Vistas de página en total

miércoles, 6 de octubre de 2010

El Teatro Corsario y su Pasión de Cristo

Después de ver Pasión del Teatro Corsario en la Basílica de la Encina de Ponferrada, me apetece volver sobre esta compañía, que me parece una de las mejores de nuestra tierra castellano-leonesa, y aun de nuestro país. ¿De cuál?, se preguntaría de seguro el gran Julio Llamazares.

Corsario es el nombre del grupo de teatro vallisoletano que tantas y tan buenas emociones nos ha procurado a lo largo 

de estos últimos veinticinco años. Es un lujo que en nuestra comunidad, yermo cultural, frío y desangelado, haya una “tropa” de teatro con tal envergadura escénica, cuyo capitán es Fernando Urdiales, un médico con vocación teatral, que es probablemente uno de los mejores directores de teatro de este país, montando en ocasiones, casi siempre, obras arriesgadas, donde la locura forma parte de la esencia de sus puestas en escena. No cabe duda que la locura, en todas sus variantes psicopáticas, da mucho juego teatral. El teatro como arte terapéutico. A los pacientes, en vez de psicofármacos, se les administran buenas dosis de teatro-terapia en algunos hospitales franceses. Incluso los “enfermitos de la psique” llegan a representar sus “psicosis” en varios festivales de teatro. Algo parecido a lo que vemos en ese estupendo documental-ensayo, Monos como Becky, de Jordá. Se nota, además,  que Urdiales –a quien vi hace ya algún tiempo en el Centro Cultural de Caja España de Ponferrada- conoce bien el mundo psiquiátrico. No en vano, este director teatral, "leonés cuando está en León y vallisoletano cuanto está en Valladolid", aclara él mismo, se ha atrevido a montar espectáculos basados en obras tan potentes y transgresoras como Para acabar con el juicio de Dios, de Artaud o Insultos al público, del austríaco Handke.
Quiero destacar que Handke, además de dramaturgo, ha colaborado en varias películas con el director alemán Wenders. Fue, por ejemplo, el coguionista de Cielo sobre Berlín, una singular y lírica mirada acerca de esta ciudad, en tiempos incomunicada por el muro.


Urdiales es su alma máter, mas Luismi es su omnipotencia, porque este tipo, con gran parecido a Chico Marx, incluso a Harpo (le falta algo más de melenamen revuelto) está en todo, no sólo actúa sino que monta el escenario, pone focos, desmonta, etc., puedo dar fe de ello. Con gente así, y encima es una gran persona -también me consta-, resulta relativamente fácil (nunca es fácil, bien lo sabemos) montar espectáculos tan extraordinarios, capaces de hipnotizar y a la vez sacudir al espectador, con sus puestas en escena, cuidadas y elegantes. Como hemos visto -quienes tuvimos el privilegio de asistir hace unos días a la Basílica de la Encina- en La pasión de Cristo (que representan desde finales de los ochenta), una obra que nos eriza todos los huesitos del alma, con impactantes interpretaciones, no sólo por parte del personaje de Cristo (Jesús Peña) y su madre (Rosa Manzano), sino de todos ellos, los corsarios, con una puesta en escena que nos devuelve a esos retablos barrocos y a esas procesiones semanasantinas, tamborreantes, que se nos acaban colando por la puerta grande de la sesera. 
Me resulta curiosa asimismo la interpretación de Javier Semprún como Pilatos (actor que hemos visto en Celda 211), cuya expresión frankensteniana de horror (valga la redundancia) me encanta. "Pasión -escribe Urdiales- es una puesta en escena inspirada  en la imaginería y desfiles procesionales de nuestra Comunidad a partir de los textos de los cuatro evangelistas, Diego de San Pedro y Fray Luis de Granada".



Aparte de esta Pasión, en verdad desgarradora, en la que vemos a Cristo chorreando sangre en sus últimas horas de vida, hace ya algún tiempo tuve la ocasión de presenciar, en el Teatro Bergidum (el templo de la cultura berciana), Los locos de Valencia, una adaptación libre y hasta libérrima de Lope de Vega. Con esta obra Corsario vuelve a los clásicos, que tanto entusiasman a Urdiales, sobre todo Calderón de la Barca, aunque sus puestas en escena resulten innovadoras en su reinterpretación desenfadada de lo clásico, encorsetado a veces a las convenciones y ataduras morales de su tiempo. Aunque no he podido ver el montaje basado en la obra de Artaud, me late que será chocante, sobre todo después de leer este texto bestial y demoledor, que escribiera el tarado/lúcido inventor del Teatro de la Crueldad, fuente de inspiración de teatros contemporáneos como La Fura dels Baus.

A propósito de Insultos al público, Urdiales nos confiesa que al final eran los espectadores quienes, en cada función, acababan insultando a los actores-corsario, lo que le hizo dar un giro a su teatro con el fin de meterse al público en el bolsillo.

martes, 5 de octubre de 2010

Ilegales en la sala La Vaca de Ponferrada

Recupero este texto, reescrito y realaborado, después del concierto de Los Ilegales en la sala La Vaca de Ponferrada.

Me siento entusiasmado, después de ver/escuchar en concierto a Jorgito Martínez y a su banda rockanrolera: Alex al bajo, y David a la batería. Lástima que no los acompañara Juan, “el hombre lobo de Mieres” con su saxofón, para obsequiarnos con esta maravillosa canción cuyo título es Ángel exterminador (como la peli de Buñuel).


Jorge Martínez en La Vaca
La mítica banda de Ilegales, liderada por este astur aguerrido y sonador de muermos o mocos, al que me crucé a principios de año en una calle de Oviedo, tocó hace unos días, nomás, en la sala La Vaca de Ponferrada. 
Enhorabuena a los chicos de La Vaca, que por cierto son paisanos (o casi) de Quintana de Fuseros, tierra hermana, o que tengo por tal. Un lujo, o sea, porque además ya no volverán a actuar, según nos dijo su cantante. 
“Adiós, amiguitos, este será el último concierto que dé en la provincia de León”, y a buen seguro fuera de León, al menos con este legendario grupo. 
Al parecer, Ilegales desaparecerá y Jorge se dedicará a seguir “farreando” por las Asturies y aun otros sitios jaraneros. Supongo.


Ilegales en La Vaca
La primera vez que vi en concierto a esta banda de astures/asturcones debió de ser en Vetusta "mola", hace ahora más de veinte años, que se dice pronto, aunque veinte años no es nada, como reza el tango Volver, de Gardel. Entonces yo era un joven universitario, que en noches de ocio y juerga me dejaba caer por algunos garitos que hay en el casco antiguo de la ciudad carbayona.

Había un bar en esta ciudad, la Santa Sebe –quizá siga existiendo-, que solía frecuentar Jorge Martínez, vampiro de la noche, "macarra" con pinta de Nosferatu, coleccionista de guitarras y buen músico, siempre con su vaso en la mano, y rodeado de gachís, coleccionando, además de guitarras, chicas, como diría él. “Después de estas copas me iré a comer un kilo de carne”, recuerdo que dijo en una ocasión.

Aunque han pasado muchos años, Jorge no parece haber perdido la fuerza, se resiste a envejecer, incluso toca mejor la guitarra que en otros tiempos, mejor dicho las guitarras, pues es un fiel devoto de éstas. “La última la compré en Nueva York”. O quién sabe dónde. Suponemos que tiene tantas guitarras como chicas, el muy gamberro. Es, a buen seguro, lo que se lleva por delante. 
A Ilegales no sólo los he visto en concierto en Asturies, matria ansiada -cada vez más deseada- sino en el Bierzo, y en concreto en la localidad de Toreno. Ahí es nada. Y ahora en la capital del Bierzo.


Jorge Ilegal en el Fnac de Madrid (abril de 2010)

Me gustan esas canciones que nos hicieron vibrar, a los entonces veinteañeros, en aquella década de los ochenta, como Tiempos nuevos, tiempos salvajes, Delincuente habitual, Al borde, Ángel Exterminador, Caramelos podridos, Destruye o Lavadora blues. Y sobre todo Europa ha muerto:...No hay muro en Berlín. ¡No! No hay bases en Viena. ¡No! ¡No! No hay bancos en Suiza. ¡No! No hay Papa en Roma. ¡No! ¡No! Europa ha muerto. Europa ha muerto... Sí, la bella y contrastada Europa está muerta desde hace tiempo. 
Dos guerras mundiales la han convertido en un gran cementerio. Después de lo ocurrido en Auschwitz, y aun en otros campos y holocaustos... caníbales, sólo nos queda volver a la filosofía y el análisis de la pútrida realidad para, acaso, no caer de nuevo en tales barbaries.

Con su semblante pelado, algo cadavérico y calavérico, y sus modales de chulín esnifado y anfetamínico (“joder, ahora nos han prohibido las anfetaminas”), Jorgito y su banda nos han inyectado, a lo largo y ancho de estos tiempos bestiales, algunos litros de sangre en las venas, la suficiente al menos para que sigamos, a estas alturas, bien despiertos y enérgicos hasta la madrugada, que es cuando los draculines se retiran a sus aposentos, luego de saraos miles.

A Jorge, como a uno mismo, tampoco le gustan nada los triunfitos ni las isabeles pantojas, “cualquier pasodoble es una puta mierda”, y mucho menos las marías teresas televisivas, porque a este tipo, al que le gusta hacerse el duro, le divierte -aunque no se ría ni sonría- entrar en la locura y salir de ella, indemne, supongo. Un juego peligroso pero apasionante. 
Jorge seguirá tocando y enloqueciendo, sin duda, incluso de pasión por las jambas, que decimos o dicen en el Reino astur-llionés, y algún día esperamos encontrarlo de nuevo, tan vital, con sus nuevas músicas, tiempos salvajes. 
Quienes tuvimos la ocasión de estar en su concierto de La Vaca –un buen puñado de aficionados- sentimos sus vibraciones, su música potente, y su entrega total. No paraba de secarse la calavera con un pañuelo, de aspecto algo roñoso y arrebujado, con el que a su vez se sonaba los mocos, acaso con forma de moluscos... 
Qué nadie se escandalice, Freud inventó el psicoanálisis para curarse de su adicción a la cocaína.  Y Jorge descubrió el moquero como solución a sus sudores. Nos deleitó con sus nuevas/viejas canciones, las de siempre, las que siempre seguiremos escuchando allá donde vayamos.


domingo, 3 de octubre de 2010

Berlín nunca se agota

Berlín nunca se agota, aunque sí puede agotarte, si lo que pretendes es callejear, al menos, el Berlín centro o zona A. Para llegar al resto de sitios o zonas (B y C) lo mejor es coger la U-Bahn (metro) o bien la S-Bahn (tren de cercanías), que resultan realmente rápidos y eficaces. La RE7 o bien la RB14 te llevan por 2,80 euros, desde el aeropuerto Schönefeld y sin tener que hacer transbordo, hasta el centro de la ciudad.


Son tales sus dimensiones, sobre todo después de la reunificación, que uno puede acabar literalmente exhausto después de nomadear durante horas y horas por la misma. Es una ciudad donde uno no siente agobio ni claustrofia, en todo caso agorafobia, pues se muestra espaciosa, abierta, como un inmenso desierto urbano y rebosante de oasis. Terreno pantanoso, al menos bien húmedo (esa es al parecer su etimología), aunque hayan elegido el osito u osita (Bär/Ber) como símbolo, incluso cinematográfico, y uno se encuentre con muchos de estos, simpáticos y amorosos, a lo largo y ancho de la ciudad. Lo mejor, quizá -si encima hace buen tiempo, algo raro- es alquilar una bici y darle estopa. "Si quieres -insistió mi amigo Miguel Ángel García- puedo dejarte una bici". También existe la modalidad de la bici-taxi, que tal vez les venga bien a los turistas perezosos, dispuestos a dejarse llevar.


Unter den Linden
Algunas de sus avenidas, como la triunfal 17 de junio, que es una prolongación de la famosa Unter den Linden, o la Kurfürstendamm,  parecen auténticas pistas de aterrizaje, o podrían servir para tal menester, llegado el caso. 


Gedächtniskirche
La Strasse des 17 Juni parte de la Puerta de Brandenburg, atraviesa el Tiergarten, y llega hasta el distrito de Charlottenburg. Por su lado, la comercial y chic Kufürstendamm, que tiene su punto de origen cerca del Zoologischer Garten, al lado de la bombardeada iglesia de la Memoria (Gedächtniskirche), atraviesa también Charlottenburg y Wilmersdorf.


Palacio de Charlottenburg
Se me hace, cuando menos extraña, la numeración de las calles y avenidas, lo que debe obedecer, sin duda, a otra lógica, la lógica matemática alemana, tan genuinamente filosófica, al decir de algunos, que, como su idioma, responde a otra estructura lingüística, que poco o nada tiene que ver con la nuestra, esto es, la latina. No hay más que recibir algunos cursos de alemán para darse cuenta de ello.

Sorprende, asimismo, su escasa iluminación nocturna, incluso en los centros turísticos y de interés. Es harto probable que, de este modo, su ayuntamiento ahorre mucho en electricidad. No están los tiempos como para malgastar, y de esto Alemania sabe mucho. No en balde es la locomotora de Europa, y uno de los países más poderosos del mundo.


Rotes Rathaus
Barrio de Nicolai
Catedral
Berlín tampoco da la impresión de ser una ciudad en exceso aseada, antes al contrario, se ve y se nota algo sucia, y esto no lo digo con espíritu de pulcritud ni con afán moralizante, sino como simple constatación y dato objetivo. Aunque determinados lugares, como el tranquilo y agradable barrio de Nicolai, con sus  sugerentes tiendas y tascas de cerveza y vino, próximo al Ayuntamiento Rojo (Rotes Rathaus), o la llamada isla de los museos (donde se hallan algunos museos como el Antiguo, el de Pérgamo o la Berliner Dom, o sea, la catedral), parecen especialmente cuidados.


En mi próxima visita a esta metrópoli espero no olvidarme de Gil y Carrasco, que como bien sabéis, sus devotos, fue enterrado en el cementerio de Santa Eduvigis, "tragado por el muro de la vergüenza", según Valentín Carrera, y aún hoy -lo sé porque me lo han dicho, incluso lo he leído en alguna parte- hay una placa en la calle en la que viviera y muriera nuestro insigne y romántico literato, amigo íntimo del barón Humboldt. Se trata de la Dorotheensstrasse, en el número 39, próxima a la Puerta de Brandenburgo.  Asimismo, me gustaría visitar algunos de los garitos nocturnos, que tan bien debe conocer el músico y paisano Luis Miguélez. Y asistir, cómo no, a una representación de Familie Flöz, Teatro Delusio, una compañía internacional asentada en la vieja capital del Reich y la nueva capital de la posmoderna o transmoderna arquitectura, que nos ha hecho reir y vibrar a lo largo de estos últimos años con su teatro de máscaras, gracias, entre otros, a uno de sus fundadores, Paco González, gallego-berciano de "la raya", esto es, de Vilar de Silva, Rubiá, en Ourense, donde suele organizar, en la casa de Chao do Prao, cursos de clown y teatro.

Es probable que Berlín no sea ni una ciudad fea ni guapa, sólo una cosmópolis en contante ebullición cultural, artística, económica, urbanística, arquitectónica... capital creativa y de la concordia, que invita a descubrirla y aun redescubrirla en varios viajes, recorridos, nomadeos, porque al final es el viajero quien, a través de su mirada y su sentir, añade o no lindura a aquello que en verdad desea, y es su deseo lo que engendra esta belleza.

*Quiero dedicarle este Berlín a un paisano, alias "La Federal", que nos abandonó hace unos días a resultas de un puto Alzhéimer. Tomás fue uno de tantos emigrantes en Alemania Federal, de ahí su sobrenombre,  quien durante un tiempo ejerció como cartero en la localidad de Noceda del Bierzo.