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viernes, 16 de julio de 2010

Volvamos a Sade

Recupero este texto, reelaborado, para el blog, pasado el 14 de julio, la fiesta nacional franchute, en la que se festeja el primer aniversario de la toma de la Bastilla, que se considera como el comienzo de la Revolución, y en la que el marqués de Sade tuvo mucho que ver y decir. Ahora que aprietan las crisis y se desatan las iras y diferencias más acusadas entre ricos riquísimos y pobres miserables, es conveniente volver a Sade, al divino marqués, esa figura controvertida y en cierto modo sublime. A mí, al menos, me sigue apasionando, tal vez porque uno se siente algo subversivo, que quede en revoltoso. Nomás. No están los tiempos como para sentirse revolucionario, antes oveja sesteando en el campo de la inopia. Pero uno es así, políticamente incorrecto. Qué le vamos a hacer. En cualquier caso, no hay nada mejor que calmar una pasión con otra pasión. Esto es más o menos lo que nos sugería el filósofo Descartes, que encontró en Holanda, en concreto en Amsterdam, su tierra prometida, libertaria. No me extraña, habida cuenta de que esta ciudad de los Países Bajos, en la que he estado recientemente, es tal vez la más poética y divertida de toda Europa. Recuperemos la belleza, que engendra afecto y ternura, y démosle, de paso, a la filosofía (aunque no sea cartesiana, sino sadiana): “La philosophie dans le boudoir” (La filosofía en el tocador). Franceses, europeos, españoles de Castilla y León, españoles de León, bercianos de la hoya, no os resignéis, haced un último esfuerzo si aún queréis ser republicanos. Seamos republicanos, ¿estás de acuerdo, estimado Santi Macías? Volvamos a la República que inventara Platón. Y dejemos que el espíritu libre y hasta libérrimo del marqués de Sade nos nutra con sus letras francesas, universales, ese espíritu que en esencia sigue vivo y viviendo entre nosotros. Voilà la inmortalidad! A decir verdad, nunca la sociedad fue tan perversa y tan cruel como la actual. 

Es el eterno retorno del terror. O la globalización del terrorismo. Esto de la globalización, dicho así, suena a globo desinflado, a condón pinchado, a nadería... Vivimos y sentimos bajo la guillotina del terror. Vivimos y morimos bajo el pánico de los escombros. Como en la época de Robespierre. Plus ou moins. Y es que el divino marqués, al lado de los especímenes y monstruitos que aparecen a diario en candelero, es casi un santo varón. Fue un santo varón, sin duda, que no pasó de escribir “Las ciento veinte jornadas de Sodoma” en la cárcel de la Bastilla, hoy símbolo de libertad y lugar de reunión de la bohemia parisina. En el fondo de su alma, Sade fue un moralista y un filósofo extraordinario. “La filosofía debe decirlo todo”, afirma Sade a modo de conclusión en “Juliette”. “He dicho y escribo que nunca he compuesto libros inmorales ni lo haré nunca”. Ahora lo que tenemos son politiquines y politicastros, castrenses, incapaces de eyacular una sentencia con fundamento y cierto rigor científico. Es como si hubiéramos retrocedido en el camino filosófico. O ya no hubiera más senderos por los que caminar, aunque el caminante siga insistiendo en hacer camino al andar. No hay filosofías que valgan. La filosofía posmoderna es débil. Debilidad de pensamiento. La filosofía no interesa al personal de a pie, y menos aún al gentío de poltrona. La poltrona le impide a uno pensar con sana lucidez. Por una parte, está la mojigatería que impone una sociedad extremadamente aborregada, sumisa a los poderes –en el formato que tengan a bien presentárnoslos-, y por otra parte tenemos a los sanguinarios del terror, imparables en su carrerón hacia el asesinato, el suicidio, la hecatombe... En este caso, el crimen no puede ni debe ser considerado como una de las bellas artes. Como nos dijera un singular literato. Esto de las bellas artes le quedó como muy lírico y humorístico a Thomas De Quincey, que era un gentleman inglés, pero en nuestra época se nos presenta como algo apestoso. Hiede a crimen por doquier. En el marqués de Sade la transferencia de pasiones de lo real a lo imaginario fue un factor de equilibrio. En su caso, al igual que en Antonin Artaud, la escritura funciona como electrochoque que lograra reactivar al lector y ponerle sobre aviso: la sociedad está montada sobre una vil tomadura de pelo, y tú también deberías ser consciente de tus falsedades y de tu mala fe. Al igual que nuestros semejantes, todos somos un poco o un mucho hijos de la chingada. Pero no nos alarmemos, que aún hay más. Todos tenemos falsa conciencia. Y tú no ibas a ser menos. Hay que aceptar la realidad infame que nos ha tocado vivir. Uno se cuenta a sí mismo muchos cuentos -cuéntame un cuento, y verás que contento, como la canción de Celtas Cortos, que estuvieron recientemente en el Festival de Ortigueira-, a fin de sobrellevar la pesada carga de la existencia. Cuéntame un cuento, que yo te contaré una de islámicos y otra de vaqueros. Vomitamos existencialismo por toda la cañería corporal. Una existencia que en ocasiones -instantes sublimes- se nos antoja jodidamente placentera, y es en ese preciso y precioso momento en el que te apetece escribir, con sangre y semen, algún renglón, acaso torcido.

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