó Raimundo Amador en Bembibre. A Raimundo, un músico que hace vibrar, lo había visto ya actuar con B.B. King en la plaza de toros de León, lo cual me alegró porque fue la primera y la última vez que puede ver al maestro del blues, que nos ha dejado este año en el mes de mayo. 
Y el poeta Emilio Vega me invitó al Encuentro de poetas que se celebra en A Rúa (un encuentro ya clásico, que coordina la poeta Carmen Gago). Este era el segundo año consecutivo que acudía. Y allí nos dimos cita varios colegas, entre ellos los ya mencionados, Antonio Esteban González Alonso y otros varios.
A Rúa, aunque sea ya tierra galega, es como una prolongación de la comarca del Bierzo. En realidad, uno se siente berciano (leonés) pero también galego. Imposible ocultarlo. Siempre me dicen que tengo acento gallego. Pues vale, que así sea. Galego de dónde. Y cuando vivía en la France me decían que tenía un tout petit accent. Nos ha jodido. De Marsella... De México. Siempre con acento. Y cuando vivía en el país de los cuates y los aztecas me decían que tenía acento chilango (del Distrito Federal). Tanto se me pegó el acento -parezco una esponja-, que me camuflaba (al menos en lo lingüístico) con la fauna mexica. "Que soy gachupín", insistí en alguna ocasión estando, por ejemplo, en Tepoztlán, Estado de Morelos. "No me cotorrees, güey, que tú eres chilango". Pues lo dicho, berciano, gallego, mexicano del DF, francés de la Marsella arrabalesca... Aldeano de los mundos. 

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