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jueves, 18 de marzo de 2010

Don Luis Buñuel, un suspiro de libertad


En estos tiempos carcelarios y coercitivos que vivimos, siempre la represión chingándonos, metiéndonos en vereda -por qué no podemos ser libres de verdad, aunque queramos serlo?-, siempre es sano y conveniente volver a Buñuel, a su cine, y también a sus textos, tan hermosos y revolucionarios, surrealistas y definitivos. 
Luis Buñuel, Don Luis, como le decían su cuates, es sin duda lo más grande que ha dado el cine español hasta la fecha. Ni Almodóvar, ni Saura, ni siquiera Erice... -qué me disculpen todos ellos-, han logrado lo que hizo Buñuel, que además tuvo que ingeniárselas para filmar en México, ese país al que nunca pensó ir, pero que le sirvió para sobrevivir, luego de sus no demasiado buenas experiencias en Gringolandia, y que al final también le valió... madre... de morada, durante muchos años, México, tan lejos de Dios, y tan cerca de USA.
Apasionante la vida y obra de Buñuel, tanto en Méjico/México como en Francia, incluso sus obras rodadas en España, véanse Tristana o Viridiana (ambas basadas en novelas de Galdós), por ejemplo.
Me apetece mucho acercarme a Luis Buñuel, sobre todo ahora que se avecinan tiempos de santas y nazarenos, procesiones y redobles de tambor. 

Los tambores de Calanda le ponen a uno la carne de pollo. Y los cristos que aparecen en sus películas, como ese que se ríe a carcajadas en Nazarín, te invitan a tomarte el mundo, cual si fuera un dry-martini, con sentido del humor. De lo contrario, estaríamos perdidos.
Buñuel ha significado mucho en mi vida, y mi admiración por él comenzó hace tiempo. Desde entonces he seguido muy de cerca el fantasma de su libertad, o ese oscuro objeto de deseo. Me he aproximado a sus obsesiones, sueños y pinceladas surrealistas. He visto una y otra vez sus películas. He leído su obra literaria, publicada en Ediciones de Heraldo de Aragón, 1982, y algo de lo que se ha escrito sobre su obra, que es muchísimo.

En cuanto a su literatura me quedo con ese texto sorprendente y feroz que es La descomunal batalla de las catedrales y las vagonetas, y ese poema dedicado a las hostias consagradas, que en tiempos leyera José Luis Moreno-Ruiz en su programa Rosa de Sanatorio de RNE, Radio 3. Lo que le valió algún disgusto.
Entre las obras que he leído de Buñuel, y que os recomiendo, está Mi último suspiro, un excelente libro de memorias que escribiera con la ayuda de su guionista Jean-Claude Carrière. Quien quiera acercarse a este cineasta debería leerse este librín.

También he visitado algunos lugares donde él estuvo o vivió como La Residencia de Estudiantes de Madrid (El Pinar, 21), el MOMA de Nueva York, algunos bares de Montparnasse y Saint-Germain en París, Ciudad de México, entre otros.
En la Cineteca de Coyoacán (Ciudad de México) hay dos placas donde aparece Buñuel entre los diez mejores directores de la cinematografía mexicana. 
En una placa por Los olvidados, y en otra por El ángel exterminador.
Érase una vez un hombre al que se pretendió encadenar, incluso aniquilar ¿Qué hubiera sido de mí, de no haberme escapado de España?, llegó a decirnos más o menos este humanista, que incendió con su cámara las subconsciencias, y transgredió los velos de la hipocresía, un hombre fuerte y socarrón que puso en evidencia los encantos de la burguesía, y nos erizó los pelos al encerrarnos en un espacio de ángeles exterminadores, a puerta cerrada, cargados de tequila y mezcal, tentados por un demonio con aspecto de querubín (Silvia Pinal o Catherine Deneuve, a vuestro antojito). Un día, hartos de ultrajes, decidieron subirse a la columna de Simón, que ahora está en el Paseo de Reforma de la Ciudad de México, en Mejiquito lindo y chingado, amoroso y brutal.
Esperanza, lucha y conquista son necesarias para alcanzar la belleza.
Busquemos la belleza, una y otra vez, porque acaso sea, como repitiera tantas veces Ramón Trecet en sus Diálogos 3 de Radio 3, la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo, que en determinadas ocasiones se nos muestra aromáticamente atractivo.
Don Luis, como le decía el gran Paco Rabal, entre otros, da mucho de sí, y en otra ocasión volveré sobre él y su estimulante obra.

martes, 16 de marzo de 2010

La nueva Edad Media

Cementerio parisino de Montparnasse




Resulta apasionante y estremecedor al mismo tiempo volver a releer La nueva Edad Media, sobre todo ahora que las veladas, fiestas y espectáculos varios se resuelven o intentan resolverse por el cauce viciado del Medioevo, bajo los harapos sagrados de lo antiguo, aun a sabiendas de que no siempre el tiempo pasado fue mejor, ni tiene por qué serlo, pues agua pasada, según el refranero español, no mueve molino.


Estamos mostrando una especial inclinación por el pasado más añejo, cuya peste negra parece embriagar nuestros sentimientos más puros, mientras que, por otra parte, tendemos a olvidarnos de nuestro pasado más reciente, ese pasado hecho de miseria y de sangre, ese tiempo de guerras inciviles, holocaustos, catástrofes mundiales. Es como si tuviéramos amnesia para con los acontecimientos más cercanos, y nos fuera la marcha con lo que nos queda más lejos en el tiempo. Puesto que el pasado más lejano no nos afecta y hasta nos resulta exótico, nos gusta recrearnos en él.
Nuestro pasado más próximo, en cambio, nos asusta y nos produce monstruos insuperables de conciencia, huellas aterradoras en las lagunas de nuestro subconsciente. Tratamos por todos los medios de falsear o pasar por alto nuestra conciencia como si no fuera con nosotros. Asunto peliagudo, que convendría revisar. Es necesario repensar la realidad, analizarla, aplicar la dialéctica, progresar y a la vez regresar para dar cuenta del lugar en que estamos “parados”, que diría cualquier hispano-americano. Pues, parémonos a pensar, a reflexionar, qué está fallando para que todo dios -mandatarios, el pueblo, todos-, sienta esa necesidad por montar saraos medievales. No sería mejor que nos diera por el humanismo, el Renacimiento, la Grecia esplendorosa, la filosofía…
Es sabido que quien desconoce la historia está condenado, cuando menos, a repetirla. La historia de la infamia se repite. Somos animales de costumbres y por ende repetitivos. Nada que ocultar bajo las bóvedas celestiales. Y así por los siglos de los siglos. Hasta el final de los tiempos. Que algún día habrán de llegar… casi seguro. 
El Apocalipsis tocando la trompeta, acaso como en El nombre de la rosa, el tan-tan berebere, el muecín resonando en el orbe de las religiones confusas
Hace tiempo que venimos asistiendo y/o presenciando ceremonias y teatros medievales por todos los rincones de nuestra sacrosanta provincia leonina, excuso decir leonesa. Se están poniendo de moda las justas y los mercados medievales, aquí y acullá, tanto en el Bierzo y la Maragatería como en el Páramo y Tierra de Campos.
Fez

Pero si queréis adentraros de lleno y por la puerta grande en la Edad Media sólo tenéis que abrir, por ejemplo Bab Boujloud, y caminar cuesta abajo por Talaa-Al-Kébira hasta alcanzar el meollo del cogollo de Fez-el Bali. Allí, inmersos en un laberinto de sorpresas, en el Gran Bazar de las emociones olorosas, que os devolverán a vuestros ancestros, os encontraréis con el Medioevo en toda su salsa.
La Medina de Fès o Fez, en Marruecos, os acogerá con los brazos abiertos. Sólo tenéis que dejaros encantar por los olores, colores y sabores, que acabarán impregnando de tal modo vuestra presencia, que os creeréis trasladados a la tan ansiada época medieval. O bien daros un paseo literario por El Perfume, de Süskind, para embriagaros con los aromas y feromonas que se desprenden de un París nauseabundo como un tubo de escape y un rebaño de letrinas en Auschwitz-Birkenau.
Auschwitz

La nueva Edad Media es, por lo demás, un magnífico ensayo de los años setenta, cuyos autores, entre otros, Umberto Eco y Giuseppe Sacco, sostienen la tesis de que caminamos hacia una nueva Edad Media. Al parecer, ya estamos morando en ella.
“Surgirán psicosis parecidas a las que se habían producido en el pasado... y se consolidará un nuevo maccartismo mucho más cruento que el primero”.

viernes, 12 de marzo de 2010

A Delibes

Advierto que el teclado de este ordenada, de algun hotel ovetense, se empeña en no dejarme poner acentitos o tildes, luego escribire sin ellos. Y que nadie se sienta agredido por la falta ortografica.
Se veia venir, porque desde hacia años Delibes habia caido en la apatia y una especie de depre, aparte de su cancer, del que uno nunca se recupera del todo, al menos en lo psiquico, y sobre todo cuando uno ya es mayor, y al final se ha confirmado su fallecimiento.

Delibes fue, sigue siendo, a pesar de todo, uno de nuestros mas grandes escritores, sobre todo del siglo XX, junto a Cela y Umbral.

Eterno aspirante al Nobel, que nunca recibio, aunque lo mereciera con creces, nuestro premio Principe de Asturias de las Letras y Premio Nacional de Narrativa nos ha dejado una extensa y magnifica obra. Me quedo sin duda con libros como Las ratas, El camino, Los santos inocentes y ese soliloquio o monologo impresionante que es Cinco horas con Mario, o Menchu, que es una mujer clasista y muy conservadora, velando a Mario, un profesor con aires liberales, que en el fondo es como el alter ego de Miguel Delibes.

Valgan estas palabras de afecto por este colosal escritor castellano, aficionado a la caza y la pesca, comprometido con lo rural y los campesinos, gran conocedor de la naturaleza y buen viajero en sus tiempos de juventud, que me cautivo cuando me acerque a El Camino, que creo recordar fue lo primero que lei de el en la escuela, aquellos personajes algo golfillos y grotescos como el Mochuelo, el Moñigo y el Tiñoso o las Guindillas, a saber, la Mayor, la del Medio y la Menor. Las peripecias vividas, en definitiva, de un niño, Daniel el Mochuelo, que siente morriña por su tierra, su aldea, al tener que irse a una ciudad para estudiar. Un canto a la memoria y a la amistad. 
Tambien a la nostalgia por el "paraiso perdido" o la ruralidad ansiada, que da libertad para jugar a gusto y gana. Algo que algunos hemos vivido, de una u otra manera. Terrible se me hace la historia de aquellos rapacines cuyos padres enviaban a colegios que mas parecian presidios que instituciones educativas. Por fortuna, uno se libro de esto, y de tantas penurias.