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jueves, 17 de abril de 2014

Santísima

Nuestra Marca España, hecha con cornetín y ‘tamborreo’, a golpe de saeta, sigue vendiendo esa imagen de país alegre y chistoso. Pero este país de paisitos se vuelve dramático o tragicómico en cuanto se nos abalanza la Santísima Semana, atizándonos hostias consagradas de muerte en el esqueleto de nuestras esperanzas, la ilusión de que esta España, con eñe de coña, deje de estar algún día en crisis, pues, desde que tengo uso de razón, siempre la recuerdo en bancarrota. Mientras, la Santísima nos convida, un año más, a recrearnos en esa corporeidad mortal y morada, donde el amor, en forma de Eros disparando flechas al corazón, inventa su infinito curvado a su paso por las calles de la provincia leonesa. Todos en procesión o desfile marcial y fúnebre saboreando el sentimiento trágico de la vida, el vértigo de la angustia existencial. No olvidemos que vivimos en un valle de lágrimas –ahora en el valle del desempleo, el desahucio y la corrupción al por mayor– y nuestro destino es la podredumbre. “No percibimos aún el olor de la putrefacción divina? ¡También los dioses se descomponen!”, nos dijo Nietzsche. No creas, estimado prójimo, que algún día resucitarás de entre los muertos. Nada de eso. Si el ser humano es un animal mortal, según tesis zoológica, y Cristo fue hombre, ¿cómo se puede admitir que Cristo resucitara? Que cada cual crea lo que quiera. Además, los muertitos y las muertitas ya han dejado de creer en dios. “¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!” Haz de tu valle jardín de las delicias, huerto de amistad y amor, y sumérgete en las cálidas aguas de un ‘hammam’. Vive el instante cual si fuera una eternidad de placer. Y no te flageles antes de que suenen las trompetas del juicio final.

Dicen las lenguas cristianas, cuya punta se perfila con el dulce aroma de las catacumbas, que llevamos la cruz a cuestas. Vaya cruz. Si ésta no es más que un madero sin vida, acaso un castaño con chancro, quizá chamuscado. Sin embargo, hay quienes creen en la cruz como escalera al cielo por el que los espíritus buenos treparan a los cielos. La cruz de los siete peldaños. Uno por cada día de la semana, incluido el día de Resurrección. Un clavito en la palma de la mano derecha, una tachuelina en el juanete del pie izquierdo. ¡Mi pie izquierdo, ay! Y aun una tercera en el escroto. Aquí no, por favor.
La Santísima se nos revela como una semana en la que los papones entregan su alma al maderamen de la cruz. Y el común de los mortales sigue estrujando a los judíos en limonada. “A matar judíos”, se dice por estos lares, qué terrible.  


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