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sábado, 7 de enero de 2017

El Lobo

Vaya este homenaje por Miguel Sebastián Lobo, que nos dijo adiós el pasado verano. Me enteré a través del amigo Jorge Arias, mientras estaba en Valencia. Lamento su pérdida porque era un hombre simpático, un tipo realmente entrañable, que regentaba la famosa bodega de 'El Lobo' (así era conocido en Bembibre). 
Escribí y publiqué, hace años, este artículo en Diario de León, que ahora resucito de entre los muertos. Lamento no tener una foto suya para ilustrar este texto, ni siquiera de su bodega. Y eso que cuento con miles de fotos de los lugares más diversos (y aun de personas). 

Hace un ratín, nomás, el hijo mayor de El Lobo acaba de mandarme dos fotos, que son un lujo, una joya, un auténtico tesoro, que le agradezco mucho, en una vemos a El Lobo en primer plano, y a su mujer en segundo plano, en la bodega que regentaban. Y en la segunda imagen vemos a El Lobo, su mujer y su nieta Andrea (la hija de Diego, hijo de El Lobo, y Noelia Sebastián), con el fondo del Empire State en Manhattan (NY). Qué bellos recuerdos. 
"Lobito siempre decía que los mejores recuerdos se quedan en los días de felicidad que damos en vida", me escribe Noelia Sebastián, la nuera de El Lobo. 
Y ahora que he vuelto sobre este buen hombre y excelente hostelero, me acuerdo de sus palabras en vasco, pues había trabajado en el País Vasco. "Zuritos... cuántos", preguntaba, nada más que nos veía entrar por la puerta, a la tropa o basca nocedense, porque sabía que, entre nosotros, había gente de Noceda que vivía/vive en Euskadi. Y también solía decir: "Arratsalde on" (hola, buenas tardes...). 
El Lobo-Foto de su hija Noelia Sebastián

El lobo, en este caso, no es ningún animal, aunque en el fondo todos seamos unos animales, monos vestidos, pero monos al fin y al cabo. Tampoco es éste el Lobo del cuento de Caperucita, aquel que escribiera el olvidado Perrault, sino un señor que regenta una bodega de Bembibre. Una de las bodegas o tascas más alucinantes de la villa del Benevívere, ubicada en la Villavieja, ese barrio con olor a vino de batalla. 
La Villavieja de Bembibre

El Lobo, que así es como quiere le llamen, o así se apellida, es un tipo simpático y abierto, generoso y con mucha vitalidad, capaz él solito de servir a un regimiento o cuadrilla de cavadores de una tacada. Tiene tal destreza que da gusto ir a su bodega. Además, siempre está de buen humor, con una sonrisa. Siempre tiene palabras afectuosas que ofrecer a su clientela. Con él las penas parecen no existir. Es atento y no se le pasa ni una. Conoce a sus parroquianos y parroquianas como nadie, y eso lo convierte en un ser admirable. Hay quienes ocupan puestos elevados ne la jerarquía y no se enteran de nada. 
Resulta grave que un superior no conozca a sus pupilos. Mas El Lobo, quizá por ser un lobín, no se le escapa ni la mínima. Es un tipo listo y muy válido para le negocio que tiene entre manos. . Incluso me atrevería a decir que podría vender lo que quisiera. , además de vinos y cervezas. 
Hace tiempo que tenía ganas de escribir algo acerca de este hombre, que en realidad es un gran personaje, no sólo por los mostachos-guías que luce, que sin duda le dan un aire de pintor surrealista o filósofo de plaza pública. Tiene cara de buena persona, y es espabilado. A su lado, el resto de bodegueros y cantineras no le hacen sombra. Necesitan muchas horas de vuelo para que se acerquen a su estatura espiritual. 
En Manhattan, El Lobo su mujer y su hija Noelia-Foto de Noelia

Es probable que sea muy atrevido lo que estoy diciendo, pero así lo siento y así quiero transmitirlo. Que cada cual saque sus propias conclusiones. Pues, quienes tienen por costumbre hacer la llamada ruta de los vinos de Bembibre, saben de lo que estoy hablando. Bueno, Olga, tú también eres muy amable y despierta. No te vayas a ofender. 
Chrysler building-Manhattan-NY
Conviene ser sincero, al menos con uno mismo, y decir lo que uno piensa aunque los tiempos que vivimos son harto tramposos, y no dan para muchas verdades. Antes al contrario, la verdad suele silenciarse, ocultarse. Como suele decirse en el lenguaje castizo, la gente ya no dice la verdad ni al médico, lo cual es una salvajada.
Hay temporadas en las que El Lobo emprende  o emprendía vuelos hacia otras tierras -Nueva Jersey o Nueva York-, y es entonces cuando se le echa mucho en falta. Aunque suponemos que estos aires lo convierten en un Lobo aún más abierto al mundo. 

*El Lobo tampoco es ese turrón que nos venden en Navidad, ahora que estamos aún en periodo navideño. 
En Nueva Jersey vivían (supongo que siguen viviendo) sus hijos. Y por eso él iba con relativa frecuencia allí, al otro lado. Me da realmente pena que este cantinero, con hechuras de artista bohemio y pasión en lo que hacía, haya fallecido. La última vez que lo vi en Bembibre, en la calle, me saludó sonriente, entrañable, y me preguntó por mi hermana Encina. Siempre tan acogedor. 
*Olga dejó de ser hostelera hace años, y Vicente Porro, a quien también le dedique artículo en su día (que rescataré para este blog) es otro de los ilustres de la villa de Bembibre en estos asuntos de vaseo. 

viernes, 6 de enero de 2017

Magos y Magas de Oriente

¡Qué felices y dichosos éramos en la infancia! La infancia, esa genuina patria o matria (me gusta este término), que tan bien cantara el gran poeta Rilke, cuyas Cartas a un joven poeta me parecen magníficas. Por cierto, recuerdo que, estando en el metro de París (temporada en la que uno vivía y laboraba en el Reino de Mickey), dejé olvidada en el asiento aledaño (vaya cabecina la mía, como para darme con un canto en la sesera) una mochilita con este libro de Rilke (en su versión francesa) y una supercámara de fotos que había comprado un año antes (1995) en Nueva York. 
Sacré Coeur-París
Cuando quise darme cuenta, casi al instante de haber puesto los pies en el andén de la parada del metro de marras, esa es la verdad, este ya se había puesto en marcha de nuevo en busca de otra estación. Por más que lo intenté, di parte, hice el pino y demás trámites, nunca logré recuperar el macuto, que alguno, paranoico perdido, interpretaría como mochila-bomba, tal es y era la psicosis de atentado terrorista, incluso en aquellos años, que a saber adónde fueron a parar mis tesoros, a alguna ínsula barataria, quizá. 
En Disney

Rilke (también con sus cartas, que volví a conseguir en formato libro) me ha devuelto a la infancia, ese tiempo feliz y dichoso en el que jugaba día y noche, aun en sueños, con ser "gilante". Así decía y pronunciaba, como un chinito del Bierzo Alto, mientras me dejaba trotar a ritmo vertiginoso por una campiña en cuesta de árboles frutales que aún hoy la conocemos como 'El Gilante'. Como la conociera el Señor Felipe (su dueño), mi vecino, el marido de la señora Josefa, que en paz esté, que en paz estén ambos. Vecinos casi familiares con los que conviví toda mi vida. Bueno, el señor Felipe nos dejó ya en el 2000. Qué veloz pasa el tiempo. 
En realidad, mi deseo era volar, volar muy alto, como un gigante. Qué maravilloso deseo, volar, volar adonde "haiga calorsito nomás', cuando uno conserva intactas las ilusiones, cuando uno es niño, con todo el porvenir por delante. Entonces, éramos felices y dichosos. Y el mundo se abría ante nosotros como una inmensidad repleta de aguinaldos. Y veíamos a los Reyes Magos de Oriente como si talmente existieran (voy a abandonar este plural, acaso mayestático, que parece que me desdoblara en exceso). 
Belén de Folgoso

En mi creencia o alucinación infantil, veía a los Reyes Magos subidos en sus camellos (a lo mejor eran dromedarios) caminando, bajo un cielo siempre estrellado y protector, acariciador incluso, por la zona de Labaniego, que es una aldea berciana enclavada en un monte bajo el que aún hay mucho carbón. Es como si aquel pueblo, entonces remoto (hoy recuperado y al alcance) se me antojara vía de acceso para que los Magos arribaran a Noceda, mi pueblo, mi lugar en el mundo, desde donde yo contemplaba, atónito, los anocheceres escarchados, ansioso por descubrir lo que me dejarían, en el balcón o corredor (entonces mi casa, la de mis padres, tenía corredor), aquellos Magos, que en verdad lo eran, capaces, cual héroes, de dejar aguinaldos a todos los rapacines y rapacinas del universo (aguinaldos entre los que no sólo estaba el carbón, tan habitual en la zona, sino otro tipo de regalos y juguetes). Y llegar desde tan lejos a joroba de dromedario. Siempre eran Magos. No había Magas. No os resulta sorprendente, ¿verdad? Habida cuenta del mundo en que vivimos. No había Magas, qué pena. Como La Maga de Rayuela, de Cortázar, que descubriría siendo ya un adulto, en concreto en París, uno de los escenarios de la mágica novela o nivola del escritor argentino, que permanece enterrado en el cementerio de Montparnasse, junto a otros grandes de las letras, como el propio César Vallejo ("Todos saben... Y no saben/ que la Luz es tísica, /y la Sombra gorda... /Y no saben que el misterio sintetiza... /que él es la joroba / musical y triste que a distancia denuncia / el paso meridiano de las lindes a las Lindes. / Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo, / grave"). 
Pues las Magas, si las había, no pintaban nada en este sarao y contubernio reyero (ni siguen pintando, porque es cosa de hombretones, esto de los Reyes Magos de Oriente..., de este Oriente polvorín, que estalla literalmente por los aires, sin que nadie le ponga freno ni remedio, vaya vergüenza). 
A Las Magas, las hechiceras, las han relegado a la condición de bruxas, que también en Noceda se hablaba de algunas, que te echaban el mal de ojo. Y se subían encima de escobas (ni un burro les permitían como sostén) para emprender vuelo por encima de sus pueblos. Una estampa que el afamado cineasta Spielberg retoma en ET, aunque en este caso, en vez de brujas pirujas y escobas, vemos a niños con sus bicis en vuelo. 
En la infancia uno era feliz porque no era consciente de la maldad humana, ni de la finitud, en la infancia uno era feliz porque jugaba día y noche (soñando con mundos amables) y todo era vida y dulzura, esperanza nuestra. En la infancia uno era feliz porque se subía a la bici como quien emprendiera vuelo hacia territorios inexplorados. La curiosidad nutrió al niño. Y lo estimuló a seguir volando, descubriendo nuevos espacios. El vuelo como ideal de libertad. El vuelo como sueño recurrente en la infancia, mi matria, en la que sigo viendo a los Magos y Magas de Oriente. A Las Magas, ay, repartiendo ahora sonrisas. 

jueves, 5 de enero de 2017

Gripazo

Llevo días griposo, después de la entrada en este nuevo año. Qué hermosa manera de recibir 2017. No se me ocurre otra mejor. Aunque la hubiera imaginado o soñado a propósito. 
Algún 'demoi', 'diabro' o duendecillo (hasta puede que alguna trasga o chana maléfica, bueno, las chanas o xanas son todas dulces y tiernas, creo) se ha colado de rondón, por la gatera de mis entrañas (qué cosas, no sabía que en mis entrañas hubiera una gatera, eso será por el amor que les profeso a los gatos y gatas, los guardianes de los libros...) y me ha hecho estropicio. No soy el único, claro. Parece que se trata de un virus generalizado en el norte, en este noroeste de brumas y heladas. 
En realidad, hoy asomé el pescuezo al exterior, un ratín nomás, y me di cuenta de que no hace tan mala temperatura, antes al contrario, me pareció que hacía muy bueno, como para tirarse a la bartola en medio de las llamas del valle, de mi valle uterino. ¡Qué verde era mi valle!, como esa entrañable peli del genio Ford, que nos hablaba de la minería galesa. De repente, me entra la vena nostálgica y me asaltan recuerdos mineros (llevamos la minería en sangre) y también los recuerdos galeses, de aquel viaje que hiciera hace años a Aberystwyth, donde viviera el amigo Abel, y tiempos atrás el amigo Agustín. Estupendos recuerdos de esta bellísima y marina localidad galesa. Una ciudad, en población poco mayor que Bembibre y algo menor que Astorga, que posee una prestigiosa universidad, en la que estudian cerca de diez mil alumnos/as, casi la misma cifra que su propìa población. 
Gales me llevó por Conwy, Caernarfon (castillo de ensueño) y Harlech. Hablo de memoria, que siempre es traicionera. Tendría que repasar mis notas, que no tengo ahora al alcance. Y revisitar mis fotos analógicas, en papel, hechas con una Yashica que, ya lo he contado, acabó en las manos de algún hijo de su mamacita en Murcia, después de quedarme sopa en el banco de la plaza de la catedral de la ciudad, mientras esperaba la llegada de mi sobrino Andy. Cuántas cosas, cuántos recuerdos. Pero ahora no nos pongamos estupendos. No se me ponga estupendo, Manolito, que iba a hablar del trancazo que ha pillado. Y se fue por los cerros de Úbeda. Si es que no tiene remedio. Cómo le gusta la anarquía, el andar a su aire, el saltarse las normas por el forro de los cataplines. Ay, perdóneme, mi alter ego, mi toca-yo. Es cierto. Será la gripa o influenza ésta que me trae por la calle de las amarguras. 
Quería deciros, estimadas y estimados, que mi familia, al menos una parte, también anda con el mal arrastras. Una puta gripe que, en principio no es gran cosa, puede dejarte noqueado, fuera de onda y de órbita. Y a mí me ha tenido encamado, como si no hubiera dormido en días, noches, y lo quisiera dormir todo ahora, como un oso u osezno que hibernara durante todo el invierno. A veces a uno le gustaría hacerse oso y dormitar durante todo el invierno para luego salir, airoso y energético, cuando afloren las margaritas de los montes y praderas de la primavera. Pues sí, queridas amigas y queridos amigos, una simple gripe (que podría tornarse en algo jodido) te deja sin fuerzas, con él ánimo por los suelos. Y es ahí donde uno, una vez más, reflexiona acerca de la salud, lo más importante sin duda, porque sin salud uno no tiene nada. Así que cuidemos la salud, la física y la psíquica, que están interrelacionadas. Y pregonemos, a los cuatro y más vientos, que la salud es lo que nos hace tener otras cosas, también dinero y amor. Este es mi pensamiento de esta noche de Reyes Magos, a los que les pido mucha salud, para uno, para mis seres queridos y para todos vosotros, para todas vosotras, pues eso, salud.