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viernes, 28 de octubre de 2011

Casablanca Voyageurs

Bâb Agnaou
Me levanto relativamente temprano. Desayuno con calma, un bocadillo de queso con huevo duro -delicioso-, que acompaño con un café con leche, en uno de los muchos sitios que abundan en la Bâb Agnaou de Marrakech. 


Es Bâb Agnaou (puerta del carnero) tal vez la calle peatonal más transitada de la Medina, tanto de día como de noche. Mientras que durante el día se puede mercadear o bien desayunar, de noche se me antoja un sitio magnífico para darse un paseo en busca de sensaciones y miradas que en ocasiones te llegan a taladrar. Muy animada, sin duda, esta rue del carnero. 


Gare de Marrakech
Jemaâ
Antes de abandonar la Medina, doy una caminata ritual por la Jemaâ, que aun permanece un pelín aletargada, y me dirijo a la parada de autobuses urbanos Alsa. Cojo uno de éstos, que me llevará a la Gare de Marrakech. Llego con tiempo suficiente, lo que me permite darme un voltio por la estación. Ni siquiera pierdo tiempo en comprar el billete. Gestión, si tal puede decirse, que ya hiciera a mi vuelta de Essaouira. Como me quedaba a la mano, aproveché la coyuntura. 


Interior Gare de Marrakech
El tren a Casablanca sale a las once. Aún me queda una hora por delante. Me recreo en ciertos detalles de la Estación hasta que llega el momento de subirme al tren. En Marruecos -supongo que como en casi todos los países- es conveniente llegar con antelación al tren, sobre todo para encontrar asiento, porque podría ocurrir que uno se quedara en el pasillo, de pie, paradito, descompuesto y sin novia. Como ocurre en ocasiones, sin ir más lejos, adelantándome en otra vuelta de tuerca-prolepsis, una vez más a los acontecimientos, en el trayecto de Casablanca Voyageurs a Rabat. Pero esto ya se verá en una próxima entrega. De momento, vayamos por partes.


El tren de Marrakech a Casablanca no parece muy atestado, y encuentro sitio sin problemas. Un billete desde Marrakech a Casablanca cuesta 90 dirhams en segunda clase (en torno a 9 euros), o sea, un regalo para un españolito, que puede ganar lo mismo que un trabajador marroquí en un mes, pero en este caso impartiendo unas tres clases. Qué obscenidad. Dicho esto, cualquier podría creer que uno es rico. Ná de ná. Al contrario. Sólo intentaba hacer una observación, relativa, sin duda, como la relatividad einsteniana y el principio de incertidumbre física que nos presiden, al menos en el universo conocido. Y si no, qué se lo digan a esos tiburones marroquíes que viven en palacios de oro, y cuentan los billetes a puñados, como si talmente fueran papelajos de deshecho, mientras gran parte de la población vive bajo mínimos. Qué curioso. Lo que puede dar de sí un billete, en este caso de tren, para reflexionar acerca del mundo en que vivimos. 


Los viajes en tren en Marruecos suelen ser entretenidos porque no resulta difícil entablar conversación con tus vecinos y vecinas de compartimento. Bueno, y si te toca quedarte anclado en el pasillo, eso puede llegar a convertirse en una romería o un zoco en toda regla. En este caso, y esta vez, tengo la suerte de entrar en charla con una chica, que se sonríe cuando me ve tomar algunas notas y leer una guía trotamundos en francés (Le guide du Routard) sobre Maroc. Entonces ella, ni corta ni perezosa, se dirige a mí en tono amable. Y entablamos "conversa". Aunque el trayecto de Marrakech a Casablanca (Casa, dicen ellos y ellas) dura unas tres horas aproximadamente (los trenes en Marruecos suelen ser puntuales), se hacen más placenteras cuando puedes entrar en contacto directo con algún nativo u oriunda. 


Salima, que así dice llamarse la chica, me cuenta varias cosas, sin duda de gran interés sobre el sentido de la fiesta del cordero (Aïd el Kbir) y sobre su situación profesional y personal, que estudió precisamente en Casa, que trabaja en Ouarzazate como enfermera, que es de Kenitrá (donde va a ver a su familia, que para ella es "sagrada" y que visita con frecuencia a pesar de la distancia)... Le pregunto si conoce Essaouira. "Sí -me dice en francés- es la ciudad del viento y de las olas". Qué bonito. Y me habla del aceite de argán. Una fuente de sabiduría, la chavala, lo que le agradezco infinito, tanto su compañía como la información. Hablamos incluso de la situación de crisis mundial... de algunos países, como Italia, y de Casablanca y Rabat como ciudades, según ella, algo peligrosas, sobre todo durante la noche, porque hay, dice, muchos ladrones. Bueno... como en todas las grandes ciudades del mundo... 


No tocamos, por fortuna, temas religiosos (algo peliagudo) y todo discurre por los cauces del buen rollito. Por mi parte, le cuento que voy a Casa, donde he quedado con unos amigos y amigas. De este modo, el viaje se hace casi sin querer, el solito. Tras la ventanilla del tren se ven chumberas o nopalitos en un paisaje semidesértico que me devuelve a México (Marruecos y México re-ligados por mis afectos y los nopales). Llegamos en paz a Casa. Nos despedimos. Nos deseamos lo mejor. Y ayudo a bajar la maleta a una señora, que también se apea en Casa, y se la llevo hasta la bajada del tren en la estación. En realidad, también le había echado una mano, en un inicio, para colocársela en el altillo del compartimento. Merci, Chucrán, me dice ella, mientras se lleva su mano al pecho, en un gesto que me late "padrísimo" o "madrísima", muy lindo, que a uno le gustaría poner en práctica en su país. 


Casa (Anfa) es una ciudad con no muy buena reputación, incluso entre el pueblo marroquí, por la que he pasado en varias ocasiones, y donde he estado en una sola ocasión como turista (o viajero) porque turista es el que viaja empaquetado, enlatado, y viajero es quien lo hace a su aire, con libertad de movimientos. Más o menos. 


Impresiona sobre todo su mezquita Hassan II, a orillas del océano Atlántico. La más grande del Magreb. Se cuenta que es el monumento religioso más grande del mundo, después de la Meca. En esta ocasión, no tendré tiempo de recorrer la Medina, como aquella vez en que, después de disparar algunas fotos, un tipo malencarado quería quitarme mi cámara de fotos. La cierto es que no conviene hacer fotos a la ligera en este país, sobre todo al paisanaje, si previamente no has pedido permiso porque podrías verte involucrado en un lío del copón. Las fotos -señalan algunos- roban el alma. Esta vez ni siquiera me permito el lujo de asomar el hocico más allá de los aledaños de la Estación Casa Voyageurs, porque he quedado con mis cuates. Eso sí, me zampo un bocata bien marroquí, hecho con patata, huevo, queso de untar, y aderezado con algo de aceite y pimienta, que ya va siendo hora, mientras espero trenes que pasan y taxis que llegan... Un bocadillo verdaderamente exquisito. Probadlo. Os gustará. Bueno... si no sois remilgadines o remilgadinas. La espera se me hace eterna en Casa Voyageurs. Por fin, después de unas dos horas de espera, arriban ellos y ellas. Y uno que los creía ya perdidos... Hasta la próxima... parada: Rabat. 

Río Oza (Peñalba)

Este mes, que ya está a punto de estirar la pata, toca el río Oza. 

Río Oza. Foto M. Cuenya
Bosque salpicado de una energía especial, que nos devuelve a una naturaleza primigenia. Monte frondoso, surcado por el río que, en otros tiempos, diera de beber a anacoretas y peregrinos. Tiempos de espiritualidad y recogimiento en la Tebaida berciana. Entorno sublime que invita a alejarnos del bullicio insustancial y a perdernos a gusto en su frescura nutricia e inspiradora.
El río Oza habla la lengua de los santos, y baila una danza arrulladora, cargada de buenas vibraciones, que ayuda a elevarnos y trascender. Y seguirá alimentando nuestros sueños con sus aguas purificadoras, con su vigor, y ese hálito que insuflará vida más allá de la vida. 

jueves, 27 de octubre de 2011

En busca del argán

Essaouira
Prosigo con mis cartas marroquíes, mientras saboreo aún los aromas de mi último viaje al país de las miradas que tocan y acarician. Una botella de aceite de argán en la maleta de mano como fetiche. Y ahora que no les de a los tipitos o tipitas del aeropuerto por quitármelo, alegando que es líquido y supera los límites estipulados. Por fortuna, la botella pasa el control sin mayores problemas en el Aeropuerto Mahamed V de Casablanca, lo cual me alivia. Me estoy adelantando pero bueno... acaso en un alarde de prolepsis, estilo Crónica de una muerte anunciada, o El túnel, de Sábato, que en cine se conoce como flashforward, casi ná, como vemos por ejemplo en American Beauty (qué pedante me he puesto). "Tengo 42 años -dice el prota de esta grandiosa peli americana- y en menos de un año estaré muerto”. Vaya arranque. Como ponérsele a uno los pelos parados, ché. 


Huile d'Argane Alimentaire Bio Atlas Tajmil, eso es lo que pone en la botella. Riche en vitamine E, en oméga 6 et oméga 3. Pues extraordinario. Reduce la tasa de colesterol sanguíneo y tiene un efecto anticancerígeno (esto figura también en francés). 


El aceite de argán, cuyas propiedades resultan cuasi milagrosas, me re-liga a Al-Magrib, en concreto a los bosques de Agadir y de Essaouira, que desde finales de los 90 son Reserva de la Biosfera por su valor ecológico, cultural y económico.  


Gare de Marrakech
Al parecer, el argán es un árbol exclusivo de estas zonas del Atlas y Antiatlas, aunque también se encuentra en México, según me contara Salima en el trayecto de Marrakech a Casablanca, y también se dice que hay algún ejemplar en Andalucía. Qué privilegio. 


Al final, va a resultar que el argán vive y se da en lugares con los que uno tiene gran conexión. Por tanto, a partir de ahora, que he probado este bálsamo, me declararé devoto del mismo para, llegado el caso, combatir la hipertensión y el colesterol, que de momento -toco madera, de argán- no creo tener. 


En busca del argán como si fuera un Indiana Jones en busca del arca perdida. 


Medina de Rabat
A decir verdad, una botellita de aceite de argán, tanto si es como alimento o cosmético, resulta cara. Unos cien dirhams el cuarto litro, o sea, unos 10 euritos. Y eso si regateas. Como ocurriera en la Medina de Rabat, que por cierto nunca hubiera imaginado tan grande y apetitosa. Esta es ya mi segunda visita a Rabat, pero la primera vez ni me enteré. He de confesar (como mal cristiano) que no paré mucho en esta urbe, salvo para echarle unas fotitas (al estilo japonés) a la Torre de Hassan. Y poco más. Me he saltado, como el que no quiere la cosa y por arte de magia, de Essaouira a Rabat. Bueno, el argán, que todo lo preside, me ha llevado hasta allá. Pero no os inquietéis, que procuraré seguir relatando, con cierto (des)orden y (des)concierto, este viajecito por le Maroc. 

Torre de Hassan
En mi próxima visita a Essaouira (qué guay, ya estoy pensando en viajes) iré a Diabat, que tanta mitología generó en sus días con el hippismo, los fumetas, Hendrix y otros. Y me postraré ante un arbusto de argán, cual si estuviera rezando el muecín, para hacerle reverencias cual si fuera un numen o divinidad. 


Un pretexto más -los pretextos se inventaron para los pendejos, diría un mexica- para volver a Essaouira. Cuando uno deja uno sitio, acaba sintiendo como nostalgia por algún paraíso perdido. Y la visita a esta ciudad   blanca, con las ventanas y puertas pintadas de azul celeste, me latió breve. 


El regreso a Marrakech, como espacio primigenio, lo hice en un Supratours, que iba hasta los topes, en compañía, en esta ocasión, de una marroquí parca en palabras, con la mirada escondida tras unas gafas de sol. La fama de autobús magnífico se me cayó por los suelos, aunque los turistas prefieren esta modalidad frente a la CTM (Compañía de Transportes Marroquíes), que me parece mejor, con todos los respetos. La diferencia, entre una y otra, reside nomás en que Supratours es una compañía privada y la CTM es pública. El precio en ambas es el mismo: 70 dirhams, esto es, un regalito para los europeos relamidos. Bueno, y la CTM te asegura tu equipaje por un valor de 100 dirhams (DH), si se te pierde, a cambio del pago de 5 DH de suplemento. Con el sol a punto de ponerse/ocultarse, llegué a la antigua estación de Marrakech (ahora estación de Supratours) para encaminarme a la Medina en busca de mi "suite" en el hotel Faouzi. Bonne continuation, le deseé a la marroquí, que sonrió, ya sin sus gafas de sol. Y, en efecto, la misma habitación me estaba esperando, qué bueno. Cené un tajine de poulet en el Toubkal, que me supo a gloria bendita, me di una vuelta ceremonial por la Jemaâ y volví al hotel para descansar. 
Marrakech
"Mañana -me dije- me reencontraré con mis amigos y amigas en Casablanca... Casa Voyageurs". Próxima parada.