Si a uno le dijeran que desde el mirador de la Corneja puede verse, en los días más despejados, el pico Urriellu, en los Picos de Europa asturianos https://cuenya.blogspot.com/2020/07/de-llanes-bulnes.html, quizá pensaría que se trata de una exageración, de una imagen propia de la ficción o de una fantasía romántica. Sin embargo, desde este balcón natural situado en el litoral occidental de Cantabria, entre el rumor de las olas y el silencio de los prados, en Ruilobuca, pequeña localidad del municipio de Ruiloba, es posible divisar el Naranjo de Bulnes (Urriellu) https://cuenya.blogspot.com/2023/09/el-latido-de-la-naturaleza-en-picos-de.html, el antiguo edificio de la Universidad Pontificia de Comillas y, por supuesto, el cabo de Oyambre, próximo a San Vicente de la Barquera, que tanta fascinación suscita en el viajero.
El mirador de la Corneja, a pocos metros de la colina donde se eleva la ermita de Nuestra Señora de los Remedios en Liandres, es un lugar especial que he podido visitar en más de una ocasión. Mi última visita la realicé en compañía de Sagrario y Maribel, a quienes conocí en la hospedería del monasterio de Cóbreces. Fue precisamente el tío Leoncio, residente en la abadía cisterciense de esta localidad cántabra, quien me habló por primera vez de este rincón, al que acudía en sus años mozos, y también en los no tan mozos, para pasear y contemplar la belleza de este singular encuentro entre la tierra y el mar.
Se trata de un paraje atlántico de extraordinaria hermosura, donde la costa acantilada, cubierta de vegetación, se asoma al Cantábrico con serena grandiosidad. La ensenada de Fonfría aparece en primer término, mientras las vistas se abren sobre los acantilados y el horizonte marino. La amplitud visual del lugar alcanza su punto culminante al atardecer, cuando las puestas de sol tiñen el paisaje de matices cambiantes y parecen suspender, por un instante, la gravedad emocional del mundo.
Desde este privilegiado observatorio puede apreciarse con claridad el relieve costero, la línea quebrada de la costa y la transición entre la vegetación que cubre los acantilados y los farallones rocosos que desafían al mar. Todo ello conforma uno de esos paisajes épicos característicos de la marina cántabra, donde naturaleza, luz y horizonte se funden en una estampa de simpar belleza.


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