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lunes, 24 de octubre de 2011

La fiesta del cordero


Al mencionar la fiesta del cordero marroquí, en "Bajarse al moro", me acordé de este artículo, que publicara en 2006 en Diario de León. Vaya aquí y ahora, antes de continuar con mi periplo por el Morocco. 


Despedí el 2006 sin uvas ni campanadas, ni siquiera cava para brindar. Nada del consabido ceremonial “eucarístico”. Y lo que es aún mejor: tampoco escuché a los “gilis” que acostumbran a darnos las doce a través de la teletonta. Qué maravilla no aguantar a semejantes personajes. 


A lo sumo tomé algún que otro té a la menta y escuché algún almuecín (adhan): Alá es grande, Alá nos protege… y así en este plan islámico. Es como si el gran Camarón, reencarnado en una suerte de “muhadín”, me cantara un flamenco delante de la Kutubia, que es como la Giralda “marrakchía”. Dicho así podría parecer que me hubiera tocado el Islam como a alguien le toca la lotería. O bien estuviera a punto de convertirme. Como acaba de ocurrirle  a un colega francés, Fabien, con quien compartí trabajo en la factoría Disney allá por el año de 1998, y a quien encontré (mejor dicho, él me encontró a mí) en la plaza Djemaá-el-Fná de Marrakech hace unos días. 


Él, ya musulmán, iba en compañía de su casablanquina esposa. A mí la verdad no me da ninguna gana de hacerme musulmán, aunque mi amiga Sanaâ (Sanae) me recite el Corán. Después de leer un Tratado de ateología, que descubrí gracias al entrañable taxidermista Solís Fernández, siento que las religiones no son más que un engañatolos, mientras los “jefes” aprovechan para manipular al rebaño, que se siente frágil ante tamaña malmetedura de miedo en el cuerpo. Es el silencio y la mansedumbre de los corderos. 


Mi despedida del 2006 coincidió con “la fiesta del cordero” (Aït-el-Adha) marroquí, que es una fiesta (la Gran fiesta, Aït Kebir) que deja paralizado a todo un país. Y viví un espectáculo digno de ser contado. “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo…”. “En cuanto probé un cachín de cordero vi la salud”, decía Gertrudis, una señorina de Losada que gustaba de andar por las casas en busca de algo que llevarse a la boca. 


Muchos corderos hacen falta para quitar el hambre en el mundo, y a la vez sobran muchos corderos para no vivir en una eterna moral de rebaño. El atracón de unos días de fiesta no es suficiente para calmar el apetito de todo un año. Después de mi reciente visita al país de Mohamed VI estoy aún más convencido de que para vivir de un modo saludable convendría abandonar cualquier religión, que sólo procura miseria y guerra en el mundo. 


Que todos los musulmanes y cristianos se desliguen de su religión, porque mientras haya religiones de por medio estaremos “condenados” a no entendernos. 


Creamos, eso sí, en la salud, la libertad y la amistad.


En mi último viaje al Morocco, en el trayecto de Marrakech a Casablanca en tren, la amable Salima me explica que la fiesta del cordero tiene naturalmente un sentido no sólo religioso sino que permite juntarse a los seres queridos y de paso invitar a comer cordero a quien no tiene posibles para procurárselo. En el fondo, las fiestas las hacemos para re-ligarnos y divertirnos. No cabe duda, tengan o no un sentido religioso. 

viernes, 21 de octubre de 2011

Bajarse al moro

Siempre encuentra uno un motivo para "bajarse al moro/Moro-cco", país por el que siento algo especial desde que pusiera allí los pies por primera vez en el año de 1997, en una época en la que moré durante algún tiempo en la vecina Almería, lo que me permitió sumergirme de lleno en los mares procelosos de la cultura islámica, a través sobre todo del descubrimiento de la literatura de Juan Goytisolo, que fue una auténtica revelación para mí: saber que existía alguien, en este caso un escritor de talento que encima habla árabe marroquí, capaz de analizar el mundo árabe con finura y gran conocimiento. No en vano, Juan Goytisolo vivió en Almería, de ahí su Chanca y Campos de Níjar (lecturas deliciosas) para luego trasladarse a Tánger, cuando ésta era aún una ciudad artística, hasta que decidió definitivamente asentarse en la bella ciudad roja de Marrakech, donde acabo de estar recientemente, y donde he estado en torno a una decena de veces. Ciudad que se me antoja familiar, y sobre la que he escrito, tal como se recoge, por ejemplo, en mi Viajes sin mapa. También en Marrakech he tenido la ocasión de ver y hablar con Goytisolo, en el café de France, en compañía de mi amiga marroquí Hayat. Qué tiempos aquellos, colmados de ilusiones y luces ciertamente inspiradoras. 


Recuerdo aquellos primeros viajes a Marruecos con mucho cariño. Viajes al fin de los tiempos, que duraban la eternidad y más días. Aquellos viajes hasta Madrid, Algeciras, luego la travesía en barco del estrecho, hasta llegar a Tánger (ciudad que he recorrido a lo largo y ancho), y desde ahí tomar un autobús o tren hacia el sur. Qué aventuras. Como aquel viaje que coincidió con una fiesta del cordero, y se montó el cirio o cordero pascual porque en esas fechas, tan señaladas, los marroquíes aprovechan para desplazarse a sus casas, y la estación de trenes de Tánger, donde había decidido coger el tren hasta Marrakech, estaba atestada hasta los topes. incluso se montó una revuelta en la estación porque la muchedumbre, desatada, quería meterse en el tren a como diera lugar, a sabiendas de que era materialmente imposible que todo el mundo pudiera subirse. Una avalancha en verdad peligrosa,que por instantes me puso los pelos de punta y el corazón en vilo. El personal pisoteaba, saltaba incluso las vallas que la seguridad había puesto ex profeso. Un guirigay de mucho cuidado. Pero, al final, todo quedó en un susto, y cada cual se buscó la vida como pudo. Impresionante. 


La llegada a Marrakech, prevista para las nueve o así, tuvo lugar a la tarde, después de algunos cambios de trenes. Marrakech, no obstante, me esperaba con los brazos abiertos de par en par. Un espectáculo inolvidable: cabezas de corderos quemándose en medio de las calles... el aroma al sacrificio divino... quien sabe. Se me ha ido Alá al cielo. Ahora lo bajo y me dispongo a relatar mi último viaje. Bueno, por el momento os dejo esta introducción para que acaso se os pongan los dientes afilados... Hasta pronto. 

jueves, 20 de octubre de 2011

Algo se cuece en el Bierzo

Me alegró asistir, ayer, a la inauguración de las Jornadas Gastronómicas del Bierzo en el mítico Parador de Villafranca, espacio moderno y entrañable pues está dedicado a la figura de Antonio Pereira, extraordinario narrador y poeta, al que recordaremos más allá de nuestro olvido. 


Comida sofisticada aunque deliciosa, en buena compañía, que es como se debe comer porque es así como sabe rica. Son los afectos y las amistades quienes en el fondo aderezan y ponen sabor a las comidas. 


La disertación corrió a cargo de Alfonso Rojo, que este verano -un día de los corrientes- vi en Molinaseca paseando con sosiego por sus calles. Y sobre todo me encantó escuchar, ver y hablar con la anfitriona, Conchi, una mujer que me inspira buenas vibraciones y que a buen seguro hará mucho y bien por su villa. 


La sobremesa se me hizo magnífica, al amor de un café más, en compañía de Conchi, Nicanor y Mario, religados siempre al espíritu de Pereira, que sin duda le hubiera sacado punta a los higos zoupeiros. Hasta la próxima. 


Y enhorabuena a los ganadores y finalistas del concurso fotográfico, "Algo se cuece en el Bierzo", entre los que tengo el privilegio de estar. Os dejo aquí estos enlaces. 


http://www.bembibredigital.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2324:la-bembibrense-mayte-sainz-parrilla-ganadora-del-concurso-fotografico-algo-se-cuece-en-el-bierzo&c

http://www.facebook.com/media/set/?set=a.262862177091016.64290.168824583161443&type=1
http://www.presspeople.com/pr/tres-ponferradinos-bembibresa-ganan-concurso-fotografia
http://www.ccbierzo.net/portalBierzo/p_20_contenedor1.jsp?seccion=s_fnot_d4_v1.jsp&tipo=8&&contenido=18513&nivel=1400&layout=p_20_contenedor1.jsp&codResi=1