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viernes, 13 de diciembre de 2013

Aventuras y desventuras de Gerardín del Bierzo

Os dejo este relato, publicado en el Adelanto bañezano, que inicialmente figura en mi libro, Trasmundo, en una versión más ampliada. 

http://adelantobanezano.com/?p=15705



Gerardín del Bierzo, natural de Bembibre, se doctoró en psicología clínica por la Universidad de La Borgoña, donde permaneció durante años. En la ciudad francesa de Dijon trabajó en un hospital psiquiátrico, donde se familiarizó con psicóticos, enfermeras y algunas doctoras versadas en técnicas teatrales.  del Bierzo, antes de arribar a Dijon, dio tumbos por diversos lugares de la geografía española, y aun por otros países extranjeros, no encontrando lo que buscaba. Quizá sólo ansiaba alejarse de vivir conforme a unas reglas establecidas. Siempre fue un tipo inquieto. Durante años se dedicó a viajar por América del Norte, Europa, Oriente Medio, el Norte de África y aun otros rincones. Incluso llegó a vivir en las dunas de Merzouga, en el sureste marroquí. 


En aquella época, Gerardín estuvo a punto de convertirse en derviche. “Algún día me gustaría alcanzar la santidad”, pensó. Después de algunos meses en el desierto, decidió emprender rumbo a las Américas. Se hizo pasar por noble —soy el duque de Los Conforcos, solía decir— aunque en realidad vivió como vagamundo. Llegó incluso a simular demencia precoz. De ahí le vino tal vez su afición a las patologías. Gerardín, aunque se la pasó de lo lindo, ora corriéndose farras en el Caribe, ora metiendo gata por coneja en algunas plazas públicas, vivió atormentado. Nunca llegó a creer en nada ni en nadie, ni siquiera en sí mismo. Y tampoco llegó a alcanzar la espiritualidad ansiada. Estuvo durante años cavilando acerca de la inmortalidad del cuerpo, también se pasó la vida dándole vueltas a la existencia de dios. “Si dios existe, es probable que yo sea el Papa”. En su adolescencia fue ávido lector. Comenzó leyendo a Larra y terminó adentrándose en la filosofía de Nietzsche. Y cuando le preguntaban si creía en los extraterrestres, él, sin cortarse un pelo, respondía que nunca se ha sabido de otros marcianos que no fueran los terrícolas. Sabemos, por lo que dejara escrito en cartas varias y confidenciales textos, que la vida no es más que un absurdo para ser cantado con alegría bajo la sombra de algún castaño milenario. En el fondo, era un hombre con gran sentido del humor, aunque en ocasiones se mostrara deprimido. 


En su primer viaje a Méjico tuvo la ocasión de conocer a travestidos lunáticos postrados ante la virgen de Guadalupe, falsos echadores de cartas en el Zócalo del DF, chupadores de pus y sangre infecta en el barrio de Tepito, payasos a quienes les gusta practicar psicoanálisis en la cama de la vecina, misioneros briagos deambulando por la Avenida de Insurgentes, cojos albureros jugando en Chapultepec, filósofos casposos arengando a meretrices en el Barrio de La Merced, actrices moribundas intentando vomitar la última velada hecha de tequila y mezcal oaxaqueño, ermitaños y mayordomos arrejuntados con lagartas… Después de haber viajado y conocido tierras y personajillos tan variopintos, Gerardín se dedicó a escribir, dormir, comer y recordar sus aventuras y desdichas, que en verdad fueron muchas. En Ámsterdam, ciudad por la que sentía un gran afecto, casó con una fulanilla que lo introdujo en el mundo de las perversiones. En compañía de Chantal, que así se llamaba la gachí, Gerardín puso en práctica algunas de sus teorías. “Holanda me ha servido para sincerarme –escribió en su Diario íntimo-. En este país he llegado a sentirme tocado por la felicidad”. Chantal era una moza de buen ver. Tenía un mirar engatusador y azulado capaz de hipnotizar a una tropa de soldados. Por lo demás, era inteligente y desenvuelta, cariñosa y alocada. Gerardín, alias el duque de Los Conforcos, murió con la esperanza de haber encontrado la felicidad. Intentó, por todos los medios, buscar el bienestar a través de los sueños, pues en su infancia sufrió pesadillas que lo dejaron marcado para siempre. Hipocondríaco crónico, se negó a aceptar la existencia de enfermedades mortales como el sida, el cáncer… “Nunca podremos vivir tranquilos  mientras haya este tipo de enfermedades”. Algunos de sus vecinos aseguran que Gerardín era generoso, atrevido, contradictorio, colérico, ateo, orgulloso, racionalista, aunque él jamás aceptara tales calificativos. “De lo que sí estoy seguro es de que en Bembibre —escribió en una de sus últimas cartas— he vivido los mejores momentos de mi vida”. 

jueves, 12 de diciembre de 2013

Divisionarios

Os dejo mi segunda columna de opinión en la Nueva Crónica. Que la disfrutéis. 

El Alemán de Noceda del Bierzo
La Guerra Incivil, el franquismo, la posguerra son manchas que dejan huella en nuestra conciencia y nos siguen estremeciendo. Una guerra fratricida no se olvida nunca. “Antes de pegarle a un hermano, me dejaría cortar un brazo”, les gritó un vecino y paisano a otros vecinos-cabestros, briagos como cubetos, que le estaban atizando una paliza a un tercer hermano en discordia. Qué tristeza. Cuánto salvajismo anida en el subconsciente pútrido  de algunos seres inhumanos. En los montes y las cunetas de nuestra geografía siguen enterrados aún, por desgracia, muchos seres humanos. Por eso no podemos ni debemos olvidar, al menos mientras tengamos memoria y sangre en las venas. La Segunda Guerra Mundial y el holocausto siguen retumbando en nuestra memoria. Y quienes se enrolaron en su día en la División Azul nos devuelven imágenes en blanco y negro, que convendría esclarecer, porque hace apenas dos semanas saltó la voz de alarma cuando trascendió el hecho de que a algunos supervivientes divisionarios del Bierzo, entre ellos a El Alemán de Noceda, se les quería rendir homenaje en esta singular comarca leonesa. En tiempo de democracia hablar de divisionarios y franquistas suena a chamusquina, aunque convendría matizar que, si de veras somos y nos creemos democráticos, con pleno derecho a la libertad de expresión, no deberíamos obstaculizar un acto-homenaje a unos hombres que tal vez se alistaran en la División Azul a resultas de la estrechez y la necesidad, provocadas precisamente por quienes se alzaron en armas en el 36. Veo a El Alemán de Noceda y no me devuelve la imagen de un cabrón, sino de alguien ya ausente, desmemoriado, incluso de izquierdas, socialista convencido, que fue a parar a esta agrupación de soldados como quien podría haber ido a parar a otro bando. 


Qué terrible es la realidad. Las heridas siguen abiertas, supurando, y la Guerra Incivil, el franquismo, la posguerra, la Segunda Guerra Mundial y la División Azul nos persiguen como fantasmas, que nos acabaran removiendo las entrañas. Decía el filósofo Adorno que «escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». Pero uno está convencido de que la crueldad humana requiere de una reflexión filosófica y por supuesto amerita de ser analizada con lucidez. La poesía y la filosofía como armas nobles para combatir la sinrazón que sigue y seguirá produciendo monstruos, porque vivimos en una sociedad caníbal, que gusta devorar a sus semejantes, a nuestros hermanos, paisanos y vecinos.  


martes, 10 de diciembre de 2013

La fragua literaria leonesa: Jesús Manuel Ferrajón


La Fragua Literaria Leonesa
Cultura cultura

Ferrajón (foto de SVF)

Jesús Manuel Ferrajón: "El periodismo actual no es más que naturaleza muerta"

Por Manuel Cuenya | 10/12/2013

El polifacético Jesús Manuel Ferrajón, autor de 'El libro de las nubes', está ahora con tres proyectos literarios a la vez.


La Fragua Literaria Leonesa

Cultura cultura
 


"La naturaleza mima a la especie humana, que tanto la maltrata"

Por Manuel Cuenya | 10/12/2013

Entrevista breve a Jesús Manuel Ferrajón.