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jueves, 24 de abril de 2014

Gabo

Titón, Birri, Márquez y García Espinosa en la Escuela de San Antonio de los Baños (Cuba)


"La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla", nos dijo Gabo en ‘Vivir para contarla’, que en estos momentos estará afinando su piano en el más allá/más acá, mientras nos sigue relatando aquellas historias fantásticas que le contaba su abuela Tranquilina Iguarán, de origen gallego, un personaje de cuento, como tantos otros que inventara el maestro del realismo mágico. Gabo, el genial escritor, periodista y cineasta colombiano, tocado por la varita surrealista mexicana, me devuelve al útero de Gistredo, que es otro espacio mítico, como Macondo, donde la realidad supera cualquier ficción. Cuando leí ‘Cien años de soledad’ -publicada el año en que me nacieran, gracias a otro gallego nacionalizado argentino, Francisco Porrúa-, sentí una sacudida en las entrañas, porque me parecía que el Premio Nobel, a través de la saga de los Buendía, estuviera contando la historia de mi pueblo, con aquellos personajes salidos de madre, entre lo real y lo surreal, que me cautivó para siempre.
Niño precoz en la escritura, periodista trotamundos, creador del Nuevo Periodismo Iberoamericano, García Márquez elevó el periodismo, acaso el mejor oficio del mundo, a la categoría de excelsa literatura. Ahí están también su ‘Crónica de una muerte anunciada’ y ‘El coronel no tiene quien le escriba’, ambas adaptadas al cine (su otra pasión). No en vano, estudió cine en el Centro Experimental de Roma, donde entró en contacto con dos grandes del neorrealismo italiano, Zavattini y De Sica, por quienes sentía devoción, y fue uno de los creadores de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y de la Escuela de San Antonio de los Baños, situada a las afueras de la Habana, donde impartiera clases de guión, tal como se recoge en ‘Cómo se cuenta un cuento’ o ‘Me alquilo para soñar’. Puede verse su estatua, junto a la de otros colegas como Titón, Birri o García Espinosa, en el exterior de esta singular escuela cubana. Asimismo, realizó varios guiones de cine en solitario y en colaboración con sus amigos Rulfo y Fuentes. Y a punto estuvo de colaborar con Buñuel.
‘Crónica de una muerte anunciada’ es un auténtico manual de escritura, una novela precisa y cuasi perfecta, con un sabio manejo del tiempo y los diferentes narradores, que debería leer cualquiera que desee dedicarse a la creación literaria y aun periodística. Por su parte, ‘El coronel no tiene quien le escriba’ es una novelita sublime, escrita, como toda su obra, con sensorialidad, con todo lujo de detalles.
El gran Gabo, siempre en nuestra memoria afectiva.


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