Vistas de página en total

jueves, 19 de marzo de 2020

La fragua literaria leonesa: Jesús López Triguero


LA FRAGUA LITERARIA LEONESA
Jesús López Triguero: “León es una tierra encharcada que reza para que salga el sol antes de que sea demasiado tarde”

El polifacético Jesús López Triguero, autor de 'El monje de hierro', está en estos momentos investigando para escribir su segunda obra, una novela histórica, de aventuras, relacionada con la piratería en alta mar en el siglo XVIII. 


Manuel Cuenya | 19/03/2020 - 12:00h.

Historiador, investigador, narrador, fotógrafo, Jesús López Triguero es autor de 'El monje de hierro', que él mismo define como una parte de nuestra memoria. Por eso, se puso manos a la obra, porque se dio cuenta de que había muchas lagunas sobre un suceso concreto de la historia de España de 1719, época en la que entra en guerra con las naciones más poderosas de Europa.
'El monje de hierro' es, en sus propias palabras, un libro de reparación de la memoria, aunque sea al mismo tiempo una novela con partes de ficción (las referidas a su protagonista principalmente).
Nos advierte, por ejemplo, de que el regimiento español que intervino en Escocia fue la Infantería de Marina de la Corona en lugar del regimiento de Galicia. Algo que tuvo la ocasión de comprobar en Simancas.
"El regimiento de Infantería de la Corona viajaba, en realidad, en la flota que partió de Cádiz con destino a Gran Bretaña para tomar Londres y reponer a los Estuardo en el trono, pero nunca pasaron de Galicia por una gran tormenta. Como el regimiento de Galicia si llegó a Escocia, los altos cargos del ejército de Felipe V decidieron poner a los supervivientes de la malograda flota como participantes de la expedición a Escocia y no a Gales, donde iban en realidad".
En este sentido, cuenta que puede encontrarse una reseña de la batalla escrita por el padre Feijoo, natural de Lugo, en la que hablaba de su amigo y paisano Nicolás de Castro Bolaño, director de las tropas en aquella expedición. "Sin entrar en las memorias de James Keith, testigo presencial de los sucesos, y que especificó, sin lugar a dudas, quién le acompañaba en Escocia. Esta es una de tantas...", añade.

Primavera vírica

Ahora que la primavera podría brotar en nuestros corazones, y en nuestras almas, nos han inoculado en toda la madre el principio de incertidumbre y la psicosis a través de un puto virus de mierda, que nos está volviendo majaretas perdidos. 
Un virus que está poniendo en jaque, incluso mate, a todo el Planeta. ¿Pero cómo hemos podido, los humanos, demasiado humanos, dejar que se escape un virus tan puñetero? Porque todo apunta a que es un virus de laboratorio, creado con fines auto-destructores. ¿A quién va a beneficiar esta barbaridad? Que alguien me lo diga. 

Todos saldremos perdiendo en esta contienda, sobre todo los pobres, los desamparados, los mayores, los débiles... Pero todos acabaremos perdiendo la partida de ajedrez, como le ocurre a Max Von Sidow (por cierto, fallecido recientemente, vaya aquí mi humilde homenaje a este grandísimo actor) en El séptimo sello con la Muerte. 
De repente, retrocedo a la infancia, aquella infancia feliz, en la que jugaba al ajedrez, aquella infancia de juegos e ilusiones. De sueños. 
Es tal mi obsesión vírica que hasta creo que tengo síntomas, lo cual no es de extrañar, habida cuenta de la locura que se ha desatado con este contubernio, no os preocupéis, me encuentro bien, eso creo, en mi útero de Gistredo, arropado por el cariño materno y la montaña sangrada, que, como buena frontera natural en su parte norte, nos protege de las inclemencias. 
En realidad, Noceda es como una ollita dentro de otra olla llamada Bierzo. Tanto es así que en nuestra comarca el virus del carallo no se ha extendido mucho, al menos de momento. Esperemos que logremos frenarlo. Hasta hace poco ni siquiera se sabía que hubiera llegado al Bierzo Alto, pero hace nada ya se habla de algún caso en la capital del Benevívere. 
En Noceda no tenemos constancia de ningún caso. Y eso resulta alentador. Pero, como no vivimos en una burbuja, aunque este sea un pueblo-ollita, no estamos exentos del tal mal. Y además me produce escalofríos que se contagie gente amiga, familiares, gente conocida, que se contagien en definitiva nuestros prójimos (aquí me sale la vena crística, bueno, la vena humana, nomás). 

Aunque pudiéramos acabar todos contagiados, lo importante es ir haciendo tiempo, replegar velas, tomar el pulso y la temperatura a este ambiente febril y neumónico (¿se dice así?), hacer tiempo en aras de encontrar soluciones eficaces, retro-virales que puedan servir para controlar la pandemia, una vacuna (de la que ya se está hablando, pero que tardará en ponerse en marcha). 
Hagamos tiempo (el tiempo lo es todo) para que el virus no logre hacernos saltar por los aires a todo el mundo, literalmente a toda la Tierra. No dejemos, por favor, que esto ocurra. 
Hagamos todo lo que está en nuestras manos. 
Seamos solidarios, saquemos lo mejor de nosotros mismos. Unamos fuerzas. Alentémonos. 
No nos veamos unos a otros cual si fuéramos unos apestados. Por que mucho me temo que, si salimos de esta (que saldremos), generemos tal aversión al contacto, que luego desfilemos todos como zombis por los paisajes desérticos después de la batalla. 
Ahora que la primavera podría brotar en nuestros corazones, y en nuestras almas, con los arroyos discurriendo por las praderas de nuestras esperanzas verde que te quiero verde, nos han asestado un golpe bajo en todo nuestro ADN, una cornada brutal en nuestras entretelas. 

Desde el balcón de mis ilusiones -la ilusión, ay, es lo último que deberíamos perder-, contemplo el mundo, contemplo el silencio natural de un pueblo recluido en sus casas, con el murmullo de los arroyos corriendo por mis venas. Y el brote primaveral de las hierbas y los árboles. Entonces, me dejo hamacar por ese silencio, por esa savia melodiosa que palpita bajo los párpados de la esperanza. 
Ahora, que ha llegado la primavera, con su virus en el ambiente, necesito creer en un mañana (y cambiar el mañana, dios dirá, por el mañana, nosotros diremos), que nos saque de este encierro, en un presente que nos aliente bajo el sol de siempre, con su luz natural y el brillo certero de la belleza, que sabe a salud. 
Luchemos por la salud, el único bien que merece la pena. 
Salgamos reforzados (pues tenemos que salir adelante) de esta crisis vírica, que, no lo olvidemos, trastocará nuestra economía, nuestra psique y nuestro corpus social. 
Pero salgamos reforzados, individual y colectivamente, pidiendo que, a partir de ahora, la guita (si alguna queda) se dedique fundamentalmente a la investigación, a la sanidad... a nuestra salud y la salud del Planeta... a lo que nos salva de todo tipo de enfermedades.
Y dejémonos de joder, de joder a los de siempre, a los desvalidos, dejemos de darle relevancia a aquellas bobadas que no nos conducen a nada y nada aportan a la Humanidad. 
Esta pandemia nos está tocando de lleno. Y debe ayudarnos a reflexionar acerca del mundo en que vivimos para, acaso, no caer una y otra vez en los mismos errores. En la misma perversidad del sistema, de este sistema vírico y homicida. 

miércoles, 18 de marzo de 2020

Frías, escenario de cuento

Hago un alto en el camino, en esta senda de rosas espinadas, con el coronavirus como insignia desconcertante, para adentrarme en un pueblo desconocido hasta hace bien poco, una tierra, Las Merindades, de la que había oído hablar años ha, en concreto al amigo Ferra, que ahora me propone (en realidad, le gustaría que participaran diez autores, cinco autoras y cinco autores) un ejercicio de estilo harto chulo: escribir, al modo de los cuentos del Decamerón, un cuento sobre el coronavirus. 

Incluso me dice que le dé publicidad, de cara a que participen aquellos autores/as que lo deseen. Tarea a la que invitamos por supuesto a quienes quieran unirse. 
La verdad, es que habría que volver a leer el Decamerón de Boccaccio, esa novela erótica, pillastre, de la Edad Media, enmarcada en la peste bubónica que asolara la bella ciudad de Florencia en 1348 (la historia se repite, con sus variantes). Y que el maestro Pasolini adaptara con su inconfundible sello personal. 
Dicho lo cual, regreso a la comarca de Las Merindades, y en concreto a la población de Frías (aguas fridas o frías) en la provincia de Burgos, donde tuve el privilegio, el honor, el gran placer de pasar el primer fin de semana de este marzo, como antesala al encierro que nos esperaba a estos pobrecines mortales. ¿Quién lo hubiera dicho? Pasar del cielo al infierno, a puerta cerrada (Huis Clos, como en la obra de Sartre) en un tris.
Encerrados acaso para torturarnos a nosotros mismos, a resultas de un virus cabrón, que nos tiene a todos en jaque, un virus que irremediablemente acabará por contagiar al Planeta enero. Pero que de momento debemos ganarle la batalla al tiempo en busca de alguna solución. 
Así es la vida, hoy estamos en la gloria y al momento ya hemos descendido al Averno, porque no vivimos, por lo demás, en ninguna burbuja. Y estamos expuestos a todo tipo de calamidades y adversidades, de toda índole y ralea, en este mundo global y esta aldea globalizada.  

Al menos, tengo el consuelo de haber disfrutado de un finde a todas margaritas, como diría un mexica. Un fin de semana inolvidable en compañía de gente magnífica, con un sentido de la hospitalidad envidiable, como las buenas de Yoli, Amaia y Chus, mujeres inteligentes y divertidas, que nos guiaron por las veredas de Frías y aun de Tobera (tierra de cascadas, batanes y ermitas singulares, donde el agua es arte). 
Digo que nos guiaron porque uno iba nomás como acompañante convidado (doble honor) de la buena de Lidia, que resultó premiada en un certamen literario precisamente organizado por la Asociación que presiden estas mujeres, cuya sonrisa a flor de piel y su acento vasco (cabe señalar que Yoli y Amaia son vascas) nos colmó de felicidad. 

En todo caso, el pueblo/ciudad de Frías (a unos cien kilómetros de Bilbao, y a unos sesenta de Vitoria) tiene una gran influencia del País Vasco. Y hasta su paisaje se asemeja al de Euskadi, antes por supuesto que al prototipo de paisaje que tenemos de Castilla, por ejemplo, de esa Castilla que nos cantara el bueno de don Antonio Machado en sus Campos, que sin duda entraña mucho lirismo en la 'doradez' de sus trigos ondeando al viento. 
Frías en sí mismo (alzada sobre el cerro de La Muela), con sus casas colgadas desafiando la gravedad, con más solera incluso que las de Cuenca, su imponente castillo-mirador sobre un peñasco, sus calles empedradas y todo ese aroma de escenario de cuento, y aun escenario de cine, me cautivó. 
Declarado como uno de los pueblos más bonitos de España. 

Pero confieso que aun gustándome mucho Frías y Tobera (con sus puentes y esa ermita inolvidable, Santa María de la Hoz, que me hizo recordar en cierto sentido a alguna kasbah del valle del Ourika marroquí, siempre tras analogías acaso inverosímiles. O no tanto), lo que más me entusiasmó fue conocer a gente tan generosa -la palma de oro se la llevan por supuesto las chicas antes mencionadas-, aunque también se mostraron atentos y serviciales la concejala Miriam y el alcalde de Frías, un hombre que tiene relación con León, bueno, Miriam también conoce a María Antonia Gancedo, ex concejala de Ponferrada. 

Si al final todo está interrelacionado en una symploké filosófica. 
Y me gustó compartir mesa y mantel (todo el finde zampando, madre mía, exquisita su gastronomía, nada más llegar a Frías nos estaban esperando las anfitrionas con un suculento desayuno/almuerzo) con miembros del jurado (Amaia, de Radio Espinosa Merindades, Ángela...) y con otros premiados como Juan (que va por el camino del histórico Terrín Benavides en cuanto a premios ganados en certámenes literarios, hasta es amigo de Terrín, el hombre que más premios literarios ha ganado en el mundo. También ganó el certamen del Botillo de Bembibre y el de Relatos que convoca el Diario de León) y Susana (una joven burgalesa con fuerza lírica) y Ana, la tía de Susana, tendera-artesana-poeta que llegó a obsequiarme con un imán de Frías, lo cual le agradezco mucho porque me chiflan los imanes como recuerdo de los sitios que visito. 

La experiencia en la casa rural con los premiados también fue bonita. Una casa rural, la Era de Vadillo, regentada por Sergio, un chaval con raíces bercianas, ahí es nada, que también nos ofreció su hospitalidad. 
Olvidaba (no tengo perdón) que Frías cuenta con un espectro conocido coloquialmente como la Beni, lo que le da un glamour añadido a esta ciudad medieval (tiene la categoría de ciudad) de una sin par belleza. 
El regreso a León nos permitió hacer otro alto en el camino, cual santos peregrinos, para olisquear el casco histórico de la ciudad de Burgos, con su archiconocida catedral, donde nos encontramos, por pura casualidad, quizá por causalidad, con unas paisanas de mi útero gistredense, madre e hija, que estaban dándose un voltión por la ciudad. Bueno, la hija (Raquel) nos dijo que se quedaría allí durante una temporada por trabajo (a ver cómo se las apaña ahorita con este estado de alarma. Le deseo suerte). 
Y ahora, que ha trascurrido algún tiempo, rememoro, desde este encierro vírico, estas andanzas por tierras castellanas, casi vascas. 
Ojalá algún día pueda regresar a Frías para reencontrarme con la belleza. Y la hospitalidad de unas mujeres fantásticas. 
Va por vosotras chicas.